13/05/2026
Cada mañana, antes de que saliera el sol, Julián ya estaba sentado dentro de su viejo Nissan con el tanque apenas arriba de la reserva y el celular pegado al soporte esperando que sonara otro viaje. Siempre decía que “ahora sí” iba a escoger mejor los viajes, que ya no iba a aceptar recorridos miserables de treinta pesos que lo mandaban hasta el otro lado de la ciudad para terminar ganando menos de lo que gastaba en gasolina. Pero en cuanto sonaba la aplicación, el miedo le ganaba al orgullo. Y aceptaba. Otro viaje de $32. Otro de $28. Otro más de $35 con parada incluida.
Así se le iban las horas.
Doce, trece, a veces catorce horas manejando entre semáforos, baches y pasajeros que ni los buenos días daban. Miraba el reloj y sentía que el día desaparecía sin dejar nada. Cuando por fin revisaba cuánto había ganado, el número parecía burla: gasolina, comisión, comida, deuda del carro, renta atrasada… y al final apenas le quedaban unos cuantos billetes arrugados en la cartera.
Las notificaciones del banco ya parecían parte del soundtrack del carro.
“Pago vencido.”
“Saldo insuficiente.”
“Último aviso.”
Y aun así seguía manejando porque detenerse era peor. Si descansaba, no comía. Si no manejaba, no pagaba la renta. Vivía atrapado en esa lógica miserable donde trabajar demasiado tampoco alcanzaba para sobrevivir.
Lo peor llegaba en la noche.
Subía las escaleras del departamento con las piernas temblándole del cansancio, oliendo a sol, tráfico y asiento caliente. Abría la puerta esperando aunque fuera encontrar tranquilidad. Pero siempre era lo mismo: la televisión prendida, platos sucios sobre la mesa y ella hundida en el sofá viendo videos en el teléfono como si el tiempo no existiera.
El niño corría descalzo por la sala mientras Julián veía el refrigerador vacío otra vez.
Ni tortillas.
Ni huevos.
Nada.
Ella apenas levantaba la vista para preguntarle si había traído algo de cenar.
Y él sentía algo raro por dentro. No exactamente enojo. Más bien una especie de derrota silenciosa. Porque trabajaba hasta reventarse manejando gente ajena todo el día para llegar a una casa donde también se sentía un extraño.
A veces miraba al niño dormido y pensaba que, aunque no era suyo, al menos el morrito no tenía culpa de nada. Luego volteaba a ver el techo descarapelado del departamento y hacía cuentas mentales imposibles: cuánto debía, cuánto faltaba para la renta, cuánto más aguantaría el carro antes de fallar.
Pero al final siempre pasaba lo mismo.
A la mañana siguiente sonaba la alarma.
Y Julián volvía a encender el Nissan.
“Aceptar viaje — $31.”