09/01/2026
¿𝐒𝐢 𝐭𝐨𝐝𝐨 𝐞𝐬 𝐡𝐢𝐬𝐭𝐨́𝐫𝐢𝐜𝐨 𝐞𝐧 𝐏𝐥𝐚𝐲𝐚 𝐝𝐞𝐥 𝐂𝐚𝐫𝐦𝐞𝐧, 𝐩𝐨𝐫 𝐪𝐮𝐞́ 𝐧𝐨 𝐬𝐞 𝐫𝐞𝐟𝐥𝐞𝐣𝐚?
Por: Juan Sosa
En Playa del Carmen todo es “histórico”. Histórica la inversión, histórica la transformación, histórico el anuncio, histórica la inauguración, histórico el “ahora sí”. Sin embargo, aquí la historia se volvió un adjetivo de marketing, no un resultado medible en la vida diaria. Porque, si de verdad estuviéramos viviendo una etapa histórica, entonces se notaría en lo básico, en lo cotidiano, en lo que no se maquilla con fotos, ni con boletines, ni con discursos que se repiten como eco en cada rueda de prensa.
Ahora bien, la pregunta incómoda es simple: ¿dónde se refleja esa grandeza? Por un lado, en calles que siguen siendo un rally de baches; por otro, en colonias donde el servicio público se anuncia más de lo que llega; además, en trámites que se vuelven laberinto; y, finalmente, en una sensación generalizada de que la administración gobierna más para el aplauso que para la solución. En consecuencia, el ciudadano no vive de “logros”, vive de agua cuando abre la llave, de luz cuando cae la noche, de transporte que no humille, de seguridad que no sea promesa y, sobre todo, de espacios públicos que no sean simple decorado.
En ese sentido, lo “histórico” tendría que sentirse en la confianza; no obstante, hoy lo que crece no es la confianza, sino la sospecha. Sospecha, por ejemplo, cuando el presupuesto se presume, pero el barrio no mejora. Sospecha, también, cuando el gobierno se mueve con velocidad para la foto y, en cambio, con lentitud para la denuncia ciudadana. Sospecha cuando el ruido de propaganda supera al silencio de la eficacia. Y, peor aún, sospecha cuando se pretende que criticar es sinónimo de estorbar, como si la ciudadanía tuviera la obligación de aplaudir aunque la realidad no cuadre con el relato.
Además, hay una trampa política muy vieja disfrazada de novedad: convertir cualquier crítica en ataque y, a la vez, cualquier exigencia en “grilla”. De este modo, esa narrativa sirve para blindarse, no para gobernar. Porque un gobierno que se dice histórico no le teme a las preguntas, las responde; asimismo, no se ofende por los señalamientos, los corrige; y, por ende, no administra la percepción, administra soluciones. Por lo tanto, si el resultado no llega, lo mínimo que merece la gente es honestidad, no adjetivos; un calendario, no un slogan; y una rendición de cuentas, no un video editado.
Así que sí: si todo es histórico, que se refleje. Que se refleje, en primer lugar, en 𝐬𝐞𝐫𝐯𝐢𝐜𝐢𝐨𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐟𝐮𝐧𝐜𝐢𝐨𝐧𝐞𝐧 𝐬𝐢𝐧 𝐞𝐱𝐜𝐮𝐬𝐚𝐬; en segundo lugar, en 𝐬𝐞𝐠𝐮𝐫𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐞 𝐬𝐢𝐞𝐧𝐭𝐚 en la calle; en tercer lugar, en 𝐨𝐛𝐫𝐚 𝐩𝐮́𝐛𝐥𝐢𝐜𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐝𝐮𝐫𝐞 𝐦𝐚́𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐥 𝐚𝐜𝐭𝐨 𝐩𝐫𝐨𝐭𝐨𝐜𝐨𝐥𝐚𝐫𝐢𝐨 y, de manera indispensable, en transparencia 𝐪𝐮𝐞 𝐧𝐨 𝐝𝐞𝐩𝐞𝐧𝐝𝐚 𝐝𝐞𝐥 𝐡𝐮𝐦𝐨𝐫 𝐝𝐞𝐥 𝐩𝐨𝐝𝐞𝐫. En conclusión, un gobierno debería entender que su obligación no es verse bien, sino hacer bien. Porque la historia no se grita, se construye; y en Playa del Carmen, mientras la propaganda siga siendo más grande que la realidad, lo único “histórico” será la cantidad de veces que nos lo repiten.