Crónicas del ejido; su tierra y su gente

Crónicas del ejido; su tierra y su gente comparto historias, recuerdos y reflexiones de rancho y del ejido la vida sencilla que nos formó

🌾EL MARRANO DE SACA Y EL MACHIGÜE🌾En los ejidos había costumbres que antes eran parte de la vida diaria y que hoy casi h...
17/09/2026

🌾EL MARRANO DE SACA Y EL MACHIGÜE🌾

En los ejidos había costumbres que antes eran parte de la vida diaria y que hoy casi han desaparecido.

Una de ellas tenía que ver con la crianza de los marranitos. Era muy común caparlos cuando tenían unos dos meses. En cada ejido había una o varias personas que sabían hacer ese trabajo, pues se decía que así, cuando el animal creciera, su carne tendría mejor sabor.

Pero quien dejaba un marrano sin capar también podía convertirlo en un pequeño negocio. A ese animal se le conocía como “marrano de saca” y se utilizaba para cargar a las marranas. Cuando la hembra paría, el dueño pagaba el servicio entregándole un marranito al propietario del macho.

También existía otra forma de ayudarse entre vecinos. Una familia podía darle diariamente el machigüe —los desperdicios de comida— al dueño de un marrano para ayudarlo a engordar. No hablábamos de “trueque” ni hacíamos contratos; simplemente era un acuerdo de palabra.

Cuando el animal era sacrificado, quienes habían ayudado con el machigüe recibían su recompensa: los invitaban a comer carnitas y chicharrones. Y si se trataba de una marrana y llegaba a tener crías, el pago podía ser uno de los marranitos.

Eran formas sencillas de ayudarse, compartir lo poco que había y cumplir con la palabra. Para nosotros aquello era tan cotidiano que no nos dábamos cuenta de que también era una manera muy bonita de hacer comunidad.

¿Alguien recuerda estas costumbres? ¿Todavía existe en su ejido el “marrano de saca”? ¿O todavía llevan el machigüe para ayudar a criar un marranito?

🌾yuju yuju caray caray🌾 CUANDO EL ESPECTÁCULO LLEGABA A LA PRIMARIADurante nuestra infancia, cada mes del calendario esc...
16/09/2026

🌾yuju yuju caray caray🌾 CUANDO EL ESPECTÁCULO LLEGABA A LA PRIMARIA

Durante nuestra infancia, cada mes del calendario escolar traía consigo alguna fecha especial.

En septiembre, por ejemplo, llegaba el Mes Patrio: banderitas de papel, trajes de charro, rebozos, sombreros y bigotes pintados. Todo eso ya lo esperábamos porque tenía su fecha marcada.

Pero también había un acontecimiento que no aparecía en el calendario. Simplemente, un día cualquiera, nos avisaban:

—Mañana vendrá un payaso… o un mago. El que quiera entrar, que traiga unas monedas.

¡Y ahí empezaba la emoción!

Uno llegaba a la casa pidiéndole a su mamá aquellas monedas, porque perderse el espectáculo no era opción. Recuerdo que en una ocasión llegaron unas personas presentando el número de “El Niño Culebra”. ¡Oh! Se quedaba uno con la boca abierta, sorprendido con todo aquello que parecía salido de otro mundo.

Pero ya estando un poco más grande, llevaron a la primaria un espectáculo de mayor categoría: ¡llevaron a Vita Uva!

Ese payaso era famoso; hasta aparecía en la televisión local. Imagínense lo que significaba para nosotros verlo presentarse en la escuela del ejido. Cerraron las puertas y comenzó el espectáculo.

Todo marchaba muy bien hasta que Vita Uva sacó a bailar a la Tomasa, su muñeca de trapo.

Pero como en todo ejido nunca faltaban los muchachos tremendos, a medio espectáculo entraron Ramiro, Tereso y algún otro cuyo nombre ya no recuerdo. Sin pedir permiso, se apoderaron de la Tomasa y se pusieron a bailar con ella, queriendo formar parte del número.

¡Aquello terminó siendo otro espectáculo dentro del espectáculo!

Lo más curioso fue que, días después, Vita Uva mandó saludos para aquellos muchachos durante su programa matutino de televisión. Seguramente no olvidó aquella inesperada participación de los jóvenes del ejido.

¿Alguien más se acuerda de aquella visita de Vita Uva y la Tomasa?

¿A ustedes les tocó ver en la primaria a un mago, un payaso, al Niño Culebra o algún otro personaje de aquellos que llegaban de repente y nos dejaban maravillados?

Porque antes, con unas cuantas monedas, una escuela y un poco de imaginación, se vivía una tarde que podía quedarse guardada para toda la vida.

Crónicas del ejido, su tierra y su gente

🌾No importa la edad: mamá siempre hace falta🌾Uno crece, forma una familia, aprende a trabajar, a resolver problemas y a ...
12/09/2026

🌾No importa la edad: mamá siempre hace falta🌾

Uno crece, forma una familia, aprende a trabajar, a resolver problemas y a seguir adelante. Los años pasan y, ante los ojos de los demás, uno ya es un adulto capaz de enfrentar la vida.

Pero hay momentos en los que toda esa fortaleza se hace pequeña.

A veces basta una preocupación, una enfermedad, una fecha especial, una canción o un recuerdo inesperado para sentir nuevamente la necesidad de mamá. No importa si tenemos cuarenta, cincuenta, sesenta años o más; cuando ella falta, en algún rincón de nuestro corazón seguimos siendo aquel hijo que encontraba tranquilidad con solo escuchar su voz.

Podemos llevar una vida normal, reír, disfrutar y ser felices. Extrañarla no significa que no hayamos superado su partida ni que vivamos atrapados en el pasado. Significa que su presencia dejó una huella tan profunda que el tiempo no puede borrarla.

Porque uno no extraña solamente a su madre. Extraña sus palabras, sus cuidados, su manera de preguntar si ya habíamos comido y esa sensación de saber que, mientras ella estuviera, todavía existía un lugar al cual regresar.

Hay ausencias que no se llenan; simplemente aprendemos a caminar con ellas. Y aunque seamos adultos, aunque tengamos hijos y hasta nietos, siempre habrá momentos en los que el corazón nos recuerde una verdad sencilla:

Para extrañar a mamá nunca se es demasiado grande.

🌾Aquellas horas de chivero… 🐐🌾Hoy, con cinco décadas sobre mi espalda, todavía no deja de sorprenderme cómo cada tempora...
01/09/2026

🌾Aquellas horas de chivero… 🐐🌾

Hoy, con cinco décadas sobre mi espalda, todavía no deja de sorprenderme cómo cada temporada me trae algún recuerdo de aquellos años.

Íbamos creciendo y, aunque en nuestros hogares siempre había un plato de comida, casi siempre era comida básica, sencilla, de la que había. Y aunque éramos niños, también teníamos responsabilidades.

Recuerdo una que casi no me gustaba. No porque fuera pesada ni cansada, sino porque significaba perder tres, cuatro y hasta cinco horas del día:

Ir a cuidar —o como decíamos nosotros, pastear— las chivas.

Y eso significaba algo muy importante para un niño: no salir a jugar.

Quizás ese día tocaban las canicas, el trompo, volar papalotes o cualquier otro juego de temporada… pero no. Primero estaban las chivas.

Aquel pequeño hato podía tener diez, quince o muchas más, y lo curioso es que uno terminaba conociendo el carácter de cada una.

Estaba la que iba tranquila por donde uno la llevaba; la que nomás andaba buscando cómo meterse a un sembradío de alfalfa, frijol o maíz; la terca que se apartaba del grupo… y nunca faltaba aquella que parecía estar inconforme con la vida entera:

—¡Meee, meee, meee! 🐐

Y ahí iba uno, arreando a una, correteando a otra y tratando de mantenerlas juntas.

—¡Ándele! ¡Váyase pa’llá!

Pero ellas llevaban su propio horario.

Uno pensando en el trompo y ellas pensando en la alfalfa.

También recuerdo que algunas veces salía sin llevar agua. Después de varias horas caminando bajo el sol, aparecía una acequia y aquello era suficiente.

Me agachaba, acercaba la boca al agua y bebía.

Sin botella, sin vaso y, mucho menos, preguntándome si aquella agua me podía hacer daño.

Tenía sed… y había agua.

Así de sencillo.

Y seguían pasando las horas.

Hasta que uno empezaba a observar que alguna chiva ya comía menos, otra se echaba o simplemente el pequeño hato parecía satisfecho.

Entonces llegaba el momento que yo estaba esperando:

¡Vámonos pa’ la casa!

Había que regresarlas, encerrarlas… y todavía, si quedaba algo de tarde, salir corriendo a la calle.

Porque quizás todavía alcanzaba uno unas canicas, unos cuantos tiros de trompo o a levantar un papalote antes de que cayera el sol.

Hoy lo recuerdo y hasta me da gusto.

En aquellos días yo sentía que las chivas me estaban quitando horas de juego.

Ahora comprendo que, sin darme cuenta, también me estaban dejando recuerdos.

Recuerdos de aquellas horas de chivero. 🐐🌾

Y a usted…

¿también le tocó cuidar chivas, vacas o ir a la pastura durante su infancia?
¿O cuál era esa responsabilidad que tenía que cumplir antes de que lo dejaran salir a jugar?

🌾Aquellos centavitos de mamá🌾Cuando era niño Mi papá siempre trabajó y, aunque el dinero era muy justo, en la casa de al...
27/08/2026

🌾Aquellos centavitos de mamá🌾

Cuando era niño

Mi papá siempre trabajó y, aunque el dinero era muy justo, en la casa de alguna manera alcanzaba. Uno de niño no sabía de cuentas, de gastos ni de preocupaciones. Mientras hubiera algo en la mesa y un lugar donde dormir, la vida simplemente era la vida.

Pero recuerdo que, de vez en cuando, mi mamá iba a la ciudad a “lavar ropa ajena”, como se decía en aquellos años.

Y digo de vez en cuando porque aquello tenía que hacerse con cierto cuidado. Eran otros tiempos y también eran otros los hombres. Para muchos, que su mujer trabajara en casa ajena podía sentirse como una vergüenza, como si significara que el hombre no podía mantener a su familia.

Yo estaba muy pequeño, pero varias veces tuve la fortuna de acompañarla.

Desde ahí comenzaba mi aventura.

Nos subíamos al camión y, para no pagar otro pasaje, mi mamá decía:

—El niño va en mis piernas, no ocupa asiento.

¡Y a mí qué me importaba ir sentado en sus piernas!

Yo iba feliz, mirando por la ventana cómo se iban quedando atrás los caminos y las casas. Para mi mamá quizá aquel viaje significaba trabajo y cansancio; para mí era un paseo a la ciudad con ella.

Llegábamos a una casa y todavía puedo imaginar aquel momento.

Toc, toc.

Se abría la puerta.

Era una señora que ya conocía a mi mamá.

—Pásale…

Entrábamos y después de unas cuantas indicaciones comenzaba el trabajo.

No había lavadora haciendo todo mientras uno esperaba.

Había lavadero.

Agua, jabón, ropa mojada y las manos de mi madre talle y talle.

Una prenda…

y otra…

y otra más.

Yo andaba por ahí, entreteniéndome con cualquier cosa, porque los niños de aquellos tiempos teníamos esa facilidad: cualquier rincón desconocido podía convertirse en todo un mundo.

Las horas iban pasando.

Llegaba el mediodía y había que preparar la comida. Y mi mamá, además de lavar, ayudaba también en la cocina.

Luego recogía.

Limpiaba.

Acomodaba.

Porque así eran muchas mujeres de aquellos años: si iban a ayudar, ayudaban de verdad.

Pero había algo que yo sí sabía, aunque no entendiera completamente la razón:

antes de las cuatro teníamos que estar de regreso.

Había que tomar nuevamente el camión y volver a casa antes de que llegara mi papá.

Y otra vez yo en sus piernas.

Solo que ahora mi mamá ya no llevaba las mismas fuerzas de la mañana.

Llevaba horas de trabajo encima.

Las manos cansadas de lavar.

El cuerpo agotado.

Pero llevaba también algo que parecía hacerla feliz:

unos cuantos centavos que se había ganado con sus propias manos.

Hoy, después de tantos años, pienso en aquellas monedas.

Tal vez no era mucho.

Quizá alcanzaban para frijoles, azúcar, jabón, tortillas o alguna otra cosa que hiciera falta en la casa.

Pero para mi mamá aquellos centavitos valían mucho.

Y ahora entiendo algo que de niño jamás pensé:

mi papá trabajaba para mantener a su familia, pero mi mamá también buscaba, a su manera, cómo estirar un poquito más aquel dinero que nunca sobraba.

Yo nunca sentí que fuéramos pobres.

Nunca recuerdo haberme subido a aquel camión pensando:

“Vamos porque hace falta dinero.”

¡Qué iba a saber yo de eso!

Para mí era un día diferente.

Era ir a la ciudad.

Era mirar por la ventana del camión.

Era escuchar aquel toc, toc en una puerta desconocida.

Era ver a mi mamá frente al lavadero.

Y al final del día, regresar otra vez sentado sobre sus piernas.

Hoy comprendo el cansancio que seguramente llevaba.

Pero también comprendo aquella sonrisa.

Porque a veces la felicidad de una madre no estaba en cuánto había ganado…

sino en saber que aquellos poquitos centavos iban a servir de mucho en su casa.

Y quizá alguno que esté leyendo esto recuerde algo parecido.

A su mamá lavando ropa ajena.

Haciendo tortillas.

Planchando.

Cosiendo.

Vendiendo comida.

O haciendo cualquier trabajito para completar el gasto.

Nosotros éramos niños.

No entendíamos de necesidades.

Solo sabíamos que mamá había salido con nosotros de la mano… y que al final del día siempre encontrábamos el camino de regreso a casa.

Crónicas del ejido, su tierra y su gente.

Cada temporada tenía su juego🌾Hoy, que agosto ya está avanzado y los niños han regresado a clases, me llegó uno de esos ...
24/08/2026

Cada temporada tenía su juego🌾

Hoy, que agosto ya está avanzado y los niños han regresado a clases, me llegó uno de esos recuerdos que parecían estar guardados esperando cualquier pretexto para volver.

En aquellos años en el ejido no necesitábamos ir a una tienda para encontrar con qué divertirnos. Muchas veces la misma temporada nos decía a qué íbamos a jugar.

Había unos árboles que nosotros conocíamos como lilas, que llegada cierta época se llenaban de unas bolitas verdes, casi como pequeñas canicas. Y para nosotros aquello no era solamente el fruto de un árbol… ¡era munición!

Buscábamos una botella vacía, por lo regular de Cloralex, y le cortábamos la parte de arriba, donde iba la tapa. Luego conseguíamos un globo 🎈, le recortábamos la punta y lo acomodábamos en la botella hasta que quedara como una pequeña bolsa.

Y listo.

Ya teníamos nuestro juguete.

Lo curioso es que ni siquiera recuerdo que todos le llamáramos igual. Dependiendo de quién lo dijera, aquello podía ser un tirabotas, tirabolijas o tirapapas.

Agarrábamos una de aquellas bolitas del árbol, la metíamos por el pico de la botella, estirábamos el globo y…

¡Pácatelas!

Salía disparada.

A veces tratábamos de cazar alguna lagartija o algún pájaro; otras veces ni siquiera había un blanco. Lanzábamos las bolitas nomás por ver hasta dónde llegaban, quién tenía mejor puntería o simplemente por el gusto de escuchar el golpe a lo lejos.

Hoy uno recuerda aquellas travesuras de otra manera. Quizá hasta piensa en la pobre lagartija que no tenía vela en el entierro , pero éramos niños y aquella era nuestra forma de descubrir el mundo.

Y así transcurría el año.

Llegaba una temporada y aparecía un juego; cambiaba el tiempo y llegaba otro. Los árboles daban frutos, soplaba el viento, corría agua por los canales o aparecía cualquier cosa que nuestra imaginación pudiera convertir en diversión.

No teníamos juguetes para cada ocasión…

teníamos imaginación para cada temporada.

Y quizá por eso, tantos años después, basta mirar unas bolitas verdes colgando de un árbol para que por un momento uno vuelva a ser aquel niño del ejido, buscando una botella de Cloralex y preguntando:

—¿Quién trae un globo? 🎈

Crónicas del ejido, su tierra y su gente.
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🌾Don Pánfilo Reyes, el hombre de la guitarra🌾Hoy quiero recordar a don Pánfilo Reyes, hijo de doña Margarita Cepeda; her...
18/08/2026

🌾Don Pánfilo Reyes, el hombre de la guitarra🌾

Hoy quiero recordar a don Pánfilo Reyes, hijo de doña Margarita Cepeda; hermano del Chee —Andrés—, de doña Tomasita y de doña Ofelia Ávila.

Yo lo recuerdo como un hombre muy alto. No sé cuánto mediría realmente, quizá 1.85 o un poco más, pero cuando uno es niño hay personas que parecen todavía más grandes.

Don Pánfilo fue padre de seis mujeres y cuatro hombres. Diez hijos, algo que en aquellos tiempos no era tan extraño.

No tenía un sueldo fijo. Era de esos hombres que se ganaban la vida como se podía y donde se podía. Le rascaba a la guitarra, y con ella se subía a tocar a los camiones o se metía a las cantinas para sacar algunos pesos.

Y claro… el ambiente algunas veces también hacía de las suyas.

Una, dos, tres copitas… hasta que don Pánfilo terminaba algo mareado y así tenía que emprender el regreso al ejido.

Todavía parece que escucho a doña Elena cuando lo veía llegar:

—¡Ya vienes cuete!… ¿Y la guitarra?

Porque hasta la guitarra llegó a perder en más de una ocasión. 😄

Pasaron los años, Pero había algo que nunca cambió: a pesar de ya ser abuelo todavía recurría a su madre, doña Margarita Cepeda, para ir por su vasito de leche de chiva.

Quizá para cualquiera era solamente un vaso de leche.

Pero ahora que lo pienso, qué bonita imagen: un hombre ya grande, padre y abuelo, regresando todavía a la casa de su madre por aquel vasito de leche.

También recuerdo aquellas temporadas en que la necesidad apretaba un poco y don Pánfilo agarraba camino hacia la frontera, rumbo a Ciudad Juárez. Contaba que allá le iba muy bien, que se ganaban buenos pesos. Incluso logró hacerse de un terrenito y construir dos cuartitos.

Parecía que podía comenzar otra vida allá.

Pero la frontera nunca fue para él.

Regresaba al ejido y solo volvía a Juárez esporádicamente cuando había necesidad de buscar unos pesos más.

Hoy don Pánfilo ya no está, pero permanecen esas pequeñas historias: su guitarra, los camiones, las cantinas, sus viajes a la frontera, los dos cuartitos que logró construir, aquella guitarra que alguna vez no regresó con él… y su vasito de leche de chiva en casa de su madre.

Porque así es nuestra gente.

A veces pensamos que para dejar huella hay que hacer grandes cosas, cuando muchas veces basta una guitarra, una frase, una costumbre o una anécdota para que, muchos años después, alguien diga:

“Yo todavía me acuerdo de don Pánfilo…”

Qué bonito es recordar a nuestra gente, porque aunque algunos ya no estén con nosotros, mientras alguien cuente sus historias, de alguna manera siguen regresando al ejido.
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🌾LOS CALLEJONES DEL EJIDO🌾Hoy que empiezo a recordar mi infancia, siento que todavía puedo recorrer el ejido con los ojo...
08/08/2026

🌾LOS CALLEJONES DEL EJIDO🌾

Hoy que empiezo a recordar mi infancia, siento que todavía puedo recorrer el ejido con los ojos cerrados.

Recuerdo cada esquina, cada rincón… y hasta cada callejón.

Sí, ¡callejones!!
Tal vez a algunos les parezca extraño pensar que en un ejido también había callejones, pero vaya que los había.

Aún recuerdo uno que me llevaba a la casa de mi abuelo. Al comenzar era muy angosto y después se hacía más amplio. De niño jamás me pregunté por qué estaba hecho así. Para mí simplemente era el callejón de la casa de mi abuelo.

Ahora, tantos años después, me pongo a pensar…

¿Habrá sido porque alguien construyó una casa donde originalmente debía pasar una calle?
¿O porque algún vecino, necesitado de espacio, fue agrandando poquito a poquito su corral?

Quién sabe.

Porque en aquellos ejidos las calles no siempre parecían haber sido trazadas con regla y lápiz. Uno encontraba caminos que se hacían angostos, otros que daban vuelta sin explicación y alguno que parecía decir:

—Síguele por aquí, por aquí sales a la otra calle…

¡Y madres!!

Terminabas entrando al corral de las chivas de alguna casa.

Me tocó caminar por otros ejidos cercanos y encontrar exactamente lo mismo. Callejones que uno tomaba muy seguro pensando que eran un atajo… hasta que al fondo aparecía una cerca, unas gallinas, un marrano o unas chivas mirándote como diciendo:

—¿Y este qué anda haciendo aquí?

Lo curioso es que cuando éramos niños nada de aquello nos parecía raro.

Esos callejones eran parte de nuestro mapa. Por ahí corríamos, por ahí íbamos a visitar a los abuelos, por ahí nos regresábamos después de jugar y por ahí conocíamos cada rincón de aquel pequeño mundo que para nosotros parecía enorme.

Hoy quizá muchos de esos callejones ya cambiaron. Algunos se ampliaron, otros desaparecieron detrás de una barda o una construcción nueva.

Pero hay uno que todavía puedo recorrer perfectamente en mi memoria:

aquel pequeño callejón que me llevaba a la casa de mi abuelo.

Y ahora dígame usted…

¿Vivió por un callejón?
¿Le tocó pasar por uno?
¿O también siguió alguno pensando que saldría a otra calle y terminó metido en el corral de las chivas del vecino?

🌾El pinole y las tortillas con leche🌾Hoy empiezo a recordar aquellas infancias que, vistas con los ojos de hoy, parecier...
06/08/2026

🌾El pinole y las tortillas con leche🌾

Hoy empiezo a recordar aquellas infancias que, vistas con los ojos de hoy, parecieran haber sido duras. Sin embargo, nosotros nunca las sentimos así. Éramos niños, y en nuestra mente la felicidad muchas veces cabía en un balón, una bicicleta… o simplemente en algo rico para engañar el hambre.

Aquellas madres del maíz no solo nos regalaban las tortillas de cada día. También preparaban el inolvidable pinole. Primero tostaban el maíz con paciencia, después lo llevaban al molino, y de ahí salía aquel polvo de color dorado y aroma tan especial que llenaba la casa. Por las mañanas se convertía en un delicioso atole que nos daba fuerzas para empezar el día.

Pero yo recuerdo más las tardes.

Cuando el sol comenzaba a bajar y todavía faltaba un buen rato para la cena, el estómago empezaba a avisar que tenía hambre. Entonces abríamos el recipiente donde estaba guardado el pinole, servíamos un poco en una taza y le agregábamos azúcar. No hacía falta nada más. Cada cucharada tenía el sabor de la infancia.

Y cuando no era pinole, inventábamos nuestro propio “cereal”. Bastaba un vaso de leche recién ordeñada y un par de tortillas de maíz hechas pedacitos. Las dejábamos remojar unos instantes y aquel dulzor natural de la leche, esa leche de verdad que venía directamente de la vaca, hacía el resto. Para nosotros era una verdadera delicia.

Quizá hoy muchos niños no imaginarían que unas tortillas con leche podían hacernos tan felices. Pero así era nuestra vida. No teníamos los cereales de colores ni los refrigeradores llenos de antojos, pero teníamos algo que el tiempo no ha podido borrar: la capacidad de disfrutar las cosas más sencillas.

Y cada vez que vuelvo a probar el pinole, cierro los ojos por un instante… y otra vez soy aquel niño que solo esperaba que llegara la tarde para calmar el hambre con el sabor más humilde y más hermoso de su infancia. Alguien más lo recuerda?

🌾El guaje… el termo de nuestros abuelos🌾Hoy muchos jóvenes lo miran y ni siquiera saben cómo se llama. Algunos creen que...
30/07/2026

🌾El guaje… el termo de nuestros abuelos🌾

Hoy muchos jóvenes lo miran y ni siquiera saben cómo se llama. Algunos creen que es un adorno, otros que sirve para las plantas, pero quienes crecimos en el campo sabemos que un simple guaje guardaba muchas historias.

Todo comenzaba cuando alguien sembraba aquella enredadera que daba unos frutos grandes y de forma curiosa. Había que esperar con paciencia a que maduraran. Después se escogía el más bonito, el más derecho, porque algunos salían muy chuecos.

Se dejaba secar durante semanas. Luego venía el trabajo más delicado: cortar con cuidado la punta y empezar a sacar las semillas. No era una tarea fácil. Había que rasparlo, limpiarlo una y otra vez, hasta que quedara hueco y listo para comenzar una nueva vida.

Y vaya que tenía destinos.

Nuestros padres y abuelos lo llenaban de agua antes de salir a la labor. Todavía puedo imaginar aquella escena: el azadón al hombro, el sombrero bien acomodado, un lonche envuelto en una servilleta… y en la otra mano, un guaje lleno de agua fresca.

Quién sabe qué tenía aquel fruto seco, pero el agua parecía mantenerse fresca durante horas, aun bajo el sol del mediodía. Era la cantimplora del campesino, mucho antes de que existieran los termos modernos.

Pero no era su único uso.

En muchas fiestas tradicionales, los danzantes lo convertían en sonaja. Bastaban unas cuantas semillas en su interior y el ritmo comenzaba a escucharse al compás de cada paso.

Y todavía había otro destino más. Muchos recordarán aquellos guajes colgados en una jaula, convertidos en casita para los periquitos del amor. Ellos entraban y salían felices por aquella pequeña abertura, como si hubieran encontrado el hogar perfecto.

Un solo fruto… y tres vidas diferentes.

Hoy compramos botellas térmicas, juguetes para las aves y sonajas de plástico. Todo es más moderno, sí… pero pocas cosas tienen el encanto de un guaje hecho por las manos de nuestros padres o abuelos.

A veces pienso que el verdadero valor nunca estuvo en el guaje.

Estaba en la paciencia de quien lo preparaba, en el agua que calmaba la sed después de una mañana de trabajo, en la música de las danzas y en el canto de aquellos periquitos que encontraban refugio dentro de él.

Porque antes… hasta la naturaleza sabía cómo hacerse útil.

¿Quién más recuerda haber visto a su padre o a su abuelo caminar rumbo a la labor con el azadón al hombro y un guaje lleno de agua en la mano?

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