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1985 no fue un año bueno para México, que estaba siendo azotado por una gran crisis económica. En mayo había sucedido una fatal estampida en un túnel y en septiembre, un devastador terremoto que dejó en ruinas la capital.
En diciembre, México se preparaba para celebrar la Navidad y dar vuelta a la página a tantas tragedias, pero en la noche del 25 de diciembre una más se sumó a esta lista: 140 piezas arqueológicas fueron robadas del Museo Nacional de Antropología. En su momento, fue considerado el robo del siglo.
Las autoridades se pusieron en alerta máxima para tratar de evitar que las piezas arqueológicas salieran del país, cerrando fronteras y aeropuertos, además de ofrecerse una cifra de 50 millones para quien tuviera datos que permitieran identificar a los ladrones.
La búsqueda rindió sus frutos y finalmente se obtuvo información que permitió la captura de los culpables. Entre los señalados estaba una vedette que recientemente se había convertido en un icono del cine de sexicomedia mexicana.

El Robo del siglo:

Al principio el gobierno aseguraba que este robo lo habían cometido profesionales. Ya que en Latinoamérica nadie se había atrevido a hacer algo de igual magnitud, las autoridades pensaban que fue una sofisticada operación orquestada por traficantes y espías extranjeros que habían vulnerado la robusta seguridad del recinto.
Lo que había sucedido en realidad es que los ladrones no eran ningunos profesionales, sino dos universitarios de Ciudad Satélite que llevaban meses visitando el museo como simples turistas para descubrir alguna vulnerabilidad que les permitiera saquear el lugar.
Después de meses fijaron una fecha: 25 de diciembre, cuando la seguridad era mínima a causa de los festejos navideños y la escasa presencia de guardias.
Carlos Perches Treviño y Ramón Sardina García robaron las 140 piezas con relativa facilidad. Tanto fue así que ninguno de los guardias se percató del ruido y el robo se dio a conocer hasta las primeras horas de la mañana.
Para el gobierno y la opinión pública, este robo supuso un gran golpe moral. Las autoridades aún estaban incrédulas de que hubiera sucedido tal atraco, ya que el sistema de seguridad no había fallado durante muchos años, por lo que para ellos era una operación bien orquestada. Para la ciudadanía fue otro golpe más a la moralidad del país después de una seguidilla de tragedias.
Inmediatamente se dispuso que se cerraran aeropuertos, fronteras e incluso puertos para evitar que las obras de arte salieran del país, donde nunca más se podrían recuperar.
Cabe decir que el museo en ese momento tuvo una reinauguración, ya que había sido cerrado días anteriores por una remodelación, pero esta vez sus salas lucían vitrinas vacías como un recordatorio del patrimonio arqueológico que los mexicanos habían perdido.
Debido a la fama de las piezas robadas, entre ellas la máscara y el ajuar del Rey Pacal, las piezas no pudieron venderse, por lo que estas fueron ocultadas dentro de un clóset durante 3 años. Aun así, las investigaciones no se detuvieron, hasta el año de 1989, cuando en una ocasión Carlos Perches intentó vender las piezas en Acapulco a un traficante de la zona. Este delincuente fue capturado por la policía y delató a Perches en un intento de negociar su condena, siendo así como la policía resolvió el crimen.
Los criminales fueron capturados, pero desafortunadamente para Isabel Camila Masiero, mejor conocida en el ámbito artístico como la Princesa Yamal, el caso la alcanzó. Al estar involucrada sentimentalmente con este individuo del crimen organizado de Acapulco, a quien Perches contactó, también se le acusó de estar implicada en el robo. ¿Pero qué sucedió con ella y cómo su vida cambió a partir de ese momento?
El 10 de julio del 89, la PGR organizó un masivo evento mediático para presentar a los culpables en una gran sala de prensa repleta de fotógrafos y reporteros de televisión. Las imágenes causaron un impacto mediático. Isabel Camila Masiero destacaba entre todos los implicados ya que no era una desconocida; sino todo lo contrario, era una estrella del cabaret y la pantalla grande, al menos en las famosas cintas del llamado cine de ficheras. Ella lucía demacrada, con las manos esposadas y posando junto a las invaluables reliquias recuperadas, y se convirtió de pronto en la portada de todos los medios de comunicación.
¿Pero ella tuvo realmente algo que ver con todo este asunto?
La verdad se conoció décadas después en boca de la propia princesa, por medio de entrevistas relatando su tragedia. Ella cuenta que fue capturada por agentes policiales mientras estaba en su casa junto con su madre, y que fue acusada injustamente y obligada a firmar una confesión después de días de quebrarla psicológicamente en una celda policíaca. Algo que, sinceramente, no dudo que haya sucedido.
La verdad, pasó dos años y nueve meses dentro de la cárcel antes de poder demostrar su inocencia. Su único error real fue haberse involucrado sentimentalmente con el traficante que conocía a Carlos Perches.
Lamentablemente, la opinión popular y el paso del tiempo no la perdonaron. Dentro de la cárcel se había perdido el crecimiento de su hija y provocó que esta ya no la reconociera como madre, ya que era muy pequeña al momento de ser separadas. Otro golpe más fue a su carrera; estar en la cárcel paralizó oportunidades económicas y laborales de las que no pudo reponerse del todo, aunado al comienzo del declive del cine en el que tanto brilló.
Debo señalar que el final feliz de esta historia no fue para los implicados de primera mano, sino para el país, que vio retornar su patrimonio cultural al museo que lo albergaba, aunque algunas piezas nunca fueron recuperadas, pero pueden seguir admirándose hoy en día.
Actualmente, la Princesa Yamal se dedica a la aplicación de tratamientos de belleza en el puerto de Acapulco y esporádicamente participa en películas como el documental Bellas de noche del 2016 del que hablamos en el video anterior, y también en obras teatrales con vedettes que fueron sus contemporáneas.

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