16/08/2026
CRÓNICA: Coatlinchán existe porque resiste
Encuentro de Crónica Libre en el Museo La Piedra Rodante
Hoy, a las diez de la mañana, dio inicio el Encuentro de Crónica Libre, organizado por el maestro Hamyd Alday Martínez, en el Museo La Piedra Rodante, con el apoyo del Consejo de la Crónica Municipal de Texcoco (COCROMTEX).
Llegué unos minutos después de la hora señalada y, aunque me perdí la bienvenida inicial, puedo imaginarla a partir de lo que posteriormente pude observar: una recepción cálida, cuidadosa y, sobre todo, producto de un trabajo de organización que merece ser reconocido. Conozco la calidad del trabajo del maestro Hamyd y, después de esta jornada, pude constatar que detrás de un encuentro como éste existe una enorme cantidad de tiempo, esfuerzo, investigación y compromiso con la historia y la memoria de Coatlinchán.
Apenas habían transcurrido unos minutos cuando, a las 10:15, Efraín Ariel López presentó su trabajo sobre El bandidaje y la contraguerrilla francesa sobre el Camino Real México-Veracruz en el tramo de Ixtapaluca. Su intervención me sorprendió particularmente por la capacidad para articular datos, referencias e hipótesis en torno a los posibles lugares de aquel antiguo camino donde pudieron haberse producido asesinatos de personajes importantes. Más que ofrecer una historia cerrada, su exposición mostró precisamente una de las virtudes de la investigación histórica: formular preguntas a partir de los vestigios y abrir posibilidades de interpretación.
A las 10:30 llegó la intervención de Fernando Rodríguez Valdez, titulada Fue en un café. Su crónica nos llevó a otro Texcoco: el de las primeras cafeterías, los espacios de encuentro y las historias que se construyen alrededor de una taza de café. Entre ellas apareció La Bombilla, nombre que inevitablemente nos conduce al restaurante de San Ángel donde fue asesinado Álvaro Obregón. Pero la crónica no se quedó en el acontecimiento histórico. Fernando siguió el rastro del café mismo: su olor, su mezcla, su sabor, su presencia cotidiana. Y quizá ahí radica una de las mayores virtudes de la crónica: convertir un objeto aparentemente ordinario en una puerta de entrada hacia la memoria.
A las 10:45, la historiadora Elizeth García Pérez nos ofreció una exposición precisa sobre la representación de las danzas prehispánicas y sus elementos de composición. Explicó los movimientos, los materiales, los componentes y los significados que participan en estas expresiones. Su intervención permitió comprender que una danza no puede reducirse al movimiento corporal: detrás de cada elemento existe un sistema de significados, una construcción cultural y una forma particular de representar el mundo.
A las 11:00, el maestro Juan Ignacio Reyes Díaz presentó Hipatia de Alejandría: científica, matemática y filósofa. Su participación constituyó un reconocimiento a la figura femenina en la historia de la humanidad y nos condujo hacia el pasado para recuperar la trayectoria de una mujer fundamental para la historia del conocimiento. Su crónica recordó que escribir historia también implica volver la mirada hacia aquellas figuras cuya presencia ha sido oscurecida o minimizada por las narrativas tradicionales.
A las 11:15 llegó un receso que, más que una pausa, se convirtió en un momento necesario para la reflexión. Hasta las 11:40 tuvimos oportunidad de conversar, compartir impresiones y, por supuesto, tomar un café acompañado de un delicioso tamal que llegó en el momento preciso.
Mientras degustaba aquel refrigerio pensé en lo extraordinario que resulta el trabajo de la historia. La crónica puede convertirse en un espacio de indagación de los vestigios documentales, arqueológicos y de memoria. Cada relato, cada objeto, cada fotografía, cada testimonio y cada paisaje pueden abrir nuevas preguntas y conducirnos por caminos inesperados para intentar comprender quiénes somos y por qué somos lo que somos.
A las 11:45, Esteban Martínez Trujano presentó El pueblo que se resiste a ser olvidado por la historia. Fue una de las intervenciones que más claramente mostró la relación entre territorio, memoria e identidad. Su crónica ofreció un recorrido histórico por los primeros asentamientos sedentarios de Coatlinchan, apoyándose en mapas, códices y referencias espaciales.
Uno de los momentos más significativos fue el relato sobre el traslado de la llamada Piedra de los Tecomates, aquella pieza que en 1964 era identificada como Tláloc. Frente a su extracción, desde la comunidad surgió una petición que sintetiza perfectamente una conciencia patrimonial: “Por lo menos que nos hagan una réplica”. Y esa réplica finalmente se logró, con la intervención del propio Esteban Martínez Trujano.
A las 12:00 llegó una de las participaciones que, personalmente, más me atrapó: José Luis Campos Díaz y su crónica El Camino Real que yo conocí. Su narración me llevó de inmediato a la infancia. No se limitó a hablar del Camino Real México-Veracruz como una estructura histórica; lo reconstruyó desde la experiencia de quien lo vivió, desde los juegos de la niñez y desde la mirada de un habitante que conoció aquel camino cuando todavía atravesaba con enorme anchura el pueblo de su infancia.
Quizá por eso fue, para mí, una de las intervenciones más poderosas del encuentro: porque el camino dejó de ser solamente un objeto histórico y se convirtió nuevamente en un espacio vivido.
A las 12:15, Israel Díaz Nieves presentó una construcción y reconstrucción del panteón prehispánico de Coatlinchan. Su exposición nos permitió acercarnos a las deidades que formaron parte de la vida ritual y sagrada de este pueblo, recuperando una dimensión fundamental del pasado: aquella en la que territorio, comunidad, ritualidad y divinidad se encontraban profundamente relacionados.
A las 12:30, el doctor Rafael E. García Pérez lanzó una pregunta que merece permanecer más allá del encuentro: ¿qué es el rescate de nuestras tradiciones?
La pregunta parece sencilla, pero contiene una enorme complejidad. ¿Qué entendemos realmente por tradición? ¿De dónde provienen nuestras interpretaciones? ¿Qué papel desempeñan las fuentes históricas y qué ocurre cuando las investigaciones académicas se encuentran con las prácticas comunitarias? Su intervención permitió reflexionar precisamente sobre esa relación entre las fuentes, la investigación y los trabajos que realizamos desde nuestras propias comunidades.
A las 12:45, el estudiante de arqueología Luis Javier Mejía Barragán presentó Las vasijas Tláloc del Monte Tláloc y Coatlinchán: recipientes que preservan el agua divina. A través de piezas de origen prehispánico explicó su funcionalidad, temporalidad y significado dentro de la vida ritual. Su exposición nos recordó que los objetos arqueológicos no son únicamente piezas que sobreviven al paso del tiempo: también son portadores de conocimientos, prácticas y concepciones sobre el mundo.
Finalmente, a las 13:00, el maestro Hamyd Alday Martínez presentó La sirena de Coatlinchán.
Su crónica tuvo un carácter particularmente emotivo porque partió de la memoria familiar. Hamyd comenzó relatando aquello que su abuela y su madre le contaban sobre la sirena, una tradición oral que durante muchos años formó parte de la memoria colectiva de la comunidad.
Pero la historia no terminó en la oralidad.
La búsqueda documental y visual emprendida por Hamyd permitió encontrar elementos que condujeron hacia aquel monolito que hoy conocemos como la Sirena de Coatlinchán.
Y aquí hago una pausa deliberada.
El relato completo no se los voy a contar.
Ese se los dejo para otra ocasión.
Porque algunas historias merecen ser escuchadas directamente de quien las investigó y reconstruyó.
La memoria también reconoce a quienes la han defendido
Concluidas las crónicas y ponencias, alrededor de las 13:15 se llevó a cabo un momento particularmente significativo: el reconocimiento a dos figuras notables por su trabajo en favor de la cultura, la historia y la memoria de Coatlinchan: el señor Esteban y el señor Salvador.
Ambos recibieron una placa conmemorativa y un reconocimiento por parte de COCROMTEX y del Museo La Piedra Rodante.
Fue un gesto importante porque la memoria de un pueblo no se construye únicamente desde los archivos, los libros o las instituciones. También se sostiene gracias a las personas que, durante años, han dedicado tiempo y esfuerzo a preservar, contar y defender aquello que consideran parte de su patrimonio.
Posteriormente llegó uno de los momentos más complicados de la jornada: la elección de la mejor crónica.
Y digo complicado porque los puntajes estuvieron realmente muy reñidos.
Cada participante tuvo una intervención memorable y, sin exagerar, todos merecían el reconocimiento que recibieron. El jurado tuvo que tomar una decisión entre tres participaciones que terminaron prácticamente empatadas.
Finalmente, ante el empate en las puntuaciones, la decisión tuvo que resolverse mediante un sorteo.
El ganador fue el propio maestro Hamyd Alday Martínez.
A las 13:40, el encuentro había concluido.
También fue reconocido el jurado con una hermosa placa conmemorativa y un reconocimiento de participación. Para mí fue un honor formar parte de este ejercicio. Debo confesar que el mote de “jurado” no es precisamente lo mío; sin embargo, asumí la responsabilidad con todo el compromiso y, sobre todo, con la gratificación de poder apoyar un encuentro de esta naturaleza.
La Piedra Rodante: un espacio para la memoria
Más allá de las crónicas, hubo otra experiencia que me llevo de esta jornada: conocer el Museo La Piedra Rodante.
Quedé verdaderamente maravillado.
El trabajo realizado por el maestro Hamyd Alday Martínez y su equipo demuestra que un museo comunitario puede convertirse en un espacio extraordinario para mirar, comprender y discutir la historia.
El museo ofrece una mirada al pasado de Coatlinchan a través de fotografías de principios y mediados del siglo XX, piezas relacionadas con la historia prehispánica y colonial del sitio, libros y publicaciones que han contribuido a recuperar y difundir la historia de la comunidad.
Y todo ello se encuentra en un espacio profundamente significativo: en la cabecera de la plaza principal del pueblo, justamente ahí donde se encuentra la majestuosa réplica de la Piedra de los Tecomates, identificada en la actualidad con Chalchiuhtlicue.
Por eso, la invitación es sencilla:
visiten el Museo La Piedra Rodante.
Vayan a conocer sus fotografías, sus objetos, sus libros y, sobre todo, a conversar con quienes mantienen vivo este proyecto.
Porque un museo no solamente conserva objetos.
También conserva preguntas.
Conserva recuerdos.
Conserva voces.
Y, en ocasiones, conserva aquello que una comunidad se niega a olvidar.
Una jornada que deja preguntas
Sé que este texto resulta escueto frente a todo lo ocurrido durante la jornada. Seguramente he omitido algún detalle, algún nombre o alguna parte del trabajo de quienes participaron. Si es así, ofrezco desde ahora una disculpa.
Pero quizá esa imposibilidad de contarlo todo sea también parte de la naturaleza de la crónica.
Uno observa, escucha, registra, interpreta y posteriormente intenta reconstruir aquello que vivió.
Hoy conocí personas, saludé a amigos y colegas, escuché investigaciones enriquecedoras y descubrí un espacio que no conocía. Pero, sobre todo, confirmé algo que para quienes nos dedicamos a la historia y a la etnohistoria resulta fundamental: la memoria no es estática.
Se disputa.
Se reconstruye.
Se pregunta.
Se transmite.
Se transforma.
Y, sobre todo, se defiende.
Al terminar la jornada, me quedo con una frase del maestro Hamyd Alday Martínez:
“Coatlinchán existe porque resiste.”
Y yo añadiría:
“Coatlinchán resiste porque recuerda; y mientras recuerde, seguirá encontrando en su historia las razones para existir, reconocerse y defender su memoria.”
Hasta aquí mi reporte.
Eduardo Antonio Godínez Llampallas Tony G Llampallas La piedra rodante Coatlinchan, cultura, historia, tradiciones y los tlalocqueros San Miguel Arcángel Coatlinchan Consejo de la Crónica Municipal de Texcoco. Ayuntamiento de Texcoco Tony G Llampallas Texcoco Etnohistórico