La Voz de Motul

La Voz de Motul Semanario de información y Analisis. Motul, Yucatán Contiene noticias e información de la ciudad de Motul desde la época maya hasta la actualidad.

Tiene como fuente archivos, documentos, libros, ensayos y estudios realizados sobre la región de Motul.

RESULTADOS DE LA 4ª JORNADA DE LA MOTULEÑA DE TERCERA FUERZA     En el campo Miguel Kantún de Santo Domingo, los Cardena...
07/05/2026

RESULTADOS DE LA 4ª JORNADA DE LA MOTULEÑA DE TERCERA FUERZA
En el campo Miguel Kantún de Santo Domingo, los Cardenales locales ajustaron cuentas a los Alacranes de Sinanché, superándolos 9-5, en partido correspondiente a la 4ª fecha del rol de la Liga Motuleña de Tercera fuerza. Los pájaros rojos se apoyaron en los brazos del ganador Juan Alberto Noh (5 actos) y Andrés García, así como en el buen bateo de Ángel Noh (sencillo y jonrón) y Jesús Caamal. Por los escorpiones destacaron con el tubo Johan Camacho (jonrón de dos carreras) e Iván Uc. Perdió Moisés Alcocer.
En el campo Rufino Lizama de Buctzotz, los Potros de casa les estropearon su debut a los Black Warriors de Santa María, comisaría de Cansahcab, al propinarles paliza de 20-5. Los cuacos batearon nada menos que 20 hits al pitcheo de Jesús Lizama (perdedor) y Mario Mojón. Ofensiva en la que destacaron Fernando Lizama, Diego Lizama, Antonio Baeza y Gerardo Castillo. Tras pisar tres veces el plato en el cierre del primer acto, los equinos agregaron otro tanto igual en el tercero para anotarse el triunfo. En el letal ataque tronaron las pistolas de Royser Chan, Fernando Lizama, Brando Baeza y Édgar Argáez. Ganó Yahir Pat con relevos de Isidro Argáez y José Lizama. La tercia de serpentineros aceptó seis hits y adornó su labor con 14 hirvientes chocolates, tres de éstos para Santos Pool júnior.
En el campo Mario “Tintorera” Bacelis de Dzilam de Bravo, los Pescadores locales se emplearon a fondo para vencer a los Cachorros de Cansahcab, con score de 5-3. Los hombres de mar le dieron la vuelta a la torta con tres carreras en el cuarto rollo, producto de base por bolas a José Trejo y sendos jonrones “espalda con espalda” de Rafael Castillo y Jorge Azcorra. En la séptima entrada los porteños hicieron la carrera victoriosa con doble de José Trejo y oportuno de Roberto Baeza. Ganó Sergio Kú con relevo de Jesús Magaña. La dupla de lanzadores aceptó cinco hits y aplicó ocho anestesias, tres de éstas a Gabriel Puc. El osezno Gabriel Lizama bateó de 3-2.
LOS CONSTRUCTORES DE PIBTUCH CELEBRAN SU DÍA CON UNA VICTORIA ANTE CACALCHÉN
En el campo Miguel Solís Ahumada de Cacalchén, los Constructores de San José Pibtuch aprovecharon que al club Esperanza local les faltó el bateo oportuno -dejaron una docena de corredores en las bases- y para superar a éstos con score de 16-6. Los albañiles -que festejaron su día- hicieron rally decisivo de cuatro carreras en el sexto acto. Rebelión en la que batearon de hit Oscar Peet, Francisco Chí, Édgar Chan, Marcial Chan, Antonio Chan y Ángel Chan. Cacalchén hizo todo su carreraje en la parte baja del mismo. Rebelión en la que dieron de hit Uriel Lizama, Winder Aké, Santiago Espadas, Luis Hobak, Jesús Álvarez, Carlos Lizama y Abraham May. Ganó Miguel Chan y perdió Edwin Uc.
En el campo Silvestre Borges Santana de Tekal de Venegas, Todos Termax júnior degustó en exquisito pipian a los Venados locales, a los que superó 9-5. Fue hasta el octavo inning que se definió el triunfo temaxeño, puesto que éstos hicieron decisivo ramillete de cuatro carreras para despegarse 9-2. Los Tekaleños respondieron con tres carreras en el noveno, pero su suerte ya estaba cantada. En la ofensiva ganadora destacaron Joel Cimé, Oscar Zavala y Alexis Pacheco. Ganó Santiago Izquierdo y perdió Venustiano Febles con relevos de Cristian Calderón y Facundo Caamal.
En pelea fraticida escenificada en el campo municipal de Dzitás, los Rieleros derrotaron de nueva cuenta a los Tucanes, ahora con tarja de 16-13. El equipo ganador hizo todo su carreraje en los primeros cuatro innings y después fue parado en seco, pero el daño ya estaba consumado. Mientras que los emplumados -pupilos de Damián Hoil- por más que hicieron ya no pudieron levantarse del suelo.
En el campo José H. Ávila de Tunkás el duelo entre los Mieleros locales y los Capitanes de Izamal se suspendió por lluvia en el tercer rollo, cuando los apicultores estaban ganando 6-0 con buen pitcheo de Said Fernández. Tunkás tomó la delantera desde el primer acto, en el que hizo ramillete de cuatro carreras. Ataque en que dieron de hit Aldair Perera, Marcelino Puc, Enrique Canul y Mario Euán. Por los izamaleños estaba en la loma Efraín Moo, quien entró por Ángel González.

¿Puede una casa de seda convertirse en una fortaleza de acero? 🏠🔥⚖️En el Capítulo IX: LA VEINTICUATRO, la vida de Elvia ...
07/05/2026

¿Puede una casa de seda convertirse en una fortaleza de acero? 🏠🔥⚖️

En el Capítulo IX: LA VEINTICUATRO, la vida de Elvia Carrillo Puerto cambia de escenario, pero no de propósito. Su padre le regala una casona afrancesada en la calle 24 de Motul, buscando amarrarla a la respetabilidad de la casta. No sospecha que está construyendo el laboratorio de la rebeldía.

Mientras el pueblo cree que comparten chocolate en familia, Felipe, Elvia y el joven Valerio extienden sobre la mesa de caoba los mapas de las tierras invadidas.

"—No es un cuartel, Elvia —susurró Valerio... Es una fortaleza. Es el lugar perfecto para que la Re*****on empiece a cantar verdades..." ⌨️🎶

Este capítulo narra el nacimiento de su hijo Marcial, pero también el dolor inmenso por la pérdida de Gloria. Un luto que no la hunde, sino que la vuelve de piedra ante el reproche y de fuego ante la injusticia.

"—Dios no redacta los certificados de defunción, los redacta la miseria y el descuido de un sistema que solo cuida a los suyos."

Descubre cómo la casona de la calle 24 se convierte en el centro de operaciones de una revolución que no pide permiso para nacer. ¡Lee este episodio crucial de nuestra historia! 👇



📜 YO SOY ELVIA: DE MOTUL Novela histórica de Valerio Buenfil y Méndez. Edición especial de "La Voz de Motul"

© DERECHOS RESERVADOS 2026. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este texto por cualquier medio sin autorización expresa del autor. Registro INDAUTOR: 04-2011-011910152700-102.

CAPÍTULO IX

LA VEINTICUATRO

Mi destino se selló en una casona que era, a la vez, un palacio de luces y un refugio inexpugnable de mampostería. Ubicada en la calle 24, justo a espaldas de la imponente iglesia de San Juan Bautista, mi nueva casa era el orgullo de mi padre. Justiniano, siguiendo el consejo estético siempre refinado y cosmopolita de mi tía Rita Puerto, quiso que yo habitara un espacio que reflejara el prestigio que ella traía impregnado en sus vestidos de los viajes transatlánticos.

Eran techos altísimos, donde las molduras de yeso parecían encaje petrificado por el tiempo, y ventanales inmensos que dejaban entrar la luz dorada y densa de Motul. La fachada, de un estilo afrancesado tan pulcro, contrastaba violentamente con el polvo de sascab que levantaban las carretas al pasar frente a la puerta.

—Es una casa para una reina, Elvia —me dijo mi tía Rita una tarde, mientras supervisaba la colocación de las cortinas de damasco—. Aquí no solo vivirás; aquí recibirás al mundo. Que estas paredes sepan que una Carrillo Puerto no se achica ante nadie.

—Es demasiado grande para mí, tía —respondí, recorriendo con la mano el frío mármol de una consola—, parece un cuartel vestido de seda.

En el umbral de la entrada, Valerio descargaba los últimos baúles. Se detuvo a observar el contraste entre la delicadeza de las molduras y la fuerza de las piedras que sostenían la estructura.

—No es un cuartel, Elvia —susurró Valerio, dejando un pesado cajón de libros sobre el piso de pasta—. Es una fortaleza. Desde aquí, la iglesia de San Juan Bautista parece más pequeña, y el Palacio Municipal queda a un tiro de piedra. Es el lugar perfecto para que la Re*****on empiece a cantar verdades sin que los vecinos se enteren por las paredes delgadas.

Mi padre sonreía, creyendo que al darme aquel palacio me amarraba a la respetabilidad de la casta. No sospechaba que estaba construyendo el laboratorio donde Felipe, Valerio y yo destilaríamos la rebeldía que estaba por incendiar el siglo.

En esos años de inicio de siglo, contraje matrimonio con Vicente Pérez Mendiburu. Fue una unión que la sociedad de Motul aplaudió con entusiasmo, viéndola como el paso natural y decoroso para la hija de un hombre de orden como Justiniano. Pero en mi fuero interno, aquel compromiso siempre tuvo claroscuros que no lograba disipar ni con las oraciones más devotas de la mañana en San Juan Bautista.

Mientras Vicente se movía con una comodidad envidiable en la cotidianidad del comercio y los grises asuntos de oficina, yo intentaba encajar mi espíritu rebelde en las formas rígidas y almidonadas de una señora de sociedad. A mis 21 años, yo era una mujer que empezaba a comprender que mi apellido materno, Puerto, portaba una herencia de libertad que pesaba tanto como el hierro del linaje de los Carrillo.

Una tarde, mientras Vicente revisaba unos libros de cuentas en la estancia, el sonido seco de mi máquina empezó a retumbar desde el estudio. Él se asomó a la puerta, ajustándose el chaleco con extrañeza.

—¿Otra vez con eso, Elvia? —preguntó con una sonrisa que pretendía ser amable, pero que escondía una incomprensión profunda—. Ya no eres la secretaria de la Tesorería. Deberías dejar que los hombres se encarguen de los pleitos de tierras y dedicarte a disfrutar de esta casa que tu padre te dio.

Yo no dejé de teclear. Mis dedos volaban sobre la Re*****on, que había encontrado su lugar de honor sobre un pesado escritorio de caoba.

—La casa es hermosa, Vicente —respondí sin mirarlo—, pero las paredes no son para guardar silencios. Felipe necesita estos manifiestos listos para la asamblea de mañana en Muxupip.

En ese momento, Valerio cruzó el pasillo cargando un fardo de periódicos obreros que acababan de llegar de Mérida. Se detuvo un segundo, mirando a Vicente y luego a mí. Sus ojos tenían esa chispa de quién sabe que la paz doméstica de la calle 24 era solo un decorado.

—Don Vicente —dijo Valerio con un respeto que rayaba en la ironía—, el mundo allá afuera no sabe de bordados ni de té. Saben de despojos. Y Elvia es la única que tiene la voz de hierro necesaria para ponerle nombre a esos ladrones.

Vicente suspiró y se retiró al corredor, dejando que el golpeteo de mis teclas rompiera definitivamente la calma de la tarde. En la calle 24, mi máquina no redactaba cartas de amor o invitaciones a bailes; redactaba el acta de nacimiento de una mujer que ya no pertenecía a un marido, sino a una causa.

Esa casa se transformó pronto en el punto de encuentro discreto de nuestra resistencia. Felipe, a sus 27 años, llegaba por las tardes cuando el calor canicular finalmente cedía ante la brisa que bajaba de la costa. Mientras el pueblo, y hasta los vecinos que nos observaban desde sus balcones, creían que compartíamos el chocolate espumoso y el pan de huevo en una simple visita familiar, nosotros extendíamos sobre la mesa de caoba las actas del cabildo y los reportes de campo.

—Aquí está el mapa de la invasión en Yaxché, Elvia —decía Felipe, señalando con un dedo manchado de tinta los linderos que los Palma pretendían borrar—. Si no redactamos la objeción esta misma noche, mañana el juez firmará el despojo.

Valerio, que a sus 17 años se movía por la casa con una discreción de sombra, ponía sobre la mesa los croquis que seguía trayendo desde las mojoneras ocultas entre la maleza. Su ropa olía a monte y a sascab, un contraste violento con el perfume a lavanda de las cortinas.

—Los peones ya saben que el "Señor Síndico" no duerme —susurraba Valerio, ajustando una lámpara de aceite para que la luz cayera solo sobre los papeles—. Dicen que en la calle 24 hay una luz que nunca se apaga, y que es la luz que les va a devolver sus tierras.

Mi marido, Vicente, entraba a veces al comedor y nos miraba con una mezcla de extrañeza y resignación. No comprendía que mi verdadera lealtad no se había firmado ante el altar de San Juan Bautista con hilos de seda, sino en el pacto de justicia que habíamos sellado con el pixán del pueblo maya.

—Vicente —le dije una noche, sin dejar de organizar los folios—, el mundo no se detiene porque nosotros tengamos una casa bonita. Felipe es mi hermano, pero también es mi General en esta guerra de papel.

Él suspiró y se retiró a la alcoba. Vicente veía un hogar y una mujer de su tiempo; Felipe veía a su par y a su mejor aliada. En esa casona, entre el tecleo rítmico de mi Re*****on y los suspiros en maya de Valerio, empecé a vislumbrar que el siglo XX pertenecería a las mujeres que se atrevieran a usar su nombre completo y su propia voz. Yo ya no era solo la esposa de Pérez Mendiburu; era Elvia Carrillo Puerto, la escribana de una revolución que no pedía permiso para nacer.

El inicio del nuevo siglo trajo a la casona de la calle 24 un ritmo que yo no conocía, una cadencia biológica que se impuso a la política. Al clac-clac de mi máquina de escribir y las notas graves de Beethoven que yo misma arrancaba al piano en las tardes de lluvia, se sumó un sonido que cambió por completo mi arquitectura mental: el llanto de mi hijo. En 1903 nació Marcial Pérez Carrillo.

Su llegada no fue el fin de mi trabajo social, sino su justificación más profunda y urgente. Mientras mecía la cuna de Marcial bajo los techos frescos de la estancia, mirando cómo la luz de Motul jugaba con los bordados del pabellón, no podía dejar de pensar en el mundo que le íbamos a heredar. No quería para él un mundo de castas estancadas, de realidades chuecas y de hombres que bajaban la mirada con humillación ante el paso de una fusta de plata.

Una tarde, Felipe llegó a la casa con los zapatos cubiertos del polvo de las comisarías. Sostuvo al pequeño Marcial con una ternura inusual a sus 29 años, y por un momento, el guerrero bajó la guardia.

—Mira sus manos, Elvia —me dijo en un susurro, mientras el niño apretaba uno de sus dedos—. Son manos que no conocen el peso del azadón ajeno.

—No quiero que crezca creyendo que los apellidos Palma o Campos son una ley natural e incuestionable, Felipe —le respondí con una firmeza que me nacía de las entrañas—. Uso esta máquina de hierro para que él no tenga que pedir permiso a nadie para ser libre. Para que su nombre, Carrillo, no sea sinónimo de obediencia, sino de orgullo.

La paternidad nos había vuelto más estratégicos; ya no éramos solo dos hermanos leyendo a Rousseau en la biblioteca de la tía Rita, sino dos padres protegiendo el futuro de una estirpe. Sin embargo, las sombras en mi matrimonio con Vicente se hicieron más densas. Él entraba al cuarto y veía la cuna junto al escritorio, como dos enemigos irreconciliables. No lograba asimilar que yo pudiera amar a mi hijo y, al mismo tiempo, sentir una pasión incendiaria por la causa de los desposeídos.

—Vicente piensa que la Re*****on es una rival que le roba mi atención —le comenté a Valerio mientras él me ayudaba a cambiar las cintas de tinta de la máquina—. No entiende que esta es la herramienta para construirle a Marcial un nombre digno.

Valerio miró al niño y luego a la máquina. Con su mano ruda de rastreador, acarició el metal negro de la Re*****on.

—Don Vicente quiere una madre de retrato, Elvia —dijo Valerio con esa sabiduría que el monte le había regalado—. Pero Marcial necesita una madre de acero. El niño dormirá mejor sabiendo que su madre está despierta escribiendo la libertad.

En esos años, Valerio, ya un hombre joven de 19 años con el cuerpo curtido por el sol y la mirada afilada por el monte, seguía siendo nuestro puente vital con el exterior. Mientras yo cuidaba de Marcial, él entraba por la puerta del patio cargando noticias frescas de los deslindes de tierras y los abusos constantes en las tiendas de raya de las haciendas cercanas.

Yo redactaba los oficios con el niño en el regazo, aprendiendo a equilibrar la suavidad de la crianza con la dureza necesaria de la denuncia legal. El pequeño Marcial creció con el ritmo de la Re*****on como música de fondo; para él, ese clac-clac constante no era un ruido molesto, sino un arrullo de hierro que le recordaba, desde la cuna, que su madre nunca dejó de ser ella misma por llevar un anillo de casada o por cumplir con las formas sociales de la calle 24.

—Mira, Elvia —me decía Valerio, señalando los tipos metálicos manchados de tinta—, el niño se duerme cuando escribes. Parece que entiende que cada golpe de la tecla es una piedra menos en el camino que le tocará andar.

Pero la vida en la casona no solo se llenó con los primeros pasos de Marcial. Hubo un tiempo de un silencio pesado, un luto que se instaló en las habitaciones de techos altos y que Vicente nunca supo cómo consolar, pues él buscaba respuestas en los manuales de urbanidad mientras yo las buscaba en el alma. Poco antes de que Marcial empezara a reconocer el mundo, llegó a nuestras vidas Gloria Pérez Carrillo.

Ella era la promesa de una calma que nunca terminó de asentarse en mi pecho, una niña de ojos claros que parecía traer el refinamiento de la tía Rita y la determinación de los Puerto. Pero el destino en esos años era cruel con los más pequeños, incluso en las casonas de mampostería donde no faltaba el pan ni la atención esmerada.

—Es tan pequeña, Felipe —le dije a mi hermano una noche de fiebre, mientras él velaba con nosotros en el corredor—. Siento que el aire de Motul es demasiado pesado para sus pulmones.

Felipe me tomó de la mano, y por primera vez lo vi sin palabras de justicia, solo con el peso de la mortalidad humana en el rostro. Cuando Gloria se fue, un pedazo de la alegría de La Veinticuatro se marchó con ella. Vicente se hundió en un reproche mudo, como si mi entrega a la causa hubiera distraído a los ángeles que debían cuidarla. Yo, en cambio, me aferré a la Re*****on con una desesperación nueva. Si no podía salvar a mi propia hija de la fragilidad de la vida, salvaría a las hijas de otras mujeres de la fragilidad de la ignorancia y el despojo.

Gloria apenas pudo conocer la luz dorada que se filtraba por los ventanales de la calle 24; su aliento, tan leve como el aleteo de un colibrí, se apagó a los pocos días de su nacimiento en 1902. Vicente buscaba una explicación en su fe y me decía, con una resignación que me irritaba profundamente, que era la voluntad inescrutable de Dios. Pero para mí no había teología, ni incienso, ni latín que llenara el hueco helado que quedó en la cuna de encaje. Ese dolor cambió las fibras de mi alma; me volvió de piedra ante el reproche y de fuego ante la injusticia.

—No me hables de resignación, Vicente —le dije una noche, apartando su mano de mi hombro mientras miraba la cuna vacía—. Dios no redacta los certificados de defunción, los redacta la miseria y el descuido de un sistema que solo cuida a los suyos.

Mientras mecía a Marcial, que se convirtió en mi único compañero y en mi razón absoluta para no doblegarme, comprendí que la vida era demasiado breve para desperdiciarla en la sumisión decorativa que mi madre Adela y mis hermanas aceptaban como destino manifiesto.

—Míralo, Valerio —susurré una tarde en que él entró al cuarto con un ramo de ruda para limpiar el aire del luto—. Marcial es lo único que me queda en pie. Por él, voy a convertir esta casa en un cuartel. Si la muerte me quitó a Gloria, la vida me va a tener que entregar la justicia para todas las demás.

Valerio asintió en silencio, y vi en sus ojos que él también había dejado atrás la infancia. Ese día, el luto de la calle 24 dejó de ser negro para volverse rojo. Yo ya no era la esposa que buscaba consuelo; era la mujer que buscaba herramientas. Me senté ante la Re*****on y el primer golpe de la tecla sonó como un juramento: si el mundo era cruel, yo sería más fuerte que el mundo.

El fallecimiento de mi pequeña Gloria no me hundió en el desamparo; aguzó mi sentido de urgencia. Mi dolor se transformó en una armadura invisible pero impenetrable. Quizás por eso, cuando más tarde vinieron los rifles, las amenazas de muerte y las persecuciones por el monte, yo ya no sentía miedo: la herida más profunda ya la llevaba marcada desde aquel invierno de pérdida. El silencio de Gloria fue el grito que me despertó para siempre, recordándome que cada minuto dedicado a la inacción era una traición imperdonable a los que ya no tenían voz. La casona de la calle 24 dejó de ser un palacio de luces para ser mi centro de operaciones.

Para 1904, la pena sorda se había transformado en una energía eléctrica que vibraba en mis sienes con el ritmo de una marea. Encontré ese aire renovado en la amplitud de la alameda, bajo el cielo que se abre como una promesa de libertad. Mi hermano Felipe, que a sus 30 años ya proyectaba la sombra de un líder natural, había sido electo vocal de la Junta de Mejoras Materiales el 24 de mayo.

—No vamos a pintar bancas para que se luzcan los Palma, Elvia —me dijo Felipe una tarde, mientras desplegaba los planos de la ciudad sobre mi escritorio de caoba—. Vamos a derribar los muros invisibles. La alameda debe ser del pueblo, no el jardín privado de la casta.

Su primera gran batalla no tuvo nada que ver con el ornato superficial de las jardineras de hierro forjado o las estatuas de mármol que tanto gustaban a los hacendados; fue una lucha frontal por el derecho sagrado al espacio público.

—Mira esto, Valerio —llamó Felipe al joven de 20 años que acababa de entrar con el polvo del camino en las botas—. Los regidores quieren prohibir que los peones y las mestizas caminen por el centro de la alameda los domingos. Dicen que "afean" el paseo de las familias distinguidas.

Valerio apretó los puños, y su mirada de jaguar se encendió con un brillo antiguo.

—En el monte no hay centros ni orillas, don Felipe —respondió Valerio—. La tierra es de quien la pisa. Si ellos quieren una alameda solo para sus vestidos de seda, que se la lleven a sus haciendas. Aquí, en Motul, el aire es de todos.

Yo me senté ante la Re*****on y sentí que mis dedos ya no pesaban. Estaba redactando el primer manifiesto por la igualdad en el espacio público. La casona de la calle 24 vibraba; estábamos devolviéndole al pueblo el corazón palpitante de su propia ciudad.

Como gerente del Club Motul, Felipe entendía con una claridad política asombrosa que el béisbol era mucho más que un simple juego de pelota; era una escuela de disciplina, de estrategia y, sobre todo, de igualdad absoluta frente al bate, donde el apellido no servía para conectar un imparable.

El 31 de octubre de 1904, dirigió un oficio formal al presidente municipal, Cecilio Ojeda Flores, solicitando el permiso para que los beisbolistas —aquellos jóvenes que se llamaban a sí mismos sport men— practicaran en la plaza pública, en un radio de treinta metros. Aquel documento, redactado con una cortesía que ocultaba un filo de acero, era la toma simbólica del centro de Motul. Reclamaban su lugar en el mismo sitio donde la aristocracia solía pasear su arrogancia y sus encajes.

Decidí entonces que no me quedaría encerrada en la penumbra de la calle 24, bordando el luto con hilos negros o hundida en el silencio de las habitaciones que olían a incienso. Cada tarde, cruzaba la calle hacia la casa de mi madre, Adela, quien vivía justo frente a la plaza. Allí, bajo su vigilancia estricta y amorosa, se quedaba mi hijo Marcial. Esa pequeña tregua doméstica me otorgaba la libertad para ocupar mi propio lugar en la historia que se estaba escribiendo con sudor sobre el sascab.

Me ubicaba cerca de la casona de la tía Rita, que tenía el espectáculo de frente, y me acompañaba mi prima Elvira. Fue así como me convertí en la primera anotadora de béisbol de Motul. Con mi tabla de madera pulida y mis hojas de registro cuadriculadas, yo era la autoridad silenciosa que dictaba la verdad de cada encuentro bajo el sol canicular.

—¡Strike, Elvia! ¡Anota ese ponche para el hijo de don Roque! —gritaba Felipe desde el centro del campo, con la camisa de lino empapada y la mirada encendida.

Yo bajaba la vista a mi tabla y, con un trazo firme, registraba la caída del poderoso. Valerio corría las bases con una agilidad que dejaba mudos a los críticos; para él, llegar a home era como recuperar un cordel de tierra invadida.

—Mira cómo les duele, Elvia —me susurró mi prima Elvira, señalando a los hacendados que observaban desde los portales con el ceño fruncido—. Les duele que una mujer lleve la cuenta de sus derrotas en plena plaza pública.

Yo no les prestaba atención. Mi mano, la misma que redactaba denuncias en la Re*****on, ahora anotaba carreras. Estábamos enseñándole al pueblo que las reglas del juego podían ser iguales para todos, y que en el centro de Motul, el aire ya no pertenecía solo a los que llevaban levita.

Mi presencia en el campo de juego, rodeada de hombres sudorosos y bajo el sol abrasador que hacía vibrar el horizonte, causaba una molestia profunda, ácida y constante en Vicente. Para él, que su esposa representara un desafío directo a su control patriarcal y a las buenas costumbres de una época que se desmoronaba, era simplemente inaceptable. Pero yo no cedí ni un solo centímetro de mi terreno. El tzekel que levantaban los corredores al barrerse con violencia en las bases era para mí mucho más puro y sagrado que el humo denso de incienso que subía desde los altares de San Juan Bautista.

—¡Anota ese ponche, Elvia! —me gritaba Felipe desde el dugout, con una sonrisa de complicidad que desafiaba al mundo—. ¡Que quede claro en el papel que el Club Motul no le regala nada a los "mexicanos" ni a los hijos consentidos de los hacendados!

Llevar el registro de los juegos era, en mi fuero interno, como llevar la contabilidad estricta de la Tesorería: una cuestión de justicia descarnada. Si el hijo de un apellido ilustre fallaba miserablemente, mi lápiz lo registraba con la misma frialdad técnica que si se tratara del más humilde cortador de penca. El Club Habana, que contaba con todo el dinero de los Campos y lucía uniformes traídos de la capital, intentaba imponerse por el puro peso de su estatus, pero en mi libreta solo contaban los resultados matemáticos.

Mis hermanos menores se sumaron a esta fiebre: Eraclio, con sus 20 años y su seriedad de piedra, y Acrelio, con apenas 14, demostraban que la agilidad de los Carrillo no conocía rangos. Mientras tanto, Benjamín, Audomaro y Wilfrido observaban desde las gradas improvisadas con una admiración que presagiaba sus propios destinos de lucha.

—Mira a esos niños, Elvia —me susurró Valerio mientras se sacudía el polvo del pantalón tras un robo de base—. Están aprendiendo que en el campo de juego, como en la vida, el que corre más rápido y batea más fuerte es el que llega a casa, sin importar quién sea su padre.

Yo asentí, cerrando mi libreta con un golpe seco al terminar la entrada. El sol de Motul empezaba a caer, pero la claridad que habíamos encendido en la plaza ya no se apagaría. Estábamos anotando las primeras derrotas de un sistema que se creía invencible, y lo hacíamos frente a los ojos de todo el pueblo.

El béisbol nos enseñó a ser un equipo sólido mucho antes de convertirnos en un partido político formal. Felipe solía decirme, mientras revisábamos las estadísticas al caer la tarde bajo la sombra fresca de los ramones del patio, que el béisbol era organización pura y estrategia de combate.

—Un equipo, Elvia —afirmaba con los ojos brillantes, mientras señalaba mis anotaciones con un dedo polvoriento—, necesita saber exactamente dónde está parado para poder ganar. Tu registro nos está enseñando a no mentirnos nunca sobre nuestras propias fuerzas o nuestras debilidades. Si un bateador no rinde, el papel lo dice; si un corredor se duerme en las bases, tu lápiz lo sentencia. Aquí no hay compadrazgos que valgan.

En ese diamante de tierra roja y sascab, bajo el sol implacable de 1905, estábamos ensayando la democracia sin saberlo del todo. Cada jugada anotada en mi libreta con trazo firme era un ladrillo más en la construcción de una identidad motuleña indomable.

—Míralos, hermana —intervino Valerio, que llegaba de dejar los bates en el cuarto de aperos—. Ya no agachan la cabeza cuando pasa el carruaje de los Palma. Ahora los miran a los ojos, porque saben que en el campo les ganaron en buena ley. El miedo se les está quitando a punta de batazos.

Yo cerré la libreta de cuero, sintiendo el peso de la verdad numérica que contenía. Ya no pedíamos permiso a los amos para existir, para jugar o para celebrarnos a nosotros mismos bajo el cielo abierto de la patria. El juego había terminado, pero la verdadera competencia por el destino de Yucatán apenas estaba por lanzarse.

EL DEMONIO JUAN CHABLÉ EJECUTA A LOS PAPAYEROS DE BUCTZOTZ     En el campo de la Unidad deportiva de Dzidzantún, los Dia...
06/05/2026

EL DEMONIO JUAN CHABLÉ EJECUTA A LOS PAPAYEROS DE BUCTZOTZ
En el campo de la Unidad deportiva de Dzidzantún, los Diablos locales dieron un importante paso hacia su clasificación al derrotar a los líderes Papayeros de Buctzotz, con tarja apretada de 5-4, en partido correspondiente a la penúltima jornada del rol regular de la Liga Motuleña de béisbol. La emocionante batalla -que mantuvo oxígeno en los pulmones de los demonios- se definió en la salida, tras que Juan Sabido sorbió espeso chocolate y Gínder Cauich vio pasar cuatro bolas malas, Carlos Estrada siguió con sencillo y con corredores en los extremos el alto mando papayero ordenó la base intencional para el cuarto leño Julio Toledo, pero la estrategia falló puesto que Juan Chablé les hundió el tridente hasta el fondo de la barriga con sólido hit al jardín izquierdo, para darle la emotiva victoria a los infernales. En la parte alta del mismo acto Buctzotz había logrado la carrera del empate con sencillo de Emiliano Irigoyen, que mandó a la registradora a Argénis Argáez. El valioso triunfo fue para Kamil Aranda, quien relevó a Brayan Sabido. Perdió Elian Carrillo en relevo a Rafael Avilés.
TIXBACAB CORTA LA RACHA DE SIETE ÉXITOS A LOS GUERREROS DE CHILAM BALAM
En el campo La Asunción de Tixbacab -en juego donde por segunda ocasión no hubo anotador- los Vaqueros de casa les rompieron cadena de siete triunfos a los monarcas Guerreros de Chilam Balam de Chumayel, superándolos con pizarra apretada de 2-1. Los hombres de campo hicieron la carrera de la quiniela en el quinto rollo, en los botines de Pedro Castro. Una entrada después Tixbacab prácticamente ejecutó a los bélicos, cuándo Francisco Caamal llegó a la registradora con la carrera número dos. Mientras que los pupilos del ingeniero Jorge Gamboa hicieron la carrera de la honrilla en el octavo acto. La importante victoria fue a la contabilidad de Pedro García con relevo de Amir Ibarra. Perdió Oscar Escudero. Con el resultado los Vaqueros mejoraron su récord en 6-7 y los Guerreros quedaron en 8-4.
LOS GANSOS GERARDO VÉLEZ Y EDUARDO CHAN LANZAN LECHADA DE UN HIT ANTE LOS TIBURONES DE TELCAHC PUERTO
En el campo Antonio Marfil Peniche de Sucilá, los Gansos locales derrotaron por espesa lechada de 4-0 a los Tiburones de Telchac Puerto y les complicaron su clasificación a la postemporada. Los encargados de vestir de Primera comunión a los porteños, fueron el ganador Gerardo Vélez (5 actos) y Eduardo Chan, quienes toleraron apenas un hit. Éste salido del bastón de Leonardo Chan, en el octavo inning. En tanto los emplumados batearon media docena de inatrapables, entre los cuales Yorman Candó y Kevin Avilés conectaron dos cada uno. Todas las carreras del equipo del oriente del estado entraron a cuenta gotas, en la primera, tercera, cuarta y quinta entradas. Perdió Brandon Sabido con relevo de Ángel Vázquez.
EL DIOS CHAAC OBLIGA A SUSPENDER EL JUEGO ENTRE SANTA CLARA DE CENOTILLO Y CACHORROS DEMOTUL
En el campo Santa Clara de Cenotillo, el club Santa Clara de casa y los Cachorros de Motul se vieron forzados a suspender acciones en el cuarto inning, por fuerte aguacero que dejó en pésimas condiciones el terreno de juego. En ese momento la pizarra se encontraba pareja 3-3. El equipo local hizo todas sus carreras en el tercer rollo con tablazo de cuatro esquinas de Luis Pereira, quien se encontró en las bases a Enrique Loría júnior y Freddy Pantí. Mientras que los visitantes Hicieron dos carreras en el tercero con imparables de Ángel Adrián, Hatuey Medina, Cristopher Sabido y Noé Montañez y, una en el cuarto en las zapatillas de Sergio Vera Carrillo. Por Cenotillo pitchearon Kenni Torres y Kevin Herera. Por los motuleños lanzaba César Álvarez.

Dirección

Calle 28, No. 302 X 29 Y 31
Motul
97430

Notificaciones

Sé el primero en enterarse y déjanos enviarle un correo electrónico cuando La Voz de Motul publique noticias y promociones. Su dirección de correo electrónico no se utilizará para ningún otro fin, y puede darse de baja en cualquier momento.

Contacto La Empresa

Enviar un mensaje a La Voz de Motul:

Compartir