15/04/2026
*Intervención del Sen. Luis Donaldo Colosio Riojas, del grupo parlamentario de Movimiento Ciudadano, durante la ceremonia solemne para denominar al Salón de la Comisión Permanente “Ing. Heberto Castillo Martínez”. 14 de abril de 2026.*
Muy pocos personajes en la historia de nuestro país pueden ofrecer un legado que se pueda ver y al mismo tiempo un legado que se pueda sentir. Heberto Castillo, como ingeniero civil, pero sobre todo como ingeniero cívico nos dejó las dos cosas.
Como ingeniero civil desarrolló un sistema estructural que lograba resistencia con menos material y por ende menos costos. Con la tridilosa se levantaron edificios emblemáticos del país como el World Trade Center aquí en la Ciudad de México y la Torre Chapultepec.
Pero como ingeniero cívico, organizó, convenció y construyó, y en cada momento decisivo de su vida pública, eligió el camino que le costaba más. Y es que el ingeniero Heberto Castillo, a lo largo de su carrera, nos demostró que más valía perder la comodidad que perder al país.
Y lo demostró como ingeniero. Tenía una empresa exitosa, calculaba y diseñaba edificios, participaba en la construcción de puentes en México y el extranjero. Podía haberse dedicado toda su vida a eso y nadie le hubiera reprochado nada.
Eligió en cambio sumarse al Movimiento de Liberación Nacional junto a Lázaro Cárdenas y poner su prestigio profesional al servicio de una causa que no pagaba contratos.
Lo demostró como ciudadano. En 1968, cuando el movimiento estudiantil necesitó profesores que dieran la cara, el ingeniero Castillo dio un paso al frente, consciente de lo que eso podía costarle. Y le costó meses en la clandestinidad, dos años preso en Lecumberri, su familia agredida, perseguida incluso hasta su casa incendiada y nada de eso lo dobló.
Lo demostró como político. En 1988, siendo candidato presidencial, Heberto declinó su candidatura en favor de Cuauhtémoc Cárdenas, entendiendo que la causa siempre será más grande que en quien la encabeza, y teniendo la grandeza de actuar en consecuencia.
Porque si hay una palabra que define a Heberto Castillo es esa: consecuencia. Él mismo decía que no importaba ser precursor o consumador, lo que le importaba era ser consecuente con una causa.
Y al ser consecuente, Heberto vivió sin distancia entre lo que pensaba, lo que decía y lo que hacía, para al final terminar sembrando lo que a otros les tocaría cosechar.
Hoy nombramos al salón de la Comisión Permanente en su honor, en un Senado que no siempre honra lo que el ingeniero Heberto Castillo representa.
El ingeniero Castillo dedicó años a estudiar y entender los problemas del país antes de proponer y participar en soluciones. Aquí hemos aprobado dictámenes en horas.
El ingeniero Castillo construyó partidos desde cero, convencido y convenciendo persona por persona. Aquí hemos legislado desde la suficiencia de los números sin la necesidad de conversar y mucho menos convencer.
El ingeniero Casillo entendió que disentir era una forma de construir. Aquí la disidencia se escucha por protocolo y se descarta por costumbre.
Estos son los contrastes que el nombramiento del salón nos va a obligar a enfrentar cada vez que pasemos por ahí.
Porque el nombre de Heberto Castillo en la puerta va a recordarnos que hubo alguien que hizo política con rigor, con paciencia y con la disposición de pagar el costo de sus convicciones. Y que ese alguien dejó obra física y democrática que sigue en pie.
Quienes han hablado de él en otras ocasiones desde esta tribuna, como la senadora Amalia García, a quien tengo hoy el honor de representar, han recordado su generosidad, su inteligencia luminosa y su capacidad de formar generaciones enteras con el ejemplo.
Además, la senadora Amalia ha insistido en rescatar tanto al personaje histórico como al hombre cercano y sensible, que siempre fue Heberto Castillo.
Al hombre cercano que en el ámbito más íntimo, su relación con María Teresa Juárez García, conocida como Tere Juárez, fue un reflejo de su sensibilidad, fue un reflejo de su manera de entender la vida como un proyecto compartido.
Quienes los vieron juntos recuerdan una complicidad profunda, una relación construida desde el respeto, el cariño y la admiración mutua.
Heberto fue un hombre de ideas, por supuesto, pero también fue un hombre de afectos, atento, presente, profundamente humano con sus hijos Laura Itzel, Heberto, Javier y Héctor, supo sembrar el ejemplo de una vida que se vive como se predica.
Y hoy yo tengo el privilegio de llamar compañera a parte de ese legado: la senadora Laura Itzel Castillo, nuestra presidenta.
Y es prueba de lo que Heberto sembró en su familia, que echó raíces y que llegan y trascienden los muros de esta Cámara.
Que el Salón de la Comisión Permanente lleve el nombre de Heberto Castillo es un acto de justicia con un nombre que fue oposición toda su vida sin dejar de construir, que fue crítico sin dejar de proponer y que le dio a este país estructuras que siguen en pie y convicciones que siguen vigentes.
Enhorabuena, muchas, muchas felicidades a la familia y larga vida a Heberto Castillo.