20/01/2026
Nací el 19 de enero de 1993.
No en una ciudad con luces, ni entre hospitales y máquinas,
sino en una comunidad marginada llamada Chivaltic Nuevo,
donde las casas de tablas crujen con el frío de la noche
y la vida se abre paso con fe, coraje y esperanza.
Fui el primer hijo de mis padres,
el primogénito,
el fruto de un amor joven, aventurero y desafiante.
Un amor que no fue aprobado,
un amor que incomodó tradiciones,
un amor que decidió existir aun cuando otros dijeron que no.
Diego Montejo López y Evelina Sánchez Montejo
eligieron amarse cuando la negación parecía más fuerte que la bendición.
Tanto así, que mis abuelos no estuvieron presentes
ni en el embarazo de mi madre,
ni en mi nacimiento.
Mis padres se escaparon de casa para defender lo único que tenían:
su amor.
Y cuando vieron que estaban dispuestos a vivirlo todo,
mi abuelo los obligó a casarse…
irónicamente, eso era exactamente lo que ellos deseaban.
Meses después, mi madre quedó embarazada.
Era primeriza.
Sin experiencia.
Sin partera oficial.
Sin hospital.
Sin ultrasonido.
Sin certezas.
Solo con fe.
Las contracciones comenzaron la tarde del 18 de enero,
alrededor de las dos.
El parto tenía que ser en casa.
Así era la vida ahí.
Pero la partera principal; mi abuela. no estaba.
Solo mis padres…
y otra mujer dispuesta a ayudar.
La tarde cayó.
Llegó la noche.
Y yo no nacía.
Las horas pasaban
y los barrotes fríos de aquella casa de tablas
fueron testigos de la lucha incansable de mi madre
por traer al mundo a su primer hijo.
Sin luces.
Sin médicos.
Sin descanso.
Llegó la medianoche
y mi madre estaba exhausta.
Débil.
Al límite.
Entonces la partera dijo una frase que partió el aire en dos:
“Tenemos que hacer algo… o se mueren los dos.”
Mi padre no dudó.
Preparó su caballo.
No había carretera.
Solo montañas, oscuridad y silencio.
Eran cerca de las dos de la madrugada
cuando salió a toda velocidad hacia el pueblo vecino
en busca de un paramédico
y de un medicamento que pudiera salvar a su esposa…
y a su hijo.
A veces imagino ese trayecto.
Un hombre cabalgando en la noche,
sin luz,
sin garantías,
con el corazón golpeándole el pecho,
con miedo,
pero decidido a darlo todo por sus dos amores.
No sé qué pensaba.
Nunca se lo pregunté.
Esa pregunta se quedará conmigo para siempre.
Pero me gusta imaginar
que cabalgaba con oración,
con lágrimas contenidas
y con una fe que no sabía que tenía.
Regresó.
Le dieron el medicamento a mi madre.
No pasó mucho tiempo.
Con las últimas fuerzas que le quedaban,
ella pujó…
y me expulsó al mundo.
Pero yo no lloré.
Mi cabeza estaba hinchada.
El cuerpo no reaccionaba.
Las horas del parto habían sido demasiadas.
No sé qué hicieron exactamente.
No sé si me abrazaron,
si me hablaron,
si me suplicaron que respirara.
Solo sé…
que volví.
Que respiré.
Que lloré.
Y ahí nací yo.
Con un mundo de sueños por delante
que, poco a poco,
se han ido cumpliendo.
Con el tiempo entendí algo más profundo:
en toda esta historia
había alguien más.
Alguien invisible,
pero presente.
Alguien que tomó la mano de mi madre
desde la primera contracción.
Que cabalgó con mi padre en la oscuridad.
Que sopló aliento en mi nariz
cuando yo no respiraba.
Que pellizcó mi corazón
para que llorara.
Que permitió que mis padres abrazaran
el fruto de su amor.
DIOS.
Dos semanas después,
mis abuelos me conocieron.
Y cuenta mi padre
que cuando mi abuelo me tomó en brazos,
me miró con ternura,
jugó con mi nariz
y dijo:
“Qué niño tan lindo… mi gran corazón.”
Así entendí quién soy.
Vine a reconciliar.
Vine a restaurar
Vine a unir lo que estaba roto.
Me convertí en parte de una promesa que Dios le hizo a mi abuelo:
“Usaré y bendeciré a tus generaciones.”
Hoy, al conmemorar 33 años de vida,
reconozco que mi propósito no ha terminado.
Lo mejor aún viene.
Desde mi nacimiento hasta hoy,
he sido y seguiré siendo
una pieza clave en el propósito de Dios
para reconciliar corazones hacia Él.
No importa lo dura que haya sido la vida.
Mi Creador me llevará a puerto seguro.
Porque por Él estoy aquí.
Porque en Sus planes hay bien.
Porque mi historia empezó en la noche…
pero siempre estuvo llena de luz.
Hoy le doy gracias a Dios por un año más, hoy le doy gracias a Dios por ser mi sustento, mi guía, mi todo…
Gracias a esas personas que tomaron su tiempo hoy de felicitarme y darme sus buenos deseos, en verdad Gracias.
Dios les bendiga grandemente.
Pocos conocen esta historia y si la cuento, y cada que lo recuerdo o lo cuento me llena de amocion, pero me emociona más aún pensar, que esto aún no termina, el número 33 es algo especial para mí, tanto aquí en la tierra como en la eternidad.
Gracias por leer hasta el final, Bendigo tu vida…