31/08/2025
La sombra del turno nocturno
En un rincón olvidado de la Ciudad de México, el Hospital San Judas Tadeo se alzaba como un coloso de concreto, con sus paredes descascaradas y ventanas que parecían mirar con ojos vacíos. Construido en los años 50, el hospital había sido testigo de innumerables tragedias: epidemias, accidentes y muertes que dejaron un eco en sus pasillos. Aunque modernizado con el tiempo, los rumores entre el personal y los pacientes hablaban de cosas que no podían explicarse: luces que parpadeaban sin razón, susurros en salas vacías y sombras que se movían donde no había nadie.
Clara, una enfermera joven recién egresada, comenzó a trabajar en el turno nocturno. No creía en fantasmas ni en las historias que contaban las enfermeras mayores, como doña Rosa, quien aseguraba que el hospital estaba “embrujado”. Clara, pragmática y decidida, solo quería cumplir con su trabajo y ahorrar para un futuro mejor. Pero su primera noche en el ala de pediatría cambiaría todo.
Era cerca de la medianoche, y el hospital estaba sumido en un silencio opresivo, roto solo por el Karla, la encargada del turno, le había advertido a Clara que no se quedara sola en los pasillos después de las 2 de la mañana, pero ella lo atribuyó a una superstición. Mientras revisaba los expedientes en la estación de enfermeras, las luces del pasillo comenzaron a parpadear. Clara frunció el ceño y salió a verificar. El pasillo estaba desierto, pero al fondo, cerca de la sala 312, una sombra se movió rápidamente, como si alguien hubiera pasado corriendo. Sin embargo, no había nadie.
Pensando que era su imaginación, Clara regresó a su puesto. Pero entonces lo escuchó: un llanto suave, como el de un niño, proveniente de la sala 312. Era extraño, porque esa sala estaba vacía; el último paciente había sido dado de alta ese día. Con el corazón latiendo con fuerza, Clara se acercó a la puerta y la abrió lentamente. La habitación estaba a oscuras, salvo por el resplandor plateado de la luna que entraba por la ventana. El llanto se detuvo abruptamente. Clara encendió la luz, pero no había nada. Solo una cama vacía y el olor a desinfectante. Sin embargo, al cerrar la puerta, sintió un frío helado en la nuca, como si alguien la observara.
A partir de esa noche, cosas extrañas comenzaron a suceder. Los monitores de los pacientes se apagaban solos, a pesar de estar en perfecto estado. Los carritos de medicinas se movían ligeramente, como si alguien los empujara. Y cada noche, a la misma hora, el llanto regresaba, siempre desde la sala 312. Clara, cada vez más nerviosa, decidió investigar. Habló con doña Rosa, quien le contó una historia que nadie más se atrevía a mencionar.
Hace décadas, un niño llamado Miguel había mu**to en esa sala durante una operación fallida. Su madre, desesperada, culpó al hospital y, según la leyenda, maldijo el lugar antes de quitarse la vida. Desde entonces, se decía que el espíritu del niño vagaba por el ala de pediatría, buscando a su madre, mientras una presencia oscura lo seguía, como si lo persiguiera. Doña Rosa advirtió a Clara: “No te quedes sola en la 312. Esa cosa no quiere que la vean”.
Clara, aunque escéptica, no podía ignorar el miedo que comenzaba a crecer en su interior. Una noche, decidida a enfrentar la situación, se quedó en la sala 312 después de su turno. Armó una pequeña ofrenda con velas y flores, como le habían enseñado de niña, para calmar a los espíritus. Pero cuando las luces del hospital se apagaron de repente, el aire se volvió denso, casi irrespirable. El llanto comenzó de nuevo, esta vez más cerca, junto a su oído. Clara giró, pero no había nada. De pronto, un espejo en la pared se rompió sin razón, y los fragmentos cayeron al suelo con un estruendo. En el reflejo roto, Clara vio algo que la heló: una figura alta, oscura, con ojos blancos, parada justo detrás de ella.
Corrió hacia la puerta, pero esta no abría. El llanto se convirtió en un grito agudo, y la temperatura de la habitación cayó en picada. Clara sintió una mano fría rozar su brazo, y un susurro gutural llenó el aire: “No lo mires”. Sin saber cómo, logró abrir la puerta y salió corriendo por el pasillo, con el sonido de pasos pesados siguiéndola. Las luces parpadeaban frenéticamente, y las puertas de las salas se abrían y cerraban solas.
Llegó a la recepción, donde Karla y otro guardia la encontraron temblando. Les contó todo, pero nadie le creyó. Sin embargo, al día siguiente, cuando revisaron la sala 312, encontraron las velas de la ofrenda derretidas en formas imposibles, como si algo las hubiera moldeado con furia. Clara renunció esa misma semana, pero nunca pudo olvidar el rostro de aquella figura en el espejo ni el llanto del niño que aún resonaba en sus pesadillas.
Dicen que en el Hospital San Judas Tadeo, la sala 312 permanece cerrada. Pero a veces, en las noches más oscuras, los pacientes juran escuchar un llanto y ver una sombra alta deslizarse por los pasillos, buscando algo… o a alguien.