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29/12/2025

EL VIEJO QUE HACÍA FLORECER LOS ÁRBOLES
Anónimo

Hace muchos un viejo leñador que vivía en una pequeña aldea a la orilla de un gran bosque salió por la mañana a cortar unos árboles. Cuando estaba a medio camino observó un pequeño perro blanco que estaba tumbado a la vera del sendero. El animal estaba muy delgado y no tardaría mucho tiempo en morir de hambre y de frío. El leñador lo cogió en sus manos, lo puso tiernamente en el regazo de su quimono, se volvió a casa y se lo mostró a su mujer.

—¡Pobre perrito! —exclamó ella enternecida—. ¿Quién ha podido ser tan cruel contigo? ¡Y qué inteligente pareces ser con tus claros y brillantes ojos y tus orejas vivas y alertas! Nosotros te cuidaremos.Se pusieron enseguida a curarlo y, con sus cariñosos cuidados, el perro sanó: sus ojos brillantes resplandecían, sus orejas se enderezaban al más mínimo ruido, su hocico estaba siempre moviéndose con curiosidad y su pelo se cubrió de tal blancura que la anciana pareja lo llamaba Shiro, que significa blanco. Y como los ancianos no tenían hijos, Shiro fue tan querido para ellos como un hijo y el animal los seguía adonde quiera que iban.

Un día de invierno el anciano cogió el azadón, lo echó sobre su hombro y marchó al huerto a coger unas verduras. Shiro saltó y brincó alrededor de su amo y cuando llegaron al campo echó a correr tan locamente como siempre y ladró de placer al revolcarse en la maleza.

De repente se detuvo. Sus orejas se pusieron rectas y todo su cuerpo se tensó. Con el hocico en tierra echó a andar lentamente hacia la empalizada que había cerca de una de las esquinas del huerto, olfateando en un montoncito de tierra. De pronto, empezó a escarbar intensamente: apartaba la tierra y la echaba para atrás con sus patas. Sus fuertes ladridos atrajeron la atención del anciano y pensó que Shiro tenía que haber descubierto algo muy extraordinario para que se comportase de aquella manera.

El hombre cogió su azadón y empezó a cavar en el agujero que había abierto Shiro y de repente una lluvia de monedas de oro empezó a manar como de un manantial invisible. El anciano se echó para atrás sorprendido y volvió corriendo a su casa para que su mujer viera el milagro.

Sin embargo, su vecino, un hombre avaricioso y de mal genio que también había sido atraído por los ladridos de Shiro, había presenciado esta maravilla increíble desde la otra parte de la cerca de bambú que separaba sus campos. Sus ojos resplandecieron de codicia y no pudo controlar sus crispadas manos. Muy astutamente adoptó una voz amable y rogó a los ancianos que le prestaran el perro durante un día. Como eran muy bondadosos, el anciano levantó a Shiro por encima de la empalizada y se lo entregó al vecino.

Sin embargo, Shiro se dio cuenta de la maldad de aquel hombre, se negó a seguirlo y tembloroso se tumbó en el suelo. El vecino lo acarició y le gritó, pero sólo consiguió que el temor de Shiro aumentara más. Entonces ató una cuerda alrededor del cuello de Shiro y lo arrastró hasta un rincón de su huerto. Allí, lo ató a un árbol y su garganta quedó tan apretada por la cuerda que ni su verdadero amo podía oír sus débiles ladridos.

—Ahora —dijo el malvado vecino—, dime dónde está enterrado el tesoro. Búscamelo o te mataré.

Furioso, golpeó la tierra ante el hocico de Shiro. La hoja del azadón se hundió y chocó contra algún objeto metálico. En un instante estaba arañando la tierra con ambas manos en medio de un frenesí de avaricia. Sin embargo, al no poder desenterrar nada más que viejos andrajos, trozos de madera y tejas rotas, su furia se desató, agarró el azadón y golpeó salvajemente a Shiro. El golpe hirió cruelmente al animal, pero también cortó la cuerda que le sujetaba, por lo que el perro echó a correr en angustiados círculos, aullando de dolor. Su verdadero amo, atraído ahora por sus ladridos, corrió y, al ver lo que estaba ocurriendo, se llenó de pena. Shiro atravesó la cerca y su amo lo cogió cariñosamente en sus brazos.

—Shiro, mi pobre Shiro, ¡qué cosa tan terrible te ha ocurrido! ¿Podrás perdonarme mi cruel error? —lloriqueó el anciano. Y Shiro, tembloroso, se apretaba contra él.

El hombre, muy triste, regresó con Shiro a su casa. Allí lo bañó y curó su herida y le dio de comer. Pero, a pesar de todos sus esfuerzos, el azadón del malvado vecino le había herido tan gravemente que el animal murió aquella misma noche.

Los ancianos quedaron trastornados con su pérdida. Aquella noche no pudieron dormir y por la mañana temprano, con gran dolor y tristeza, lo enterraron en el rincón del huerto donde había ocurrido el milagro de Shiro. Sobre su tumba el anciano puso una pequeña lápida y junto a ella plantó un pino joven. Todos los días la anciana pareja iba a la tumba y de pie, con las cabezas inclinadas, lamentaban la pérdida de su amigo.

El árbol creció con una rapidez increíble. En una semana sus ramas daban sombra a la tumba de Shiro; a los quince días ya se necesitaban dos personas con los brazos extendidos para poder rodear su tronco; y al cabo del mes las hojas de su copa parecían barrer el cielo. Todos los días el anciano se asombraba ante esta nueva maravilla y decía:

—Mujer, esto es sin duda otro milagro. Nuestro pequeño Shiro ha mu**to, pero su espíritu se ha convertido en la savia de este magnífico árbol y está brincando alegremente en sus hojas y ramas-. Y miraban al árbol con renovado asombro.

La noticia del rápido crecimiento del árbol se extendió enseguida. Desde los lejanos valles y montañas acudían diariamente gentes con el propósito de contemplarlo. Movían sus cabezas y se susurraban unos a otros que no podía ser, pero luego volvían a levantar las cabezas para mirar otra vez y no podían dudar de lo que estaban viendo sus ojos.

Un día de invierno la anciana dijo a su marido:

—Marido, ¿te acuerdas de cuánto le gustaban a nuestro pequeño Shiro los pastelillos de arroz? ¿No sería una buena idea confeccionar un buen mortero del tronco del árbol de Shiro y hacer pastelillos de arroz para ofrecérselos en su tumba?

—¡Es una buena idea! —replicó excitado el marido—. Lo haremos como tú dices.

Durante la mañana, la tarde y el día siguiente estuvo trabajando, cortando lentamente el enorme tronco con su afilada hacha hasta que el majestuoso árbol crujió y cayó a tierra con un rugido tan poderoso que se tuvo que oír en los rincones más apartados del Japón. De las hábiles manos del anciano salía poco tiempo después un bonito y elegante mortero, dispuesto para recibir y moler el resplandeciente y blanco arroz.

Con los corazones llenos de amor y cariño a la memoria de su pequeño amigo, la anciana pareja empezó a machacar el arroz en el mortero para convertirlo en harina antes de cocerlo. Pero apenas habían machacado poco más que una cazuela llena de granos de arroz, cuando, ante sus asombrados ojos, todo el puñado de granos se convirtió en un resplandeciente montón de monedas de oro.

Cuando los vecinos se enteraron, se alegraron muchísimo de la buena fortuna de los ancianos. Bueno, todos los vecinos menos uno, el hombre malvado que tan cruelmente había matado al pequeño Shiro. Al oír la historia del mortero mágico, apenas pudo contener su avaricia y al día siguiente fue a la casa de la anciana pareja, los aduló, los lisonjeó y fingió gran pena al decir:

—Desde la muerte de vuestro pequeño perro estoy lleno de remordimientos porque sé que yo fui el culpable. De noche y de día pienso que si sólo existiera una manera de demostraros lo que siento y de probaros de alguna forma lo arrepentido que estoy, lo haría de buena gana. Hoy, con toda humildad, he venido a pediros perdón. Me agradaría muchísimo hacer pastelillos de arroz para depositarlos en la tumba del pequeño Shiro. Pero ¡ay! mi mortero es demasiado viejo, y yo demasiado pobre para comprar uno nuevo. ¿No me prestaríais, bondadosos amigos, vuestro mortero para que yo pueda hacer mi pequeña ofrenda a nuestro amiguito?

El afecto y la credulidad de los ancianos quedaron conmovidos profundamente ante las mentirosas palabras de su vecino y, creyendo que estaba sinceramente arrepentido, permitieron al sutil bribón que llevara consigo el mortero.

Al llegar a su casa no perdió tiempo en monsergas y se puso a preparar las tortas. Junto a su esposa, igualmente avariciosa, echó el arroz en el mortero y los dos se pusieron a machacarlo. Siguieron y siguieron machacando, pero el oro no apareció y los dos gritaron furiosamente;

—¡Miserables granos, transformaos en oro, transformaos en oro!

Y machacaron más vigorosamente que antes. Los granos volaban en todas direcciones y de ellos no salía ni una sola moneda de oro, pero de repente el arroz molido empezó a moverse y a transformarse.

—¡Está cambiando! —dijo el viejo avaricioso.

—¡Seremos ricos! —gritó su esposa.

Y se pusieron a bailar de placer alrededor del mortero. Pero en lugar de aparecer un brillante montón de oro, vieron con horror que no salían sino viejos andrajos, trozos de madera y tejas rotas, exactamente igual a lo desenterrado en el campo. Tanta rabia le dio al hombre que agarró su hacha y de un solo golpe partió en dos el mortero y entre los dos convirtieron en pedacitos sus restos; después encendieron un fuego, arrojaron en él los trozos y se pusieron a contemplar cómo se convertían en cenizas.

Al día siguiente el anciano fue a pedirles el mortero, pero el vecino le respondió:

—El mortero se rompió y quedó inservible. Al primer golpe de mi mano, se partió por la mitad, así que lo hice leña y lo eché al fuego hasta que se convirtió en cenizas. Si éstas te sirven de algo, cógelas. Están en el horno.

Con estas mentirosas palabras el vecino le volvió la espalda y se negó a decir nada más.

El anciano estaba desolado. Primero miró a su vecino y luego al horno. No había cólera en su corazón, sólo una profunda tristeza.

—Primero mi querido Shiro, ahora mi maravilloso y nuevo mortero —se lamentó para sí—. ¡Hombre insensible y sin sentimientos!, pero ya nada puede devolvérmelos. Sólo quedan las cenizas, pero son las cenizas de mi pequeño perro, porque ciertamente el mortero estaba hecho con su maravilloso espíritu. Las cogeré y las enterraré junto a él.

El anciano recogió las cenizas en un pequeño s**o y se volvió lentamente a su casa. Apenas había andado la mitad del camino cuando de un pinar cercano se levantó una suave brisa que danzó momentáneamente entre los árboles. Después empezó a dar vueltas alrededor del saquito, lo levantó y expandió las cenizas en el aire. La brisa murió con tanta rapidez como se había levantado y las cenizas flotaron como copos de nieve sobre las frías y desnudas ramas de los árboles invernales.

Y sucedió otra cosa maravillosa: allá donde se posaban las cenizas, en las ramas desnudas nacían una profusión de hojas y flores. Enseguida, por todos los alrededores del anciano la tristeza del invierno se transformó en la alegría de la primavera y el aire se llenó del perfume de las flores abiertas. El anciano se volvió lentamente para presenciar este nuevo milagro. Alargó su mano para tocar las hojas y los pétalos y asegurarse de su realidad. Lentamente, empezó a dar vueltas, con los ojos sumergidos en el tierno verdor y su olfato se llenó de la fragancia de mayo. De repente, echó a correr excitado hacia su aldea.

—¡Mirad, mirad! ¡El viejo jardinero puede hacer florecer los árboles! ¡El viejo jardinero puede hacer florecer los árboles! ¡Mirad, mirad! —gritaba, mientras que seguía cogiendo cenizas y poniéndolas sobre cada árbol y arbusto y viendo cómo éstos abrían sus capullos donde caía la ceniza.

Y sucedió que el Señor de la provincia, acompañado de sus ayudantes, estaba haciendo un viaje de inspección. Atraído por los gritos del viejo y por la multitud que le rodeaba, el Señor detuvo su caballo y mandó a uno de sus criados que fuese a enterarse de lo que pasaba.

Mientras tanto el anciano, cuya alegría se había desatado con el nuevo y maravilloso poder que poseía, se había subido a un cerezo y al tiempo que cantaba arrojaba la ceniza en cada rama para que las flores rojas y blancas mostrasen ante ellos todo su esplendor.

El criado del Señor lo llamó. El anciano descendió del árbol y fue llevado a su presencia. Humilde y simplemente relató su historia, y cuando demostró el milagro de la ceniza el Señor se llenó de gran contento y dijo:

—¡Maravilloso! ¡Verdaderamente maravilloso! Un hombre que hace que las flores le sigan como una sombra. ¿Dónde habrá otro que posea un don de tanta belleza? Anciano, te voy a recompensar.

Un ayudante trajo una mesa y sobre ella colocó una bolsa de brocado llena de monedas de oro. El mismo Señor se la ofreció al anciano quien, inclinándose primero hasta el suelo, la tomó con humilde reverencia.

Como apenas podía esperar más para irse a su casa y contarle a su esposa el milagro de las cenizas y el honor que le había dispensado el Señor de la provincia, echó a correr llevando fuertemente asida la bolsa.

Pero el codicioso y malvado vecino que había sido testigo de todo lo ocurrido, volvió corriendo a su casa y abrió la puerta del horno. Pensó que dentro habrían quedado rastros de las cenizas y quizás también en el suelo. Llamó a su esposa y juntos recogieron en otro saquito todo lo que había quedado. Echó a correr y esperó a la orilla del camino por el que habían de pasar el Señor y su séquito, se subió al árbol más cercano y empezó a gritar:

—¡El viejo jardinero puede hacer florecer los árboles, el viejo jardinero puede hacer florecer los árboles! ¡Mirad, mirad!

El Señor llegó con su caballo hasta el árbol y dijo:

—¡Qué! Este no es ciertamente el mismo viejo que he visto antes. ¿También tú puedes hacer florecer los árboles? Si es así, demuéstramelo.

—Sí, mi Señor, lo haré enseguida.

Rápidamente empezó a dispersar las cenizas sobre las ramas. Pero en vez de hacer brotar flores, las cenizas se dispersaron en todas las direcciones y envolvieron al Señor y a sus criados en una sofocante nube de polvo que penetró e inflamó sus ojos, asustó al caballo del Señor y el animal se desbocó.

Los ayudantes arrastraron furiosos al estúpido y lo pusieron de rodillas ante su indignado Señor. El hombre se arrastró miserablemente y se golpeó la frente contra el suelo llorando amargamente.

—¡He sido malo y ruin! —gritó desesperado—. Maté al perro de mi vecino y destruí su mortero. No ha habido sino envidia y avaricia en mi corazón y debido a eso he causado muchísimo daño a mi buen vecino. Ahora he ofendido a mi Señor. ¡Perdonadme! ¡Perdonadme! Me arrepiento y, si me perdonáis, cambiaré de vida.

El señor, muy disgustado, reprendió severamente al hombre, pero al final lo perdonó con la condición de que, si no se enmendaba, sería severamente castigado.

A medida que pasaban las semanas y los meses la anciana pareja se serenaba más y era más feliz, y su buena fortuna iba también en aumento. Su vecino y la esposa de éste fueron cambiando lentamente. Su envidia dejó sitio a la bondad; su mal genio a la amabilidad y a una amistad afectuosa con los vecinos. En cada fiesta y aniversario los cuatro iban juntos al templo y a la tumba de Shiro para ofrecer oraciones y pastelillos de arroz a la eterna paz de su espíritu, y el resto de sus días lo emplearon en generosa y buena voluntad los unos con los otros y con todo el pueblo de la aldea.

29/12/2025

EL PÁJARO MALO
Manuel A. Alonso

Si el lector ha hecho alguna vez el camino de Caguas a la capital de Puerto Rico, recordará el hermoso valle que media entre la cuesta de Quebrada-Arenas, y el cerro llamado de la Mesa; valle ameno y muy fértil regado por el río Cañas y la Quebrada-Arenas, y sembrado de infinidad de árboles, algunos de los cuales, situados a la orilla del camino, sirven de día para guarecerse el viajero de los ardores del sol, y mienten de noche fantásticas apariciones que asustan a más de un supersticioso.

Dos caminantes atravesaban este valle en una noche de enero a las dos de la madrugada: el uno, joven de veinte años, de cabello y ojos muy negros y relucientes, tez morena y con aquel tinte amarillo tan general en los criollos descendientes de europeos sin mezcla de otra raza, montaba un hermoso caballo negro, cuyas orejas pequeñas y móviles seguían de continuo la dirección del menor ruido causado por el aire, o de cualquier objeto en el cual se reflejaba la luz dudosa de la luna menguante que acababa de salir. El otro, mulato bronceado, de formas atléticas, y vestido con sombrero de paja y camisa y pantalón de tela blanca, iba sobre un alazán, que si no igualaba en la casta al caballo de su joven amo, llevaba no poca carga sin dar la menor señal de flaqueza.

-Jacinto -dijo el primero de estos dos personajes-, parece que vas cabeceando, procura tenerte firme, que caerás si te descuidas.

-Es verdad, niño, pero también lo es que tengo motivo para ir dando el piojo: hace cuatro noches que apenas duermo.

-Tampoco he dormido yo, y sin embargo me mantengo firme.

-¡Ah! cuando yo tenía la edad de su merced no me dormía aunque pasara quince malas noches; pero aquel era otro tiempo, ahora tengo veinte años más, y no puedo llevar muchos huevos de punta.

-Tienes razón, aquel era otro tiempo -contestó el joven en tono de mofa-: ¡qué buena pieza serías entonces! ¿Cuántas muchachas tenías enredadas?

-Ninguna, niño, en mi vida he querido a nadie, más que a Juana mi mujer, la criandera de su merced, y me alegro mucho de ello; porque ella me ha querido y me quiere lo que nadie puede pensar.

-Sí, buena pieza, ya lo sé, y tampoco ignoro que, en el año que yo nací, tuvo mi padre que casaros por lo mucho que os habíais querido antes de estar autorizados para ello.

-Vamos, niño, su merced siempre ha de ser el mismo: ¿quién hubiera dicho cuando lo paseábamos de noche en brazos porque no cesaba de llorar, que había de ser después tan amigo de reírse a costa del prójimo?

-¿Con qué entonces no te echaba pullas?…

-La cruz de Nazareno te caiga debajo, y te levante un millón de leguas más arriba de las estrellas -gritó el mulato, interrumpiendo a su amo.

En este instante comenzaban a bajar una pendiente, habiendo dejado algunos pasos atrás, y a la izquierda del camino, una cruz de madera, que hacía años estaba en aquel sitio clavada en tierra. El mulato se había quitado su sombrero, y rezaba temblando de miedo.

-¿Empiezas ya con tus majaderías? -dijo el joven fingiendo estar enfadado-. ¿A qué vienen esos gritos?

-Niño, no son majaderías; he oído cantar al pájaro malo.

-Calla, tonto, ¿que más pájaro malo que tú?

-La cruz de Nazareno te caiga debajo -repitió de nuevo el esclavo; añadiendo después-: ¿Y ahora lo ve su merced? ¿Ha cantado o no?

En efecto, tres gritos lejanos, al parecer de un ave nocturna, llegaron a oídos de los viajeros.

-Y bien -contestó el joven a su interlocutor-, ¿qué tenemos con eso? Si ha cantado, contéstale tú con una copla de cadenas, de aquellas que sabes improvisar.

-Parece imposible que se burle su merced de esas que a mí me dan tanto miedo.

-Y también lo parece que un hombre como tú, que rinde a un toro por los cuernos, que se ha echado a un río crecido por salvar a quien no conocía, y que ha reñido con tres negros cimarrones a la vez, tenga temor por esos cuentos de viejas.

-No son cuentos de viejas, niño; y la prueba de esto es esa cruz que hemos pasado ahora.

-¿Y qué tiene que ver la cruz con el pájaro malo?

-Si su merced supiera lo que significa esa cruz, y por qué se puso en donde está, no me haría esa pregunta.

-Yo no sé más, sino que en el mismo sitio mataron a uno y, como es costumbre, han puesto una cruz para que los caminantes rueguen a Dios por su alma.

-Pues hay más que eso.

-Vaya, veo que quieres contarme un cuento, que de todo tendrá menos de verdadero.

-Todo el pueblo sabe la historia de la muerte de Gregorio Rodríguez, que tiene mucho de verdad, y es extraño que su merced no la sepa.

-Me alegro mucho de no saberla, porque así te la oiré contar, y entretendremos un rato el camino.

-Pues, señor -comenzó Jacinto- había en el barrio de la Jagua un mozo de unos veinte años, llamado Gregorio, o Goyo, hijo de Atanasio Rodríguez, uno de los que fueron a buscar a los ingleses al puente de Martín Peña, con aquel tremendo Díaz, que dicen los desafiaba encaramado sobre uno de los pedazos que de dicho puente habían quedado cuando lo volaron los sitiadores. Este tal Goyo era alto, grueso a proporción, y tenía más fuerza que una yunta de bueyes: nadie podía aguantar su genio; a los doce años hirió a un hermano suyo, y a los diez y ocho levantó la mano a su padre, que aunque hubiera sido para él un extraño, no merecía semejante injuria, porque todos le teníamos por el hombre mejor del mundo. El pobre viejo sufrió con mucha paciencia los golpes de su hijo, y cuando se vio libre de él, arrodillándose en medio del soberano levantó las manos al cielo, diciendo: ¡Dios mío!, perdona a ese muchacho, que no sabe lo que acaba de hacer conmigo.

“Pasaron de esto algunos meses, y el padre y el hijo parecían olvidados de lance tan desagradable; pero como la justicia de Dios había de cumplirse, héteme que una tarde sale mi mozo con otro camarada suyo para ir a bailar a Turabo: llegaron a la casa del baile, y allí estuvieron hasta las tres de la madrugada sin que nada les sucediese. Al salir se juntaron con otro conocido de su mismo barrio, y tomaron el camino conversando alegremente: un poco antes de llegar al pueblo de Caguas, que habían de atravesar, oyeron cantar al pájaro malo. El endiablado Goyo se echó a reír y gritó: «Mira, mal avechucho, ven mañana a casa por cuatro granos de sal; y no faltes, que te espero.» En este momento la sombra del pájaro se pintó en el suelo delante de él; y a pesar de que quería hacerse el guapo, le dio un temblor tan fuerte, que apenas podía dar un paso. Los otros dos, que tenían miedo como él, le echaron en cara su locura en desafiar el poder del malo; mas él, recobrando su malvado valor, echó por aquella boca mil pestes sobre todo lo que nos enseña la doctrina cristiana.

“Al siguiente día, al mudar una res que nunca había topado, recibió de ella una cornada, que le hizo ir muy alto, rompiéndose al caer una pierna. Su pobre padre le asistió con el mayor agrado durante los muchos días que estuvo de peligro, y pasó las noches en vela, rogándole en vano que se confesase y comulgase.

“Apenas curado, volvió a su antigua vida de vicioso y mal hijo: salia de su casa sin volver a veces en tres o cuatro días y cuando se le acababa el dinero y no tenía que jugar, robaba a algún vecino o a su mismo padre lo que podía, para seguir en tan perjudicial entretenimiento. Llegó, por fin, un día en que nada quedaba al viejo, y entonces le abandonó, dejándole solo, pues que su hermano había mu**to poco antes; se fue a vivir con uno que no tenía otro oficio que el robo, y cometió en su compañía tantos crímenes, que la justicia le echó mano y fue sentenciado a cuatro años de presidio.

“Cumplida la condena, volvió más holgazán y más pícaro que antes a unirse a su compañero y comenzaron de nuevo sus fechorías. Una noche asesinaron, por robarle treinta pesos, a un infeliz que volvía de la ciudad, donde había vendido su pequeña cosecha de café; el crimen quedó sin castigo porque nadie supo quién lo cometió.

“A los pocos días se habló de otro robo de más consideración, y no pasaron muchos después de este último, cuando se encontró una mañana en el Barrio de Culebras el cadáver del compañero de Goyo cosido a puñaladas, y no faltó quien dijera que el matador era nuestro mocito de la Jagua, que después del suceso gastaba y se divertía, sin que ninguno supiera su oficio.

“Al cabo de algún tiempo se le acabó el dinero y no sus vicios; salió una noche de una casa de este barrio que pasamos ahora, en la cual había perdido lo poco que le quedaba, y pensó matar a otro jugador que había ganado mucho. Para lograr su intento se colocó en el lugar donde ahora está la cruz de palo, y allí aguardó la proximidad de su nueva víctima. Ya el otro subía la cuestecita… no le faltaba mucho… Goyo tenía el machete empuñado con la mano derecha, y con la zurda aflojaba dentro de la vaina el cuchillo que llevaba a la pretina, iba a adelantar hacia el camino, y… el pájaro malo cantó sobre su cabeza.

“La cruz de Nazareno te caiga debajo, dijo el jugador afortunado; y de repente, viendo un bulto a la orilla del camino, paró el caballo y añadió:

“-Caramba, apártese un poquito más lejos, o diga qué es lo que quiere.

“-Que me entregues el dinero que nos has robado esta noche con tus trampas.

“-Pues, amigo, venga por él y se lo daré, que desde aquí no puedo tirarlo.

“-Allá voy, y despachemos pronto.

“Diciendo esto saltó la zanja, y se adelantó hasta muy cerca del que le aguardaba, al parecer resignado a dejarse robar; levantó el machete, y ya iba a descargar el golpe terrible, cuando se oyó un tiro; la bala de una pi***la disparada por el jugador atravesó el pecho de Goyo, y el canto del pájaro malo respondió desde lejos al grito que dio este al caer en medio del camino bañado en sangre.

“Quiso Dios que el cura del pueblo, que volvía de una administración, acertase a pasar por aquel sitio y viendo un hombre en el suelo, se acercó a él con el fin de auxiliarle, si estaba enfermo, o apartarle a un lado, si otra causa menos lastimera le obligaba a guardar semejante postura. Se apeó de su caballo, y al poner la mano sobre aquel cuerpo le halló todo mojado, latía muy poco el corazón y la respiración apenas se sentía. Con mucho trabajo logró incorporarle, ayudado por el hombre que le acompañaba; mas no pasó un minuto después de esto cuando el herido, volviendo en sí, después de un profundo gemido dijo:

“-¡Ah! ¿Quién es la buena alma que me socorre y me vuelve a la vida?

“Es Dios -contestó el sacerdote-, que ha traído aquí al más indigno de sus ministros para recibir de usted la confesión de sus culpas, y auxiliarle con el fin de lograr la salvación de su alma, y volver si es posible la salud al cuerpo.

“-¡Oh padre!, lo último es imposible, porque estoy muy mal herido, y conozco que se me va acabando por momentos la poca vida que me queda; y lo primero es igualmente desesperado, porque soy un infame y mi vida es un tejido de crímenes.

“-Hijo mío, confía en la divina Providencia, abre tu corazón a un ser infinitamente misericordioso, confiesa y arrepiéntete de tus culpas, que Dios las perdonará.

“-¿Es posible, padre? ¿Dios perdona a hombres como yo que merezco arder en el in****no?

“El bueno del señor cura le predicó tanto y tan al alma, que el último se decidió, e iba a comenzar el Yo pecador; pero el canto del pájaro malo le anudó la garganta y no pudo articular ni una palabra.

“-Vamos, hijo, ¿por qué tardas tanto? -le dijo el sacerdote.

“-Padre, ¿no ha oído usted ese pájaro que acaba de cantar?

“-Si, hijo; ¿pero por qué dices eso?

“-Porque ese pájaro es el diablo, que quiere mi alma.

“-¡Calla, desgraciado! ¿Es posible que en el momento de morir tengas esa preocupación?

“El moribundo, vencido de nuevo por la persuasión del ministro del altar, dijo con voz clara sus culpas, y apenas absuelto murió en los brazos del confesor.

“Desde entonces hay esa cruz en el paraje que ha visto su merced, y en el cual nos ha cantado esta noche el pájaro malo.”

-Y bien, ¿qué tiene que ver la muerte de Gregorio Rodríguez con que sea verdad que existe ese pájaro malo?

-Mucho, señor, si no hubiera aquel mozo desafiado a este, como hizo, ofreciéndole cuatro granos de sal, no hubiera seguido siempre mal guiado por el mismo camino; yo al menos así lo veo.

-Y yo veo que tú eres un simple, pues no conoces que ese pájaro es uno cualquiera, y que el hombre que cumple con Dios y sus semejantes está muy seguro de que no le harán obrar mal todos los pájaros buenos y malos de la tierra.

Aquí terminó la conversación de los viajeros, que siguieron callados su camino.

15/09/2025

LA ESMERALDA ENCANTADA

Hace muchos, muchos años, hubo una vez un niño que solía jugar debajo de un gran pino cercano a su casa.

Después de cada lluvia, alrededor del árbol brotaban muchos hongos alineados en forma de círculo, que servían de asiento a un grupo de pequeños gnomos, tan chiquitos como muñequitos, pero capaces de hacer cosas maravillosas. Al poco tiempo de conocerse, el muchacho y los gnomos ya eran grandes amigos.

Francisco, que así se llamaba el niño, mantenía en secreto esa amistad, porque la gente no suele creer en los gnomos, pero se divertía mucho con ellos.

Pero llegó el invierno y el padre del muchacho decidió hacer leña ese pino. Francisco le rogó de todas formas que no cortara ese árbol, ya que era la morada de sus extraños amigos. El padre aceptó su pedido a condición de que Francisco se ocupara de conseguir la leña para la casa durante todo el invierno.

El chico pasó ese invierno trabajando muy duro, recorriendo la comarca y juntando leña para cumplir la promesa que salvaría al pino; y el padre cumplió la suya, porque así son los padres.

Llegada la primavera los gnomos se enteraron del sacrificio realizado por Francisco para salvar su viejo árbol y decidieron recompensarlo regalándole una cadena de oro con una gran esmeralda.

Esta piedra -le dijeron- tiene poderes mágicos que te darán toda la felicidad; mientras la lleves en el cuello serás amado, conseguirás para ti todo lo que quieras y llegarás a ser inmensamente rico. Para el resto de los hombres sólo será una piedra; muy valiosa, pero sin esos poderes.

Muy pronto Francisco comprobó la verdad de esas palabras: tenía cuanto deseaba y todo lo que emprendía le salían bien sin ningún esfuerzo, aunque como no ambicionaba riquezas, poco uso le daba a su esmeralda encantada.

Pero ese verano hubo una gran sequía y el hambre se apoderó de hombres y animales, porque se perdieron todas las cosechas.

Francisco intentó solucionar esos males con su piedra encantada, pero todo fue en vano; sus poderes sólo actuaban para él, pero no para los demás. Podría salvarse del hambre y la miseria, pero nunca ayudar a sus semejantes.

Rápidamente corrió hasta la ciudad más cercana, vendió la piedra por la cual le dieron una fortuna, y volvió a su comarca con una enorme carreta cargada de alimentos, ropas y hasta grano para los animales. Para que nadie se enterara de que había sido él quien trajera todo eso, lo fue dejando frente a las casas de noche sin que lo vieran.

A la mañana siguiente todos encontraron los grandes paquetes frente a sus puertas y fue como un día de reyes. Hubo alegría y alivio, aunque nadie sabía a quién darle las gracias.

Pero Francisco estaba preocupado porque tendría que confesar a sus amigos, los gnomos, que se había desprendido de la maravillosa piedra que le regalaran.

Lo hizo con un poco de miedo, pensando que se enojarían.

Pero los gnomos comprendieron que Francisco no necesitaba una piedra encantada para ser feliz, le bastaba con su propia bondad. Por eso le hicieron otro obsequio para que llevara en su cuello; esta vez le dieron un humilde pañuelo, ajustado con un pequeño anillo, echo con un hueso de caracú.

Ese pañuelo -tan parecido al que usan los escuchas- le recordaría siempre que de nada valen las riquezas ni la propia felicidad cuando no se las puede compartir, que lo que se consigue sin esfuerzo carece de verdadero valor y que el amor al prójimo es la mayor alegría que alguien puede g***r, porque no hay felicidad más linda que dar felicidad.

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