02/12/2025
EL SOMBRA: ENTRE TUMBAS, ALCOHOL Y UNA INJUTICIA QUE LO MARCO
Por: Frida Viridiana Martínez Flores
Antes del alcohol
En las calles de Zumpango, todos lo conocen como “El Sombra”. Nadie recuerda ya su nombre completo, pero su figura es inconfundible: un hombre de mirada cansada, caminar lento y ropa desgastada que parece cargar el peso de una vida entera. Lo que pocos saben es que alguna vez fue un hombre noble, trabajador y respetado. Tenía un oficio, amigos que lo estimaban y una familia que lo vio crecer entre el olor del pan recién hecho. Pero la vida, en ocasiones, sabe golpear donde más duele, y en su caso, ese golpe llegó con la muerte de su padre.
Imagen 1. Obtenida de Facebook
Las alucinaciones del alcoholismo en muchas ocasiones provocan actos delictivos en personas de situación de calle. Esa hipótesis parece cobrar sentido cuando se escucha la historia del Sombra, un hombre que pasó de ser empleado en una pollería a dormir entre tumbas, arrastrando un pasado lleno de heridas y culpas que nunca fueron suyos.
Felipe Delgado Márquez, quien trabajó con él en la pollería “Avenida 2 de Marzo”, lo recuerda con una mezcla de tristeza y cariño. “Era muy trabajador, siempre estaba dispuesto a ayudar”, dice con voz firme pero con la mirada perdida. Felipe cuenta que el cambio comenzó cuando el Sombra perdió a su padre. Desde entonces, su vida se fue desmoronando poco a poco, hasta que un día decidió salir de su casa para refugiarse en la calle.
El crimen que no cometió
Felipe recuerda que, durante un tiempo, el Sombra intentó rehacer su vida. Trabajó en una feria y parecía que todo podía mejorar, pero una noche lo cambió todo. “Sus amigos se pusieron a tomar, lo emborracharon y lo dejaron dormido dentro de una carpa”, cuenta. Afuera, una pelea terminó en tragedia: un joven murió, y el cuerpo fue llevado justo al lugar donde dormía el Sombra. Al amanecer, lo encontraron junto al cadáver y lo inculparon. “Lo metieron a la cárcel y duró como ocho años”, dice Felipe, bajando la voz, como si aún le pesara recordar la injusticia.
Ocho años en prisión son suficientes para cambiar a cualquiera. Cuando salió, el Sombra ya no era el mismo. Había perdido la confianza en la gente, en su familia y en sí mismo. El alcohol se convirtió en su refugio y también en su condena. Felipe y otros compañeros intentaron ayudarlo: le ofrecieron trabajo, le prestaron una bicicleta para repartir pedidos, pero el vicio ya lo tenía atrapado. “Se ponía muy ebrio y empezaba a comportarse mal, ya no respetaba a la gente”, explica.
La transformación del hombre
El alcohol y la calle fueron moldeando una nueva versión del Sombra. Dejó de bañarse, de arreglarse, de cuidar su aspecto. “Antes sí se cambiaba, pero con el tiempo ya no. Llegaba a la pollería y olía muy mal, la gente ya no quería acercarse”, cuenta Felipe. Poco a poco, los que lo conocían se fueron alejando. Ya no era el mismo hombre amable que ayudaba a los demás, sino alguien transformado por el dolor, el abandono y el alcohol.
Una caída en bicicleta fue el golpe final para su deterioro físico. “Se cayó y casi lo atropellan, se astilló la cadera y ya no quedó bien”, recuerda Felipe. Después de eso, dejó de trabajar definitivamente. Se quedaba en la esquina, sentado, viendo pasar los días. Algunos lo saludaban, otros lo evitaban. Cuando estaba sobrio, todavía reconocía a la gente; cuando bebía, se convertía en un extraño.
Entre el panteón y el olvido
El Sombra vive ahora entre el panteón y las calles de Zumpango. A veces pasa la noche entre las tumbas, otras veces en alguna esquina que considera suya. “La gente todavía lo saluda, pero cuando anda muy tomado ya nadie se le acerca”, comenta Felipe. Es un reflejo triste de la soledad en la que viven muchas personas en situación de calle, marginadas por la sociedad y atrapadas por sus propios fantasmas.
Felipe recuerda que hubo un tiempo en el que el Sombra intentó cambiar. “Se metió al anexo, andaba bien, aseado, arreglado”, dice con una leve sonrisa, como si hablara de un hijo que por fin encontró su camino. Pero la esperanza duró poco. “Se salió del anexo y volvió a tomar, y ahorita otra vez anda mal, ya ni se cambia ni nada.” La voz de Felipe se apaga, y en ese silencio se siente la impotencia de quien quiso ayudar y no pudo.
La familia que quedó atrás
Aunque vive en la calle, El Sombra todavía tiene familia. “Tiene sobrinos panaderos, y una hermana que una vez lo metió al anexo”, explica Felipe. Pero el vínculo se fue rompiendo con los años. “Ya no le gusta estar con ellos. Dice que cuando está en su casa no se siente bien.” Desde niño, no soportaba los problemas familiares y prefería refugiarse afuera, donde nadie le reclamara nada. En la calle, encontró su propia libertad, pero también su condena.
Felipe asegura que, a pesar de su deterioro, el Sombra sigue siendo consciente de su situación. “Él mismo dice: sí la estoy regando, pero ya no puede dejarlo.” Esa conciencia lo hace distinto de otros compañeros en la misma situación. “Hay otro que se llama Gerardo, ese ya no conoce a nadie, ya tiene esquizofrenia y habla solo. El Sombra todavía sabe quiénes somos.”
La historia de ambos hombres refleja una realidad que a menudo pasa desapercibida: la del abandono y la enfermedad mental en las calles. Las adicciones no surgen de la nada; muchas veces son consecuencia de pérdidas, traumas y la falta de apoyo.
Un reflejo de muchas historias
El relato de Felipe no solo habla de un amigo perdido, sino también de un sistema que no sabe qué hacer con personas como el Sombra. No hay programas de reinserción sólidos, ni seguimiento para quienes salen de prisión o de los anexos. La calle se convierte en un espacio de olvido donde los rostros se confunden, los nombres se borran y solo quedan los apodos.
Aun así, hay algo en la historia del Sombra que se resiste a desaparecer. Tal vez sea la forma en que Felipe lo recuerda, con respeto y nostalgia, o el hecho de que todavía lo reconozca cuando pasa frente a la pollería. En cada palabra del testigo hay una mezcla de tristeza y cariño, como si hablara de alguien que, a pesar de todo, sigue siendo parte de su historia.
“El Sombra todavía está más consciente”, repite Felipe. Esa frase, aunque simple, encierra una chispa de humanidad. Significa que dentro de él todavía vive algo del hombre noble y trabajador que fue. Que no todo está perdido, aunque el mundo haya decidido darle la espalda.
La sombra que aún camina
Hoy, El Sombra sigue en las calles de Zumpango, caminando despacio, con el cuerpo lastimado y la mirada perdida. Algunos lo evitan, otros lo saludan con un gesto de costumbre. Nadie sabe si todavía sueña con volver a trabajar, con dejar de beber o con reconciliarse con su familia. Quizá no lo sabe ni él mismo.
Su historia no termina aquí. Es apenas una parte de un relato más grande, el de muchas personas que viven atrapadas entre la adicción, la pobreza y la soledad. Felipe lo ve de vez en cuando, pasando frente a su pollería, y dice que a veces lo saluda, que todavía le responde, aunque con voz débil. Tal vez esa sea la última conexión que le queda con el mundo que alguna vez fue suyo.
En medio del ruido de la ciudad y del silencio de las tumbas donde pasa las noches, la figura de El Sombra sigue presente. Es la representación de una realidad que duele, pero que no puede ignorarse. Su vida, marcada por la pérdida, la injusticia y el alcohol, deja una pregunta flotando en el aire: ¿cuántas sombras más caminan entre nosotros, invisibles, esperando una nueva oportunidad?
Imagen 2. Obtenida de Facebook
El reflejo del Sombra: la mirada del especialista
Comprender más allá del alcohol
Detrás de cada persona en situación de calle hay una historia, y detrás de cada historia hay una herida que no ha sanado. El caso de El Sombra es solo uno entre miles, pero refleja con crudeza la complejidad del alcoholismo: una enfermedad que no solo destruye el cuerpo, sino también la mente, los vínculos y la voluntad de vivir.
Para entender mejor cómo se origina y cómo puede tratarse una adicción tan profunda, el psicólogo especialista en adicciones Juan Manuel, con más de diez años de experiencia en el área, compartió su visión sobre los procesos de dependencia y recuperación. Su mirada ayuda a comprender lo que pasa dentro de una persona como El Sombra, que ha perdido todo menos la conciencia de su propio deterioro.
El alcoholismo como trastorno y dependencia insana
Juan Manuel explica que el alcoholismo no debe verse únicamente como una costumbre o un mal hábito, sino como una dependencia insana que afecta la mente y el cuerpo. “El hecho de que se considere una enfermedad es válido, siempre y cuando se piense que esa enfermedad es curable”, comenta. Según la Organización Mundial de la Salud, el alcoholismo es un trastorno del organismo, y por eso debe tratarse con seriedad y acompañamiento profesional.
El especialista afirma que, en México, uno de los mayores obstáculos es la negación. La mayoría de las personas no reconocen que tienen un problema. “Nadie puede ser ayudado si no desea ser ayudado”, explica. En su experiencia, muchas personas ingresan a centros de rehabilitación en contra de su voluntad, ya sea por decisión de sus familias o por mandato judicial. En esos casos, el proceso de recuperación es más difícil, porque el primer paso es aceptar la ayuda que aún no se ha dado.
Cuando se habla del El Sombra, resulta imposible no pensar en el entorno que lo rodeó. La pérdida de su padre, la calle, la soledad y las malas compañías fueron detonantes que lo empujaron a beber. Juan Manuel confirma que el entorno familiar y social influye enormemente en el desarrollo de una adicción. “Influye muchísimo el entorno en el cual se desarrolla un ser humano”, señala. “Para que se dé el alcoholismo en una persona, hay que mirar su entorno familiar, social, laboral y emocional.”
El especialista comenta que muchas veces el consumo se normaliza dentro de las familias o los grupos de amigos. “Dicen: ‘mi familia bebe, entonces yo también bebo’. Así se crea un patrón que pasa de generación en generación.” Especialista de El Sombra, su historia encaja en esa descripción: un hombre que perdió su estructura familiar y que buscó en el alcohol la compañía que le faltaba en casa.
Juan Manuel también menciona algo que parece resonar en la historia de El Sombra: la necesidad de encajar. “En mi caso personal, yo empecé a consumir por encajar en un grupo social”, confiesa el especialista. Esa búsqueda de pertenencia es común, sobre todo en personas que viven rechazo o carencias afectivas. En la calle, la bebida se convierte en el lazo más fácil de compartir, el puente entre los que ya no tienen hogar y los que intentan olvidar que lo perdieron todo.
Negación y resistencia: los enemigos invisibles
El Sombra, según cuenta Felipe, es consciente de su problema, pero no logra enfrentarlo. Dice que “sí la está regando”, pero sigue bebiendo. Juan Manuel explica que esa contradicción es parte de la personalidad adictiva, una forma de pensamiento que el alcohol va moldeando con el tiempo. “Pierde la voluntad, engaña, hace muchas estrategias insanas para seguir bebiendo y que no se den cuenta”, detalla.
Esa necesidad de negar el problema, la ayuda, es el mayor obstáculo para salir adelante. El psicólogo insiste en que los profesionales deben ayudar al paciente a concientizar su situación, no desde la imposición, sino desde la empatía. “Nadie puede ser ayudado si no desea ser ayudado, pero nosotros ayudamos a que esa persona tome la decisión de ser ayudada.”
Esa frase podría describir la relación entre Felipe y el Sombra: un intento constante de ayudar sin rendirse, aunque el resultado no siempre sea el esperado. Felipe lo buscó, lo apoyó y lo comprendió, pero también entendió que no podía cambiarlo por la fuerza. La dependencia había tomado el control.
Juan Manuel menciona que una de las razones por las cuales las personas en situación de calle no logran salir de la adicción es porque la calle se vuelve su único espacio seguro. Es el lugar donde no hay juicios, donde nadie exige que cambien, donde el alcohol se comparte como una forma de compañía. “Para muchos, la calle es su zona de confort, aunque sea un entorno de peligro”, explica.
En la historia del Sombra, el panteón y la esquina se convirtieron en su refugio. Lugares donde podía existir sin rendir cuentas, sin recordar el pasado. Pero también espacios donde la soledad se profundiza y el alcohol se vuelve la única voz que acompaña los silencios. En ese sentido, el especialista advierte que los esfuerzos de reinserción deben considerar no solo la desintoxicación física, sino también la reconstrucción emocional de la persona. Sin ese trabajo, la recaída es casi inevitable.
La otra cara del olvido
El psicólogo reconoce que en México falta empatía y educación sobre el alcoholismo. La sociedad suele juzgar al adicto como alguien sin fuerza de voluntad, sin entender que se trata de un trastorno con múltiples causas. “A veces el entorno mismo empuja a la recaída, porque se rechaza al paciente en lugar de apoyarlo”, comenta.
Esa falta de comprensión se refleja en cómo la gente mira al Sombra cuando pasa por la calle: algunos lo ignoran, otros lo evitan. Nadie ve al hombre que fue, ni el dolor que lo llevó hasta ahí. Para muchos, solo es otro indigente más. Sin embargo, su historia como la de tantos muestra que el alcoholismo no nace del vicio, sino del vacío.
Aunque su cuerpo está deteriorado y su mente cansada, El Sombra todavía conserva algo que el especialista considera esperanzador: la conciencia de su propio estado. En palabras de Juan Manuel, “cuando alguien reconoce su problema, aunque no lo acepte del todo, hay algo que aún puede rescatarse.”
Esa chispa de conciencia es lo que mantiene viva la posibilidad del cambio. Si algún todavía El Sombra decide volver al anexo o buscar ayuda, no partiría desde cero. Llevaría consigo la memoria de quien fue, y el recuerdo de quienes aún creen en él, como Felipe.
La historia de El Sombra sigue tejiéndose entre testimonios, miradas y voces que intentan entender lo que hay detrás del alcoholismo y la vida en la calle. Lo que comenzó como el relato de un hombre olvidado se ha convertido en una ventana hacia una realidad mucho más amplia, donde se unela psicología, la marginación y la falta de oportunidades.
Por ahora, la historia de El Sombra queda abierta… esperando a que otra voz se sume y nos ayude a entender, un poco más, las sombras que viven entre nosotros por que cada testimonio ofrece una nueva pieza para comprender no solo su vida, sino el fenómeno más amplio que afecta a miles de personas que habitan las calles en México.
Y mientras la historia avanza, queda claro que las alucinaciones del alcoholismo en muchas ocasiones provocan actos delictivos en personas de situación de calle.
Hoy en día, El Sombra sigue en las calles de Zumpango, caminando despacio, con el cuerpo lastimado y la mirada perdida. Algunos lo evitan, otros lo saludan con un gesto de costumbre. Nadie sabe si todavía sueña con volver a trabajar, con dejar de beber o con reconciliarse con su familia. Quizá no lo sabe ni él mismo.
Su historia no termina aquí. Es apenas una parte de un relato más grande, el de muchas personas que viven atrapadas entre la adicción, la pobreza y la soledad. Felipe lo ve de vez en cuando, pasando frente a su pollería, y dice que a veces lo saluda, que todavía le responde, aunque con voz débil. Tal vez esa sea la última conexión que le queda con el mundo que alguna vez fue
En medio del ruido de la ciudad y del silencio de las tumbas donde pasa las noches, la figura de El Sombra sigue presente. Es la representación de una realidad que duele, pero que no puede ignorarse. Su vida, marcada por la pérdida, la injusticia y el alcohol, deja una pregunta flotando en el aire: ¿cuántas sombras más caminan entre nosotros, invisibles, esperando una nueva oportunidad?
ESTE REPORTAJE FUE REALIZADO POR FRIDA VIRIDIANA MARTÍNEZ, ESTUDIANTE DE LA UBAM