22/03/2026
Imagina que dentro de ti hay una casa construida por Dios.
No es una casa cualquiera. Fue pensada, soñada y creada con amor desde el principio. Cada habitación, cada detalle, tiene un sentido, incluso aquellos espacios que tú aún no comprendes del todo. Pero desde muy temprano, aprendiste algo: que había ventanas muy importantes, especialmente las que daban hacia la casa de tu familia. Y entonces comenzaste a vivir así: Asomándote constantemente para ver si te miraban, esperando una señal de aprobación, ajustando tu casa para que fuera “aceptable” para ellos: si sonreían, sentías paz. Si criticaban o se alejaban, sentías que algo en ti estaba mal.
Con el tiempo, sin darte cuenta, empezaste a creer que tu valor dependía de lo que ellos veían cuando miraban por tus ventanas. Pero hay algo que no te enseñaron. Dentro de tu casa hay una habitación más profunda que todas las demás. Una habitación que no tiene ventanas hacia afuera. Es un espacio silencioso… donde habita Dios. Ahí no llegan las comparaciones familiares. Ahí no entran las expectativas que otros pusieron sobre ti. Ahí no existe el miedo a decepcionar.
En ese lugar, Dios no te dice:
“Vales si cumples”
“Vales si agradás”
Te dice algo distinto:
“Vales porque eres mío”
Y eso cambia todo. Porque entonces comienzas a entender algo muy importante en terapia: Tu familia puede amarte, pero también puede equivocarse en cómo expresarlo. Puede tener expectativas, pero no tiene la autoridad para definir tu valor. Esa autoridad ya fue tomada por Dios desde el inicio. El camino no es dejar de amar a tu familia. Ni dejar de escucharla. El camino es reordenar las voces: Que la voz de tu familia sea importante, pero no absoluta.Que su aprobación sea valiosa, pero no necesaria para existir. Y que la voz de Dios sea la que ocupe el centro de tu casa.Poco a poco, aprendes a hacer algo nuevo: En lugar de correr a la ventana para ver si te aprueban, vas primero a esa habitación interior. Ahí te detienes, oras, respiras, y desde ahí, vuelves a salir. Entonces ya no actúas para ser aceptado, actúas desde la certeza de que ya lo eres. Y algo cambia profundamente: Sigues amando a tu familia, pero dejas de depender de ella para saber quién eres. Porque ahora lo sabes desde dentro. Y desde Dios.