03/07/2026
El astronauta que buscaba otro planeta.
Había una vez un astronauta
que pasó tantos años dibujando mapas del universo,
que olvidó abrir la puerta de su propia nave.
Miraba las estrellas como quien busca una respuesta,
sin darse cuenta de que la primera pregunta siempre había respirado dentro de él.
Un día emprendió el viaje.
No hacia Marte.
Ni hacia Saturno.
Ni hacia ninguna galaxia que apareciera en los libros.
Viajó hacia un lugar donde los ríos todavía saben pronunciar el silencio, los bosques huelen a lluvia recién nacida y el mar guarda atardeceres para quienes llegan demasiado cansados.
Allí entendió que hay lágrimas que no nacen de la tristeza,
sino del permiso.
Lloró a quienes ya no podían abrazarlo.
Y, por primera vez, los recuerdos dejaron de ser piedras.
Se volvieron sillas vacías donde aún cabía una conversación.
Después dejó el peso frente al horizonte.
No porque el pasado desapareciera.
Sino porque descubrió que cargar una mochila no significa vivir dentro de ella.
El río no lo convirtió en alguien diferente.
Solo le recordó que el agua nunca pelea por seguir siendo la misma.
Fluye.
Y eso basta.
En el bosque se quitó los zapatos.
La tierra reconoció sus pasos como si llevara años esperándolo.
Las flores no le preguntaron por sus cicatrices.
El viento nunca le pidió explicaciones.
Los árboles jamás lo llamaron roto.
Simplemente lo dejaron existir.
Entonces comprendió que había pasado media vida queriendo escapar de un planeta,
cuando el universo entero había estado esperándolo en el olor de una flor,
en la humedad de la tierra,
en el sonido del agua,
en un instante que no tenía prisa por terminar.
Desde entonces,
cuando alguien le pregunta si encontró el lugar donde pertenece,
él sonríe.
Porque ya no responde mirando al cielo.
Responde cerrando los ojos, respirando profundo y poniendo los pies descalzos sobre la Tierra.
Al fin descubrió
que la nave nunca estuvo hecha para huir.
Estaba hecha para aprender a volver a casa.
Y la casa,
después de tantos años,
era él.
— El Poeta Bipolar 🚀🌿