12/01/2026
El teniente Ricardo Valenzuela mordió la guayaba como si estuviera probando veneno.
Masticó lento, con esa cara de quien ya decidió que va a despreciarte aunque le des lo mejor.
Y entonces lo hizo.
Escupió la fruta al suelo.
—Basura —dijo, con una sonrisa sarcástica, de esas que no se olvidan.
Doña Elena se quedó inmóvil. No por cobarde. Por shock. Por esa humillación que llega en público y te aprieta la garganta para que ni siquiera puedas defenderte.
—No vale nada —sentenció él.
Y se dio la vuelta riéndose, seguro de su impunidad.
Era sábado.
En el tianguis de la colonia, doña Elena había montado su puesto como siempre: un huacal de madera forrado con hojas de plátano, guayabas olorosas, mangos manila dulces. El sol ya castigaba el asfalto, pero a ella no le importaba. Ese lugar era su historia.
A sus sesenta y tantos, con la piel morena curtida por el tiempo y manos callosas de trabajar toda la vida, doña Elena ya ni siquiera “necesitaba” estar ahí. Sus dos hijas —sus joyas raras— eran su orgullo.
Cuando un cliente le preguntaba por “sus niñas”, ella sacaba pecho:
—Una defiende a México allá en la frontera… y la otra defiende la justicia aquí mismo.
Pero doña Elena seguía volviendo al tianguis porque el olor a fruta le recordaba de dónde venían. Porque era su forma de honrar la lucha de haber criado sola.
Todo iba normal: regateos, risas, niños corriendo… hasta que el ruido de una motocicleta potente rompió el aire.
El teniente Valenzuela estacionó su moto reluciente junto al puesto, como si el tianguis fuera suyo.
Era conocido por su arrogancia. Por tratar a los comerciantes humildes con desprecio. Por esa forma de caminar con el uniforme como si fuera corona.
Sin decir palabra, tomó una guayaba y le dio una mordida grande. El jugo se le escurrió por el labio.
Doña Elena, intimidada, forzó una sonrisa.
—Buenos días, oficial. Están muy dulces hoy. ¿Quiere que le pese para usted?
—Pésame un kilo —respondió él—. A ver si es cierto que sirven.
Doña Elena escogió las mejores, con manos temblorosas. Las pesó en su báscula vieja. Le entregó la bolsa.
Él la tomó sin dar las gracias.
Luego sacó otra guayaba, cortó un trozo con una navaja y se lo comió haciendo una mueca exagerada.
—Puaj. ¿Qué porquería es esta? Está agria.
—No, señor… están dulces. Yo probé una en la mañana. ¿Puede probar otra, por favor?
El teniente soltó una carcajada cruel que hizo voltear a la gente.
—Cállese. ¿Me quiere ver la cara de estúpido? Sus guayabas no valen nada… y no le voy a pagar ni un peso por esta basura.
Y entonces, frente a todos, escupió la fruta al suelo.
Como si escupiera su trabajo.
Como si escupiera su vida.
Doña Elena sintió que se le iba el aire.
Y todavía no era lo peor.
Porque Valenzuela agarró el huacal, lo levantó con rabia y lo arrojó al otro lado de la calle. Guayabas y mangos volaron y se regaron por el asfalto caliente. Un microbús aplastó varios sin frenar.
Doña Elena comenzó a llorar.
La gente miraba.
Cuchicheaba.
Pero nadie se atrevía a intervenir.
Hasta que, desde un balcón cercano, un joven llamado Leo levantó su celular y grabó todo. Cada segundo.
Y ese video, horas después, iba a llegar a una pantalla que Valenzuela jamás imaginó…
Si llegaste hasta aquí, la historia no termina todavía…