10/05/2026
Poco a poco me voy, no porque quiera irme, sino porque el tiempo nunca se detiene. Cada segundo cae como un telón que baja despacio, silencioso, inevitable. Y mientras cae, algo de mí también se va apagando. Me voy poco a poco, y a veces siento que apenas importo. Como si mi existencia fuera solo un instante mínimo dentro de algo mucho más grande. Nacer, crecer y morir; nos enseñaron que así funciona la vida, como un ciclo que nadie cuestiona porque todos terminamos obedeciéndolo. Pero hay días en los que quisiera creer que somos más que eso. Que existe un verdadero libre albedrío. No para hacer daño ni para desafiar al mundo, sino para cambiar aquello que quedó atrapado en mi cabeza: las palabras que nunca dije, los abrazos que no di, las versiones de mi vida que imaginé y jamás ocurrieron. A veces pienso en todas las cosas que pudieron haber sido y no fueron. En los caminos que abandoné, en las personas que se quedaron lejos, en los sueños que se fueron desgastando mientras intentaba sobrevivir a la rutina de existir. Y pesar de saber que uno no puede volver atrás y reescribir lo que ya dolió. Aun así, mientras me voy poco a poco, todavía espero algo: poder despedirme de mi gente. No desaparecer de golpe ni convertirme en un recuerdo borroso. Quiero tiempo para mirar a quienes amo y agradecerles por haber coincidido conmigo en esta vida tan breve. Porque al final, quizá eso es lo único que realmente permanece: las personas que nos hicieron sentir vivos antes de que el telón terminara de caer.