29/12/2025
Guillermo Arriaģa, el salvaje que confundí con un turista
Jorge 'el Burrito' González
Cuando Guillermo Arriaga cruzó el umbral de la librería, mi radar de "escritores reconocidos" estaba desorientado. Entró camuflado entre un grupo de turistas de esos que miran todo con prisa y no compran nada, así que apliqué mi mejor técnica para esta situación: seguir acomodando un lote de libros recién llegados, asumiendo con total seguridad que él era sólo otro vaquero despistado explorando el turistificado y "mágico" barrio de Jalatlaco.
No le presté atención, y la librería, como castigo a mi apresurada conclusión, se quedó vacía. Pasó una hora de silencio y acomodo de libros hasta que regresó a El Burrito Librería. Esta vez, con la puntería de un cazador, fue directo a la sección de primeras ediciones. Ignoró los otros estantes y preguntó por el ciclo de "cine mexicano lúgubre y ominoso" que anunciaba nuestra pizarra de la entrada. Tuve que confesar, con la dignidad intacta pero algo abollada, que el tenebroso ciclo se había reducido, por azares del destino, a la solitaria proyección de 'Santa sangre', de Alejandro Jodorowsky.
Sin inmutarse, pidió mi tasación experta: ¿en cuánto se vendería una primera edición de 'Cien años de soledad' firmada por Gabriel García Márquez?
Ahí, con la ingenuidad de quien no sabe de lo que habla, lancé mi adelantado veredicto:
—Entre cincuenta y setenta mil pesos.
Arriaga me miró con una calma devastadora y corrigió:
—Quizá entre cincuenta y cien mil... dólares.
Tragué saliva y pensé en mi falta de temple para responder. Para intentar nivelar el terreno, le solté la reseña histórica de la librería, hasta que mi cerebro finalmente conectó los cables y el nombre de Guillermo Arriaga parpadeó en mi conciencia como un letrero de neón.
La charla casual colapsó y se convirtió en un interrogatorio espontáneo:
—¿Eres Guillermo Arriaga?
—Simón —respondió, y sonrió.
El vaquero era, en efecto, un peso pesado. Me contó que venía con la familia y que regresaba a la Ciudad de México al día siguiente. Aproveché para preguntarle si cargaba alguna libreta para apuntes, imaginando al genio atrapando musas en papel reciclado.
—Nunca traigo apuntes —respondió tajante—. Si tienes que anotar una idea, es porque no es buena. Las buenas se quedan en la cabeza. Escribo sin pensar ni planificar, dejo que suceda sobre la marcha.
Hablamos de sus inicios, de cómo a los 18 ya ganaba varo escribiendo, y de cómo hasta Borges empezó haciendo tachones de niño de cinco años.
—No juzgues tu escritura —me aconsejó, como quien da la clave del universo.
Hay escritores de mamadas que la pegan y se vuelven exitosos. Tú escribe. Vas a publicar textos malos, no hay p**o, sigue. Es un error compararte con Dostoievski o Faulkner, terminas preguntándote "¿para qué chingados escribo?"
Quizá estaba a punto de recibir el secreto literario más importante cuando una turista irrumpió hablando en inglés, buscando la librería Amate Books. Arriaga, haciendo gala de un bilingüismo y una paciencia que yo ya había perdido, le dio las indicaciones precisas. Para mí esto fue suficiente como para saber que no era la primera vez que el escritor visitaba Oaxaca.
En un intento desesperado por rescatar el momento, también mandé a mi ayudante a la librería vecina, Amate, a comprar cualquier cosa que llevara el nombre de Arriaga para que la firmara. El destino, irónico como siempre, tenía otros planes: no había nada. Recordé con resignación que el último ejemplar de 'El salvaje' lo habíamos vendido tres meses atrás, no en una feria de libro, sino en un puesto ambulante frente al Liverpool de Plaza Oaxaca.
Un cronómetro invisible marcó el final. Arriaga siguió hablando de su época en la Ibero y de una firma de autógrafos improvisada hacía unas horas en otra librería, una donde sí tenían sus libros.
Cuando salió de El Burrito, me quedé solo entre los estantes. No tenía su firma, ni su contacto, ni un libro vendido. Pensé en correr tras él, pero entonces recordé sus palabras: "Las buenas ideas se quedan en la cabeza". Quizá los buenos encuentros también. No necesitaba un autógrafo para validar el momento: tenía la historia. Y tal como él sugirió, dejé de juzgarme, me senté y, sin libreta de apuntes, comencé a escribir este texto.
Jorge el Burrito González El escritor Guillermo Arriaga en El Burrito Librería, barrio de Jalatlaco, ciudad de Oaxaca. Cuando Guillermo Arriaga cruzó el umbral de la librería, mi radar de «escritor…