27/08/2026
🌾Aquellos centavitos de mamá🌾
Cuando era niño
Mi papá siempre trabajó y, aunque el dinero era muy justo, en la casa de alguna manera alcanzaba. Uno de niño no sabía de cuentas, de gastos ni de preocupaciones. Mientras hubiera algo en la mesa y un lugar donde dormir, la vida simplemente era la vida.
Pero recuerdo que, de vez en cuando, mi mamá iba a la ciudad a “lavar ropa ajena”, como se decía en aquellos años.
Y digo de vez en cuando porque aquello tenía que hacerse con cierto cuidado. Eran otros tiempos y también eran otros los hombres. Para muchos, que su mujer trabajara en casa ajena podía sentirse como una vergüenza, como si significara que el hombre no podía mantener a su familia.
Yo estaba muy pequeño, pero varias veces tuve la fortuna de acompañarla.
Desde ahí comenzaba mi aventura.
Nos subíamos al camión y, para no pagar otro pasaje, mi mamá decía:
—El niño va en mis piernas, no ocupa asiento.
¡Y a mí qué me importaba ir sentado en sus piernas!
Yo iba feliz, mirando por la ventana cómo se iban quedando atrás los caminos y las casas. Para mi mamá quizá aquel viaje significaba trabajo y cansancio; para mí era un paseo a la ciudad con ella.
Llegábamos a una casa y todavía puedo imaginar aquel momento.
Toc, toc.
Se abría la puerta.
Era una señora que ya conocía a mi mamá.
—Pásale…
Entrábamos y después de unas cuantas indicaciones comenzaba el trabajo.
No había lavadora haciendo todo mientras uno esperaba.
Había lavadero.
Agua, jabón, ropa mojada y las manos de mi madre talle y talle.
Una prenda…
y otra…
y otra más.
Yo andaba por ahí, entreteniéndome con cualquier cosa, porque los niños de aquellos tiempos teníamos esa facilidad: cualquier rincón desconocido podía convertirse en todo un mundo.
Las horas iban pasando.
Llegaba el mediodía y había que preparar la comida. Y mi mamá, además de lavar, ayudaba también en la cocina.
Luego recogía.
Limpiaba.
Acomodaba.
Porque así eran muchas mujeres de aquellos años: si iban a ayudar, ayudaban de verdad.
Pero había algo que yo sí sabía, aunque no entendiera completamente la razón:
antes de las cuatro teníamos que estar de regreso.
Había que tomar nuevamente el camión y volver a casa antes de que llegara mi papá.
Y otra vez yo en sus piernas.
Solo que ahora mi mamá ya no llevaba las mismas fuerzas de la mañana.
Llevaba horas de trabajo encima.
Las manos cansadas de lavar.
El cuerpo agotado.
Pero llevaba también algo que parecía hacerla feliz:
unos cuantos centavos que se había ganado con sus propias manos.
Hoy, después de tantos años, pienso en aquellas monedas.
Tal vez no era mucho.
Quizá alcanzaban para frijoles, azúcar, jabón, tortillas o alguna otra cosa que hiciera falta en la casa.
Pero para mi mamá aquellos centavitos valían mucho.
Y ahora entiendo algo que de niño jamás pensé:
mi papá trabajaba para mantener a su familia, pero mi mamá también buscaba, a su manera, cómo estirar un poquito más aquel dinero que nunca sobraba.
Yo nunca sentí que fuéramos pobres.
Nunca recuerdo haberme subido a aquel camión pensando:
“Vamos porque hace falta dinero.”
¡Qué iba a saber yo de eso!
Para mí era un día diferente.
Era ir a la ciudad.
Era mirar por la ventana del camión.
Era escuchar aquel toc, toc en una puerta desconocida.
Era ver a mi mamá frente al lavadero.
Y al final del día, regresar otra vez sentado sobre sus piernas.
Hoy comprendo el cansancio que seguramente llevaba.
Pero también comprendo aquella sonrisa.
Porque a veces la felicidad de una madre no estaba en cuánto había ganado…
sino en saber que aquellos poquitos centavos iban a servir de mucho en su casa.
Y quizá alguno que esté leyendo esto recuerde algo parecido.
A su mamá lavando ropa ajena.
Haciendo tortillas.
Planchando.
Cosiendo.
Vendiendo comida.
O haciendo cualquier trabajito para completar el gasto.
Nosotros éramos niños.
No entendíamos de necesidades.
Solo sabíamos que mamá había salido con nosotros de la mano… y que al final del día siempre encontrábamos el camino de regreso a casa.
Crónicas del ejido, su tierra y su gente.