04/07/2026
¿Y si sí?
La primera vez que escuché la frase no habíamos llegado al estadio.
Salió de algún punto entre los puestos. No vi la boca. Vi, eso sí, una bandera verde atorada entre varias cabezas, un muchacho con la cara pintada hasta las orejas y una señora vendiendo playeras desde una caja de cartón.
—¿Y si sí?
Los que iban con él se rieron.
Mi hijo volteó a verme.
—Ya empezó —dijo.
Seguimos caminando.
Los coches habían quedado varias cuadras atrás. Sonaba una trompeta. Un vendedor pasaba entre la gente con una bolsa transparente llena de silbatos. Otro cargaba gorras en el antebrazo, todas verdes o blancas, todas urgentes.
Yo llevaba la bolsa cruzada, el teléfono en la mano y la manía de mirar demasiado. Mi hijo caminaba junto a mí, pendiente de los boletos digitales.
—Puerta seis —dijo.
—Ya sé.
—No, no sabes. Estás viendo los puestos.
Tenía razón.
Una niña lloraba porque quería una máscara de luchador. Su padre sostenía dos vasos de plástico y trataba de explicarle algo sobre entrar primero y comprar después. La niña no aceptaba negociaciones. Un grupo de muchachas se pintaba líneas verdes en la cara usando la cámara frontal del celular. Una de ellas se equivocó, soltó una grosería y luego se rio de sí misma. Más adelante, un señor acomodaba con cuidado una bandera sobre los hombros de su esposa. Ella le dijo que no la apretara tanto.
Olía a elote, a aceite caliente, a cerveza derramada, a camiseta recién comprada, a calle llena.
El Estadio CDMX no apareció completo. Primero vimos una luz. Luego un borde de concreto. Después una rampa, una fila de policías, una reja. La multitud lo iba armando frente a nosotros con cada paso.
Otra voz, más cerca:
—¿Y si sí?
Esta vez no hubo risa inmediata. Un hombre contestó:
—Cállate, no lo sales.
Su amigo se llevó una mano al pecho.
—Pero dime que no lo pensaste.
Nadie respondió.
Mi hijo sonrió sin despegar la vista del teléfono.
—Todos lo están pensando —dijo.
Los puestos se apretaban conforme avanzábamos. Banderas chicas, banderas grandes, sombreros enormes, vasos, bufandas, impermeables, playeras con nombres que no siempre estaban bien escritos. Una mujer probaba el sonido de una trompeta y cada intento salía peor que el anterior. El vendedor le dijo que era cuestión de práctica. Ella contestó que para eso venía el partido.
Un hombre con dos niños de la mano caminaba repitiendo la puerta de acceso para no olvidarla.
—Siete, siete, siete.
Uno de los niños le preguntó si México iba a ganar. El hombre no miró hacia abajo.
—Primero hay que entrar.
El niño insistió.
—Pero ¿sí?
El hombre apretó los labios. Luego dijo:
—Hoy sí hay que entrar primero.
Me dieron ganas de reírme, pero no lo hice. Mi hijo me vio la cara.
—No empieces tú también —me dijo.
Llegamos al acceso entre bolsas abiertas, códigos que no cargaban, guardias señalando filas distintas y gente detenida justo donde nadie podía detenerse. Mi hijo sostuvo los boletos en alto. Yo busqué el cierre de mi bolsa aunque sabía que estaba cerrado. Una señora delante de nosotros no encontraba su identificación. Su acompañante repetía: “tranquila, tranquila”, con una voz que no tranquilizaba a nadie.
Pasamos.
Subimos.
El estadio se escuchaba antes de verse. Un ruido grueso golpeaba la pared del túnel. No eran gritos separados. Era una sola cosa, enorme, esperando.
Cuando apareció la cancha, mi hijo guardó el teléfono.
Lo hizo sin anuncio. Lo metió en la bolsa del pantalón y se quedó mirando.
La cancha brillaba abajo, verde y descarada. Las tribunas estaban encendidas. En una sección brincaban sin ritmo. En otra, una familia se acomodaba para una foto. Un vendedor subía los escalones con una charola de bebidas; no derramó una sola. Detrás de nosotros, un señor tenía una bandera doblada sobre las piernas. Pasaba el pulgar por la tela, de ida y vuelta.
Buscamos los lugares. Mi hijo saludó con la cabeza a dos muchachos de la fila. No se conocían. Bastó la playera para identificarse.
Me senté. Me paré. Volví a sentarme. La fila entera se movía sin ponerse de acuerdo. Alguien pidió permiso para pasar. Alguien más dijo que no era por ahí. Un niño con máscara de luchador apareció tres asientos después del suyo y su padre lo rescató tomándolo de la nuca, con cuidado y desesperación.
Sonó el himno.
Mi hijo cantó serio. Yo también canté. No fuerte. No bien. Canté con esa voz que una no usa para lucirse, sino para no quedarse fuera. A mitad del himno lo miré de reojo. Tenía la vista fija en la cancha. Ya no era el niño al que alguna vez le compré una bandera para que dejara de llorar. Estaba ahí, junto a mí, haciendo su propia noche.
Miré al frente antes de que se me notara.
El partido empezó y se acabó cualquier conversación larga.
México tocaba la pelota y el estadio respondía. Ecuador recuperaba y la tribuna se apretaba. Una mujer dos filas abajo gritaba instrucciones con una seguridad impecable. Un niño repetía lo que decía su padre, medio segundo después, con la misma entonación. Un señor a mi izquierda se persignó antes de un tiro libre. Nadie lo miró raro.
Yo intentaba seguir la jugada y terminaba mirando a la gente.
Un vendedor quedó detenido a media escalera, con la charola al hombro, mientras México cruzaba media cancha. No vendió nada durante esos segundos. Tampoco bajó la vista. Una muchacha grababa el campo y al mismo tiempo se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano. Todavía no había pasado nada. O no lo que se apunta en el marcador.
Mi hijo se inclinó hacia adelante.
—Está jugando bien México.
—¿Bien de verdad?
—Bien, mamá.
La frase volvió desde algún asiento de atrás.
—¿Y si sí?
Alguien chistó. Otro soltó una risa breve. Yo no dije nada.
México se acercó al área y todos nos levantamos antes de saber por qué. La jugada no terminó en gol. La gente se sentó con un quejido largo, compartido. Mi hijo se pasó las manos por la cara.
—Tranquila —me dijo.
—No dije nada.
—Pero hiciste cara.
No pregunté cuál. Seguro era la misma cara que he puesto en muchos partidos, en demasiadas salas, frente a televisiones encendidas, con platos de botana sobre la mesa y alguien diciendo que ahora sí.
El primer gol llegó sin dar tiempo de prepararse.
No podría reconstruir la jugada con limpieza. Recuerdo el balón entrando. Recuerdo el salto de mi hijo. Recuerdo mi bolsa golpeándome la cadera. Recuerdo una cerveza derramada en la fila de abajo. Recuerdo al señor de la bandera llorando con la boca abierta. Recuerdo una niña con una coleta verde gritando tan fuerte que varios volteamos a verla. Recuerdo un brazo desconocido sobre mi hombro. Recuerdo el abrazo de mi hijo, rápido y fuerte.
Grité.
Me escuché y no me reconocí del todo.
El estadio siguió gritando cuando la pelota ya estaba otra vez en juego. La gente llamaba por teléfono, mandaba audios, enseñaba pantallas, se abrazaba tarde, volvía a abrazarse. Mi hijo escribió algo.
Me enseñó el teléfono.
“¿Y si sí?”
Nada más.
El segundo gol dejó a muchos de pie. No saltamos igual. El primer gol había sido desorden; el segundo, una mirada alrededor. Como comprobar que los demás también lo habían visto. Que no era un error de percepción. Que el marcador estaba ahí, arriba, con México adelante.
El señor de la bandera ya no lloraba. Grababa su propia cara. La mujer de las instrucciones se quedó muda unos segundos y después empezó a aplaudir despacio. El niño que imitaba a su padre preguntó cuánto faltaba.
Faltaba mucho. Aunque faltara poco.
Mi hijo miraba el campo sin pestañear.
—No te emociones tanto —le dije.
—Tú estás parada.
No me había dado cuenta.
Me senté.
Tres segundos después volví a pararme.
Los minutos finales se estiraron. Unos cantaban. Otros pedían calma. Alguien detrás de nosotros repetía “que se acabe, que se acabe” como si hablara con un elevador descompuesto. Cada despeje mexicano recibía aplausos. Cada pelota ecuatoriana cerca del área nos dejaba tiesos.
Cuando el árbitro marcó el final, el estadio saltó entero.
México 2. Ecuador 0.
Mi hijo me abrazó otra vez. Más breve que el primero. Se separó enseguida, como hacen los hijos adultos cuando recuerdan que una madre podría querer quedarse ahí un poco más.
Yo no lo detuve.
La salida tomó tiempo. Bajamos escalones entre vasos aplastados, banderas dobladas, niños dormidos sobre hombros, gente buscando señal, jóvenes transmitiendo en vivo sin decir nada entendible. Una mujer perdió a su grupo y lo encontró tres escalones después; los regañó como si hubieran cruzado la ciudad sin avisarle. Un hombre hablaba por teléfono:
—Sí, mamá, ganamos. Sí, mamá. Dos cero. Sí, mamá, aquí voy.
Afuera la calle seguía caliente.
El aceite de los puestos olía más pesado. Las playeras se pegaban a la espalda. Las voces salían rasposas. Los vendedores ofrecían las últimas banderas con menos grito y más cansancio. Un muchacho caminaba con un tambor colgado al cuello, golpeándolo cada tanto, sin ritmo, sin fuerza, solo para no dejar que se apagara del todo.
Caminamos con la multitud.
Ya nadie iba rápido. Un niño arrastraba los pies. Una mujer llevaba los zapatos en la mano. Dos señores discutían el segundo gol con una precisión que el cansancio no les había quitado. Un grupo de adolescentes gritaba “México” cada vez que podían.
La frase apareció otra vez.
—¿Y si sí?
Esta vez salió de una ventana. La gritó una mujer con la bandera enredada en el brazo. Varias personas contestaron con el mismo grito. Otras solo levantaron la mano.
Mi hijo caminaba junto a mí, sin mirar el teléfono.
Seguimos andando. Pasamos junto a un puesto donde un vendedor contaba billetes bajo una lámpara amarilla. El niño de la máscara de luchador caminaba delante de nosotros, tomado de la mano de su padre. La máscara le quedaba sobre la frente, empujándole el pelo hacia arriba.
—¿Pero sí vamos a ganar el Mundial? —preguntó.
El padre no respondió.
Mi hijo tampoco.
Yo quise tomar una foto de la gente alejándose del estadio. Levanté el teléfono. En la pantalla todo quedaba mal: cabezas cortadas, luces reventadas, una bandera atravesada, un puesto a medio cerrar, la espalda de mi hijo moviéndose fuera del cuadro.
Bajé el teléfono.
—Yo también —dijo mi hijo.
Lo dijo casi para sí.
No pregunté qué.
El niño de la máscara volvió a insistir.
—¿Sí o no?
Su padre lo cargó para cruzar la calle. Del otro lado, cuando lo bajó, le acomodó la máscara.
—¿Y si sí? —dijo.
Esta vez nadie se rió.
(Amy Bonilla)
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