30/09/2026
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El Parque de las Sonrisas Eternas
La maleza no solo había cubierto los toboganes de "Aquasplash", los había estrangulado. Lo que en los noventa fue el orgullo del verano provincial era ahora una osamenta de fibra de vidrio carcomida por el moho negro y la humedad estancada. Mateo, Sofía, Leo y Clara cruzaron la abertura que ellos mismos habían rasgado en la malla ciclónica, ignorando los rumores del pueblo sobre el viejo velador que una noche simplemente dejó de registrar su salida.
En la plaza central, sobre un pedestal agrietado, los recibió la mascota del parque: una efigie de fibra y resina de tamaño natural conocida como Pipo el Pescador. El barniz se le caía a tiras, dejando al descubierto capas de un yeso poroso que evocaba carne momificada. Su sonrisa, una mueca bermellón desteñida por el sol, coronaba un rostro con dos esferas de vidrio turbio que parecían seguir cada paso con fijeza mu**ta.
—Tiene los ojos demasiado húmedos para llevar diez años seco —murmuró Clara, abrazándose los brazos para contener un escalofrío inexplicable.
Avanzaron hacia la fosa de olas. El fondo albergaba un caldo espeso de hojas podridas, basura y agua de lluvia putrefacta que exhalaba una peste insoportable a cloro quemado y lodo químico. El silencio del lugar era antinatural; ni siquiera los grillos cantaban en los matorrales. Mateo se detuvo de golpe, la linterna temblando en su puño.
—Oigan... juro que cuando pasamos, esa cosa miraba hacia la avenida.
Los cuatro apuntaron sus haces de luz hacia la entrada.
El torso del payaso había rotado de forma tosca, como si alguien lo hubiera forzado sobre su eje con un crujido sordo. Su brazo derecho ya no colgaba flácido al costado: ahora se alzaba rígido, con un dedo agrietado apuntando en línea recta hacia la boca oscura del tobogán principal, el Tifón.
—Nos vamos. Ahora mismo —dijo Leo, retrocediendo sin darle la espalda a la figura.
Caminaron a paso veloz, que pronto se convirtió en una carrera torpe sobre el cemento resbaladizo. Pero al alcanzar la explanada, el pedestal estaba vacío. Solo quedaba una costra de agua hedionda y un rastro de pisadas pesadas, descalzas y blancuzcas por la cal, que no venían de la entrada, sino que se internaban en la oscuridad de las escaleras de servicio.
Un chasquido seco partió la noche. Los reflectores perimetrales, mu***os durante una década, cobraron vida con un zumbido eléctrico ensordecedor, bañando el parque en un tono anaranjado y mortecino. Desde lo alto de la torre del Tifón, a veinte metros de altura, comenzó a resonar un eco metálico.
Clang. Chapoteo. Clang. Chapoteo.
Algo subía los peldaños de lámina con una cadencia pesada y constante.
Desesperados, corrieron hacia la brecha de la reja, pero no había salida: la abertura estaba sellada con una cadena gruesa y eslabones cubiertos de un óxido fresco, húmedo al tacto como sangre coagulada. Clara comenzó a sacudir el alambre sollozando.
Un silbido de aire comprimido cortó los lamentos. En la cima del tobogán cerrado, una sombra alargada y deforme se arrojó al tubo. El descenso no produjo el sonido de un cuerpo resbalando, sino el roce seco y violento de piedra tallando plástico.
La masa emergió de la boca del tobogán y cayó sobre el pavimento con un golpe seco de huesos y caliza.
Era el payaso. Pero de cerca, el yeso de su cara respiraba. La superficie porosa se tensaba y contraía con cada inhalación, y detrás de las cuencas de vidrio se vislumbraban pupilas humanas dilatadas hasta el delirio. Detrás de él, arrastrando los pies con la docilidad de un perro castigado, emergió el velador desaparecido: vestía su uniforme podrido a jirones, con los labios cosidos con alambre de fardo oxidado y un cubo de cemento fresco balanceándose en su mano descarnada.
—El agua se ensucia rápido cuando nadie viene a nadar —articuló la boca del payaso; su voz sonaba como dos losas de mármol frotándose entre sí—. Siempre hacen falta filtros nuevos.
Antes de que Mateo pudiera gritar, la mano de resina viva se cerró sobre su garganta con la fuerza de una prensa hidráulica. No hubo forcejeo; los huesos de su cuello crujieron de inmediato mientras una secreción blancuzca y viscosa comenzaba a brotar de los poros de la estatua, empapando la piel del chico, endureciéndose al contacto con el aire.
Las luces de los reflectores estallaron una a una en una lluvia de chispas, devolviendo el parque a las sombras. En la penumbra, el llanto de Clara y Leo fue sofocado por el sonido denso de espátulas alisando argamasa sobre carne tibia.
Al amanecer, la reja amaneció rota de nuevo, mecida por el viento matutino. En la entrada, junto a la figura marchita de Pipo, tres pedestales improvisados sostenían tres nuevas estatuas de yeso tosco: dos muchachos y una chica, con los rostros petrificados en un alarido perfecto, mirando eternamente hacia la reja que no pudieron cruzar.
Autor
Dracko Vera