10/09/2026
Cartas infinitas…
¿Somos cifras?
Dicen que las estadísticas no mienten. Que los números son fríos, objetivos, imparciales. Pero ¿pueden acaso los números sentir el peso de una mirada condescendiente? ¿Pueden los porcentajes entender lo que significa intentar cruzar una calle sin guía, o enfrentarse cada mañana a un sistema que no te espera?
Nos convierten en cifras, en informes, en “personas con discapacidad” clasificadas, cuantificadas y archivadas para justificar políticas públicas. Pero la pregunta sigue siendo incómoda: ¿somos cifras o somos vidas?
Cada vez que alguien dice “el 15% de la población mundial vive con discapacidad”, me pregunto si realmente entienden lo que están diciendo. Porque ese 15% no vive igual en una ciudad que en un pueblo, no enfrenta las mismas barreras quien tiene apoyo que quien no tiene nada. Detrás de cada número hay una historia que no se cuenta, una batalla que no aparece en los gráficos de barras, un nombre que se diluye entre porcentajes.
Vivir con discapacidad no es una condición estática. Es una forma de transitar la vida, de leer el mundo y reinterpretarlo cada día. No es ni heroísmo ni tragedia, aunque nos encasillen constantemente entre esos dos extremos. Es, más bien, una realidad tan humana como cualquiera, solo que cargada de desafíos extras, de pequeñas guerras diarias que muchos ni siquiera perciben.
Nos hablan de inclusión, pero ¿qué significa incluir?
¿A quién se incluye y bajo qué condiciones?
Porque incluir no es invitar a alguien a un espacio que no se construyó para él. No es poner una rampa al final del edificio y decir “ya cumplimos”.
Incluir es reconocer que la diferencia no estorba, que la diversidad no se tolera, se celebra.
Incluir es abrir el diálogo, cuestionar el diseño, repensar la educación, el trabajo, la cultura… la sociedad misma.
Pero vivimos en una época en que todo debe ser medible, justificable, traducible en indicadores. Así se habla de nosotros: con porcentajes y diagnósticos, con cifras y tablas. Somos “beneficiarios”, “usuarios”, “casos”. Nos definen por lo que nos falta, no por lo que aportamos.
Y entonces me pregunto, ¿cuándo dejamos de ser personas para convertirnos en estadísticas útiles?
La discapacidad no se mide en porcentaje de pérdida, sino en porcentaje de oportunidades negadas.
No está en el cuerpo, sino en las barreras que lo rodean.
No está en los ojos que no ven, sino en los ojos que no quieren mirar.
Vivir con discapacidad es aprender a moverse en un mundo hecho a medida de otros. Es resistir cada día la invisibilidad, el paternalismo, la burocracia que decide quién “merece” apoyo y quién no. Es también descubrir que, a pesar de todo, la vida sigue teniendo belleza, humor y sentido.
Porque sí, vivimos con discapacidad, pero también con amor, con arte, con conocimiento, con rabia, con sueños. Con humanidad.
Y aunque muchos prefieran reducirnos a cifras, aquí estamos: pensando, trabajando, creando, cuestionando.
Porque no somos el 10% ni el 15%. Somos la humanidad misma, en todas sus formas, con todas sus imperfecciones.
Somos parte del todo, aunque algunos aún no lo comprendan.
Así que dime tú, lector:
¿De verdad somos solo una estadística, o somos el reflejo más sincero de una sociedad que aún no aprende a mirarse completa?
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