10/03/2026
𝐂𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐥𝐚 𝐩𝐫𝐨𝐭𝐞𝐬𝐭𝐚 𝐬𝐞 𝐜𝐨𝐧𝐯𝐢𝐞𝐫𝐭𝐞 𝐞𝐧 𝐝𝐚𝐧̃𝐨: 𝐞𝐥 𝐥𝐚𝐝𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐥 𝟖𝐌 𝐧𝐨 𝐪𝐮𝐢𝐞𝐫𝐞 𝐝𝐢𝐬𝐜𝐮𝐭𝐢𝐫
Cada año, las marchas del Día Internacional de la Mujer llenan las calles de consignas, pancartas y demandas legítimas contra la violencia y la desigualdad. Pero junto a esas voces también aparece otra escena: vidrios rotos, fachadas vandalizadas, vehículos dañados y ciudadanos que nada tienen que ver con el conflicto convertidos en blanco de agresiones.
No se trata de incidentes aislados. En distintas ciudades de México, las manifestaciones del llamado 8M han dejado tras de sí comercios destruidos, viviendas pintadas, automóviles particulares dañados y transeúntes —muchos de ellos hombres— insultados, empujados o golpeados simplemente por estar en el lugar equivocado.
Ese es el punto incómodo que rara vez se discute.
Cuando una protesta contra la violencia termina replicando violencia contra terceros, el mensaje pierde fuerza moral. El derecho a manifestarse es fundamental en una democracia, pero ese derecho no incluye la destrucción de propiedad privada ni la agresión a ciudadanos que no participan en el conflicto.
También existe un vacío evidente en la reacción institucional.
Gobiernos que públicamente respaldan las movilizaciones suelen adoptar una postura de tolerancia extrema ante los destrozos. Bajo el argumento de evitar confrontaciones o de “no criminalizar la protesta”, en muchos casos las autoridades simplemente observan mientras monumentos, negocios y viviendas son intervenidos o dañados.
Para los propietarios afectados —familias, pequeños comerciantes, trabajadores— la escena es difícil de entender: mientras ellos enfrentan los costos de reparación, el debate público parece justificar o minimizar lo ocurrido.
Ahí surge una pregunta legítima que trasciende ideologías:
¿puede una causa exigir justicia mientras ignora los derechos de terceros?
Una sociedad democrática necesita protestas. Pero también necesita reglas claras. Porque cuando la indignación se convierte en impunidad y el daño colateral se normaliza, el resultado no es justicia social: es desgaste institucional y polarización, y hace notar más que es Gobierno de mujeres.
La lucha contra la violencia no puede construirse replicando violencia. Esa contradicción, tarde o temprano, termina debilitando cualquier movimiento. ern