12/07/2026
La tragedia ocurrida en las grutas de Cuetzalan ha abierto nuevamente un debate que suele dividir a la comunidad: ¿es mejor un guía acreditado o alguien con experiencia adquirida en la práctica?
Quizá la pregunta más importante no es quién es mejor o quién tiene más seguidores, sino quién cuenta con la preparación, el conocimiento y el criterio necesarios para reducir riesgos y tomar decisiones adecuadas cuando una situación se sale de control.
La experiencia tiene un gran valor. Conocer las rutas, haber recorrido un lugar decenas de veces y desarrollar habilidades en el campo aporta mucho. Pero también es cierto que la capacitación en primeros auxilios, gestión de riesgos, interpretación del clima, protocolos de emergencia y liderazgo en situaciones críticas puede marcar la diferencia entre un incidente y una tragedia.
En las actividades de aventura no solo está en juego la reputación de un guía ni la discusión sobre si se debe cobrar o no por dirigir una salida. Lo que realmente está en juego son vidas humanas, tanto las de quienes participan como la de quien asume la responsabilidad de liderar un grupo.
Más que convertir este momento en una pelea de egos, bandos o intereses económicos, quizá deberíamos aprovecharlo para reflexionar sobre la enorme responsabilidad que implica llevar personas a entornos naturales. La preparación continua, la humildad para reconocer los propios límites y el compromiso con la seguridad nunca deberían verse como un ataque o una competencia, sino como un acto de respeto y cuidado hacia la vida.
Porque en la montaña, en un río o en una cueva, la naturaleza no distingue entre acreditados, experimentados o aficionados. Pero sí pone a prueba nuestras decisiones, nuestra capacidad de prevención y el nivel de responsabilidad con el que elegimos cuidar de los demás.
Cueva Nocturna