19/12/2025
Hoy hablamos de…
Te excluyen, aunque su discurso y su boca estén llenas de inclusión
En el ámbito laboral se habla cada vez más de inclusión. Aparece en discursos institucionales, en normativas, en políticas de recursos humanos y en declaraciones empresariales. Se presenta como un valor moderno, necesario y casi obligatorio. Sin embargo, para muchas personas con discapacidad, la realidad del trabajo sigue marcada por la exclusión, incluso —y especialmente— en aquellos entornos que más presumen de ser inclusivos.
La contradicción es evidente. Se habla de igualdad de oportunidades, pero el acceso real al empleo sigue siendo limitado. Se promueve la diversidad, pero los procesos laborales continúan dejando fuera la diferencia. Se declara compromiso, pero faltan hechos. Y así, la inclusión laboral termina convertida en un discurso que tranquiliza conciencias, pero no transforma realidades.
En las instituciones públicas, la inclusión laboral suele quedarse en el cumplimiento formal. Se contrata, se cubren plazas, se cumplen cuotas. Sobre el papel, todo parece correcto. Sin embargo, una vez dentro, muchas personas con discapacidad se encuentran con una exclusión más silenciosa y profunda: no se cuenta con ellas para trabajar de verdad.
Se las ubica en un escritorio, se les asigna un puesto, pero no se les dan funciones reales, responsabilidades concretas ni tareas acordes a su perfil. Pasan horas sin carga laboral, sin participación efectiva, sin integración en los equipos. Están presentes, pero no incluidas. Contratadas, pero invisibilizadas.
Esta forma de exclusión es especialmente grave porque vacía el derecho al trabajo de contenido. No solo se niega el desarrollo profesional, sino también la dignidad laboral. Se transmite el mensaje implícito de que la persona está ahí para cumplir una estadística, no para aportar. Se cumple la norma, pero se incumple el espíritu de la inclusión.
Además, cuando las personas con discapacidad reclaman funciones reales, formación o participación, muchas veces se enfrentan a respuestas evasivas: falta de tiempo, falta de estructura, falta de adaptación del puesto. Así, la responsabilidad vuelve a desplazarse, y la exclusión se normaliza dentro del propio sistema que debería garantizar derechos.
En el sector privado, la situación no es muy distinta, aunque adopta otras formas. La inclusión laboral suele asociarse a la imagen corporativa y a la responsabilidad social. Se habla de diversidad, se elaboran códigos éticos y se lanzan campañas. Pero a la hora de contratar, persisten los prejuicios, el miedo a las adaptaciones y la desconfianza hacia la capacidad profesional de las personas con discapacidad.
Los procesos de selección siguen siendo una barrera. Entrevistas rígidas, pruebas inaccesibles y criterios estandarizados dejan fuera a personas altamente capacitadas. Y cuando alguien logra incorporarse, no siempre encuentra un entorno preparado: faltan ajustes razonables, apoyos técnicos y comprensión real por parte de mandos y compañeros.
Tanto en lo público como en lo privado, persiste una lógica profundamente excluyente: se espera que la persona con discapacidad se adapte al puesto, en lugar de adaptar el puesto a la persona. Esta visión convierte la inclusión en un esfuerzo individual y no en una responsabilidad colectiva.
A esto se suma el paternalismo laboral. Se limita el crecimiento profesional bajo la excusa de la protección. Se duda de la capacidad para asumir responsabilidades, liderar equipos o tomar decisiones. No siempre se excluye del empleo, pero sí del desarrollo, de la carrera profesional y del reconocimiento.
La inclusión laboral real no consiste solo en contratar. Consiste en asignar trabajo real, valorar competencias, ofrecer formación, garantizar accesibilidad y permitir crecer dentro de la organización. Consiste en entender que una persona con discapacidad no es un favor concedido, sino una trabajadora con derechos y capacidades.
Mientras la inclusión laboral siga siendo solo un discurso —en instituciones públicas o en empresas privadas— la exclusión seguirá instalada en oficinas, despachos y centros de trabajo. Señalar esta realidad no es atacar, es exigir coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.
En Voces de la Discapacidad insistimos en algo básico pero incómodo: no hay inclusión laboral cuando se contrata para aparentar y se excluye en la práctica. El trabajo no es solo estar, es participar, aportar y ser reconocido.
Porque sentar a alguien en un escritorio sin darle trabajo también es una forma de exclusión.
“La inclusión laboral no es contratar: es confiar, asignar y respetar.”