14/09/2026
Capítulo 1 de San Juan
El primer capítulo del Evangelio de Juan nos deja una de las enseñanzas más profundas de toda la fe católica: Jesucristo es el Verbo Eterno de Dios hecho carne, la Luz que vence a las tinieblas y la fuente de la gracia divina.
Al iniciar con las palabras «En el principio existía el Verbo», San Juan nos revela la divinidad de Jesús, quien no es simplemente un profeta o un gran maestro, sino el Dios mismo que participó en la creación y que decidió abajarse por amor a nosotros.
Las principales enseñanzas que este capítulo nos deja para nuestra vida de fe son:
La Encarnación como misterio de amor:
Al decir que «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros», el Evangelio nos enseña que Dios no es lejano ni indiferente. Se ha hecho uno de nosotros para compartir nuestra historia, sanar nuestra naturaleza humana y elevarnos a una dignidad nueva.
Nuestra identidad como hijos de Dios:
Juan nos recuerda que, al recibir a Jesús y creer en su nombre, se nos concede el poder de ser hechos hijos de Dios. No somos criaturas abandonadas a su suerte, sino miembros de la familia divina a través de la gracia.
El llamado a dar testimonio:
Siguiendo el ejemplo de Juan el Bautista, quien declaró «Yo no soy el Cristo» y apuntó hacia el «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo», el texto nos enseña la virtud de la humildad y la misión del cristiano: no buscarnos a nosotros mismos, sino ser faros que guíen a los demás hacia la verdadera Luz.
El encuentro personal que transforma:
Al final del capítulo, vemos cómo los primeros discípulos siguen a Jesús tras escuchar al Bautista. Ante la pregunta del Maestro: «¿Qué buscan?», ellos responden queriendo saber dónde vive. Su respuesta, «Vengan y verán», es la invitación perpetua de la Iglesia.
La fe cristiana no nace de una teoría, sino de un encuentro vivo y personal con Cristo que nos mueve a decirle a otros, como Andrés a Simón: «Hemos encontrado al Mesías».
En resumen, el capítulo 1 de Juan nos enseña que en Jesús encontramos la plenitud de la verdad y de la gracia. Nos invita a acoger la Luz de Cristo en nuestras vidas, a rechazar las tinieblas del pecado y a convertirnos, por el encuentro con Él, en sus testigos ante el mundo.