Grieta Cero

Grieta Cero Nuestra misión es desmantelar las narrativas superficiales para revelar las verdades fundamentales.

Argentina compra tiempo financieroArgentina no resolvió su problema de deuda. Compró tiempo. Y en una economía acostumbr...
07/07/2026

Argentina compra tiempo financiero

Argentina no resolvió su problema de deuda. Compró tiempo. Y en una economía acostumbrada a vivir contra el calendario, comprar tiempo no es poca cosa, siempre que se use bien.

El plan financiero presentado por el gobierno busca cubrir vencimientos de 2026 y 2027 sin regresar, por ahora, a los mercados internacionales de bonos. La estrategia combina emisión local, préstamos multilaterales y eventuales ingresos por privatizaciones. Es una señal de prudencia: si el costo de volver al mercado es demasiado alto, conviene no convertir la urgencia en deuda más cara.

La apuesta tiene sentido, pero también límites. Un calendario financiero puede ordenarse en una presentación; la confianza, no. La confianza depende de reservas, disciplina fiscal, estabilidad política, crecimiento y capacidad de sostener el programa cuando aumente la presión electoral.

El punto delicado está en 2027. No solo habrá vencimientos relevantes. También habrá una prueba política. Si el mercado cree que el rumbo económico puede cambiar, el costo de financiamiento volverá a subir. Si cree que el programa se sostiene, Argentina gana margen para negociar desde una posición menos frágil.

Comprar tiempo no equivale a salir del problema. Pero puede evitar que el problema dicte todas las decisiones. Esa es la diferencia entre administrar una deuda y ser administrado por ella.

Argentina tiene una ventana. La pregunta es si alcanza para convertir disciplina en confianza. (SL)


Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad de quienes las emiten y no de Grieta Cero.

La inversión vuelve a respirarLa inversión no se mueve por decreto ni por optimismo. Se mueve cuando alguien decide comp...
07/07/2026

La inversión vuelve a respirar

La inversión no se mueve por decreto ni por optimismo. Se mueve cuando alguien decide comprometer dinero, tiempo y riesgo en una obra, una máquina, una planta, una ampliación o una capacidad futura. Por eso el dato de abril importa.

La formación bruta de capital fijo creció 4.0% mensual y 5.1% anual, de acuerdo con INEGI. Después de meses de señales débiles, el avance permite leer algo más que una variación estadística: permite preguntar si la economía mexicana conserva margen para reconstruir confianza productiva.

Conviene no exagerar. Un mes no cambia una trayectoria por sí solo. La inversión es una de las variables más exigentes de la economía porque mira hacia adelante. Cuando sube, no solo refleja lo que ya ocurrió; también revela lo que empresas, hogares y gobiernos creen posible en los próximos meses.

El detalle es relevante. La construcción avanzó con fuerza y la maquinaria también mejoró. Ahí está la parte más seria de la noticia: no se trata solo de consumo inmediato, sino de capital que puede ampliar capacidad, empleo y productividad. La recuperación, sin embargo, solo será significativa si logra sostenerse.

El país necesita convertir el rebote en tendencia. Para eso hacen falta certidumbre regulatoria, infraestructura, crédito, energía suficiente, seguridad jurídica y una conversación pública menos atrapada en la coyuntura.

La inversión volvió a respirar. Ahora hay que ver si el entorno le permite caminar. (AB)


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Irán: la sucesión bajo dueloLa muerte de Ali Khamenei no produjo una transición abierta. Produjo otra cosa: una puesta e...
06/07/2026

Irán: la sucesión bajo duelo

La muerte de Ali Khamenei no produjo una transición abierta. Produjo otra cosa: una puesta en escena de disciplina, duelo y poder. Las multitudes en Teherán, la ausencia pública del sucesor y el tono de desafío frente a Estados Unidos e Israel muestran a un régimen que no se presenta como debilitado, sino como endurecido.

Ese es el punto central. En los sistemas autoritarios, el funeral de un líder no solo despide a una figura. También organiza lealtades, mide obediencias y comunica quién controla la calle, los símbolos y los aparatos de seguridad. Irán está usando el duelo como lenguaje de Estado.

La sucesión de Mojtaba Khamenei, marcada por su ausencia pública y por el contexto de guerra, no abre necesariamente una etapa de moderación. Puede abrir una fase más estrecha: más vigilancia interna, más peso de los cuerpos de seguridad, menos tolerancia a la disidencia y una política exterior construida desde la lógica del agravio.

La pregunta internacional no es si Irán cambió de rostro. Es si el nuevo mando necesita mostrarse más duro para sobrevivir. Si esa es la ruta, la región no entra en una pausa, sino en una negociación más difícil entre dolor, revancha y cálculo.

El funeral no cierra la crisis iraní. Parece ordenarla. (SL)


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El torbellino GTA VI y la ruptura de paradigmasDurante más de una década, Grand Theft Auto VI ha sido ese rumor persiste...
05/07/2026

El torbellino GTA VI y la ruptura de paradigmas

Durante más de una década, Grand Theft Auto VI ha sido ese rumor persistente que crece en el imaginario colectivo como una tormenta que nunca termina de romper. El desarrollo del nuevo título de Rockstar Games ha sido largo, casi mitológico: desde el lanzamiento de GTA V en 2013, la industria ha girado, mutado y evolucionado, mientras los fans esperaban señales concretas.

Hoy, GTA VI no es solo un videojuego: es un fenómeno cultural en gestación. Y como todo fenómeno de esta magnitud, llega acompañado de cifras que ya anticipan récords. Las estimaciones preliminares de ventas para el día de lanzamiento son, en sí mismas, una declaración de poder: un escenario conservador habla de 25 millones de copias, mientras que el más optimista eleva la vara hasta los 40 millones.

Pero quizá el movimiento más interesante no está en las cifras, sino en la estrategia. Rockstar ha abierto preventas bajo un esquema que marca una clara transición hacia el modelo digital. Aunque el juego estará disponible en tiendas físicas, estas no venderán discos, sino códigos de descarga. Ya sea por descarga directa o a través del referido voucher, los usuarios podrán instalar el juego desde el 12 de noviembre, preparando el terreno para el gran lanzamiento una semana después.

https://x.com/RockstarGames/status/2070175198867804183

En ese contexto, la oferta se divide en dos versiones: la estándar, con un precio de $80 dólares, y la Deluxe, por $100, sin embargo, la diferencia de precio es solo la superficie de una jugada mucho más calculada. Todo apunta a que Rockstar busca empujar a la mayoría de los jugadores hacia la edición Deluxe, donde ciertas bonificaciones exclusivas y tiendas dentro del mundo virtual estarán disponibles únicamente para quienes den ese salto.

No todos han recibido esta transición con entusiasmo. Algunos minoristas independientes han manifestado su rechazo a vender cajas físicas que en realidad contienen descargas digitales, en una especie de protesta simbólica contra la desmaterialización del producto. No obstante, en línea con las tendencias actuales, el impacto de esta decisión parece destinado a ser marginal.

Desde una perspectiva empresarial, el movimiento es claro: Rockstar quiere capturar el máximo valor posible de su producto estrella. Al privilegiar el formato digital, evita dinámicas como la reventa de segunda mano y reduce costos asociados a intermediarios, logística y producción física.

En unos meses, cuando finalmente llegue el 19 de noviembre, no estaremos simplemente ante el lanzamiento de un videojuego. Estaremos presenciando uno de los mayores acontecimientos contemporáneos del entretenimiento. GTA VI no solo buscará cumplir expectativa sino que vendrá acompañado de un torbellino de hype, y ambición que dará mucho de qué hablar en la siguiente década.

X | Instagram | Twitch: Jose Celorio

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04/07/2026

¿Y si sí?

La primera vez que escuché la frase no habíamos llegado al estadio.
Salió de algún punto entre los puestos. No vi la boca. Vi, eso sí, una bandera verde atorada entre varias cabezas, un muchacho con la cara pintada hasta las orejas y una señora vendiendo playeras desde una caja de cartón.
—¿Y si sí?
Los que iban con él se rieron.
Mi hijo volteó a verme.
—Ya empezó —dijo.
Seguimos caminando.
Los coches habían quedado varias cuadras atrás. Sonaba una trompeta. Un vendedor pasaba entre la gente con una bolsa transparente llena de silbatos. Otro cargaba gorras en el antebrazo, todas verdes o blancas, todas urgentes.
Yo llevaba la bolsa cruzada, el teléfono en la mano y la manía de mirar demasiado. Mi hijo caminaba junto a mí, pendiente de los boletos digitales.
—Puerta seis —dijo.
—Ya sé.
—No, no sabes. Estás viendo los puestos.
Tenía razón.
Una niña lloraba porque quería una máscara de luchador. Su padre sostenía dos vasos de plástico y trataba de explicarle algo sobre entrar primero y comprar después. La niña no aceptaba negociaciones. Un grupo de muchachas se pintaba líneas verdes en la cara usando la cámara frontal del celular. Una de ellas se equivocó, soltó una grosería y luego se rio de sí misma. Más adelante, un señor acomodaba con cuidado una bandera sobre los hombros de su esposa. Ella le dijo que no la apretara tanto.
Olía a elote, a aceite caliente, a cerveza derramada, a camiseta recién comprada, a calle llena.
El Estadio CDMX no apareció completo. Primero vimos una luz. Luego un borde de concreto. Después una rampa, una fila de policías, una reja. La multitud lo iba armando frente a nosotros con cada paso.
Otra voz, más cerca:
—¿Y si sí?
Esta vez no hubo risa inmediata. Un hombre contestó:
—Cállate, no lo sales.
Su amigo se llevó una mano al pecho.
—Pero dime que no lo pensaste.
Nadie respondió.
Mi hijo sonrió sin despegar la vista del teléfono.
—Todos lo están pensando —dijo.
Los puestos se apretaban conforme avanzábamos. Banderas chicas, banderas grandes, sombreros enormes, vasos, bufandas, impermeables, playeras con nombres que no siempre estaban bien escritos. Una mujer probaba el sonido de una trompeta y cada intento salía peor que el anterior. El vendedor le dijo que era cuestión de práctica. Ella contestó que para eso venía el partido.
Un hombre con dos niños de la mano caminaba repitiendo la puerta de acceso para no olvidarla.
—Siete, siete, siete.
Uno de los niños le preguntó si México iba a ganar. El hombre no miró hacia abajo.
—Primero hay que entrar.
El niño insistió.
—Pero ¿sí?
El hombre apretó los labios. Luego dijo:
—Hoy sí hay que entrar primero.
Me dieron ganas de reírme, pero no lo hice. Mi hijo me vio la cara.
—No empieces tú también —me dijo.
Llegamos al acceso entre bolsas abiertas, códigos que no cargaban, guardias señalando filas distintas y gente detenida justo donde nadie podía detenerse. Mi hijo sostuvo los boletos en alto. Yo busqué el cierre de mi bolsa aunque sabía que estaba cerrado. Una señora delante de nosotros no encontraba su identificación. Su acompañante repetía: “tranquila, tranquila”, con una voz que no tranquilizaba a nadie.
Pasamos.
Subimos.
El estadio se escuchaba antes de verse. Un ruido grueso golpeaba la pared del túnel. No eran gritos separados. Era una sola cosa, enorme, esperando.
Cuando apareció la cancha, mi hijo guardó el teléfono.
Lo hizo sin anuncio. Lo metió en la bolsa del pantalón y se quedó mirando.
La cancha brillaba abajo, verde y descarada. Las tribunas estaban encendidas. En una sección brincaban sin ritmo. En otra, una familia se acomodaba para una foto. Un vendedor subía los escalones con una charola de bebidas; no derramó una sola. Detrás de nosotros, un señor tenía una bandera doblada sobre las piernas. Pasaba el pulgar por la tela, de ida y vuelta.
Buscamos los lugares. Mi hijo saludó con la cabeza a dos muchachos de la fila. No se conocían. Bastó la playera para identificarse.
Me senté. Me paré. Volví a sentarme. La fila entera se movía sin ponerse de acuerdo. Alguien pidió permiso para pasar. Alguien más dijo que no era por ahí. Un niño con máscara de luchador apareció tres asientos después del suyo y su padre lo rescató tomándolo de la nuca, con cuidado y desesperación.
Sonó el himno.
Mi hijo cantó serio. Yo también canté. No fuerte. No bien. Canté con esa voz que una no usa para lucirse, sino para no quedarse fuera. A mitad del himno lo miré de reojo. Tenía la vista fija en la cancha. Ya no era el niño al que alguna vez le compré una bandera para que dejara de llorar. Estaba ahí, junto a mí, haciendo su propia noche.
Miré al frente antes de que se me notara.
El partido empezó y se acabó cualquier conversación larga.
México tocaba la pelota y el estadio respondía. Ecuador recuperaba y la tribuna se apretaba. Una mujer dos filas abajo gritaba instrucciones con una seguridad impecable. Un niño repetía lo que decía su padre, medio segundo después, con la misma entonación. Un señor a mi izquierda se persignó antes de un tiro libre. Nadie lo miró raro.
Yo intentaba seguir la jugada y terminaba mirando a la gente.
Un vendedor quedó detenido a media escalera, con la charola al hombro, mientras México cruzaba media cancha. No vendió nada durante esos segundos. Tampoco bajó la vista. Una muchacha grababa el campo y al mismo tiempo se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano. Todavía no había pasado nada. O no lo que se apunta en el marcador.
Mi hijo se inclinó hacia adelante.
—Está jugando bien México.
—¿Bien de verdad?
—Bien, mamá.
La frase volvió desde algún asiento de atrás.
—¿Y si sí?
Alguien chistó. Otro soltó una risa breve. Yo no dije nada.
México se acercó al área y todos nos levantamos antes de saber por qué. La jugada no terminó en gol. La gente se sentó con un quejido largo, compartido. Mi hijo se pasó las manos por la cara.
—Tranquila —me dijo.
—No dije nada.
—Pero hiciste cara.
No pregunté cuál. Seguro era la misma cara que he puesto en muchos partidos, en demasiadas salas, frente a televisiones encendidas, con platos de botana sobre la mesa y alguien diciendo que ahora sí.
El primer gol llegó sin dar tiempo de prepararse.
No podría reconstruir la jugada con limpieza. Recuerdo el balón entrando. Recuerdo el salto de mi hijo. Recuerdo mi bolsa golpeándome la cadera. Recuerdo una cerveza derramada en la fila de abajo. Recuerdo al señor de la bandera llorando con la boca abierta. Recuerdo una niña con una coleta verde gritando tan fuerte que varios volteamos a verla. Recuerdo un brazo desconocido sobre mi hombro. Recuerdo el abrazo de mi hijo, rápido y fuerte.
Grité.
Me escuché y no me reconocí del todo.
El estadio siguió gritando cuando la pelota ya estaba otra vez en juego. La gente llamaba por teléfono, mandaba audios, enseñaba pantallas, se abrazaba tarde, volvía a abrazarse. Mi hijo escribió algo.
Me enseñó el teléfono.
“¿Y si sí?”
Nada más.
El segundo gol dejó a muchos de pie. No saltamos igual. El primer gol había sido desorden; el segundo, una mirada alrededor. Como comprobar que los demás también lo habían visto. Que no era un error de percepción. Que el marcador estaba ahí, arriba, con México adelante.
El señor de la bandera ya no lloraba. Grababa su propia cara. La mujer de las instrucciones se quedó muda unos segundos y después empezó a aplaudir despacio. El niño que imitaba a su padre preguntó cuánto faltaba.
Faltaba mucho. Aunque faltara poco.
Mi hijo miraba el campo sin pestañear.
—No te emociones tanto —le dije.
—Tú estás parada.
No me había dado cuenta.
Me senté.
Tres segundos después volví a pararme.
Los minutos finales se estiraron. Unos cantaban. Otros pedían calma. Alguien detrás de nosotros repetía “que se acabe, que se acabe” como si hablara con un elevador descompuesto. Cada despeje mexicano recibía aplausos. Cada pelota ecuatoriana cerca del área nos dejaba tiesos.
Cuando el árbitro marcó el final, el estadio saltó entero.
México 2. Ecuador 0.
Mi hijo me abrazó otra vez. Más breve que el primero. Se separó enseguida, como hacen los hijos adultos cuando recuerdan que una madre podría querer quedarse ahí un poco más.
Yo no lo detuve.
La salida tomó tiempo. Bajamos escalones entre vasos aplastados, banderas dobladas, niños dormidos sobre hombros, gente buscando señal, jóvenes transmitiendo en vivo sin decir nada entendible. Una mujer perdió a su grupo y lo encontró tres escalones después; los regañó como si hubieran cruzado la ciudad sin avisarle. Un hombre hablaba por teléfono:
—Sí, mamá, ganamos. Sí, mamá. Dos cero. Sí, mamá, aquí voy.
Afuera la calle seguía caliente.
El aceite de los puestos olía más pesado. Las playeras se pegaban a la espalda. Las voces salían rasposas. Los vendedores ofrecían las últimas banderas con menos grito y más cansancio. Un muchacho caminaba con un tambor colgado al cuello, golpeándolo cada tanto, sin ritmo, sin fuerza, solo para no dejar que se apagara del todo.
Caminamos con la multitud.
Ya nadie iba rápido. Un niño arrastraba los pies. Una mujer llevaba los zapatos en la mano. Dos señores discutían el segundo gol con una precisión que el cansancio no les había quitado. Un grupo de adolescentes gritaba “México” cada vez que podían.
La frase apareció otra vez.
—¿Y si sí?
Esta vez salió de una ventana. La gritó una mujer con la bandera enredada en el brazo. Varias personas contestaron con el mismo grito. Otras solo levantaron la mano.
Mi hijo caminaba junto a mí, sin mirar el teléfono.
Seguimos andando. Pasamos junto a un puesto donde un vendedor contaba billetes bajo una lámpara amarilla. El niño de la máscara de luchador caminaba delante de nosotros, tomado de la mano de su padre. La máscara le quedaba sobre la frente, empujándole el pelo hacia arriba.
—¿Pero sí vamos a ganar el Mundial? —preguntó.
El padre no respondió.
Mi hijo tampoco.
Yo quise tomar una foto de la gente alejándose del estadio. Levanté el teléfono. En la pantalla todo quedaba mal: cabezas cortadas, luces reventadas, una bandera atravesada, un puesto a medio cerrar, la espalda de mi hijo moviéndose fuera del cuadro.
Bajé el teléfono.
—Yo también —dijo mi hijo.
Lo dijo casi para sí.
No pregunté qué.
El niño de la máscara volvió a insistir.
—¿Sí o no?
Su padre lo cargó para cruzar la calle. Del otro lado, cuando lo bajó, le acomodó la máscara.
—¿Y si sí? —dijo.
Esta vez nadie se rió.


(Amy Bonilla)

Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad de quienes las emiten y no de Grieta Cero.

03/07/2026

Cuando el cuidado entra al Estado

Durante demasiado tiempo, el cuidado fue tratado como una tarea privada, casi doméstica, y por eso mismo política y económicamente invisible. Cocinar, acompañar, criar, asistir. Todo eso hizo funcionar hogares, comunidades y mercados, pero rara vez fue reconocido como parte del andamiaje real de la vida pública.

La Ley del Sistema de Cuidados en la Ciudad de México corrige, al menos en el plano institucional, esa vieja omisión. Su importancia no está solo en el gesto legislativo. Está en lo que reconoce: que cuidar, ser cuidado y autocuidarse forman parte de una estructura de derechos y de una responsabilidad que no puede seguir descansando casi por completo en las mujeres.

La discusión de fondo no es simbólica. Es económica, urbana y social. Si el cuidado sostiene jornadas laborales, trayectorias escolares, atención a personas mayores, infancia, enfermedad y discapacidad, entonces no es un asunto periférico: es una pieza central de la productividad y de la cohesión social. Una ciudad que no organiza el cuidado traslada ese costo a los hogares; y dentro de los hogares, casi siempre a las mismas personas.

El reto empieza ahora. Toda ley del cuidado corre el riesgo de convertirse en una promesa noble pero débil si no se traduce en presupuesto, infraestructura, servicios de proximidad, formación de personas cuidadoras, información pública y mecanismos de evaluación. El verdadero cambio no será haber nombrado el problema, sino haber construido instituciones capaces de repartir mejor su peso.
La noticia, entonces, no es solo que el cuidado haya llegado a la ley. La noticia es que, por fin, empieza a discutirse como uno de los temas más serios de la vida pública. (AB)



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03/07/2026

La IA ya no busca solo mercado; busca Estado

La competencia por la inteligencia artificial ya no se libra únicamente entre empresas, productos y valuaciones. Empieza a disputarse también en el terreno del diseño institucional. El documento de política industrial difundido por OpenAI lo deja ver con claridad: la conversación ya no gira solo en torno a innovación, sino a cómo repartir beneficios, organizar poder y definir qué papel debe jugar el Estado en la expansión de la IA.

La propuesta de un fondo público de riqueza no es un detalle técnico. Es una señal política. Parte de una premisa sencilla: si la IA concentra ganancias extraordinarias en pocas firmas, la legitimidad social del cambio tecnológico se erosionará. Por eso plantea mecanismos para que el crecimiento asociado a la IA no quede encerrado en balances corporativos, sino que produzca beneficios más amplios para la ciudadanía.

Esa idea revela un giro importante. La industria tecnológica ya no puede presentarse solo como un motor privado que luego será regulado desde fuera. Empieza a argumentar, en cambio, que necesita un nuevo pacto público: infraestructura, reglas, estándares, redistribución y una narrativa de prosperidad compartida.

El punto delicado está ahí. Cuando una empresa propone la arquitectura política de su propia expansión, también intenta influir en la forma en que será gobernada. Eso no invalida la discusión; la vuelve más importante. La cuestión no es si habrá política tecnológica para la IA, sino quién la diseña, con qué controles y en beneficio de quién.

La IA, en suma, ha dejado de pedir solo mercado. Ahora pide Estado. Y eso cambia por completo la naturaleza del debate. (SL)


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02/07/2026

El NHS descubre el costo sanitario del comercio

Los tratados comerciales suelen explicarse con cifras de inversión, aranceles, exportaciones y acceso a mercados. Pero hay acuerdos que también deben medirse de otra forma: por lo que cuestan a los sistemas públicos y por lo que significan para quienes dependen de ellos.

El debate en Reino Unido sobre un acuerdo de medicamentos con Estados Unidos coloca esa tensión en el centro. Si el NHS debe pagar más por ciertos fármacos, el problema ya no es solo comercial. Es presupuestal, sanitario y político. Cada libra adicional destinada a nuevos precios farmacéuticos sale de un sistema que ya enfrenta presión por envejecimiento, listas de espera, personal insuficiente y demanda creciente.

La lectura útil no es rechazar el comercio ni idealizar los sistemas públicos. Es entender que la apertura económica tiene efectos distributivos. Puede beneficiar a industrias, acelerar innovación y ampliar mercados, pero también trasladar costos a pacientes, contribuyentes y servicios públicos.

En salud, esa transferencia importa más. Un medicamento no es un bien cualquiera. Su precio define acceso, continuidad terapéutica, sostenibilidad presupuestal y, en muchos casos, calidad de vida.

El NHS descubre el costo sanitario del comercio porque recuerda una regla básica: un acuerdo no debe evaluarse solo por lo que promete al mercado, sino por lo que exige a la sociedad que lo financia. (AB)


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02/07/2026

El T-MEC entra en la década de la revisión permanente

El T-MEC no terminó. Ese es el primer dato que conviene fijar. Pero tampoco quedó intacto en el sentido político que más importa: la certidumbre dejó de ser automática.

La negativa de Estados Unidos a extender de manera directa el acuerdo abre una etapa distinta para Norteamérica. El tratado sigue vigente, pero ahora vivirá bajo una lógica de revisión anual que puede convertirse en mecanismo de presión, termómetro político y herramienta de negociación continua.

Para México, la diferencia no es menor. La integración regional funciona porque empresas, gobiernos y cadenas productivas pueden planear a varios años. Si cada revisión se vuelve una prueba de confianza, la inversión empezará a leer el calendario comercial como un factor de riesgo. Reglas de origen, energía, sector automotriz, agricultura, solución de controversias, medio ambiente y nearshoring quedarán más expuestos a la tensión política.

La respuesta no puede limitarse a decir que el tratado continúa. Tiene que ir más lejos: México necesita una estrategia de Estado para defender la integración norteamericana sin depender de reacciones anuales. Eso implica claridad regulatoria, coordinación con sectores productivos, diplomacia económica profesional y una narrativa pública que no confunda calma con inmovilidad.
El T-MEC entra en la década de la revisión permanente. La pregunta ya no es solo si el tratado sobrevive. La pregunta es si México puede convertir esa presión en una estrategia de competitividad, antes de que la incertidumbre se vuelva costumbre. (SL)


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01/07/2026

Xbox en la tormenta: las salidas que sacuden su futuro

En la historia de Xbox, pocas veces se había sentido un silencio tan extraño en los pasillos de su maquinaria creativa. No es el silencio de la calma, sino el de la incertidumbre. La marca de videojuegos de Microsoft atraviesa hoy uno de los momentos más delicados de su existencia: una mezcla de caída en ventas, estrategia difusa y decisiones corporativas que han erosionado su identidad frente a una industria cada vez más feroz.

La llegada de Asha Sharma a inicios de 2026 no fue casualidad, sino respuesta a un ecosistema en crisis. Con cifras débiles en hardware y presión por redefinir el negocio, Xbox ha iniciado una profunda reestructuración que incluye cambios estratégicos, posibles cierres de estudios y ajustes en su modelo operativo. Este contexto no solo marcó el inicio de una nueva era: también preparó el terreno para despedidas que hoy pesan más que nunca.

https://x.com/Wario64/status/2066526232360169931

La salida de Craig Duncan es, quizás, la más simbólica. Tras apenas 20 meses como jefe de Xbox Game Studios, el ejecutivo británico abandona una posición clave que controlaba el corazón creativo de la marca: todos los estudios first-party, desde Halo hasta Forza, pero su historia dentro de Xbox es mucho más profunda. Durante más de una década lideró Rare, donde fue pieza fundamental en la evolución hacia el modelo de juegos como servicio con Sea of Thieves, uno de los éxitos modernos de la compañía.

A su partida se suma la de Mark Gordon, veterano de Treyarch, quien deja la industria tras más de dos décadas de trabajo en franquicias clave como Call of Duty. Su experiencia técnica y liderazgo en uno de los estudios más influyentes del sector lo convertían en una figura de estabilidad en tiempos convulsos. Perder perfiles como Gordon no solo impacta en la producción, sino en la cultura creativa que sostiene a las grandes sagas.

https://x.com/Treyarch/status/2066585613734957337

Ambas salidas no ocurren en el vacío. Son síntomas visibles de una reorganización más amplia que busca, en palabras de la propia Sharma, un “reinicio” necesario para la compañía, sin embargo, la apuesta por multitud de estudios y la carencia de liderazgo en su estrategia comercial, hace replantearse los objetivos a mediano y largo plazo.

El reto ahora recae directamente en Asha Sharma. Su misión no es menor: reconstruir la confianza interna, estabilizar la producción de sus estudios y, sobre todo, recuperar la conexión con los jugadores. No basta con una simple reestructuración; Xbox necesita volver a contar historias que dejen huella, lanzar juegos que definan generaciones y, quizás más importante, recuperar una identidad clara en un mercado donde ya no basta solo con existir.
X | Instagram | Twitch: Jose Celorio

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