24/05/2026
Y SEREMOS PERSEGUIDOS.
“Normalmente la peor lacra de gente, la peor basura de gente que vas a ver, son los pastores evangélicos…”
Con estas palabras Diego Ruzzarin (el influencer de izquierda) calificó a los ministros cristianos.
Esa frase no sólo es injusta, también revela una profunda desconexión con la realidad.
Sabemos que existen malos pastores. Algunos de los cuales han abusado, manipulado o incluso han sido mercaderes de la fe. No debemos olvidar que la propia Biblia los denuncia con una dureza que muchos ni imaginan.
Pero reducir a TODOS los pastores evangélicos a esa caricatura ideológica es tan absurdo como afirmar que todos los políticos son criminales, todos los médicos corruptos o todos los empresarios explotadores.
Porque mientras este hombre descalifica detrás de un micrófono, hay miles de pastores trabajando en silencio en barrios, pueblos y ciudades de toda América Latina:
* rescatando jóvenes de las adicciones,
* restaurando matrimonios destruidos,
* alimentando familias,
* levantando centros de rehabilitación,
* acompañando enfermos,
* ayudando a mujeres golpeadas,
* visitando cárceles,
* formando niños,
* sosteniendo comunidades enteras sin recursos ni reconocimiento.
Muchos de ellos ni siquiera reciben un sueldo digno. Hay pastores que trabajan toda la semana para sostener a su familia
y aun así entregan sus noches, sus fines de semana y su vida al servicio de otros.
Y hay algo más: La Iglesia evangélica en América Latina no ha crecido porque la gente sea “ingenua” o “estúpida”, como él infiere. Ha crecido porque millones encontraron: esperanza,
dirección, restauración, comunidad, y desarrollaron una relación genuina con Cristo.
Claro que debemos denunciar abusos, exigir integridad y buscar una limpieza constante de la Iglesia. Pero una cosa es denunciar a falsos ministros y otra muy distinta es escupir desprecio sobre millones de creyentes y miles de hombres y mujeres honestos que sirven a Dios y a su comunidad cada día.
La generalización que usó este hombre solo confirma que está al servicio de una propaganda ideológica; pero es lamentable que en lugar de argumentos, utilice el reduccionismo que tanto critica en otros.
Muchos de los que hoy atacan a la Iglesia jamás hablan del vacío moral, la destrucción familiar, las adicciones, la violencia y la desesperanza que precisamente muchas congregaciones ayudan a contener, allí donde nadie más quiere entrar.
La Iglesia no es perfecta y nunca lo ha sido, pero sigue siendo una de las fuerzas de transformación social, espiritual y humana más poderosas de nuestra generación.