Texcoco Etnohistórico

Texcoco Etnohistórico Grupo de contenido artístico-cultural. Formación literaria en géneros.

CRÓNICA: Coatlinchán existe porque resisteEncuentro de Crónica Libre en el Museo La Piedra RodanteHoy, a las diez de la ...
16/08/2026

CRÓNICA: Coatlinchán existe porque resiste
Encuentro de Crónica Libre en el Museo La Piedra Rodante

Hoy, a las diez de la mañana, dio inicio el Encuentro de Crónica Libre, organizado por el maestro Hamyd Alday Martínez, en el Museo La Piedra Rodante, con el apoyo del Consejo de la Crónica Municipal de Texcoco (COCROMTEX).

Llegué unos minutos después de la hora señalada y, aunque me perdí la bienvenida inicial, puedo imaginarla a partir de lo que posteriormente pude observar: una recepción cálida, cuidadosa y, sobre todo, producto de un trabajo de organización que merece ser reconocido. Conozco la calidad del trabajo del maestro Hamyd y, después de esta jornada, pude constatar que detrás de un encuentro como éste existe una enorme cantidad de tiempo, esfuerzo, investigación y compromiso con la historia y la memoria de Coatlinchán.

Apenas habían transcurrido unos minutos cuando, a las 10:15, Efraín Ariel López presentó su trabajo sobre El bandidaje y la contraguerrilla francesa sobre el Camino Real México-Veracruz en el tramo de Ixtapaluca. Su intervención me sorprendió particularmente por la capacidad para articular datos, referencias e hipótesis en torno a los posibles lugares de aquel antiguo camino donde pudieron haberse producido asesinatos de personajes importantes. Más que ofrecer una historia cerrada, su exposición mostró precisamente una de las virtudes de la investigación histórica: formular preguntas a partir de los vestigios y abrir posibilidades de interpretación.

A las 10:30 llegó la intervención de Fernando Rodríguez Valdez, titulada Fue en un café. Su crónica nos llevó a otro Texcoco: el de las primeras cafeterías, los espacios de encuentro y las historias que se construyen alrededor de una taza de café. Entre ellas apareció La Bombilla, nombre que inevitablemente nos conduce al restaurante de San Ángel donde fue asesinado Álvaro Obregón. Pero la crónica no se quedó en el acontecimiento histórico. Fernando siguió el rastro del café mismo: su olor, su mezcla, su sabor, su presencia cotidiana. Y quizá ahí radica una de las mayores virtudes de la crónica: convertir un objeto aparentemente ordinario en una puerta de entrada hacia la memoria.

A las 10:45, la historiadora Elizeth García Pérez nos ofreció una exposición precisa sobre la representación de las danzas prehispánicas y sus elementos de composición. Explicó los movimientos, los materiales, los componentes y los significados que participan en estas expresiones. Su intervención permitió comprender que una danza no puede reducirse al movimiento corporal: detrás de cada elemento existe un sistema de significados, una construcción cultural y una forma particular de representar el mundo.

A las 11:00, el maestro Juan Ignacio Reyes Díaz presentó Hipatia de Alejandría: científica, matemática y filósofa. Su participación constituyó un reconocimiento a la figura femenina en la historia de la humanidad y nos condujo hacia el pasado para recuperar la trayectoria de una mujer fundamental para la historia del conocimiento. Su crónica recordó que escribir historia también implica volver la mirada hacia aquellas figuras cuya presencia ha sido oscurecida o minimizada por las narrativas tradicionales.

A las 11:15 llegó un receso que, más que una pausa, se convirtió en un momento necesario para la reflexión. Hasta las 11:40 tuvimos oportunidad de conversar, compartir impresiones y, por supuesto, tomar un café acompañado de un delicioso tamal que llegó en el momento preciso.

Mientras degustaba aquel refrigerio pensé en lo extraordinario que resulta el trabajo de la historia. La crónica puede convertirse en un espacio de indagación de los vestigios documentales, arqueológicos y de memoria. Cada relato, cada objeto, cada fotografía, cada testimonio y cada paisaje pueden abrir nuevas preguntas y conducirnos por caminos inesperados para intentar comprender quiénes somos y por qué somos lo que somos.

A las 11:45, Esteban Martínez Trujano presentó El pueblo que se resiste a ser olvidado por la historia. Fue una de las intervenciones que más claramente mostró la relación entre territorio, memoria e identidad. Su crónica ofreció un recorrido histórico por los primeros asentamientos sedentarios de Coatlinchan, apoyándose en mapas, códices y referencias espaciales.

Uno de los momentos más significativos fue el relato sobre el traslado de la llamada Piedra de los Tecomates, aquella pieza que en 1964 era identificada como Tláloc. Frente a su extracción, desde la comunidad surgió una petición que sintetiza perfectamente una conciencia patrimonial: “Por lo menos que nos hagan una réplica”. Y esa réplica finalmente se logró, con la intervención del propio Esteban Martínez Trujano.

A las 12:00 llegó una de las participaciones que, personalmente, más me atrapó: José Luis Campos Díaz y su crónica El Camino Real que yo conocí. Su narración me llevó de inmediato a la infancia. No se limitó a hablar del Camino Real México-Veracruz como una estructura histórica; lo reconstruyó desde la experiencia de quien lo vivió, desde los juegos de la niñez y desde la mirada de un habitante que conoció aquel camino cuando todavía atravesaba con enorme anchura el pueblo de su infancia.

Quizá por eso fue, para mí, una de las intervenciones más poderosas del encuentro: porque el camino dejó de ser solamente un objeto histórico y se convirtió nuevamente en un espacio vivido.

A las 12:15, Israel Díaz Nieves presentó una construcción y reconstrucción del panteón prehispánico de Coatlinchan. Su exposición nos permitió acercarnos a las deidades que formaron parte de la vida ritual y sagrada de este pueblo, recuperando una dimensión fundamental del pasado: aquella en la que territorio, comunidad, ritualidad y divinidad se encontraban profundamente relacionados.

A las 12:30, el doctor Rafael E. García Pérez lanzó una pregunta que merece permanecer más allá del encuentro: ¿qué es el rescate de nuestras tradiciones?

La pregunta parece sencilla, pero contiene una enorme complejidad. ¿Qué entendemos realmente por tradición? ¿De dónde provienen nuestras interpretaciones? ¿Qué papel desempeñan las fuentes históricas y qué ocurre cuando las investigaciones académicas se encuentran con las prácticas comunitarias? Su intervención permitió reflexionar precisamente sobre esa relación entre las fuentes, la investigación y los trabajos que realizamos desde nuestras propias comunidades.

A las 12:45, el estudiante de arqueología Luis Javier Mejía Barragán presentó Las vasijas Tláloc del Monte Tláloc y Coatlinchán: recipientes que preservan el agua divina. A través de piezas de origen prehispánico explicó su funcionalidad, temporalidad y significado dentro de la vida ritual. Su exposición nos recordó que los objetos arqueológicos no son únicamente piezas que sobreviven al paso del tiempo: también son portadores de conocimientos, prácticas y concepciones sobre el mundo.

Finalmente, a las 13:00, el maestro Hamyd Alday Martínez presentó La sirena de Coatlinchán.

Su crónica tuvo un carácter particularmente emotivo porque partió de la memoria familiar. Hamyd comenzó relatando aquello que su abuela y su madre le contaban sobre la sirena, una tradición oral que durante muchos años formó parte de la memoria colectiva de la comunidad.

Pero la historia no terminó en la oralidad.

La búsqueda documental y visual emprendida por Hamyd permitió encontrar elementos que condujeron hacia aquel monolito que hoy conocemos como la Sirena de Coatlinchán.

Y aquí hago una pausa deliberada.

El relato completo no se los voy a contar.

Ese se los dejo para otra ocasión.

Porque algunas historias merecen ser escuchadas directamente de quien las investigó y reconstruyó.

La memoria también reconoce a quienes la han defendido

Concluidas las crónicas y ponencias, alrededor de las 13:15 se llevó a cabo un momento particularmente significativo: el reconocimiento a dos figuras notables por su trabajo en favor de la cultura, la historia y la memoria de Coatlinchan: el señor Esteban y el señor Salvador.

Ambos recibieron una placa conmemorativa y un reconocimiento por parte de COCROMTEX y del Museo La Piedra Rodante.

Fue un gesto importante porque la memoria de un pueblo no se construye únicamente desde los archivos, los libros o las instituciones. También se sostiene gracias a las personas que, durante años, han dedicado tiempo y esfuerzo a preservar, contar y defender aquello que consideran parte de su patrimonio.

Posteriormente llegó uno de los momentos más complicados de la jornada: la elección de la mejor crónica.

Y digo complicado porque los puntajes estuvieron realmente muy reñidos.

Cada participante tuvo una intervención memorable y, sin exagerar, todos merecían el reconocimiento que recibieron. El jurado tuvo que tomar una decisión entre tres participaciones que terminaron prácticamente empatadas.

Finalmente, ante el empate en las puntuaciones, la decisión tuvo que resolverse mediante un sorteo.

El ganador fue el propio maestro Hamyd Alday Martínez.

A las 13:40, el encuentro había concluido.

También fue reconocido el jurado con una hermosa placa conmemorativa y un reconocimiento de participación. Para mí fue un honor formar parte de este ejercicio. Debo confesar que el mote de “jurado” no es precisamente lo mío; sin embargo, asumí la responsabilidad con todo el compromiso y, sobre todo, con la gratificación de poder apoyar un encuentro de esta naturaleza.

La Piedra Rodante: un espacio para la memoria

Más allá de las crónicas, hubo otra experiencia que me llevo de esta jornada: conocer el Museo La Piedra Rodante.

Quedé verdaderamente maravillado.

El trabajo realizado por el maestro Hamyd Alday Martínez y su equipo demuestra que un museo comunitario puede convertirse en un espacio extraordinario para mirar, comprender y discutir la historia.

El museo ofrece una mirada al pasado de Coatlinchan a través de fotografías de principios y mediados del siglo XX, piezas relacionadas con la historia prehispánica y colonial del sitio, libros y publicaciones que han contribuido a recuperar y difundir la historia de la comunidad.

Y todo ello se encuentra en un espacio profundamente significativo: en la cabecera de la plaza principal del pueblo, justamente ahí donde se encuentra la majestuosa réplica de la Piedra de los Tecomates, identificada en la actualidad con Chalchiuhtlicue.

Por eso, la invitación es sencilla:

visiten el Museo La Piedra Rodante.

Vayan a conocer sus fotografías, sus objetos, sus libros y, sobre todo, a conversar con quienes mantienen vivo este proyecto.

Porque un museo no solamente conserva objetos.

También conserva preguntas.

Conserva recuerdos.

Conserva voces.

Y, en ocasiones, conserva aquello que una comunidad se niega a olvidar.

Una jornada que deja preguntas

Sé que este texto resulta escueto frente a todo lo ocurrido durante la jornada. Seguramente he omitido algún detalle, algún nombre o alguna parte del trabajo de quienes participaron. Si es así, ofrezco desde ahora una disculpa.

Pero quizá esa imposibilidad de contarlo todo sea también parte de la naturaleza de la crónica.

Uno observa, escucha, registra, interpreta y posteriormente intenta reconstruir aquello que vivió.

Hoy conocí personas, saludé a amigos y colegas, escuché investigaciones enriquecedoras y descubrí un espacio que no conocía. Pero, sobre todo, confirmé algo que para quienes nos dedicamos a la historia y a la etnohistoria resulta fundamental: la memoria no es estática.

Se disputa.

Se reconstruye.

Se pregunta.

Se transmite.

Se transforma.

Y, sobre todo, se defiende.

Al terminar la jornada, me quedo con una frase del maestro Hamyd Alday Martínez:

“Coatlinchán existe porque resiste.”

Y yo añadiría:

“Coatlinchán resiste porque recuerda; y mientras recuerde, seguirá encontrando en su historia las razones para existir, reconocerse y defender su memoria.”

Hasta aquí mi reporte.

Eduardo Antonio Godínez Llampallas Tony G Llampallas La piedra rodante Coatlinchan, cultura, historia, tradiciones y los tlalocqueros San Miguel Arcángel Coatlinchan Consejo de la Crónica Municipal de Texcoco. Ayuntamiento de Texcoco Tony G Llampallas Texcoco Etnohistórico

15/08/2026

Aquí nos tocó vivir 1988.

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¡Nuestros amigos de la Mayordomía 2026 Santa María Tecuanulco nos hacen esta coordial invitación!

15/08/2026

EL ABC DE LA ARQUITECTURA COLONIAL DEL ESTADO DE MÉXICO | 2.A de Aculco

En este primer capítulo viajamos hasta Aculco, uno de los pueblos con mayor riqueza histórica y arquitectónica del Estado de México. A partir de sus calles, construcciones y paisajes, descubrimos las huellas de su pasado otomí, la evangelización franciscana y una arquitectura colonial que adquirió características propias de la región.

⛪ Hablaremos de su antiguo convento, la iglesia de cantera rosa, las capillas posas, la arquitectura popular y las singulares torres que distinguen a esta región. También recordaremos un episodio fundamental de la historia nacional: la batalla del 7 de noviembre de 1810, cuando las fuerzas de Miguel Hidalgo fueron derrotadas en Aculco.

💧 Pero Aculco también es agua, paisaje y territorio: sus cascadas, formaciones rocosas y antiguos caminos forman parte de una historia mucho más amplia.

📚 Historia, arquitectura, patrimonio y memoria en un recorrido por Aculco.

TEXCOCO ETNOHISTÓRICO
Historia • Etnohistoria • Patrimonio

Ayuntamiento de Aculco 2025-2027

El mercado de Chiconcuac en 1936Una mirada a través de las fotografías de Bodil ChristensenEntre el 5 y el 31 de mayo de...
15/08/2026

El mercado de Chiconcuac en 1936
Una mirada a través de las fotografías de Bodil Christensen

Entre el 5 y el 31 de mayo de 1936, Bodil Christensen realizó una serie de fotografías en San Miguel Chiconcuac, Estado de México, registrando su mercado y la actividad cotidiana que se desarrollaba en este importante espacio de intercambio.

Las imágenes forman parte de un conjunto de fotografías en blanco y negro realizadas mediante gelatina de plata, y el propio registro de la colección las identifica como “Mercado en San Miguel Chiconcuac, Méx.”

Pero ¿qué podemos observar realmente en estas imágenes?

Más allá de los puestos, mercancías y personas, el mercado aparece como un espacio social en el que se encuentran distintas actividades, relaciones y formas de intercambio.

Arturo Argueta Villamar señala que los tianguis y mercados mexicanos son una “creación cultural”, en los que se muestra y recrea la diversidad biocultural de México.¹

Desde esta perspectiva, el mercado no puede entenderse únicamente como un lugar destinado a la compraventa. Argueta explica que los tianguis son espacios donde se expresan relaciones de reciprocidad que involucran **“relaciones entre los pueblos, lo natural y lo sagrado”.²

Sebastián Licona Gámez profundiza en esta dimensión al estudiar el mercado-tianguis como una institución en la que conviven diferentes sistemas de intercambio. Su investigación identifica tres formas: mercantil, trueque y socializante, las cuales se relacionan con formas de organización parental, subsistencia y reciprocidad.³

Esto resulta particularmente sugerente al observar las fotografías de Chiconcuac.

Las personas que aparecen en ellas no son solamente vendedores y compradores. Son parte de una red de relaciones económicas y sociales que hacía del mercado un espacio de encuentro entre comunidades, productores y consumidores.

Y aquí aparece otra cuestión fundamental: ¿cómo debemos leer una fotografía histórica?

Lanny Thompson advierte que la fotografía no debe utilizarse únicamente como ilustración de un relato. Propone que pueda convertirse en un “texto visual para la historia social”, complementado con otras fuentes para “balancear, corroborar y enriquecer la narrativa”.⁴

Por ello, estas fotografías de Christensen no nos muestran simplemente cómo era un mercado en 1936. Nos permiten formular preguntas:

¿Quiénes acudían al mercado?
¿Qué productos circulaban?
¿Cómo estaban organizados los puestos?
¿Qué podemos observar en la vestimenta y en los objetos?
¿Qué relaciones sociales se desarrollaban alrededor del intercambio?

La fotografía conserva fragmentos de esa vida cotidiana.

Como señala Emilio Luis Lara López, la fotografía puede entenderse como el “registro visual de un acontecimiento desarrollado en un momento y en un tiempo concreto”. Por ello, el historiador debe pasar de hacer historia de la fotografía a “hacer historia con la fotografía”.⁵

Así, la serie de Bodil Christensen nos permite acercarnos a Chiconcuac hace noventa años, pero también nos invita a pensar en la larga historia de los mercados del Valle de México: espacios donde el intercambio económico se encuentra con la sociabilidad, la cultura, el territorio y la vida cotidiana.

Chiconcuac y Texcoco: dos mercados, una historia regional

Al poner estas imágenes en diálogo con la serie de fotografías de Christensen sobre Texcoco, podemos comenzar a construir una mirada comparativa sobre los mercados de la región durante las primeras décadas del siglo XX.

No se trata solamente de comparar puestos o mercancías.

Se trata de observar personas, prácticas, espacios y relaciones.

Dos lugares fotografiados por la misma autora y dos mercados que forman parte de la historia económica y social del oriente del Valle de México.

Una fotografía no solamente conserva una imagen del pasado. También conserva preguntas que el presente todavía puede formularle.

Referencias

Arturo Argueta Villamar, “El estudio etnobioecológico de los tianguis y mercados en México,” Etnobiología 14, no. 2 (2016): 38–46.

Argueta Villamar, “El estudio etnobioecológico de los tianguis y mercados en México,” 39.

Sebastián Licona Gámez, El mercado-tianguis: institución económica sociocultural. Intercambio y parentesco en Santiago Mixquitla, Cholula (Puebla: Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Facultad de Filosofía y Letras, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla; Fides Ediciones, 2022).

Lanny Thompson, “La fotografía como documento histórico: la familia proletaria y la vida doméstica en la ciudad de México, 1900–1950,” Revista de Ciencias Sociales, [datos editoriales según el ejemplar consultado].

Emilio Luis Lara López, “La fotografía como documento histórico-artístico y etnográfico: una epistemología,” Revista de Antropología Experimental, no. 5 (2005), texto 10.

Referencia de las fotografías:

Bodil Christensen, serie fotográfica “Mercado en San Miguel Chiconcuac, Méx.”, 5–31 de mayo de 1936. Wereldmuseum.

Fuente: Wereldmuseum, colección de Bodil Christensen.

AGRADECIMIENTO:

Quiero aprovechar esta publicación para expresar mi agradecimiento al maestro Martín Carrillo, de Mexistoría Consultoría Antropológica, porque gracias a su trabajo y a las referencias que ha compartido, pude conocer y explorar muchos de los acervos y colecciones fotográficas históricas que hoy forman parte de los materiales que comparto en esta página. Su labor de divulgación ha sido también una puerta para acercarnos a fotografías que, aunque se encuentran resguardadas en colecciones y museos de distintas partes del mundo, nos permiten volver la mirada hacia nuestra propia historia.

Tony G Llampallas H. Ayuntamiento de Chiconcuac 2025-2027

15/08/2026

EL ABC DE LA ARQUITECTURA COLONIAL | EPISODIO 1: ACOLMAN

Comenzamos esta nueva serie de Texcoco Etnohistórico: El ABC de la Arquitectura Colonial de los lugares del Estado de México.

En este primer episodio viajamos a Acolman para conocer uno de los conjuntos conventuales más importantes del siglo XVI: el Exconvento de San Agustín de Acolman.

Su arquitectura, patios, portada, pintura mural y espacios conventuales nos permiten acercarnos a la historia de la Nueva España y comprender cómo estos edificios fueron también espacios de evangelización, transformación social y construcción del paisaje colonial.

📍 Acolman, Estado de México Gobierno Municipal de Acolman 2025-2027
🏛️ Exconvento de San Agustín
📜 Siglo XVI

Este es apenas el comienzo. Acompáñame a descubrir la arquitectura colonial del Estado de México, letra por letra.

¡Por allá nos vemos!
14/08/2026

¡Por allá nos vemos!

14/08/2026

1| ARQUITECTURA COLONIAL ESTADO DE MÉXICO

El siglo XVI en el Estado de México: una nueva arquitectura, una nueva historia. ⛪📜

Con la llegada de los españoles, comenzaron a levantarse conventos, iglesias y conjuntos religiosos que transformaron el paisaje de los antiguos territorios indígenas.

Pero estos edificios no son solamente monumentos: sus muros, patios, capillas y pinturas conservan parte de la historia de las comunidades que los construyeron y habitaron.

Este es el primer capítulo de una serie dedicada a la arquitectura colonial del Estado de México, basada en el estudio de distintos ejemplos y en la obra que estamos revisando.

🏛️ Siglo XVI
📍 Estado de México
📚 Historia • Arquitectura • Patrimonio • Etnohistoria

En los siguientes capítulos recorreremos los siglos XVII y XVIII, además de conocer distintos lugares y edificios históricos del Estado de México.

¿Cuál convento o iglesia del Estado de México te gustaría que apareciera en la serie?

El mercado de   después de la  Una serie de imágenes de Bodil ChristensenEntre las fotografías que nos permiten mirar el...
14/08/2026

El mercado de después de la
Una serie de imágenes de Bodil Christensen

Entre las fotografías que nos permiten mirar el Texcoco de las primeras décadas del siglo XX destaca una serie de imágenes de Bodil Christensen, realizadas durante su recorrido por México entre 1926 y 1933.

Las fotografías nos acercan a un espacio fundamental de la vida cotidiana: el mercado. Allí no solamente se compraban y vendían productos; también se encontraban personas, pueblos, productores y comerciantes, y se articulaban distintas formas de intercambio.

Esta dimensión social del mercado tiene una historia profunda en Texcoco. Arturo Argueta Villamar recuerda, a partir de las fuentes históricas, que no solamente existieron los grandes mercados de Tenochtitlan y Tlatelolco, sino también los “mercados de Texcoco, Cholula, Huexotzinco y demás lugares grandes”.¹

La importancia de estos espacios tampoco puede reducirse a la economía. Argueta señala que el tianguis y el mercado son lugares donde las prácticas de intercambio tienen como fundamento la reciprocidad, involucrando relaciones entre las personas, los pueblos, la naturaleza y lo sagrado.²

Desde otra perspectiva, Sebastián Licona Gámez propone entender el mercado-tianguis como una “institución económica sociocultural”, pues en él convergen diferentes formas de intercambio y relaciones sociales.³ Su investigación muestra que la actividad comercial puede estar sostenida por redes familiares, formas de cooperación y relaciones de reciprocidad.

En el mismo sentido, Acle Mena, Armas Torres y Bautista Castelán recuerdan que históricamente acudir al tianguis significaba también asistir a un “lugar de encuentro, socialización, festividad y alegría”, donde la compra y venta podían ser solamente una parte de la experiencia.⁴

Estas ideas nos permiten mirar las fotografías de Christensen de otra manera.

Los puestos, las mercancías, los comerciantes, los compradores, la vestimenta y la manera de ocupar el espacio no son elementos aislados: forman parte de una escena social que nos permite aproximarnos a la vida cotidiana de Texcoco en los años posteriores a la Revolución Mexicana.

La fotografía se convierte así en una fuente para estudiar no solamente cómo era el mercado, sino también cómo se relacionaban las personas, qué productos circulaban y cómo se organizaba la vida urbana y comercial de Texcoco hace casi un siglo.

Haremos un análisis etnográfico de estas fotos

Fuentes

¹ Arturo Argueta Villamar, “El estudio etnobioecológico de los tianguis y mercados en México,” Etnobiología 14, no. 2 (2016): 40.

² Argueta Villamar, “El estudio etnobioecológico,” 39.

³ Sebastián Licona Gámez, El mercado-tianguis: institución económica sociocultural. Intercambio y parentesco en Santiago Mixquitla, Cholula (Puebla: Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Facultad de Filosofía y Letras; Fides Ediciones, 2022), 1–2.

⁴ Ramón Sebastián Acle Mena, Vidal Armas Torres y Luis Daniel Bautista Castelán, “Acercamiento descriptivo del tianguis y su actividad cultural y comercial en el pueblo mágico de Cuetzalan del Progreso,” Revista Iberoamericana de las Ciencias Sociales y Humanísticas 13, no. 25 (2024).

Bodil Christensen, serie fotográfica sobre Texcoco, 1926–1933. Colección Wereldmuseum.

Eduardo Antonio Godínez Llampallas Tony G Llampallas
Texcoco Etnohistórico

CUANDO UN PLANO CAMBIA LA HISTORIA DEL TERRITORIOEl ejido de San Pedro y Santa Úrsula, Texcoco, 1935Hay documentos que p...
13/08/2026

CUANDO UN PLANO CAMBIA LA HISTORIA DEL TERRITORIO
El ejido de San Pedro y Santa Úrsula, Texcoco, 1935

Hay documentos que parecen silenciosos hasta que aprendemos a leerlos. Este plano, elaborado en 1935, lleva por título Ejidos para el poblado de S. Pedro y Sta. Úrsula, Mpio. de Texcoco, Edo. de México. Fue realizado por Adolfo Maldonado, del Departamento Agrario, a escala 1:10 000. En sus líneas aparecen pueblos, ranchos, caminos, límites y, de manera particularmente sugerente, la Hacienda de Chapingo. El mapa convierte el territorio en un documento de disputa, negociación y reorganización agraria.

Pero ¿qué significa realmente que en 1935 aparezca un ejido para San Pedro y Santa Úrsula? No estamos simplemente ante la entrega de unas parcelas. Estamos ante una transformación profunda de la manera en que el Estado mexicano reconocía, administraba y distribuía la tierra después de la Revolución. Como explica Manola Sepúlveda Garza, entre 1920 y 1940 el ejido fue una construcción jurídica vinculada tanto con las demandas campesinas como con los intereses y proyectos del Estado (2023: 177-179).

La palabra “afectaciones”, que podemos leer en la parte inferior del plano, resulta particularmente interesante. En la legislación agraria de la época, las tierras susceptibles de afectación podían incluir propiedades privadas que excedieran los límites establecidos, pero también superficies pertenecientes a la Federación, los estados o los municipios. El Código Agrario de 1934 establecía procedimientos de restitución o dotación, acompañados de trabajos técnicos para identificar los terrenos y realizar el censo de los solicitantes (2023: 195).

Aquí aparece una pregunta que este plano no nos permite resolver por sí mismo: ¿las tierras destinadas a San Pedro y Santa Úrsula fueron tomadas de la Hacienda de Chapingo? El documento coloca a la hacienda dentro del paisaje jurídico-territorial representado, pero eso no significa automáticamente que toda la superficie ejidal proviniera de ella. Para demostrarlo necesitamos seguir el expediente agrario: solicitud, dictamen, resolución, plano definitivo y antecedentes de propiedad. El mapa abre la investigación; no la cierra.

Y precisamente ahí está lo fascinante de trabajar con cartografía histórica. Un plano no solamente representa el espacio: también representa relaciones de poder. ¿Quién tenía tierra? ¿Quién la solicitaba? ¿Quién podía demostrar derechos? ¿Qué superficies podían ser afectadas? ¿Qué pueblos fueron reconocidos como sujetos agrarios? La legislación posrevolucionaria colocó al Estado en una posición central para ordenar la redistribución de la tierra y mediar entre propietarios privados, trabajadores y campesinos (2023: 185).

En el caso de San Pedro y Santa Úrsula, el plano también nos obliga a mirar más allá de la línea que delimita el ejido. Alrededor aparecen otros pueblos, ranchos y propiedades: el territorio no estaba vacío ni era un espacio homogéneo. Era un paisaje construido por siglos de relaciones entre pueblos, haciendas, ranchos, caminos y tierras de cultivo. La expansión de las haciendas durante el siglo XIX había afectado territorios colectivos de distintos pueblos, y la restitución o recuperación de tierras se convirtió en una de las demandas centrales del movimiento agrario (2023: 179).

Hay además una cuestión que me parece fundamental para entender la historia de Texcoco: el ejido de 1935 no apareció de la nada. La Revolución modificó el marco jurídico de la propiedad, pero esas transformaciones se encontraron con territorios que tenían historias mucho más antiguas. Pueblos como San Pedro y Santa Úrsula ya tenían una existencia territorial previa a la creación del ejido moderno. Lo que cambió fue la manera en que el Estado reconoció y administró jurídicamente determinadas superficies.

La propia investigación de Sepúlveda Garza cuestiona la idea de que el ejido pueda entenderse simplemente como la realización directa de los ideales zapatistas. La autora sostiene que las formas modernas de ejido y bienes comunales fueron construidas jurídicamente durante la posrevolución y estuvieron relacionadas con “las exigencias del Estado y los pactos políticos” (2023: 177).

Esto es importante porque nos permite hacer una lectura crítica del documento. El reparto agrario fue una conquista social, pero también fue una construcción estatal. El gobierno revolucionario respondió a una demanda histórica de tierra, pero al mismo tiempo creó procedimientos, autoridades, censos, categorías y límites mediante los cuales decidió cómo debía organizarse el territorio rural. El ejido, por tanto, fue simultáneamente una reivindicación campesina y una herramienta de reorganización política y económica.

En 1934, un año antes de este plano, el nuevo Código Agrario había reorganizado las autoridades encargadas de estos procesos. La estructura colocaba al presidente de México como máxima autoridad agraria, seguida por el Departamento Agrario y otros organismos estatales y regionales, hasta llegar a los comisariados ejidales (2023: 195). Así podemos entender por qué este plano no es simplemente un dibujo: es parte de una maquinaria documental mediante la cual el Estado estaba convirtiendo un territorio en una nueva realidad jurídica.

Y entonces volvamos a la Hacienda de Chapingo que aparece en el mapa.

No debemos verla solamente como un nombre escrito sobre el papel. Es una pista. Nos invita a reconstruir la historia de la propiedad de la tierra en esta región y a preguntar qué ocurrió con las grandes propiedades durante la Reforma Agraria. ¿Qué superficie conservó la hacienda? ¿Qué tierras fueron consideradas afectables? ¿Cuáles terminaron formando parte del ejido? ¿Existieron conflictos? ¿Hubo oposición de propietarios? ¿Qué familias de San Pedro y Santa Úrsula recibieron parcelas?

Este plano nos da las preguntas. El expediente agrario tendrá que darnos las respuestas.

Y quizá ahí reside el verdadero valor de la fotografía que hoy compartimos: no solamente nos muestra cómo era Texcoco en 1935; nos muestra cómo el Estado intentaba redibujar Texcoco.

Cada línea, cada límite y cada nombre escrito en este documento habla de una transformación territorial que todavía forma parte de la memoria y del paisaje de nuestros pueblos.

San Pedro y Santa Úrsula no solamente aparecen en este plano: aparecen en el proceso histórico de construcción del México agrario posrevolucionario.

EL PLANO:

Título: Ejidos para el poblado de S. Pedro y Sta. Úrsula, Mpio. de Texcoco, Edo. de México
Autor: Adolfo Maldonado
Institución: Departamento Agrario
Fecha: 1935
Escala: 1:10 000
Medidas: aproximadamente 33 × 30 cm
Serie: México
Expediente: México 12
Código clasificador: CGF.MEX.M11.V12.0947

Fuente del plano: Mapoteca Orozco y Berra / documentación cartográfica histórica del Departamento Agrario.

REFERENCIAS

Sepúlveda Garza, Manola. 2023. “La construcción jurídico política del ejido y de los bienes comunales: México, 1915-1940.” Cuicuilco. Revista de Ciencias Antropológicas, núm. 86, enero-abril: 177-203.

La guía de estilo que compartiste establece para Chicago que las citas textuales deben identificarse y que, cuando el autor se menciona dentro de la redacción, puede colocarse solamente el año y las páginas en el paréntesis; también señala que los artículos de revista deben registrar autor, año, título entre comillas, revista, número y páginas.

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