28/11/2025
Los weskerianos eran maravillosos artesanos, por supuesto, y lo reprodujeron todo hasta el menor detalle, siguiendo la ilustración de la Biblia: la cruz, firmemente plantada en la cumbre de la pequeña colina, los relucientes clavos metálicos, el ma****lo… Desnudaron al padre Mark y le vistieron con un taparrabos de pliegues cuidadosamente dispuestos. Le sacaron de la iglesia. Estuvo a punto de desmayarse a la vista de la cruz. Luego, alzó la cabeza, resuelto a morir como había vivido, apoyándose en su fe.
Pero le resultó muy duro de soportar. Ni siquiera Gath, simple observador, logró aguantarlo. Una cosa es hablar de la crucifixión y contemplar los cuerpos, elegantemente tallados, a la difusa luz de la plegaria. Y otra, muy distinta, ver a un hombre desnudo, con las cuerdas cortando su carne, colgado de unos maderos. Y presenciar cómo se coloca el clavo de afilada punta contra la delicada piel de la palma de una mano, cómo se levanta el ma****lo con la fría deliberación necesaria para un preciso golpe de artesano. Y por último, oír el confuso sonido del metal que penetra en la carne.
Y escuchar los chillidos.
Pocas personas nacen para ser mártires, y el padre Mark no era una de ellas. Los primeros golpes hicieron sangrar sus labios, salvajemente mordidos por los dientes. Después, abrió la boca y echó la cabeza hacia atrás. El espantoso y gutural horror de sus gritos se mezcló con el susurro de la lluvia y se reflejó silenciosamente en la masa de weskerianos que contemplaban la escena. Cualquier emoción abría sus bocas. Ésta afectó a todo su cuerpo. Hilera tras hilera de fauces abiertas reflejaron la agonía del crucificado misionero.
Harry Harrison: Las calles de Ascalón.