12/09/2026
Híjole. Ahora sí se cruzó el umbral donde no hay retorno.
“El Talibán” era operativo del CJNG, a diferencia de “El Jardinero”, que era administrativo.
“El Talibán” era, según la información que ha trascendido, un poderoso lugarteniente del CJNG. Se le atribuye haber colocado las mantas y los dos cadáveres, así como haber planeado el operativo para atentar contra el gobernador MANQ y la fiscal Ludmila.
Si esa información es correcta, estamos ante un asunto de una gravedad extraordinaria y extrema.
Pero, desde la lógica criminal, el abatimiento de un objetivo de esa jerarquía no necesariamente significa que el problema esté resuelto. Puede significar, por el contrario, el inicio de una nueva etapa de disputas, reacomodos y violencia.
Esa es la parte que me preocupa.
Las autoridades pueden presentar el resultado como un éxito operativo —y probablemente lo sea desde esa perspectiva—, pero un éxito operativo NO es lo mismo que una victoria estratégica.
Y ahí está el problema.
Lo más delicado es que el gobernador MANQ y la fiscal Ludmila parecen haber asumido, ellos dos en lo personal, una confrontación con el CJNG.
Y eso, desde mi punto de vista, es un error de estrategia.
El combate al crimen organizado NO puede convertirse en una guerra personal entre funcionarios y delincuentes.
NO es un asunto de “huevos”.
Es un asunto de inteligencia, investigación, coordinación institucional, inteligencia financiera, control territorial, protección de funcionarios, capacidad de judicialización y, sobre todo, continuidad del Estado.
Porque cuando el enemigo deja de ser “la organización criminal” y comienza a ser “el gobernador” o “la fiscal”, la naturaleza del conflicto cambia.
Los funcionarios pasan a convertirse en objetivos personales.
Y, cuando eso sucede, hay que preguntarse si la estrategia sigue siendo institucional o si ya se vició por el factor personal.
Yo, si fuera Ludmila, a estas alturas ya estaría “a gusto”, tomándome un café en “La Paix”, en París, y leyendo “Los miserables”, del inmortal Víctor Hugo.
NO VALE LA PENA.
Porque, al final, el Estado debe tener la capacidad de combatir al crimen organizado sin que la vida personal de sus funcionarios dependa de que un grupo criminal decida convertirlos en objetivos.
Ya lo dijo “el Mayo Zambada” en aquella entrevista con don Julio Scherer García:
“El gobierno mata un capo y le salen diez.”
La frase es brutal, pero contiene una idea que no debería despreciarse: las organizaciones criminales tienen capacidad de reproducción.
Son, en ese sentido, como la cabeza de la Hidra de Lerna:
“Cortas una y aparecen otras.”
Por eso, el objetivo NO puede ser únicamente abatir capos.
Hay que desmantelar las estructuras que les permiten existir: dinero, corrupción, logística, protección, armas, redes de distribución, reclutamiento y capacidad de control territorial.
Y, respecto de los gobernadores y sus fiscales, también hay que entender algo elemental:
El crimen organizado es un problema que trasciende, por mucho, las capacidades de una entidad federativa.
La respuesta tiene que ser institucional y coordinada, no la aventura personal de un funcionario que decide “echarse el pleito” frente a una organización criminal.
Pero, en fin, parece que el poder y el dinero que pueden generar un puesto ministerial y policiaco siguen siendo más atractivos que mantener incólume la honorabilidad personal. Ahí están, por ejemplo, todos los que ya se registraron para suceder a Ludmila.
El “hueso” sigue siendo el “hueso”, aunque el costo pueda ser enorme.
Y no es que no haya lecciones.
Las hay. MUCHÍSIMAS.
No sirvió de lección el as*****to del subdirector de la PJEN, Contreras.
No sirvió de lección el as*****to del comandante de la PJEN, Severo Salas.
No sirvió de lección el as*****to del director de la PJEN, Jiménez Arcadia.
No sirvieron de lección los as*****tos de ministerios públicos y comandantes de la entonces PGJN al final del sexenio de Ney González.
No sirvió de lección el encarcelamiento del propio fiscal Edgar Veytia.
No sirvieron de lección el atentado y el encarcelamiento del subfiscal Rodrigo Benítez Pérez.
Y tampoco parecen haber servido de lección los cientos de episodios de violencia, corrupción, infiltración y traición que han marcado la historia de las instituciones de procuración de justicia en Nayarit.
La lección es muy sencilla:
El poder criminal no perdona los errores de quienes creen que pueden jugar con él y salir ilesos.
Algunos terminan presos.
Otros terminan mu***os.
Y otros, simplemente, descubren demasiado tarde que el poder que creían tener era prestado.
Como decía la viejita del rancho:
“NO ENTIENDEN, NO ESCARMIENTAN EN CABEZA AJENA, COMO LOS 🐷 A LA 💩.”
Y aquí es donde entra la historia de Giovanni Falcone.
Su vida y su muerte no deberían leerse como una invitación al heroísmo individual, sino como una lección sobre los límites del heroísmo individual frente al crimen organizado.
Falcone demostró que se puede golpear seriamente a la mafia.
Pero también demostró que una persona, por brillante, valiente y honesta que sea, NO puede sustituir a un Estado.
El Estado no puede depender de héroes.
Debe depender de instituciones.
Y quizá esa sea la lección más importante de todas.
El crimen organizado no desaparece simplemente porque muera un capo.
Tampoco desaparece porque llegue un gobernador que se nombre como “suicida”, como lo hace el nefasto gobernador MANQ.
Ni porque un fiscal decida “echarse el pleito”.
Desaparece —o, al menos, se reduce de manera sostenida— cuando cambian las condiciones que lo hacen posible: las económicas, las políticas, las institucionales y las sociales.
Por eso, más que una guerra de personas, lo que debería existir es una POLÍTICA DE ESTADO.
Lo demás es, muchas veces, puro teatro.
Y el tiempo, como siempre, terminará diciendo quién tenía razón.
Porque ahorita los mu***os los está poniendo el CJNG, pero pronto los pondrá también el propio gobierno local, …es únicamente cuestión de tiempo.
Y es que siempre es la misma historia que se repite una y otra vez hasta el infinito.
BYE!!