28/08/2025
Obra 🧐
Entre decretos y derechazos
El recinto parlamentario, ese mausoleo solemne donde se supone que la razón impera sobre la pasión, amaneció tranquilo… pero el destino, caprichoso y burlón, tenía preparado un espectáculo digno de epopeya. La Comisión Permanente se convirtió, sin previo aviso, en un cuadrilátero de proporciones circenses.
De entre las sombras emergió Alejandro “Alito” Moreno, con el mentón altivo y el paso de quien cree estar escribiendo un capítulo glorioso en los anales de la patria. Sus ojos destellaban, no con el brillo de la argumentación, sino con la chispa de la trifulca. Como héroe de revista barata, subió a la tribuna exigiendo justicia, voz tronante, manos agitadas… y sin más preludio, arremetió contra Gerardo Fernández Noroña, el eterno gladiador de la izquierda.
El choque fue inmediato. “¡No me toques!”, rugió Noroña, mientras trataba de resistir el embate con la dignidad de un Quijote parlamentario. Pero ya no había lugar para discursos: la palabra había sido sustituida por el puñetazo, la réplica por el empellón. En segundos, el Congreso dejó de ser Congreso y mutó en función de carpa.
Los priistas, cual esbirros de villano, se sumaron con entusiasmo coreográfico. Empujones aquí, jaloneos allá, un fotógrafo convertido en víctima de colateralidad política, y hasta un trabajador que, caído en el suelo, recibió puntapiés que parecían sacados de una historieta de barrio bravo. En medio de la estampida, Dolores Padierna, cual actriz secundaria de zarzuela, tuvo que hacerse a un lado con la elegancia del que sabe esquivar tragedias.
Noroña, indignado hasta la teatralidad, denunció a sus adversarios como porros, montoneros y cobardes, prometiendo tribunales, desafueros y justicia divina. Moreno, por su parte, se ciñó la capa de cruzado opositor y proclamó que no había agredido, sino defendido la sagrada libertad de expresión… todo mientras aún se sacudía el polvo de la refriega.
Y así, queridos lectores, lo que debía ser una sesión solemne se convirtió en una postal delirante de la política mexicana: un espectáculo grotesco y fascinante, donde los discursos se esfumaron para dar paso a la coreografía de la furia.
El “Honorable Congreso de la Unión” quedó reducido a escenario de tragicomedia. Una historieta nacional con sabor a ring, con aroma de carpa y con el eco inmortal de la radionovela: “¡En el próximo capítulo sabremos si la democracia logra levantarse de la lona!"