18/05/2026
DARINEL Y EL PACTO CON EL DIABLO.
En política hay fotografías que dicen más que mil discursos.
Y la imagen reciente de Darinel Alvarado Villatoro acompañado por Manuel Pulido no proyecta precisamente esperanza, renovación ni futuro para La Trinitaria. Proyecta otra cosa: el regreso de un modelo político que el municipio ya conoció… y padeció.
Porque detrás de las palabras cuidadosamente adornadas sobre “unidad”, “gobernabilidad” y “acuerdos amplios”, lo que realmente aparece es una alianza entre dos figuras cuya historia pública carga más sombras que resultados.
Resulta casi irónico escuchar hoy a Darinel hablar de construir una nueva ruta para La Trinitaria, cuando durante su paso por la vida pública fue señalado constantemente por la frivolidad política, las promesas incumplidas y una imagen marcada más por las parrandas y excesos que por resultados de gobierno que verdaderamente transformaran al municipio.
Muchos recuerdan al personaje festivo.
Pocos pueden mencionar obras trascendentes.
Y esa diferencia pesa.
Pero todavía más delicado es el personaje que hoy aparece dándole respaldo político.
Porque Manuel Pulido no representa precisamente una nueva generación política. Representa un grupo que durante más de una década concentró poder, control político y decisiones en La Trinitaria, mientras el municipio seguía atrapado en el rezago, la falta de desarrollo y el abandono de siempre.
Doce años tuvieron para demostrar visión.
Doce años para cambiar el rumbo.
Doce años para construir grandeza.
Y, sin embargo, La Trinitaria siguió viendo cómo unos cuantos prosperaban mientras la mayoría sobrevivía.
Por eso cuesta trabajo creer que ahora quieran vender esta alianza como si se tratara de un acto patriótico por el bienestar del pueblo.
La política chiapaneca tiene memoria.
Y la gente también.
Cuando los mismos actores que ya gobernaron regresan tomados de la mano, rara vez significa transformación; normalmente significa necesidad. Necesidad de mantenerse vigentes. Necesidad de conservar cuotas de poder. Necesidad de impedir que nuevos liderazgos ocupen espacios que ya no les pertenecen.
Y aquí aparece el verdadero fondo del asunto.
Todo este movimiento político ocurre justamente en el momento en que comienza a perfilarse rumbo al 2027 una figura femenina con respaldo social real, crecimiento político natural y consenso ciudadano en La Trinitaria.
Mientras desde Morena se habla de impulsar candidaturas de mujeres, de abrir paso a nuevos perfiles y de fortalecer liderazgos distintos, desde las viejas estructuras parece estar operándose una reacción desesperada para imponer acuerdos, candidaturas y alianzas recicladas.
La pregunta entonces ya no es política.
Es moral.
¿Qué puede ofrecer una alianza construida entre personajes que ya tuvieron el poder y no resolvieron los grandes problemas del municipio?
¿Qué futuro puede prometer quien hoy habla de unidad, pero ayer dividió, incumplió y decepcionó?
¿Y desde cuándo pactar con quienes simbolizan el viejo saqueo político puede llamarse “transformación”?
Porque hay algo que en La Trinitaria comienza a quedar claro:
El pueblo puede perdonar errores.
Lo que ya no está dispuesto a tolerar es que quieran disfrazarle el pasado como si fuera futuro.