04/08/2026
SLUGHORN Y VOLDEMORT
La batalla rugía en todos los rincones del castillo. Las piedras centenarias de Hogwarts temblaban con cada explosión de magia. Horace Slughorn, jadeante y cubierto de polvo, acababa de desarmar a un mortífago y de derribar a otro con un hechizo que ni siquiera recordaba haber lanzado.
El silencio duró apenas un instante.
—Qué gusto verlo, profesor.
La voz era suave. Casi cordial.
Slughorn sintió un escalofrío recorrerle la espalda antes siquiera de darse la vuelta.
Allí estaba.
Alto, inmóvil, con la túnica negra ondeando apenas entre el humo. Sus ojos escarlata parecían observarlo con la curiosidad con la que un científico contempla un insecto particularmente interesante.
—Tom... —dijo Slughorn, intentando que su voz no temblara.
Una sonrisa apenas perceptible apareció en el rostro pálido del mago oscuro.
—Hace muchos años que dejé de usar ese nombre.
—Quizá para el mundo. Pero para mí siempre serás Tom Ryddle. El muchacho brillante que se sentaba en la primera fila y hacía demasiadas preguntas.
Voldemort ladeó ligeramente la cabeza.
—¿De verdad? ¿Es así como decides recordarme?
—Es como debo recordarte. Es mi penitencia.
Durante unos segundos solo se escuchó el estruendo lejano de la batalla.
Entonces Voldemort soltó una risa baja.
—Te das demasiado crédito... Horace.
El viejo profesor parpadeó. Hacía décadas que aquel alumno no pronunciaba su nombre de pila.
—¿Crees que eres responsable de lo que soy? ¿Porque una tarde respondiste la curiosidad de un muchacho sobre los Horrocruxes?
Dio un paso hacia él.
—No seas tan vanidoso.
Las palabras golpearon a Slughorn con más fuerza que cualquier maldición.
—Yo habría encontrado ese conocimiento contigo... o sin ti. Tarde o temprano habría descubierto la magia antigua. Solo me ahorraste algo de tiempo.
Otro paso.
—Facilitaste el camino. Nada más.
Slughorn bajó la mirada por un instante.
—Eso basta para condenar a un hombre.
—Tal vez a uno débil.
Voldemort observó los cuerpos de los mortífagos que yacían alrededor del profesor.
—Siempre fuiste un excelente juez del talento. Reunías a jóvenes prometedores, los alimentabas con halagos... esperando que algún día el mundo te recordara a través de ellos.
Sus labios se curvaron.
—Y, al final, tu mayor legado fui yo.
El rostro de Slughorn se contrajo como si hubiera recibido un golpe.
—No. Mi legado son aquellos que eligieron hacer el bien teniendo el poder para hacer el mal. Lily Evans. Granger. Nymphadora...
Le sostuvo la mirada y añadió con firmeza:
—Harry Potter.
Por primera vez, el nombre de Harry hizo desaparecer cualquier atisbo de diversión en el rostro de Voldemort.
—No pronuncies ese nombre delante de mí.
—¿Por qué? ¿Porque es el único mago al que jamás has logrado doblegar? ¿Porque, pese a todo tu poder, sigue inspirando una lealtad que nunca has podido comprender?
Los ojos rojos destellaron.
La varita de Voldemort se levantó.
Slughorn hizo lo mismo.
Durante un segundo eterno, ninguno de los dos lanzó un hechizo.
Finalmente, Voldemort habló.
—Podría matarte ahora mismo.
—Lo sé.
—Sería sencillo.
—También lo sé.
Voldemort bajó lentamente la varita.
—Pero sería un desperdicio.
Slughorn frunció el ceño.
—¿No?
La voz del Señor Tenebroso volvió a adquirir aquella calma aterradora.
—Quiero que sobrevivas.
Quiero que veas caer este castillo.
Quiero que veas desaparecer todo aquello que juraste proteger.
Y, cuando el mundo pronuncie mi nombre con reverencia, quiero que recuerdes cada conversación que tuvimos en tu despacho. Cada taza de té. Cada respuesta que me diste.
Se inclinó apenas hacia él.
—Esa será tu verdadera prisión.
Slughorn permaneció inmóvil.
Voldemort dio media vuelta.
—Después de todo... siempre has sido un coleccionista.
Miró por encima del hombro.
—Será apropiado conservarte entre mis trofeos.
Y, con un movimiento de su capa, desapareció entre el humo del corredor.
Solo entonces Horace Slughorn se permitió respirar.
Apretó la varita hasta que le dolieron los nudillos.
—No... —murmuró para sí.
Luego levantó la cabeza.
—No serás mi legado.
Y volvió a correr hacia el estruendo de la batalla.