03/12/2025
El Jardín de Azar
El café "El Rincón de la Caléndula" olía a café tostado y a las acuarelas que Catalina usaba para ilustrar los menús. Había vivido en la pequeña ciudad costera de Portomar durante cinco años, buscando la tranquilidad que la capital le había negado. Su vida era una rutina cómoda de pinceles, clientes habituales y la soledad que ella misma había cultivado cuidadosamente.
Una tarde de jueves, cuando el sol de otoño teñía las ventanas de ámbar, entró Elara. Llevaba una chaqueta de cuero desgastada, el pelo oscuro recogido descuidadamente y una mochila que parecía contener la mitad de su vida. Venía huyendo, no de algo malo, sino hacia algo mejor: la promesa de un trabajo en el vivero local que le permitiría, por fin, dedicarse a las plantas de tiempo completo.
Elara pidió un té de menta y se sentó en la esquina más alejada. Catalina, que rara vez hablaba con los clientes más allá de tomar su pedido, se sintió inexplicablemente atraída por la energía tranquila de la recién llegada. Le llevó el té y, contra todo pronóstico, se quedó.
"¿Primera vez en Portomar?", preguntó Catalina, sintiendo un rubor leve en sus mejillas.
Elara sonrió, revelando un hoyuelo. "Sí. Llegué hoy. Todo parece... muy verde".
Esa fue la primera de muchas conversaciones. Descubrieron que ambas compartían una aversión por las multitudes, un amor por la música de vinilo y un interés casi obsesivo por los jardines botánicos. Elara, con su conocimiento sobre especies raras y suelos, y Catalina, con su habilidad para capturar la belleza de las flores con su arte.
Los días se convirtieron en semanas. Las visitas de Elara al café se volvieron diarias, y luego, empezaron a verse fuera del trabajo. Paseaban por la orilla del mar, visitaban el vivero donde trabajaba Elara, y Catalina le mostraba los lugares secretos del pueblo.
La soledad de Catalina comenzó a disolverse, reemplazada por la cálida anticipación de ver a Elara. Una noche, sentadas en el porche de la pequeña cabaña de Catalina, observando la luna sobre el agua, Elara se giró hacia ella.
"¿Sabes, Cata?", dijo suavemente, usando el apodo que solo ella utilizaba. "He estado en muchos lugares. Buscando un hogar. Pero es la primera vez que siento que mi 'adónde' está aquí, contigo".
El corazón de Catalina dio un vuelco. Dejó la taza de té y tomó la mano de Elara. La calidez del contacto fue instantánea.
"Siento lo mismo", susurró Catalina. "Mi mundo era en blanco y negro hasta que llegaste tú".
Esa noche, bajo la luz de la luna, sellaron su conexión con un beso. No fue un beso impulsivo, sino uno lleno de la certeza de haber encontrado a la persona correcta en el momento justo.
Catalina y Elara no solo construyeron un hogar juntas en Portomar, sino que también crearon un jardín en el patio trasero de la cabaña: un jardín de azar, como les gustaba llamarlo, lleno de las flores que Elara cultivaba y las acuarelas que Catalina pintaba, un recordatorio de cómo dos almas solitarias encontraron su paz y su amor en un rincón tranquilo del mundo.