12/07/2026
Durante Diez Años Llevé Flores a una Tumba Vacía—Mientras Mi Hijo Vendía Globos en la Calle
Parte 1
A las ocho y cuarto de la mañana, el tránsito apenas avanzaba en el cruce de avenida Ejército Nacional y Molière, en Polanco. Los automovilistas tocaban el claxon sin descanso, las motocicletas se abrían paso entre los carriles y varios vendedores caminaban entre los vehículos ofreciendo dulces, flores y trapos de limpieza.
Yo iba en el asiento trasero de nuestra camioneta negra. Don Beto conducía en silencio, mientras mi esposo, Lisandro Téllez, respondía mensajes en su teléfono. Debajo de mi vestido beige y holgado, la niña que llevaba seis meses creciendo dentro de mí dio una patada tan fuerte que tuve que colocar una mano sobre el vientre.
Entonces lo vi.
Un niño delgado caminaba con cuidado entre los automóviles. Llevaba varios globos de colores amarrados a la muñeca, los tenis rotos y una sudadera deslavada que le quedaba demasiado grande. Del cuello le colgaba una caja llena de paquetes de chicles.
Se detuvo junto a mi ventana y golpeó suavemente el vidrio.
—Señora, cómpreme un globo para su bebé.
Bajé un poco la ventana polarizada.
—¿Cómo sabes que estoy embarazada?
Señaló la mano que yo mantenía sobre el vientre.
—Porque se toca la panza como mi abuelita tapa las tortillas para que no se enfríen.
Sonreí.
Lisandro no.
—Dale unas monedas y sube el vidrio, Yaretzi —murmuró—. El semáforo está a punto de cambiar.
Observé los globos. Había uno en forma de estrella, otro rosa con una princesa y uno azul con un pequeño astronauta.
—Dame esos tres.
—Son ciento veinte pesos.
Saqué un billete de quinientos. El niño abrió de inmediato una pequeña bolsa de plástico llena de monedas y billetes arrugados.
—Espéreme tantito, señora. Ahorita le doy su cambio.
—Quédatelo. Compra algo para desayunar.
Frunció el ceño.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Mi abuelita dice que el dinero que uno no se gana pesa feo en la conciencia.
Algo me dolió en el pecho. No podía explicar por qué aquella frase me resultaba tan familiar, como si la hubiera escuchado hacía mucho tiempo.
—Entonces véndeme también todos tus chicles.
El niño comenzó a contar con los dedos.
—Todavía le sobrarían ciento treinta pesos.
Lisandro soltó un suspiro.
—Ya estuvo, amor. Estamos deteniendo a los de atrás.
El semáforo cambió a verde. Los automóviles comenzaron a tocar el claxon al mismo tiempo y don Beto tuvo que avanzar.
El niño corrió junto a la camioneta. Metió la mano por la pequeña abertura de la ventana y dejó varios billetes doblados sobre mis piernas.
—¡Su cambio!
Antes de que pudiera detenerlo, se apartó para evitar que algún vehículo lo atropellara. Volteé hacia atrás. Seguía en medio del tránsito, sosteniendo los tres globos que yo había pagado, pero que no había alcanzado a recibir.
—Ese chamaco te vio la cara —dijo Lisandro.
—Me devolvió el dinero.
—Es parte de su estrategia. Mañana va a estar otra vez en el mismo lugar pidiéndote más.
—No estaba pidiendo. Estaba trabajando.
—Los niños no aparecen solos en un crucero. Siempre hay un adulto detrás de ellos.
Seguí mirando por la ventana. Aquel niño había dejado una sensación extraña dentro de mí. No era lástima. Tampoco era una simple tristeza.
Era algo mucho más profundo.
Como si mi cuerpo lo hubiera reconocido antes de que mi memoria pudiera hacerlo.
Me llamo Yaretzi Arizmendi. Tengo treinta y ocho años y soy propietaria de una empresa dedicada a construir complejos hospitalarios, centros empresariales y edificios corporativos en diferentes estados de México.
Las revistas me llaman empresaria, filántropa y ejemplo de liderazgo femenino. Publican fotografías mías inaugurando albergues infantiles y entregando cheques a distintas fundaciones. Siempre mencionan los millones de pesos que mi organización dona cada año.
Lo que nunca escriben es que, durante diez años, llevé flores blancas cada semana a la tumba de un hijo al que nunca pude cargar mientras estaba despierta.
Tenía veintiocho años cuando quedé embarazada por primera vez. Lisandro y yo acabábamos de casarnos. Mi embarazo transcurrió con normalidad hasta la madrugada en que comenzaron las contracciones.
Recuerdo que me llevaron a una clínica privada en Lomas de Chapultepec. Recuerdo el dolor, las luces intensas del quirófano y a una enfermera colocándome una mascarilla sobre el rostro.
Lo último que escuché fue la voz de Lisandro.
—Todo va a estar bien.
Cuando desperté, estaba sentado junto a mi cama. Tenía los ojos hinchados y mi madre lloraba detrás de la puerta.
—¿Dónde está mi bebé? —pregunté.
Lisandro tomó mi mano.
—Tuvo problemas para respirar cuando nació.
—Quiero verlo.
—Los médicos hicieron todo lo que pudieron.
No comprendí lo que intentaba decirme. Le pedí que repitiera la frase, pero no pudo hacerlo.
Un médico entró en la habitación y me explicó que mi hijo había mu**to pocos minutos después de nacer. Dijo que padecía una condición grave, incompatible con la vida.
Yo seguía bajo los efectos de los medicamentos.
Estaba confundida.
Destrozada.
Firmé documentos que nunca leí. Durante el funeral, el pequeño ataúd blanco permaneció cerrado. Lisandro aseguró que era mejor conservar en mi memoria al bebé tal como yo lo había imaginado.
—No necesitas vivir cargando con esa última imagen —me dijo.
Durante muchos años me culpé por no haber exigido verlo. Por no haberlo abrazado. Por no haber abierto aquella caja blanca antes de que la bajaran a la tierra.
Después de aquello, no pude volver a embarazarme durante mucho tiempo. Pasé por tratamientos, procedimientos médicos y cirugías. Perdí tres embarazos antes de poder escuchar durante suficiente tiempo los latidos de alguno de mis bebés.
Cuando finalmente escuché el corazón fuerte de la niña que ahora crecía dentro de mí, creí que la vida me estaba permitiendo comenzar de nuevo.
Hasta que apareció el niño que vendía globos.
A la mañana siguiente busqué su sudadera deslavada entre los vendedores. Estaba en el mismo crucero. Al reconocer nuestra camioneta, corrió hacia mí sosteniendo el globo azul del astronauta.
—Este es suyo.
—Pensé que ya lo habías vendido.
—Usted ya lo había pagado.
—¿Cómo te llamas?
—Nahuel.
—¿Cuántos años tienes?
—Diez.
Sentí una punzada en el pecho. Mi primer hijo también tendría exactamente diez años.
—¿Vas a la escuela?
Nahuel bajó la mirada.
—En la tarde.
—¿Y vendes por las mañanas?
—Nada más hasta juntar para las medicinas de mi abuelita.
Lisandro se inclinó para verlo desde el otro lado de la camioneta.
—Ya nos vamos.
Nahuel retrocedió. Su sonrisa desapareció.
—Buenos días, señor.
Mi esposo ni siquiera le respondió.
Cuando arrancamos, observé el globo que Nahuel me había entregado. En una esquina había escrito con plumón negro:
“Para que nazca con mucha suerte”.
Me llevé el globo a la oficina y lo coloqué junto a mi escritorio. Desde entonces, buscaba a Nahuel todas las mañanas.
Un día me vendía una rosa. Al siguiente, paquetes de pañuelos desechables. Algunas veces no tenía nada que ofrecer y solo se acercaba para preguntarme si la bebé había pateado.
—Hoy ha estado muy tranquila —le conté una mañana.
Nahuel acercó una mano a mi vientre sin llegar a tocarlo.
—A lo mejor está dormida.
En ese instante, la bebé dio una patada.
Nahuel se echó a reír.
Y algo dentro de mí se rompió.
No por tristeza.
Por reconocimiento.
Nahuel inclinaba la cabeza ligeramente cuando intentaba escuchar algo importante. Mi difunto padre hacía exactamente lo mismo. También tenía un pequeño lunar junto a la ceja izquierda, idéntico al mío. Antes de llorar, se mordía el labio inferior, igual que yo cuando era niña.
Comencé a llevarle comida. Un sándwich, fruta, jugo y un termo con chocolate caliente durante las mañanas frías.
Nunca aceptaba nada sin darme algo a cambio. A veces era una paleta. Otras veces, una calcomanía. En ocasiones me entregaba un dibujo hecho en la parte trasera de una hoja usada.
—No tiene que darme tantas cosas —decía.
—No te estoy pagando.
—Entonces me da pena.
—Considéralo un desayuno entre amigos.
Sonreía, se sentaba en la banqueta y comía con tanta rapidez que poco a poco comprendí que posiblemente era la única comida completa que recibía durante el día.
Lisandro se irritaba cada vez más cuando nos veía hablando.
—Te estás obsesionando con ese niño.
—Es un niño que necesita ayuda.
Gracias por acompañarme hasta aquí 🙌📖 Esto apenas comienza… La siguiente parte ya está en los comentarios 👇🔥 Si no puedes verla, toca “Ver todos los comentarios” 💬✨