02/09/2026
—Con esas trenzas se nota que la niña no tiene mamá.
Las risas estallaron detrás de Alma mientras yo sostenía su mochila, a sólo tres pasos de distancia. Mi hija bajó la cabeza y trató de ocultar con la mano la trenza que le había quedado más corta de un lado.
Verónica, presidenta del comité de padres, me vio y fingió sorpresa.
—Ay, Mateo, no sabía que estabas escuchando. Era una broma.
—Mi hija también la escuchó.
—No te ofendas. Sólo digo que podrías pedirle ayuda a una mujer.
Alma entró a la escuela sin despedirse de mí.
Su mamá, Marisol, había mu**to dos años antes. Desde entonces yo había aprendido a preparar lonche, lavar uniformes sin volverlos rosas y distinguir una fiebre de un simple berrinche.
Pero no había logrado dominar el cabello de mi hija.
La primera vez que intenté hacerle una coleta, la liga salió disparada y cayó dentro de su vaso de leche. Cuando quise hacer dos trenzas, una quedó junto a la oreja y la otra casi sobre la nuca.
Alma se miró al espejo y preguntó:
—¿Así me tengo que ir?
—Puedo intentarlo otra vez.
—Vamos a llegar tarde.
Nunca se burlaba de mí. Eso lo hacía peor.
Yo trabajaba en una bodega de materiales para construcción, en Oaxaca. Acomodaba costales, recibía camiones y aseguraba tubos y tablones con cuerdas gruesas.
Podía hacer un n**o que soportara cientos de kilos, pero era incapaz de dividir el cabello de una niña en tres partes iguales.
Comencé a practicar durante el descanso.
Cortaba pedazos de mecate, los sujetaba a un clavo detrás de la bodega y trataba de trenzarlos mientras veía tutoriales en mi teléfono. Al principio terminaba con n**os tan apretados que debía cortarlos con una navaja.
Mis compañeros creían que estaba aprendiendo algún amarre nuevo.
—¿Eso aguanta una carga? —preguntó Memo, uno de los choferes.
—Tiene que aguantar una niña de nueve años corriendo hacia la escuela.
Se rio durante varios segundos. Después dejó de hacerlo.
Memo tenía tres hijas.
—Estás apretando demasiado —me explicó—. El cabello no es una soga. Si jalas así, la vas a hacer llorar.
Me mostró cómo mantener la tensión sin lastimar. No sabía hacer peinados elegantes, pero entendía mejor que yo la diferencia entre sujetar y tirar.
Desde entonces practicaba cada mañana antes de que llegara el primer camión.
Usaba mecates amarillos para representar el cabello y listones rojos para aprender a entrelazarlos. Guardaba cada intento en una caja de cartón. En la tapa escribí:
“Para Alma. No rendirse.”
En casa, sin embargo, mis manos volvían a temblar.
Alma tenía el cabello largo y abundante, igual que Marisol. Si la niña se movía, perdía una sección. Si yo corregía un lado, el otro se aflojaba.
Las trenzas mejoraban, pero casi siempre quedaban chuecas.
Las madres de la escuela lo notaban.
—Parece que la peinaron en una combi —comentó una.
—Deberían exigir que los niños vengan presentables —dijo otra.
Verónica era la peor.
Ella era dueña de una boutique y hablaba como si la ropa cara también le hubiera comprado autoridad sobre los demás.
Una mañana detuvo a Alma frente a la entrada.
—Tu papá debería pagarte una estética. Una niña no tiene por qué sufrir porque él no sepa hacer cosas de mujeres.
—Mi papá sí sabe muchas cosas —respondió Alma.
—Pero peinar no es una de ellas.
Mi hija no contestó. Durante el camino de regreso a casa me pidió que, al día siguiente, sólo le hiciera una coleta.
—Las mamás se ríen de las trenzas —admitió.
—Puedo seguir practicando.
—Tal vez mi tía Julia podría peinarme.
Asentí como si la petición no me doliera.
—Claro.
Esa noche saqué la caja donde Marisol guardaba listones, peines y fotografías. Encontré una cinta roja que ella había usado de niña en una presentación de danza folklórica.
También encontré una fotografía.
Marisol tendría unos diez años. Llevaba un traje blanco bordado con flores y dos trenzas adornadas con el mismo listón.
En la parte trasera había escrito:
“Algún día peinaré así a mi hija.”
Me quedé sentado en el suelo hasta después de la medianoche.
Yo no quería ocupar el lugar de Marisol. Sabía que era imposible.
Sólo quería que su ausencia no se notara como una herida cada vez que Alma salía de casa.
Dos semanas después, la escuela anunció una presentación de danza folklórica. El grupo de Alma interpretaría Flor de Piña en el festival cultural de la primaria.
Las niñas usarían huipiles bordados, listones de colores y dos trenzas firmes que debían sostenerse durante toda la coreografía.
Alma llegó emocionada.
—La maestra dice que voy en la primera fila.
—Eso es maravilloso.
—Pero el peinado tiene que quedar igual al de las demás.
La alegría desapareció de su rostro.
Verónica propuso contratar a Rocío, una estilista profesional, para arreglar a todas las niñas antes del espectáculo. La cuota sería de trescientos pesos por alumna.
Yo podía pagarla, aunque significara reducir la compra de comida de esa semana.
Firmé la autorización.
—Rocío te va a dejar muy bonita —le dije a Alma.
Ella observó mis manos.
—¿Ya no vas a practicar?
—Seguiré aprendiendo para los días normales.
A la mañana siguiente llevé la cinta roja de Marisol a la bodega.
Durante un mes practiqué el peinado de la fotografía. Primero con tres mecates. Después con seis. Luego añadí los listones sin hacer n**os visibles.
Cada intento llevaba una fecha.
Memo me encontraba antes de las siete, con los dedos adoloridos y pedazos de cuerda colgando de la pared.
—Ya quedó derecha —dijo una mañana.
—En una cuerda que no se mueve.
—Tu hija tampoco se mueve tanto.
—No conoces a mi hija.
El festival llegó.
La escuela estaba llena de familias, puestos de comida y niños corriendo con trajes de distintas regiones. Alma llevaba su huipil dentro de una funda para que no se ensuciara.
Yo cargaba sus zapatos, una botella de agua y la caja con el listón de Marisol.
Al acercarnos al salón donde peinaban a las niñas, Verónica me cerró el paso.
—Sólo madres y personal autorizado.
—Soy el papá de Alma.
—Precisamente. Hay niñas cambiándose.
—Sólo quiero entregarle sus cosas.
—Yo se las doy.
Alma salió al escuchar nuestras voces.
Ya llevaba el traje puesto. Su cabello estaba suelto sobre los hombros.
Rocío colocó una silla frente al espejo y le indicó que se sentara.
—Vamos a hacerte unas trenzas perfectas, hermosa.
Alma no se movió.
—Gracias, pero no.
Verónica frunció el ceño.
—Tu papá ya pagó.
—No quiero que ella me peine.
—Todas deben verse iguales.
Alma atravesó el salón, me tomó de la mano y dijo delante de las madres, las maestras y la estilista:
—Quiero que mi papá haga mis trenzas.
Yo intenté apartarla para hablar en privado.
—Alma, Rocío sabe hacerlo mejor.
—Pero tú llevas meses aprendiendo.
Sentí que el aire desaparecía del pasillo.
—¿Cómo sabes eso?
Mi hija señaló la caja que yo llevaba bajo el brazo.
—Porque vi todos los mecates que escondes en la bodega.
Verónica soltó una risa breve.
—Esto es una presentación, no una práctica con cuerdas.
Alma apretó mi mano.
—Si mi papá no me peina, yo no bailo.
Todas las miradas se volvieron hacia mí.
Y comprendí que debía hacer delante de aquellas personas lo único que todavía no había conseguido hacer sin miedo.
PARTE 2....