19/09/2025
El Señor de señores
"En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo." Isaías 6:1
El profeta Isaías marca su visión con una fecha precisa: “en el año que murió el rey Uzías”. El trono terrenal había quedado vacío; el cetro de un rey fuerte se había caído al polvo. Uzías, que reinó largo tiempo con prosperidad, había terminado en vergüenza por su orgullo. Esa muerte recuerda al pueblo la fragilidad de los gobernantes y la caducidad de todo poder humano. Precisamente allí, cuando la estabilidad parecía tambalear, Isaías levanta los ojos y contempla otro trono: no el que se derrumba, sino el que permanece firme por los siglos.
El contraste es penetrante. El rey en Jerusalén muere, pero el Señor reina. La tierra se sacude, pero el cielo está firme. Así Dios enseña a su siervo —y por medio de él, a nosotros— que la verdadera seguridad no se encuentra en hombres por más grandes que parezcan, sino en Aquel que está “alto y sublime”, lleno de majestad, cuya gloria rebosa el templo.
Esta visión quebranta y a la vez consuela. Quebranta, porque al ver la santidad de Dios, el profeta pronto confesará: “¡Ay de mí, que soy mu**to!”. Consolida, porque ese mismo Dios que revela su gloria envía un carbón purificador y luego un llamado misericordioso. El vacío que deja la caída de los hombres es llenado por la presencia del Rey eterno, que no abdica ni envejece.
Para el corazón en aflicción —cuando mueren proyectos, relaciones o seguridades— esta palabra pone los ojos en lo invisible. La muerte de Uzías recuerda la fugacidad de todo lo humano; la visión del Señor recuerda la permanencia de su trono. Lo que nos sostiene no es la salud, ni la estabilidad económica, ni los afectos humanos, aunque sean dones buenos. El fundamento verdadero es que Dios sigue reinando, incluso cuando los reinos caen y los rostros que amamos se desvanecen.
Si hoy sientes que algo murió —una etapa, una certeza, una ilusión—, escucha al profeta: ese vacío es ocasión para mirar más alto. El trono de Dios no conoce sucesión ni fragilidad. El mismo que llenó el templo con su gloria llena también la vida de quienes se vuelven a Él. El Rey santo, eterno y glorioso, sigue gobernando en medio de tus incertidumbres.
Oración pastoral
Señor eterno y santo,
en el año de nuestras pérdidas y quiebras, cuando mueren las seguridades que teníamos, Tú sigues sentado en el trono. Nada te mueve, nada te sorprende, nada apaga el resplandor de tu gloria.
Mira a tu hijo en su fragilidad. Él ha visto cómo los reinos de carne se derrumban, cómo los cuerpos se enferman, cómo la vida se consume como hierba. Pero ahora levanta sus ojos y contempla: Tú reinas, alto y sublime, y tu presencia llena todo.
Derrama de tu Espíritu, para que el temor no gobierne, sino la certeza de tu dominio. Que las lágrimas encuentren alivio en tu majestad, y que el vacío que deja lo humano sea colmado con tu gloria.
Toca con tu fuego purificador los labios cansados, para que aún en medio de la fragilidad pueda cantar que Tú vives y reinas. Y que este hijo tuyo, al igual que Isaías, pueda responder: “Heme aquí, envíame a mí”, no desde la fuerza propia, sino desde la visión de un Dios que jamás abdica de su trono.
Amén.