15/08/2026
El padre soltero bromeó: “¿Y quién es el afortunado?”… pero la CEO lo miró y respondió: “Pensaba que tú”
PARTE 1:
A las 7:08 de la noche, la Torre Áurea, sobre Paseo de la Reforma, estaba casi vacía.
Mateo Rivas se encontraba agachado junto a un tablero eléctrico del vestíbulo, guardando herramientas después de reparar una falla en las luces.
Tenía 41 años, una camisa azul de mantenimiento y una mancha de polvo en la frente.
Entonces se abrieron las puertas del elevador.
Renata Cárdenas salió con un vestido negro, el cabello recogido y unos tacones que hicieron eco sobre el mármol.
Mateo levantó la vista.
Durante meses la había visto pasar con trajes ejecutivos, llamadas interminables y 3 asistentes caminando detrás de ella.
Aquella noche parecía distinta.
—Caray —dijo él, sonriendo—. ¿Y quién es el afortunado?
Renata se detuvo.
Mateo lo había dicho por molestar.
Nada más.
Pero ella llevaba casi 1 año esperando que aquel hombre dejara de hablarle solamente del aire acondicionado, los elevadores y las luces del estacionamiento.
Así que respondió sin pensar:
—Pensaba que tú.
Mateo dejó de sonreír.
Renata también pareció sorprendida por sus propias palabras.
El guardia de recepción bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.
—Yo… —intentó decir Mateo.
El celular de Renata sonó.
Su chofer ya esperaba para llevarla a una cena de inversionistas en Polanco.
—Tengo que irme —murmuró ella.
Caminó hacia la salida sin mirar atrás.
Mateo permaneció junto al tablero con un desarmador en una mano y una pregunta enorme en la cabeza.
Renata era fundadora y directora general de Cárdenas Ventures, una firma financiera que ocupaba los últimos 4 pisos de la torre.
Mateo formaba parte del equipo de mantenimiento.
Aparentemente, no tenían nada en común.
Pero había alguien que había terminado conectándolos.
Camila, la hija de Mateo.
Tenía 10 años y algunas tardes hacía la tarea en una mesa junto a recepción mientras esperaba que terminara el turno de su padre.
Conocía a todos.
A los guardias.
A las recepcionistas.
Al señor de los jugos.
Y a Renata, a quien llamaba discretamente “la jefa del cielo” porque trabajaba hasta arriba.
Renata comenzó a hablar con Camila cuando una tarde la niña perdió una maqueta escolar.
Después vino un dibujo.
Luego una conversación.
Después otra.
Sin darse cuenta, Renata empezó a notar también a Mateo.
Él sabía que ella tomaba café americano sin azúcar.
Sabía que odiaba que el elevador se detuviera bruscamente.
Y siempre aparecía, casualmente, cuando Renata salía demasiado tarde.
Mateo decía que estaba revisando la entrada.
Renata sabía que la acompañaba por seguridad.
Aquella noche, Mateo llegó a su departamento todavía distraído.
Camila lo miró desde la cocina.
—Traes cara de que hiciste una tontería.
—Gracias por la confianza.
—¿Fue con la jefa del cielo?
Mateo casi dejó caer las llaves.
—¿Por qué dices eso?
Camila sonrió.
—Porque con ella siempre te pones bien raro.
3 días después, el verdadero problema comenzó.
Patricia Lozano, administradora de la Torre Áurea, recibió una orden del presidente del consejo, Octavio Barragán.
Debían despedir a todo el equipo de mantenimiento en 30 días.
—No tenemos quejas —protestó Patricia—. Mateo conoce este edificio mejor que nadie.
—Precisamente por eso quiero una empresa nueva antes de la certificación estructural.
Octavio colocó sobre el escritorio el contrato de un proveedor seleccionado sin concurso.
Patricia sintió algo extraño.
Esa noche revisó los expedientes del personal.
Cuando abrió el de Mateo, se quedó inmóvil.
Antes de ser técnico de mantenimiento, Mateo Rivas había sido ingeniero estructural.
Y había trabajado 6 años para Grupo Barragán.
La misma constructora que levantó la Torre Áurea.
Patricia siguió buscando.
Encontró algo todavía peor.
Octavio había sido vicepresidente del proyecto.
Al día siguiente, Renata se enteró del despido.
Encontró a Mateo revisando una puerta de emergencia.
—Voy a hablar con el consejo.
—No hace falta.
—Sí hace falta.
—Renata, trabajo para mantenimiento. Pueden cambiar de proveedor cuando quieran.
—No si están poniendo en riesgo a 3,500 personas.
Mateo levantó lentamente la cabeza.
Renata frunció el ceño.
—¿Qué sabes?
Él tardó demasiado en responder.
—Nada que pueda probar.
Aquella respuesta no tranquilizó a Renata.
La asustó.
Esa misma noche, Patricia bajó al archivo subterráneo.
Revisó cajas cubiertas de polvo hasta encontrar unos planos antiguos.
Entre ellos apareció un informe marcado con tinta roja.
“RIESGO DE SOBRECARGA EN COLUMNAS DEL SECTOR SUR. NO AUTORIZAR APERTURA SIN REFUERZO.”
Debajo estaba la firma:
Ing. Mateo Rivas.
Patricia encontró otro documento fechado 19 días después.
Declaraba la torre totalmente segura.
La firma inferior pertenecía a Octavio Barragán.
Patricia sintió frío.
Entonces entendió por qué Octavio quería sacar a Mateo antes de la inspección.
No estaba cambiando al personal.
Estaba borrando al único hombre que sabía que 3,500 personas trabajaban todos los días dentro de una torre que tal vez jamás debió abrir.
❤️ Gracias por tomarte el tiempo de leer la primera parte de la historia.
⚠️ Nota: Esta historia es puramente ficticia y fue creada por mí con la ayuda de inteligencia artificial (IA) con fines de entretenimiento.
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