25/11/2025
Nunca pensé que una noche de trabajo pudiera marcarme para siempre. Siempre he sido una persona tranquila, reservada, alguien que prefiere el silencio antes que el bullicio. Por eso acepté aquel empleo nocturno en un pequeño complejo industrial a las orillas del pueblo. El turno era pesado, sí, pero la paga era buena y las noches, según me dijeron, eran increíblemente tranquilas. Ojalá hubiera sido así.
Aquella noche, todo comenzó con una sensación que no supe explicar. No era miedo, tampoco ansiedad. Era algo distinto: una inquietud silenciosa que se quedaba pegada en el pecho. Desde que bajé de la camioneta sentí que el aire estaba más frío que de costumbre, como si el ambiente hubiera envejecido de golpe.
El guardia del turno anterior me entregó las llaves sin mucho interés, como siempre. Pero esta vez noté algo que no había notado antes: sus ojos estaban rojos, cansados, como si no hubiera dormido bien en días. Quise preguntar, pero él solo murmuró un “que tengas buena noche” y se fue apresurado, casi nervioso. Y yo, ingenuo, pensé que simplemente quería llegar a casa.
Entré al complejo dando mi ronda normal. Las tres naves eran grandes, con techos altos y pasillos tan largos que parecían túneles hacia la nada. Encendí mi lámpara portátil mientras caminaba, viendo cómo la luz apenas alcanzaba a romper la oscuridad.
Mientras avanzaba por la primera nave, el silencio era tan profundo que podía escuchar mi propia respiración rebotando entre las paredes metálicas. No había viento, no había insectos, no había nada. Solo ese vacío inquietante que hace que uno piense de más.
Todo estaba en orden hasta que entré en la segunda nave. Ahí fue donde el ambiente cambió… como si hubiera cruzado una frontera invisible.
Lo primero que escuché fue un golpecito. Suave. Metálico. No le di importancia al principio, pensé que podía ser alguna lámina movida por la temperatura. Seguí caminando, pero unos pasos después volvió a sonar. Esta vez, más fuerte. Más brusco.
Me detuve. Apunté la luz hacia el fondo del pasillo, pero no vi nada. Iba a continuar cuando escuché algo peor: un susurro.
Era apenas un murmullo, tan débil que dudé si realmente lo había escuchado. Me quedé quieto. Nada. Di un paso hacia adelante. Y ahí volvió.
Un susurro largo, como si alguien dijera algo sin alzar la voz, pero no lograba entender ninguna palabra. Solo sentía la intención… una mezcla de tristeza y desesperación. Como si alguien estuviera pidiendo ayuda, o tal vez disculpas.
“¿Hola? ¿Hay alguien ahí?”, pregunté intentando sonar firme, aunque mi voz temblaba ligeramente.
El eco de mis palabras regresó distorsionado, y por un momento tuve la sensación de que alguien más las repetía detrás de mí. Me giré rápido, pero no había nada, solo oscuridad.
Avancé con pasos lentos, tratando de convencerme de que tal vez había un animal dentro. Pero entonces vi algo que me detuvo en seco: una caja abierta en el suelo. Yo mismo recordaba haber visto esa caja cerrada horas antes. No había razón para que estuviera así.
Me acerqué, y justo cuando estaba a un metro, mi lámpara parpadeó. Un destello. Oscuridad. Otro destello. Y en ese destello, juro que vi una silueta al fondo, de pie, quieta, observándome.
Di un paso atrás, y la lámpara volvió a encenderse, mostrando el pasillo vacío.
El aire se volvió helado. Incluso exhalé y pude ver mi propio aliento. Eso no era normal. No en esa época del año. Y mucho menos dentro de un almacén cerrado.
Los murmuros regresaron, más claros esta vez, rodeándome, mezclándose entre sí como si varias voces hablasen al mismo tiempo. No eran palabras entendibles, pero el tono… el tono era de angustia. Angustia pura.
Sentí un cosquilleo en la nuca. Como si algo estuviera parado detrás de mí. Me giré otra vez, rápido, pero nuevamente: nada.
Decidí salir de esa nave y regresar a la principal, donde había cámaras y suficiente luz. Pero cuando di el primer paso hacia atrás, la puerta al fondo se cerró de golpe con una fuerza que sacudió el piso. El estruendo hizo que se me cayera la lámpara.
El ambiente entero cambió. El silencio fue reemplazado por algo que no puedo describir… una especie de vibración en el aire, como si el lugar respirara, como si algo enorme estuviera despierto y yo hubiera entrado sin permiso.
Me agaché por la lámpara, y en cuanto la toqué, sentí un frío intenso en mi mano, como si otra mano helada la rozara al mismo tiempo.
La levanté y la encendí de nuevo. Su luz iluminó apenas unos pocos metros, pero fue suficiente para verlo.
Una silueta estaba a mitad del pasillo. Esta vez no era un destello, no era imaginación. Era real. Una figura alta, oscura, quieta. No podía verle rostro, ni manos, ni pies. Era como una sombra más densa que el resto del ambiente.
Quise correr. Quise gritar. Pero mis piernas no respondían, como si estuvieran clavadas al piso. La respiración se me entrecortó. El corazón latía tan fuerte que me dolía el pecho.
La figura empezó a moverse. No caminó… se deslizó hacia mí. Lentamente. Como si flotara.
Mis ojos se llenaron de lágrimas, no de tristeza, sino del terror más profundo que he sentido en mi vida. Intenté retroceder, pero el cuerpo no me respondía.
Cuando estuvo a unos pasos de mí, levantó un brazo. Su mano era apenas una sombra más definida, alargada. Y señaló hacia la salida. Como si quisiera que me fuera.
Pero antes de que pudiera reaccionar, las cajas detrás de mí empezaron a caer una tras otra como si algo invisible las empujara. El estruendo me sacó del trance, y entonces mis piernas finalmente reaccionaron.
Corrí. No miré atrás. Sentía el aire helado siguiéndome, escuchaba un murmullo pegado a mi oído. Corrí hasta llegar a la puerta principal, la abrí como pude y salí al exterior.
El aire de afuera estaba templado. Normal. Y por primera vez en mi vida, agradecí escuchar el ruido lejano de los autos en la carretera.
Me alejé sin detenerme hasta llegar a la caseta. Llamé a mi supervisor, temblando tanto que apenas podía hablar. Cuando él llegó y revisó las naves, dijo que todo estaba en perfecto estado. Cajas acomodadas, puertas sin rasguños, nada fuera de lugar.
Yo sabía lo que había visto. Y lo que había sentido.
Renuncié esa misma noche.
Desde entonces, cada tanto, cuando camino solo por la calle o cuando apago las luces de mi casa, escucho ese mismo susurro. A veces suave… a veces tan claro que parece estar justo a mi espalda.
Y cada vez que lo escucho, siento ese mismo frío. El mismo que sentí cuando aquella sombra levantó el brazo y me señaló la salida.
No sé qué era.
No sé qué quería.
Pero estoy seguro de algo…
Aquella sombra no estaba sola.
Y desde esa noche, tampoco yo lo estoy.
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CONSEJO
Si trabajas o permaneces en lugares solitarios durante la noche, mantente siempre atento a los cambios repentinos de ambiente: ruidos inesperados, temperaturas inusuales o sensaciones persistentes de inquietud. A veces la mente se adelanta, pero otras veces son señales importantes. Lleva siempre una luz de respaldo, informa cualquier anomalía y nunca ignores tu instinto. El cuerpo percibe lo que los ojos aún no alcanzan a ver.
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