18/12/2025
ME REGALARON UN DEPARTAMENTO EN RUINAS Y CUANDO LO CONVERTÍ EN UN PALACIO CON MIS AHORROS, ME DIJERON QUE ERA PARA MI HERMANO PORQUE "ÉL SE CASA PRIMERO". AL MUDARSE, ENCONTRARON SOLO EL HORMIGÓN PORQUE ME LLEVÉ HASTA EL CABLEADO ELÉCTRICO
🏚️🔨 "Invertí todo mi dinero y tres años de mi vida en restaurar la propiedad vieja de la abuela porque me prometieron que sería mía. Cuando vieron el mármol italiano y la cocina inteligente, decidieron que era 'demasiado lujo' para un soltero y que su hijo favorito lo merecía más. Les entregué las llaves con una sonrisa, sabiendo que no les servirían de nada porque también me llevé las puertas." 👇
En la familia, yo era el "manitas". Mientras mi hermano mayor, Sebastián, estudiaba Relaciones Internacionales y se iba de intercambio a Europa (pagado por mis padres), yo, Lucas, me quedé aquí estudiando Arquitectura y trabajando en obras desde los 18 años.
Hace cuatro años, mi abuela falleció y dejó un departamento antiguo en el centro de la ciudad. Estaba en ruinas. Literalmente. Tuberías rotas, humedad, nidos de palomas, sin ventanas. Era un asco.
Mis padres, Don Mario y Doña Elena, me hicieron una propuesta "generosa".
—Hijo, nadie va a comprar esa porquería —dijo mi padre—. Pero tú eres arquitecto. Si te encargas de arreglarlo, límpialo y hazlo habitable, es tuyo. Te lo regalamos. Solo paga los impuestos y los materiales. Nosotros ponemos el cascarón.
Acepté emocionado. Era mi oportunidad de tener casa propia.
Confié en ellos. No exigí la escritura inmediata porque, bueno, son mis padres. "El trámite tarda, pero es tuyo de palabra", me aseguraron.
Durante tres años, ese departamento fue mi proyecto de vida.
Invertí cada centavo de mi sueldo. No salí de vacaciones. Comí atún.
Diseñé un espacio minimalista increíble.
Puse pisos de madera de ingeniería importada.
Instalé una cocina de granito con electrodomésticos inteligentes empotrados.
Cambié todo el sistema eléctrico y puse iluminación LED automatizada.
Baños de mármol, grifería de diseño, ventanas de doble vidrio anti-ruido.
El lugar pasó de ser un nido de ratas a un loft de revista de diseño, valuado en el triple de lo que costaba originalmente.
El mes pasado, terminé. Estaba listo para mudarme.
Invité a mis padres y a Sebastián (que acababa de regresar de su "año sabático" sin un peso y con su novia embarazada) a ver el resultado.
Cuando entraron, se quedaron con la boca abierta.
Sebastián recorría el lugar tocando las superficies, maravillado.
—¡Wow! ¡Esto es increíble! —decía—. ¡Mira esta vista! ¡Mira la cocina!
Esa misma noche, mis padres me sentaron en la sala de su casa.
—Lucas, tenemos que hablar —dijo mi madre, con esa voz suave que usa antes de dar una puñalada—. El departamento quedó precioso. Demasiado precioso.
—Gracias, mamá. Me costó mucho.
—Sí... el punto es que hemos estado pensando. Sebastián va a tener un bebé. Él necesita estabilidad. Tú eres soltero, Lucas. Trabajas mucho, casi no estás en casa.
—¿Y? —pregunté, sintiendo el peligro.
—Hemos decidido que lo más justo es que Sebastián y su nueva familia se queden con el departamento —soltó mi padre—. Él lo necesita más. Tú puedes seguir viviendo aquí con nosotros un tiempo más, o quizás arreglar el cuarto de servicio de la azotea. El departamento ya está listo, es perfecto para recibir al bebé.
Me quedé helado.
—¿Me están quitando mi casa? —pregunté—. Yo la pagué. Yo puse los pisos, las ventanas, la luz.
—Tú pusiste los "adornos" —corrigió mi padre—. La casa, la estructura, es nuestra. Sigue a nuestro nombre. Legalmente, es nuestra propiedad. Y como padres, decidimos dársela a quien tiene la urgencia familiar. Sebastián se muda el próximo lunes. Saca tus herramientas antes de esa fecha.
Sebastián, el muy cínico, me sonrió.
—Gracias, hermanito. Te prometo que lo cuidaremos. Ah, y déjame el código del sistema inteligente, porfa.
La rabia me cegó por un momento. Quería golpearlos. Quería gritar.
Pero luego, mi mente de arquitecto tomó el control.
"La estructura es suya. Los adornos son míos".
—Está bien —dije, levantándome—. Tienen razón. La familia es primero. Sebastián lo necesita. Me iré. Sacaré mis cosas este fin de semana.
—¡Qué bueno que seas razonable! —dijo mi madre, aliviada—. Sabía que entenderías.
El fin de semana llegó.
Ellos se fueron a un viaje corto "para celebrar la llegada del nieto". Yo tenía 48 horas.
Contraté a una cuadrilla de demolición y desmontaje de confianza. Mis amigos de la obra.
—¿Todo, arquitecto? —me preguntó el capataz.
—Todo lo que yo pagué. Quiero que regrese a su estado original: Obra negra.
Trabajamos día y noche.
Levantamos el piso de madera (era flotante, salió fácil).
Desmontamos la cocina integral completa.
Quitamos los inodoros, los lavabos, las llaves de agua.
Quitamos las ventanas de doble vidrio y dejamos los huecos abiertos.
Desatornillamos los interruptores, las lámparas y, sí, jalamos todo el cableado eléctrico nuevo que yo había instalado, dejando solo los tubos vacíos en las paredes.
Hasta la puerta principal, que era de seguridad blindada, me la llevé. Dejé el hueco tapado con un plástico negro.
El departamento volvió a ser lo que me dieron: un cubo de concreto gris, sucio y oscuro.
Cargué todo en dos camiones de mudanza y lo llevé a una bodega. Tengo facturas de cada tornillo. Todo es mío.
El lunes a las 10 AM, Sebastián y mis padres llegaron con el camión de mudanza de él (lleno de muebles regalados).
Yo estaba sentado en mi coche, al otro lado de la calle, comiendo unas papitas.
Vi cómo se paraban frente al edificio.
Vi su confusión al ver el plástico negro en lugar de la puerta.
Vi a Sebastián romper el plástico y entrar.
Segundos después, escuché los gritos.
Salieron corriendo a la calle. Mi madre lloraba. Mi padre estaba rojo, pateando el aire.
Me vieron y cruzaron la calle corriendo.
—¡¿Qué hiciste?! —bramó mi padre—. ¡Destruiste la casa! ¡Llamaré a la policía! ¡Vándalo!
Bajé la ventanilla.
—No destruí nada, papá. Solo me llevé mis "adornos".
—¡Te llevaste los pisos! ¡Las ventanas! ¡No hay luz! —gritó Sebastián—. ¡Es una cueva! ¡Mi bebé no puede vivir ahí!
—Exacto —le dije—. Es el cascarón que me dieron hace tres años. Ustedes dijeron que la estructura era suya y los acabados míos. Bueno, ahí tienen su estructura. Disfrútenla.
—¡Te voy a demandar! —amenazó mi madre—. ¡Te gastaste nuestro dinero!
—Tengo las facturas de todo, mamá. Hasta de la última rondana. Todo salió de mi cuenta. Si me demandan, le mostraré al juez que solo recuperé mi propiedad mueble. La propiedad inmueble está intacta... bueno, un poco polvorienta.
Sebastián se tiró al suelo, desesperado.
—¡No tengo dinero para poner pisos! ¡Gasté todo en la boda!
—Pues pídele a papá que te enseñe a mezclar cemento —le sugerí—. A mí me tomó tres años. Si empiezas hoy, tal vez para cuando el niño camine ya tengas ventanas.
Subí mi vidrio y arranqué.
Hoy vivo en un departamento rentado, pero mis muebles y mis acabados están seguros en la bodega, listos para cuando compre mi propio terreno.
Mis padres intentaron demandarme, pero tres abogados les dijeron lo mismo: "El hijo tiene razón, él se llevó lo suyo".
Ahora tienen un departamento invendible y un hijo favorito que vive en su sala con un bebé llorando.
Yo perdí tiempo, sí. Pero la satisfacción de ver sus caras ante ese vacío de concreto... eso valió cada hora de trabajo.
¿Fue justicia poética dejarles el departamento en obra negra, o fue una venganza excesiva considerando que había un bebé de por medio?