Algo de miedo y terror

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El Hospital  estaba abandonado desde hacía más de veinte años.Se encontraba a las afueras de la ciudad, rodeado de árbol...
25/05/2026

El Hospital estaba abandonado desde hacía más de veinte años.

Se encontraba a las afueras de la ciudad, rodeado de árboles secos y bardas cubiertas de moho. El edificio era enorme, gris, con ventanas rotas que parecían ojos vacíos mirando hacia afuera. Nadie se acercaba de noche. Ni siquiera los policías.

Las historias comenzaron después del incendio.

En 1998, un fuego inexplicable consumió parte del tercer piso, donde estaban internados pacientes psiquiátricos. Las autoridades dijeron que fue un corto circuito, pero los sobrevivientes hablaban de algo distinto.

Decían que antes del incendio escucharon gritos en los pasillos… gritos de personas que ya estaban muertas.

Después de aquella noche, el hospital cerró definitivamente.

Pero el verdadero horror comenzó entonces.

Cada madrugada, las luces del hospital aparecían encendidas aunque no había electricidad. Algunos conductores afirmaban ver figuras caminando detrás de las ventanas. Y los vecinos escuchaban ruedas de camillas rechinando en los pisos vacíos.

La leyenda más aterradora era la del sótano.

Según antiguos empleados, debajo del hospital existía una sala secreta donde un doctor realizaba experimentos con pacientes moribundos. Nadie sabía exactamente qué hacía ahí abajo, pero muchos desaparecieron después de entrar.

El doctor se llamaba Ernesto Valle.

Nunca encontraron su cuerpo.

Una noche de octubre, cinco amigos decidieron entrar al hospital para grabar videos y subirlos a internet. Querían demostrar que todo era mentira.

Entraron riendo.

Pero desde el primer momento sintieron algo extraño.

El aire estaba helado.

Demasiado helado.

Los pasillos olían a medicina vieja y humedad. Las puertas metálicas se movían solas lentamente, produciendo sonidos largos y agudos. Mientras avanzaban, comenzaron a escuchar murmullos.

Susurros.

Como si cientos de personas hablaran al mismo tiempo detrás de las paredes.

Uno de los jóvenes enfocó con su linterna una habitación llena de camas oxidadas. Entonces vio algo sentado al fondo.

Una mujer.

Tenía una bata de hospital completamente quemada.

Y no tenía ojos.

La figura levantó lentamente la cabeza y sonrió.

Las luces comenzaron a parpadear.

Uno de los muchachos gritó que alguien lo había tocado. Otro juró haber visto personas caminando por el techo.

Corrieron hacia la salida, pero el hospital parecía diferente.

Los pasillos cambiaban.

Las puertas ya no llevaban al mismo lugar.

Y entonces escucharon una voz por el altavoz del hospital:

—“Paciente número 13… es hora de la cirugía…”

Aunque el sistema eléctrico llevaba décadas destruido.

Uno de ellos desapareció primero.

Solo encontraron su cámara tirada en el suelo. En la grabación aparecía un hombre alto con uniforme médico observándolo desde el final del pasillo.

Su rostro estaba completamente oscuro.

Los demás llegaron finalmente al sótano por accidente.

Ahí encontraron la sala secreta.

Camillas manchadas de sangre.

Frascos con órganos humanos.

Y cientos de nombres escritos en las paredes.

Al centro estaba el doctor Ernesto Valle.

O lo que quedaba de él.

Su cuerpo era delgado y retorcido, como si hubiera permanecido mu**to durante años… pero seguía moviéndose. Sus ojos blancos brillaban en la oscuridad.

Entonces habló:

—“Nadie abandona el tratamiento…”

Las cámaras dejaron de grabar.

A la mañana siguiente, la policía encontró el hospital vacío.

Solo hallaron una grabación de audio donde se escuchaban gritos… y el sonido metálico de una sierra quirúrgica acercándose lentamente.

Desde entonces, muchos aseguran que el Hospital sigue funcionando por las noches.

Y si alguien entra después de medianoche, puede escuchar por los altavoces una voz susurrando:

—“Bienvenido… te estábamos esperando…”

En lo profundo de la sierra, escondido entre caminos olvidados y árboles secos, existía un pueblo llamado San Jerónimo d...
25/05/2026

En lo profundo de la sierra, escondido entre caminos olvidados y árboles secos, existía un pueblo llamado San Jerónimo del Viento. No aparecía en los mapas modernos. Los pocos ancianos de los pueblos cercanos evitaban hablar de él, y cuando alguien preguntaba, solo respondían:

—“Ahí no entra nadie después del anochecer.”

Hace más de cuarenta años, San Jerónimo era un lugar tranquilo. Sus calles empedradas siempre olían a pan recién hecho y leña quemada. Las familias se conocían entre sí, y las noches estaban llenas de música y risas. Pero todo cambió una madrugada de noviembre.

Dicen que comenzó con las campanas de la iglesia.

Sonaron solas a las tres de la mañana.

Una vez.

Dos veces.

Luego sin detenerse.

Los habitantes despertaron sobresaltados. Algunos salieron de sus casas pensando que había un incendio o una tragedia. Pero la niebla cubría todo el pueblo. Una niebla espesa, negra, imposible de atravesar con la vista.

Entonces comenzaron los gritos.

No eran gritos humanos. Eran sonidos largos y desgarradores que venían desde el monte. Los perros huyeron. Las ventanas se cerraron de golpe. Y uno por uno, los pobladores empezaron a desaparecer.

La última persona que salió del pueblo fue el padre Esteban, el sacerdote. Llegó al amanecer al pueblo vecino, cubierto de sangre y completamente aterrorizado. Solo repetía una frase:

—“No eran personas… tenían ojos blancos…”

Murió esa misma noche sin explicar nada más.

Desde entonces, San Jerónimo quedó abandonado.

Las casas permanecieron intactas, como si la gente hubiera desaparecido de repente mientras cenaba o dormía. Los platos seguían sobre las mesas. La ropa aún colgaba en los patios. Pero no había cuerpos.

Ni rastros.

Nada.

Con los años, muchos curiosos intentaron entrar al pueblo. Ninguno permaneció mucho tiempo. Algunos aseguraban escuchar pasos detrás de ellos aunque las calles estuvieran vacías. Otros veían sombras mirando desde las ventanas destruidas.

Pero lo peor era la iglesia.

La puerta principal siempre aparecía abierta, aunque nadie la tocara. Y dentro, detrás del altar, existía una escalera que no figuraba en los planos originales.

Una escalera que descendía hacia la oscuridad.

En 2019, cuatro jóvenes exploradores urbanos decidieron grabar un documental sobre San Jerónimo. Entraron al pueblo con cámaras y linternas. El video fue encontrado días después cerca del bosque.

La grabación terminaba así:

La cámara enfocaba la iglesia.

Las campanas comenzaron a sonar.

Una voz susurró muy cerca del micrófono:

—“Por fin regresaron…”

Después, la imagen se llenó de estática.

Nunca encontraron a los jóvenes.

Y desde entonces, algunas noches, cuando el viento sopla fuerte entre la sierra, los habitantes cercanos aseguran escuchar campanas lejanas… y ver luces moviéndose entre las ruinas del pueblo abandonado.

Era la madrugada del 17 de octubre en la colonia San Lorenzo, en la Ciudad de México. Luis, un joven de 27 años, había l...
25/05/2026

Era la madrugada del 17 de octubre en la colonia San Lorenzo, en la Ciudad de México. Luis, un joven de 27 años, había llegado agotado después de una jornada larga. Se recostó sin cenar, con la televisión encendida… error que después lamentaría.

A las 3:17 a.m., abrió los ojos.

No podía moverse.

Intentó girar la cabeza, levantar los brazos… pero su cuerpo estaba completamente paralizado. Solo sus ojos podían recorrer la habitación. El sonido de la televisión se había distorsionado, como si alguien susurrara a través de ella.

Entonces lo sintió.

Un peso en el pecho.

Al principio era leve, pero en cuestión de segundos se volvió insoportable, como si algo —o alguien— se hubiera sentado encima de él. Su respiración se volvió corta, desesperada. Intentó gritar… pero su voz no salía.

Fue ahí cuando lo vio.

En la esquina del cuarto, una silueta oscura comenzó a tomar forma. No tenía rostro claro, pero sus ojos… sus ojos eran dos puntos blancos que lo observaban fijamente.

La figura empezó a acercarse.

Cada paso era lento… arrastrado… acompañado de un sonido húmedo, como si algo se arrastrara por el suelo.

Luis sentía que el corazón le iba a estallar.

La sombra se subió a la cama.

El peso aumentó.

Sintió algo frío rozando su cuello… y una respiración ajena pegada a su oído.

—“No te muevas…” —susurró una voz ronca, que no parecía humana.

Las lágrimas comenzaron a salir sin control.

En ese momento, Luis recordó lo que su abuela le decía cuando alguien “se le subía el mu**to”: *“Reza… o intenta mover los dedos… no te dejes llevar.”*

Con un esfuerzo brutal, concentró toda su fuerza en mover un solo dedo.

Uno.

Solo uno.

Y cuando lo logró…

Todo desapareció.

El peso, la sombra, la voz…

Luis se incorporó de golpe, jadeando. La televisión estaba en silencio. El cuarto… completamente normal.

Pero había algo más.

Una marca.

En su pecho… como si unos dedos largos y delgados lo hubieran presionado con fuerza.

Desde esa noche, Luis ya no duerme con la luz apagada.

Y cada vez que el reloj marca las 3:17 a.m.… siente que alguien lo está observando desde la oscuridad.

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