El Cuarto de Michael

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EL PUERCO DEL RANCHO ME PIDIO AGUA BENDITANunca había creído en las historias que contaban sobre animales que podían car...
14/09/2026

EL PUERCO DEL RANCHO ME PIDIO AGUA BENDITA

Nunca había creído en las historias que contaban sobre animales que podían cargar con algo que no pertenecía a este mundo. Para mí, un puerco era solamente un animal de granja: pesado, sucio y bastante agresivo cuando se sentía amenazado.

Todo cambió cuando tuve que pasar varias noches cuidando un pequeño rancho que llevaba años perteneciendo a mi familia.

Desde la primera noche noté algo extraño.

Había un puerco enorme que permanecía separado de los demás. Era mucho más grande de lo normal y tenía una mirada que me incomodaba. No gruñía cuando me acercaba. Simplemente se quedaba inmóvil, observándome.

Lo más raro era que nunca entraba al corral durante la noche.

Se quedaba junto a la puerta, mirando hacia la casa.

Una madrugada escuché golpes debajo de la ventana. Pensé que alguno de los animales se había escapado, así que salí con una lámpara.

El puerco estaba frente a mí.

Pero no intentaba atacarme.

Tenía el hocico pegado al suelo y avanzaba lentamente hacia la casa, deteniéndose cada pocos pasos para voltear a verme.

Lo seguí.

Llegamos hasta un pequeño cuarto donde guardaba herramientas. El animal se quedó frente a la puerta y comenzó a rascar la tierra con una de sus patas.

Cuando alumbré el suelo, descubrí algo que me hizo retroceder.

Había una vieja botella de agua bendita enterrada parcialmente.

No recordaba haberla visto antes.

La recogí y regresé al corral.

El puerco me siguió todo el camino.

Cuando llegué a la entrada, se sentó frente a mí y bajó la cabeza.

Entonces ocurrió algo que todavía me cuesta explicar.

Extendí la mano con la botella y el animal comenzó a temblar.

No parecía miedo.

Parecía desesperación.

El puerco acercó el hocico hasta la botella y permaneció completamente quieto.

Fue entonces cuando recordé algo que me habían contado los mayores de la familia: años atrás, alguien había llevado ese animal al rancho después de encontrarlo vagando cerca del monte. Desde entonces, comenzaron a suceder cosas extrañas.

Animales que amanecían fuera de sus corrales.

Herramientas que aparecían en lugares donde nadie las había dejado.

Y, algunas noches, se escuchaban pasos alrededor de la casa aunque no hubiera nadie.

Aquella madrugada decidí rociar un poco de agua bendita alrededor del corral.

En cuanto lo hice, el puerco levantó la cabeza y soltó un chillido que jamás había escuchado de un animal.

Las gallinas comenzaron a moverse desesperadamente.

Los perros se escondieron.

Y durante unos segundos, todos los animales quedaron mirando hacia la misma parte del terreno.

Hacia el monte.

Yo también miré.

Entre los árboles había algo oscuro.

No pude distinguir una figura completa, pero parecía demasiado alto para ser una persona.

El puerco comenzó a golpear la tierra con las patas.

Entonces comprendí que no me había llevado hasta la botella para beber.

Me había llevado hasta ella porque parecía estar buscando protección.

Rocié más agua bendita alrededor de él.

El animal se quedó completamente inmóvil.

Después comenzó a respirar con dificultad y su cuerpo empezó a estremecerse. Durante unos segundos parecía que algo invisible intentaba mantenerlo en pie.

Finalmente cayó de lado.

Pensé que había mu**to.

Pero unos instantes después abrió los ojos.

Ya no tenía aquella mirada agresiva.

Parecía tranquilo.

Desde el monte llegó un ruido profundo, parecido a un gruñido lejano.

Los perros comenzaron a ladrar.

Y aquella cosa entre los árboles desapareció.

A la mañana siguiente encontré huellas alrededor del corral.

Eran enormes.

Lo peor fue descubrir que algunas estaban marcadas sobre la tierra como si algo hubiera estado caminando alrededor del puerco durante toda la noche.

Desde entonces, cada vez que visito el rancho llevo una pequeña botella de agua bendita.

El puerco todavía está ahí.

Ya es viejo y casi no se mueve.

Pero hay algo que nunca ha cambiado.

Cada vez que llego, levanta la cabeza y me observa fijamente.

Y cuando me acerco con el agua bendita, cierra los ojos.

Como si todavía recordara perfectamente aquella noche en que algo quiso entrar al rancho y él fue el primero en darse cuenta.

CUANDO TOMÉ ESTA FOTO NO ME PERCATÉ DE LO QUE HABÍA AHÍLa tomé hace algunos años, cuando todavía me gustaba entrar a lug...
13/09/2026

CUANDO TOMÉ ESTA FOTO NO ME PERCATÉ DE LO QUE HABÍA AHÍ

La tomé hace algunos años, cuando todavía me gustaba entrar a lugares abandonados para conocerlos y tomar fotografías.

Era un edificio viejo que llevaba mucho tiempo vacío. Las paredes estaban cubiertas de grafiti, había humedad por todas partes y algunas zonas parecían estar a punto de venirse abajo. Al fondo de uno de los pasillos había una escalera que conducía a un nivel superior.

Entré cuando comenzaba a oscurecer.

Recuerdo que el lugar estaba completamente silencioso. Solo se escuchaba el ruido de mis pasos y, de vez en cuando, el agua que caía de alguna tubería.

Antes de irme, levanté el celular y tomé una fotografía del pasillo. No vi nada extraño. En ese momento solo me interesaba guardar una imagen del lugar.

Salí de ahí y regresé a casa.

Esa misma noche, mientras revisaba las fotografías, llegué a aquella imagen.

Al principio no noté nada.

Pero cuando acerqué la pantalla, sentí un escalofrío.

En la parte izquierda de la fotografía, justo cerca de la entrada de las escaleras, había algo que yo no recordaba haber visto.

Parecía una persona parada parcialmente detrás de la pared.

No se distinguía bien el rostro. Solo se alcanzaba a ver una silueta oscura, demasiado alta y delgada, como si estuviera observándome desde el pasillo.

Pensé que podía ser una sombra provocada por la iluminación.

Volví a revisar la fotografía varias veces.

Entonces noté algo todavía más extraño.

La figura no estaba al fondo.

Estaba mucho más cerca de mí de lo que había pensado.

Eso significaba que, cuando tomé la fotografía, aquella cosa se encontraba prácticamente a unos metros de donde yo estaba parado.

Lo peor fue revisar las fotografías anteriores y posteriores.

En ninguna aparecía.

Solo estaba en esa.

Durante varios días intenté convencerme de que se trataba de un efecto de la cámara. Sin embargo, algo no me dejaba tranquilo.

Regresé al lugar acompañado.

Encontramos el mismo pasillo, las mismas escaleras y la misma pared.

Pero cuando llegamos al punto exacto desde donde había tomado la fotografía, descubrí algo que no había visto aquella noche.

En la pared, justo a la altura donde aparecía la silueta, había marcas oscuras que parecían corresponder a la forma de una persona apoyada contra ella.

Nunca volví a entrar.

Todavía conservo aquella fotografía, pero desde entonces tengo una regla que jamás vuelvo a romper:

si un lugar está completamente abandonado y siento que alguien me está observando, no tomo la fotografía… simplemente me voy.

LES JURO QUE VI A UN CRISTO PARPADEAREsto me ocurrió dentro de una iglesia antigua, una de esas construcciones que parec...
13/09/2026

LES JURO QUE VI A UN CRISTO PARPADEAR

Esto me ocurrió dentro de una iglesia antigua, una de esas construcciones que parecen guardar demasiados años entre sus paredes. Yo había comenzado a ayudar algunas tardes con la limpieza y el mantenimiento del lugar, así que no era extraño que me quedara solo después de que todos se marcharan.

Aquella tarde terminé más tarde de lo acostumbrado.

La iglesia estaba completamente vacía. Las últimas personas ya se habían ido y solo quedaban encendidas algunas luces amarillentas cerca del altar. El silencio era tan profundo que podía escuchar el eco de mis propios pasos.

Mientras acomodaba unas cosas, levanté la mirada hacia una imagen de Cristo que estaba colocada dentro de una estructura de vidrio. Era una figura antigua, con el rostro serio, barba oscura, una túnica ornamentada y una cruz detrás. Tenía las manos extendidas hacia el frente y una expresión que, incluso de día, resultaba bastante inquietante.

No sé por qué, pero esa tarde me quedé observándolo durante varios segundos.

Después continué con mi trabajo.

Cuando terminé, caminé hacia la salida. Estaba a punto de apagar la última luz cuando escuché un pequeño ruido detrás de mí.

Era como un golpe seco contra el vidrio.

Me giré.

La imagen seguía exactamente en el mismo lugar.

Pensé que alguna parte de la estructura se había movido por el cambio de temperatura, así que no le di importancia. Apagué una de las luces y volví a caminar hacia la puerta.

Entonces escuché otro golpe.

Esta vez fue más fuerte.

Me volví nuevamente.

Y fue ahí cuando lo vi.

El Cristo había cerrado los ojos.

Me quedé completamente inmóvil.

Al principio pensé que la iluminación estaba provocando una sombra sobre su rostro. Me acerqué unos pasos para comprobarlo.

Entonces sus ojos se abrieron lentamente.

No fue un movimiento brusco.

Fue un parpadeo.

Uno solo.

Sentí que se me helaba todo el cuerpo.

Retrocedí sin apartar la mirada. La figura volvió a quedarse completamente inmóvil, con los ojos abiertos y aquella misma expresión seria que tenía cuando llegué.

Pensé que quizá había sido una ilusión causada por el cansancio.

Pero entonces volvió a suceder.

Parpadeó otra vez.

Esta vez pude verlo perfectamente.

Sus párpados bajaron y subieron lentamente detrás del vidrio.

Salí corriendo de la iglesia.

No recuerdo haber cerrado la puerta. Solo recuerdo haber llegado hasta la calle y quedarme varios minutos tratando de recuperar el aliento.

Al día siguiente regresé acompañado.

Cuando revisamos la imagen, todo parecía normal. El Cristo permanecía inmóvil y nadie encontró nada extraño en el vidrio ni en la estructura.

Sin embargo, antes de marcharme, volví a observar su rostro.

Y sentí algo que todavía me cuesta explicar.

Por un instante tuve la impresión de que sus ojos estaban mirando directamente hacia mí.

Desde aquella noche nunca he vuelto a quedarme solo dentro de esa iglesia.

Porque puedo aceptar haber visto una sombra.

Puedo aceptar que la luz haya provocado una ilusión.

Pero hay algo que no puedo explicar.

Yo vi a ese Cristo parpadear. Y les juro que, cuando lo hizo, estaba mirando hacia mí.

TRABAJÉ EN EL BASURERO HASTA QUE VI A 2 ZOPILOTES HABLARTrabajé durante varios años en un basurero ubicado a las afueras...
13/09/2026

TRABAJÉ EN EL BASURERO HASTA QUE VI A 2 ZOPILOTES HABLAR

Trabajé durante varios años en un basurero ubicado a las afueras de la ciudad. Era un lugar enorme, rodeado de árboles viejos y terrenos abandonados. Todos los días había decenas de zopilotes sobre las ramas, esperando los desperdicios que dejaban los camiones.

Nunca les tuve miedo.

Hasta que vi a esos dos.

Una mañana, mientras trabajaba cerca de una montaña de basura, levanté la mirada y los encontré sobre una rama.

Eran enormes.

Sus cuerpos estaban cubiertos de plumas negras, largas y pesadas, y sus alas colgaban a los lados como si fueran demasiado grandes para sus cuerpos. Pero sus cabezas eran lo que más me inquietaba.

Tenían la piel completamente desnuda, grisácea y arrugada, con zonas rojizas alrededor del cuello. Sus ojos eran pequeños, oscuros y demasiado atentos. Sus picos largos y curvados parecían desproporcionados, dándoles un aspecto extraño, casi humano.

Los dos estaban inclinados uno hacia el otro.

Pensé que simplemente estaban haciendo sonidos de aves.

Entonces uno giró lentamente la cabeza hacia mí.

Abrió el pico.

Y escuché claramente una voz.

—Ya nos vio.

Me quedé paralizado.

Durante unos segundos no pude moverme.

El otro zopilote giró hacia el primero y después volvió a mirarme.

No graznó.

No hizo ningún ruido.

Simplemente me observó.

Sentí que el cuerpo se me enfriaba mientras comprendía lo que acababa de escuchar.

Había entendido perfectamente esas palabras.

“Ya nos vio.”

Retrocedí lentamente sin quitarles los ojos de encima.

Los dos siguieron mi movimiento con la cabeza.

Después comenzaron a caminar por la rama, acercándose uno al otro hasta quedar completamente juntos.

Aquella tarde no quise volver a esa zona.

Sin embargo, durante los días siguientes empecé a encontrarlos en distintos lugares del basurero.

Siempre eran los mismos dos.

A veces estaban sobre los árboles.

Otras veces sobre las montañas de basura.

Y cada vez que me veían, permanecían completamente inmóviles.

Como si estuvieran esperando algo.

Una mañana pasé nuevamente debajo del árbol donde los había visto por primera vez.

Los dos estaban ahí.

Esta vez ninguno habló.

Solo me observaron mientras continuaba caminando.

Cuando llegué al final del camino, escuché detrás de mí el fuerte movimiento de unas alas.

Me giré.

Los dos zopilotes habían bajado de la rama.

Estaban en el suelo.

A unos cuantos metros de mí.

Y caminaban lentamente en mi dirección.

Fue entonces cuando decidí abandonar aquel trabajo.

Nunca regresé.

Hasta el día de hoy sigo pensando en aquella mañana.

Porque hay algo que me resulta todavía más perturbador que haber escuchado hablar a dos zopilotes.

La forma en que uno de ellos dijo “ya nos vio”... como si yo no fuera la primera persona que los había descubierto.

EN EL HOSPITAL EN DONDE FUI PASANTE, LA MUERTE SE APARECÍA CUANDO FALLECIA UN PACIENTECuando comencé mis prácticas como ...
13/09/2026

EN EL HOSPITAL EN DONDE FUI PASANTE, LA MUERTE SE APARECÍA CUANDO FALLECIA UN PACIENTE

Cuando comencé mis prácticas como pasante en un hospital, aprendí rápidamente que la muerte podía llegar en cualquier momento.

Había pacientes que llevaban meses luchando contra una enfermedad y otros que ingresaban aparentemente estables, pero que podían empeorar en cuestión de minutos.

Sin embargo, durante mis primeras semanas descubrí algo que nunca pude explicar.

Cada vez que un paciente estaba a punto de morir, la Muerte aparecía en algún lugar del hospital.

La primera vez ocurrió durante una guardia nocturna.

Un paciente llevaba varias horas en estado delicado, pero en ese momento sus signos vitales se encontraban relativamente estables. Mientras recorría el pasillo, vi a una persona completamente vestida de negro parada frente a la puerta de su habitación.

Era extremadamente alta y permanecía completamente inmóvil.

No parecía un familiar ni alguien del personal.

Lo extraño fue que, cuando regresé unos minutos después, aquella figura seguía exactamente en el mismo sitio.

Poco después, el estado del paciente comenzó a deteriorarse.

A pesar de los esfuerzos del personal médico, terminó falleciendo.

Pensé que había sido una coincidencia.

Hasta que volvió a ocurrir.

Días después, durante otra guardia, vi nuevamente a la misma figura.

Esta vez estaba parada al otro lado del hospital, frente a una habitación diferente.

Recuerdo haber sentido un escalofrío porque reconocí inmediatamente su silueta.

Dentro de esa habitación había un paciente que, hasta ese momento, no parecía estar en peligro inmediato.

La figura permaneció ahí durante varios minutos.

Después desapareció.

Menos de una hora más tarde, el paciente sufrió una complicación repentina y falleció.

Ahí fue cuando comencé a tener miedo.

La figura siempre aparecía antes.

Nunca después.

Comencé a prestar atención cada vez que la veía.

En una ocasión apareció cerca del área de urgencias. Permaneció de pie junto a una camilla mientras el personal atendía a un paciente que acababa de ingresar.

Parecía estar esperando.

No hacía nada.

Solo observaba.

Durante las siguientes horas el paciente empeoró hasta que finalmente murió.

Otra madrugada la vi caminando lentamente por un pasillo.

La seguí con la mirada hasta que se detuvo frente a una habitación.

Yo sabía perfectamente quién estaba ahí.

Era un paciente que llevaba varios días estable.

Apenas unos minutos después de que la figura apareciera, comenzaron las alarmas.

El paciente murió esa misma madrugada.

A partir de entonces desarrollé una costumbre que todavía me avergüenza recordar.

Cada vez que veía a aquella figura, buscaba inmediatamente qué paciente se encontraba cerca.

Era como si pudiera saber quién sería el siguiente.

Lo peor ocurrió durante una de mis últimas guardias.

Eran aproximadamente las tres de la mañana cuando vi a la Muerte al final de un pasillo.

Esta vez estaba mucho más cerca.

Permanecía frente a una habitación.

Me acerqué lentamente y descubrí que dentro se encontraba un paciente que había llegado horas antes y que se encontraba estable.

La figura giró lentamente la cabeza hacia mí.

No pude distinguir su rostro.

Después volvió a mirar hacia la habitación.

Sentí que el miedo me paralizaba.

Quise avisar al personal, pero antes de poder hacerlo comenzaron a sonar las alarmas.

Todo ocurrió rápidamente.

El paciente comenzó a deteriorarse y el personal intentó estabilizarlo.

Yo permanecí en el pasillo mirando hacia el lugar donde estaba aquella figura.

Seguía ahí.

Observando.

Finalmente, el paciente falleció.

Y justo en el momento en que confirmaron su muerte, la figura desapareció.

Fue entonces cuando entendí algo que todavía me resulta imposible aceptar.

Aquella presencia no era una aparición que llegaba después de una muerte.

Era una advertencia.

La Muerte aparecía unos minutos antes para anunciar que alguien estaba a punto de morir.

Nunca supe por qué podía verla.

Nunca descubrí si otros trabajadores del hospital también la veían.

Pero desde aquella última guardia hay algo que todavía me aterra.

A veces, cuando paso cerca de un hospital, recuerdo aquella silueta parada al fondo de los pasillos.

Y siempre pienso lo mismo:

si alguna vez vuelvo a verla, significa que alguien está a punto de morir.

MI PRIMO ALUCINABA VIENDO UN HOMBRE AZULCuando era más joven, pasaba algunos fines de semana en casa de unos familiares....
13/09/2026

MI PRIMO ALUCINABA VIENDO UN HOMBRE AZUL

Cuando era más joven, pasaba algunos fines de semana en casa de unos familiares. Ahí fue donde comencé a notar que mi primo tenía un comportamiento extraño.

Decía que veía a un hombre azul.

Al principio pensé que se trataba de una imaginación provocada por el miedo o por las historias de terror que solíamos escuchar. Sin embargo, mi primo insistía en que aquella figura aparecía principalmente durante la noche, siempre dentro de la sala.

Según él, era un hombre demasiado alto y delgado, de casi dos metros. Su cuerpo parecía estar hecho de una especie de humo o luz azulada. Tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado y unos brazos extremadamente largos que casi llegaban a sus rodillas.

Lo más extraño era que nunca aparecía de la misma manera.

Algunas noches permanecía junto a la ventana. Otras veces estaba parado detrás del sofá, completamente inmóvil. Mi primo aseguraba que podía verlo durante varios minutos, pero que cuando alguien más entraba a la habitación, desaparecía.

Con el tiempo comenzó a tener miedo de quedarse solo en la sala.

Una noche me quedé a dormir ahí y decidimos ver televisión hasta tarde. Mi primo estaba sentado a mi lado cuando de repente dejó de prestar atención a la pantalla.

Se quedó mirando fijamente hacia el otro extremo de la habitación.

Noté que estaba completamente pálido.

Seguí la dirección de su mirada, pero no vi nada.

Él, en cambio, comenzó a retroceder lentamente sobre el sofá.

Entonces ocurrió algo que todavía recuerdo perfectamente.

La televisión se apagó sin que nadie tocara el control.

La sala quedó completamente oscura.

Y durante unos segundos no ocurrió absolutamente nada.

Hasta que una tenue luz azul apareció detrás de nosotros.

Cuando volteé, vi una figura altísima parada junto a la ventana.

Era exactamente como mi primo la había descrito.

Medía casi hasta el techo, era extremadamente delgada y parecía estar formada por una especie de humo azul transparente. Su cabeza estaba inclinada y sus brazos colgaban casi hasta el suelo.

No se movía.

Pero estaba mirando hacia nosotros.

Mi primo salió corriendo de la sala y yo hice lo mismo.

Esa noche nadie volvió a entrar.

Lo más inquietante ocurrió al día siguiente.

Mi primo estaba convencido de que todo había sido una alucinación suya. Sin embargo, cuando revisamos la sala encontramos una extraña marca azulada en el piso, justo donde había estado aquella figura.

Desde entonces nunca volvió a decir que veía al hombre azul.

Pero años después, cuando regresé a aquella casa, me quedé unos minutos solo en la sala.

La televisión estaba apagada.

La ventana estaba cerrada.

Y entonces vi algo reflejado en el cristal.

Una figura azul, demasiado alta para ser una persona, estaba parada detrás de mí.

Cuando me volteé, no había nadie.

Pero en el reflejo seguía ahí.

VI A UN HOMBRE CONVERTIRSE EN SAPOEsto me pasó hace algunos años, cuando todavía acostumbraba salir de noche a pescar a ...
12/09/2026

VI A UN HOMBRE CONVERTIRSE EN SAPO

Esto me pasó hace algunos años, cuando todavía acostumbraba salir de noche a pescar a una presa que estaba bastante alejada del pueblo.

Aquella noche llegué poco antes de la medianoche. No había luna y apenas se alcanzaban a ver algunas luces a lo lejos, reflejadas sobre el agua. Dejé mis cosas junto a la orilla y comencé a caminar buscando un lugar tranquilo.

Después de unos minutos escuché algo entre los matorrales.

Pensé que sería algún animal, pero entonces vi a un hombre parado cerca del agua.

Estaba completamente solo.

Lo extraño era que permanecía inmóvil, mirando hacia la presa, como si estuviera esperando algo. No llevaba lámpara ni parecía preocupado por estar ahí a esas horas.

Seguí caminando, pero cuando estuve a unos metros de él noté algo que todavía me cuesta explicar.

Su cuerpo comenzó a cambiar.

Primero pensé que se había agachado, pero entonces sus piernas empezaron a doblarse de una manera imposible. Su espalda se encorvó lentamente y sus brazos se fueron haciendo más largos mientras sus manos parecían abrirse.

Me quedé paralizado.

El hombre cayó de rodillas y comenzó a respirar con dificultad. Su cabeza se inclinó hacia atrás y, bajo la luz de mi lámpara, pude ver cómo su rostro parecía ensancharse.

Sus ojos se veían enormes.

Su boca también comenzó a cambiar.

No vi sangre ni heridas. Era como si su cuerpo estuviera dejando de ser humano poco a poco.

En cuestión de segundos, aquel hombre estaba prácticamente en cuatro patas.

Su piel parecía húmeda y brillante.

Lo que más me aterrorizó fue escuchar un sonido extraño salir de su garganta, parecido al croar de un sapo, pero mucho más grave.

Retrocedí sin hacer ruido.

Entonces levantó la cabeza y me miró.

Nunca voy a olvidar esos ojos.

Por un instante sentí que sabía perfectamente que yo estaba ahí.

Después saltó hacia la orilla y desapareció entre la vegetación.

Corrí hasta mi vehículo sin recoger nada. No volví por mis cosas sino hasta la mañana siguiente.

Cuando regresé, encontré mis pertenencias exactamente donde las había dejado, pero había algo extraño alrededor.

En el lodo había unas huellas.

Al principio parecían pisadas humanas, pero conforme se acercaban al agua se transformaban en marcas alargadas, como las patas de un animal.

Las huellas terminaban justo en la orilla.

Desde aquella noche pregunté discretamente por lo ocurrido en ese lugar y descubrí que algunos habitantes mayores conocían una vieja creencia: decían que ciertos hombres que practicaban brujería podían adoptar la apariencia de animales durante la noche, especialmente cerca de cuerpos de agua.

Nunca había creído en esas historias.

Hasta esa noche.

Lo peor ocurrió semanas después.

Mientras caminaba por una calle cercana a mi casa escuché un croar detrás de mí. Me giré y vi un sapo enorme junto a una banqueta.

Me quedé observándolo.

Entonces levantó la cabeza.

Tenía los mismos ojos que había visto aquella noche junto a la presa.

Desde entonces no he vuelto a pescar de noche.

Y cada vez que escucho un sapo croar después de medianoche, recuerdo algo que nunca pude explicar:

aquella noche no vi a un hombre convertirse en sapo.

Vi a algo que había aprendido a parecerse a un hombre.

TRABAJÉ EN UNA COMUNIDAD Y LA GENTE ME OBLIGÓ A REZARLE A SU DIABLOHace algunos años acepté un trabajo temporal en una c...
12/09/2026

TRABAJÉ EN UNA COMUNIDAD Y LA GENTE ME OBLIGÓ A REZARLE A SU DIABLO

Hace algunos años acepté un trabajo temporal en una comunidad escondida entre montañas. Era un lugar pequeño, rodeado de caminos de tierra, cultivos y enormes barrancas. La gente era reservada y casi todos parecían conocerse entre sí.

Desde los primeros días escuché rumores sobre un altar que se encontraba en una parte elevada de la montaña. Los habitantes subían hasta ahí para dejar veladoras, comida, flores y bebidas. Nunca pregunté demasiado porque no quería involucrarme en sus costumbres.

Hasta que un día me pidieron acompañarlos.

El camino terminó frente a un altar construido con piedras. En el centro había una figura que me causó una sensación muy extraña. Tenía cuernos, rostro oscuro, colmillos y sostenía un tridente. A sus pies había decenas de veladoras y ofrendas.

No parecía una simple estatua.

Había algo en su expresión que me resultaba inquietante, como si estuviera observando a cualquiera que se acercara.

Me hicieron arrodillarme frente a ella.

Yo me resistí, pero las personas que me rodeaban dejaron claro que no aceptarían una negativa. Terminé obedeciendo, más por miedo a provocar un conflicto que por voluntad propia.

Entonces me indicaron que debía rezar.

Cerré los ojos y comencé a hacerlo.

Al principio todo permaneció tranquilo.

Después escuché un ruido detrás de la estatua.

Parecía alguien caminando lentamente sobre las piedras.

Pensé que alguno de los presentes se había movido, pero cuando abrí los ojos todos seguían exactamente en el mismo lugar.

Entonces ocurrió algo todavía más extraño.

Las llamas de todas las veladoras comenzaron a inclinarse hacia mí.

No había viento.

Sentí un frío intenso en la espalda y tuve la sensación de que alguien estaba parado justo detrás de mí. No quería voltear, pero terminé haciéndolo.

No había nadie.

Cuando regresé la mirada hacia el altar, una de las veladoras se apagó.

Después otra.

Y otra.

Hasta que solamente quedó encendida la que estaba directamente frente a la figura.

La llama comenzó a moverse de un lado a otro, como si alguien estuviera respirando sobre ella.

Las personas que me acompañaban no parecían sorprendidas. Permanecían arrodilladas, con la cabeza inclinada.

Yo terminé la oración y me levanté.

Al regresar a la comunidad, intenté convencerme de que todo había sido producto del miedo.

Pero esa misma noche escuché tres golpes en la puerta de mi habitación.

No abrí.

Los golpes volvieron a escucharse.

Esta vez fueron cinco.

Después escuché pasos alejándose lentamente por el corredor.

A la mañana siguiente encontré tierra húmeda frente a mi puerta.

La misma tierra rojiza que había en la montaña.

Decidí marcharme de aquel lugar.

Sin embargo, antes de hacerlo tuve que pasar nuevamente cerca del altar para recoger algunas cosas que había dejado durante mi trabajo.

Cuando llegué, encontré algo que todavía recuerdo con claridad.

Todas las ofrendas estaban intactas.

Excepto una.

Frente a la estatua había una pequeña vela nueva, encendida.

Y debajo de ella habían colocado una piedra con una marca que yo reconocí inmediatamente.

Era la misma marca que había visto dibujada varias veces en las puertas y paredes de algunas casas de la comunidad.

En ese momento comprendí que aquello no era solamente una tradición.

Para ellos, aquella figura era una especie de protector.

Pero yo sentí exactamente lo contrario.

Me fui de la comunidad ese mismo día.

Nunca volví.

Durante varios meses no ocurrió nada.

Hasta que una madrugada desperté sobresaltado.

Había escuchado tres golpes.

Pero esta vez no venían de la puerta.

Venían de debajo de mi cama.

Me quedé completamente inmóvil.

Entonces escuché un último golpe.

Y una voz muy baja, casi imperceptible, comenzó a repetir la oración que yo había aprendido aquella tarde frente al altar.

Nunca volví a rezarla.

Porque desde aquel día tengo la certeza de que aquella comunidad no me había obligado a adorar a su diablo.

Me había obligado a presentarme ante él.

LE REZÉ AL DIABLO POR VENGANZA Y AHORA ME PUDRO DESDE ADENTRONunca pensé que el rencor pudiera llevarme a hacer algo tan...
12/09/2026

LE REZÉ AL DIABLO POR VENGANZA Y AHORA ME PUDRO DESDE ADENTRO

Nunca pensé que el rencor pudiera llevarme a hacer algo tan enfermo.

Todo comenzó después de una traición que me dejó completamente destruido. Durante semanas cargué con una rabia que no podía controlar. Dormía poco, casi no comía y pasaba las noches pensando en cómo hacer que aquella persona pagara por lo que me había hecho.

Una madrugada, desesperado, hice algo que hasta entonces solamente había escuchado en historias de gente mayor.

Me fui a un terreno apartado, donde apenas llegaba la luz de la ciudad, y llevé conmigo una vela negra, un recipiente con tierra y algunas cosas que había conseguido para realizar una oración prohibida.

No sabía exactamente qué estaba haciendo.

Solo recuerdo haber pronunciado una oración dedicada al Diablo, pidiendo venganza.

Al terminar, sentí que el aire se volvió pesado.

Los árboles comenzaron a moverse aunque no había viento.

Y entre la oscuridad escuché algo arrastrándose sobre la tierra.

Pensé que era una serpiente.

Hasta que vi su tamaño.

Era demasiado grande.

Su cuerpo parecía perderse entre los árboles y avanzar lentamente alrededor de mí. La cabeza se levantó a varios metros de distancia y pude distinguir unos ojos brillantes observándome desde la oscuridad.

No corrí.

Me quedé paralizado.

Desde aquella noche comenzaron mis problemas.

Primero fueron dolores en el estómago.

Después aparecieron manchas oscuras en mi piel y una sensación constante de que algo se movía dentro de mi abdomen.

Al principio pensé que era una enfermedad.

Pero cada día empeoraba.

Comencé a sentir pequeños movimientos debajo de la piel, como si algo estuviera recorriendo mi cuerpo desde adentro. Mi vientre se inflamaba y luego volvía a su tamaño normal. Algunas noches despertaba empapado en sudor con la certeza de que alguien estaba parado junto a mi cama.

Lo peor ocurrió una madrugada.

Sentí algo subir desde mi estómago hasta mi garganta.

Me levanté desesperado y terminé frente al espejo.

Mi piel estaba pálida.

Mis ojos parecían hundidos.

Y por unos segundos pude ver cómo algo se movía debajo de mi cuello.

Desde entonces siento que mi cuerpo se está pudriendo lentamente.

Las heridas tardan en cerrar. Mi piel tiene un olor extraño y cada vez tengo menos fuerza.

Pero hay algo que me aterra todavía más.

Cada noche, exactamente a la misma hora, escucho un sonido parecido al de una serpiente arrastrándose alrededor de mi casa.

Y algunas veces puedo ver, detrás de la ventana, una enorme silueta serpenteando entre los árboles.

Estoy convencido de que aquello que invoqué no se fue.

Creo que aceptó mi petición.

Solo que la venganza tuvo un precio.

Y ahora siento que el castigo no está sobre mi cuerpo.

Está dentro de él.

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