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¿Sabías que la zona sur de Morelos resguarda uno de los patrimonios históricos y culturales más importantes del país? En...
20/03/2026

¿Sabías que la zona sur de Morelos resguarda uno de los patrimonios históricos y culturales más importantes del país? En esta región se localiza Xochicalco, entre los municipios de Temixco y Miacatlán, un sitio reconocido por la UNESCO como Patrimonio Mundial y descrito por el INAH como una ciudad del Epiclásico (700–900 d. C.) construida en lo alto de varios cerros. Su valor no radica solo en sus monumentos, sino en la manera en que integra arquitectura, control del paisaje, memoria histórica y conocimiento del cielo, lo que convierte al sur de Morelos en mucho más que una zona de paso o recreación.
Lo poco conocido es que Xochicalco no solo destaca por su importancia arqueológica, sino también por su dimensión territorial y ecológica. La UNESCO señala que el sitio protegido abarca 707 hectáreas, mientras que el INAH ha documentado que dentro de su poligonal de protección se han registrado al menos 32 mamíferos, entre ellos conejos, venados, mapaches y murciélagos. Esto significa que en la zona sur de Morelos conviven, en un mismo espacio, patrimonio histórico y biodiversidad, algo que rara vez se menciona cuando se habla de la región.
Además, muy cerca de ahí se encuentra Coatetelco, otro sitio arqueológico menos difundido, pero igualmente significativo. El INAH indica que fue edificado a la orilla del lago del mismo nombre, estuvo vinculado con Xochicalco y, después de la hegemonía de este, llegó a convertirse en el principal centro regional. Por ello, la zona sur de Morelos no solo conserva vestigios aislados del pasado, sino una red de espacios que muestran la profundidad histórica de esta parte del estado. En otras palabras, hablar del sur de Morelos es hablar de un territorio donde el paisaje, la arqueología y la memoria colectiva siguen vivos.

El equinoccio de primavera constituye, en sentido estricto, un acontecimiento astronómico preciso: es el instante en que...
20/03/2026

El equinoccio de primavera constituye, en sentido estricto, un acontecimiento astronómico preciso: es el instante en que el Sol cruza el ecuador celeste, de manera que ambos hemisferios reciben una iluminación casi equilibrada. En 2026, este fenómeno ocurrió el 20 de marzo a las 14:46 en Tiempo Universal, es decir, a las 08:46 horas del centro de México. Aunque suele afirmarse que en el equinoccio el día y la noche duran exactamente lo mismo, dicha idea es una simplificación, pues la refracción atmosférica y la forma en que se define la salida y la puesta del Sol hacen que la duración de la luz diurna sea ligeramente mayor.
En la zona sur de Morelos, el equinoccio adquiere una relevancia particular porque no se percibe únicamente como una fecha del calendario astronómico, sino como una experiencia territorial. En esta región, especialmente en el entorno de Miacatlán y Temixco, el cambio estacional se hace visible en la intensidad de la luz, en el ambiente seco y cálido del paisaje, y en la manera en que los espacios arqueológicos vuelven a colocarse en el centro de la atención pública. El equinoccio, por ello, no solo marca el inicio de la primavera astronómica, sino también una reactivación simbólica del vínculo entre naturaleza, comunidad y patrimonio.
Dentro de este contexto, Xochicalco ocupa un lugar central. La zona arqueológica, ubicada entre los municipios de Miacatlán y Temixco, mantiene un horario oficial de 09:00 a 18:00 horas, con último acceso a las 17:00, y figura entre los sitios promovidos por el INAH para la temporada del equinoccio en Morelos. Su importancia no reside solo en la afluencia que convoca, sino en su densidad histórica: se trata de una antigua urbe del Epiclásico cuya arquitectura, emplazamiento y dominio visual del paisaje revelan una profunda relación entre poder, observación y organización del espacio. Xochicalco permite comprender que, en las sociedades mesoamericanas, el cielo no era un fondo lejano, sino una referencia viva para ordenar el tiempo y la vida colectiva.
La relevancia de Xochicalco se amplía aún más cuando se considera su dimensión biocultural. El INAH ha documentado que la poligonal protegida del sitio abarca más de 700 hectáreas y resguarda una notable biodiversidad, al tiempo que conserva vestigios materiales de una civilización que conocía y representaba su entorno natural en esculturas, monumentos y objetos. Esta coexistencia entre patrimonio arqueológico y ecosistema convierte al equinoccio en una ocasión propicia para pensar la zona sur de Morelos no solo como un espacio de visita, sino como un territorio donde cultura y naturaleza se entrelazan. En ese sentido, el cambio de estación no es solo un tránsito celeste, sino también una transformación sensible del paisaje vivo.
Junto a Xochicalco, Coatetelco ofrece otra clave para entender el equinoccio en el sur morelense. También ubicado en Miacatlán, este sitio arqueológico aparece en la oferta oficial del INAH para el periodo del equinoccio y conserva una estrecha relación histórica con Xochicalco. Las fuentes institucionales señalan que, tras la hegemonía de esta última, Coatetelco llegó a convertirse en un centro regional importante. Su presencia en el paisaje cultural del sur de Morelos recuerda que el equinoccio no debe pensarse únicamente desde un gran sitio monumental, sino desde una red de asentamientos, memorias y continuidades regionales que configuran una identidad histórica compartida.
Desde una perspectiva reflexiva, el equinoccio de primavera en la zona sur de Morelos puede entenderse como una imagen del equilibrio dinámico. No representa una ruptura absoluta entre invierno y primavera, sino un umbral en el que un ciclo cede paso a otro. De ahí que su fuerza simbólica sea tan profunda: muestra que los cambios más decisivos no ocurren de manera brusca, sino mediante transiciones graduales, acumulativas y persistentes. En Xochicalco, en Coatetelco y en el paisaje morelense que los rodea, el equinoccio vuelve visible una enseñanza antigua: la vida, la historia y la naturaleza se mueven por ciclos, y comprenderlos es también una forma de comprendernos a nosotros mismos.

Cada 4 de marzo se conmemora el Día Mundial contra la Obesidad, una iniciativa promovida por la para visibilizar una de ...
04/03/2026

Cada 4 de marzo se conmemora el Día Mundial contra la Obesidad, una iniciativa promovida por la para visibilizar una de las crisis sanitarias más complejas del siglo XXI. La obesidad ha dejado de ser considerada un problema individual o meramente estético para reconocerse como una enfermedad crónica, progresiva y multifactorial, determinada por interacciones biológicas, sociales, económicas y ambientales. La propia OMS ha advertido que los cambios derivados de la urbanización acelerada, la industrialización del sistema alimentario y la transformación de los patrones de trabajo y movilidad han configurado entornos obesogénicos que favorecen el incremento sostenido del sobrepeso en todo el mundo.
En México, la magnitud del fenómeno es particularmente preocupante. De acuerdo con datos más del 75% de la población adulta presenta sobrepeso u obesidad, mientras que en la infancia y adolescencia las cifras superan el 35%. Estas estadísticas no representan únicamente porcentajes abstractos, sino millones de personas expuestas a un mayor riesgo de desarrollar diabetes mellitus tipo 2, hipertensión arterial, enfermedades cardiovasculares y diversos tipos de cáncer. La obesidad constituye hoy uno de los principales factores de riesgo de mortalidad prematura en el país y ejerce una presión constante sobre el sistema sanitario nacional.
El análisis epidemiológico contemporáneo demuestra que la obesidad no puede explicarse únicamente desde la perspectiva del autocontrol individual. Se trata de una condición profundamente vinculada con determinantes estructurales: disponibilidad masiva de alimentos ultraprocesados de bajo costo, marketing agresivo dirigido a la infancia, reducción de la actividad física derivada de cambios tecnológicos y urbanísticos, así como desigualdades socioeconómicas que limitan el acceso a alimentos frescos y espacios seguros para el ejercicio. En este contexto, responsabilizar exclusivamente a la persona resulta científicamente inexacto y éticamente problemático. La evidencia internacional coincide en que los entornos saludables, las políticas públicas coherentes y la educación nutricional comunitaria generan resultados más sostenibles que la estigmatización o la culpabilización moral.
Si se traslada el análisis al estado de Morelos, las cifras replican la tendencia nacional. La prevalencia de sobrepeso y obesidad en adultos supera el 70%, y los indicadores de diabetes e hipertensión mantienen una correlación directa con estos niveles. En municipios del sur del estado, como , la problemática adquiere matices estructurales adicionales. Se trata de una demarcación con características predominantemente rurales, donde el acceso a servicios médicos especializados es limitado y la infraestructura destinada a la actividad física resulta insuficiente. Asimismo, las dinámicas económicas locales favorecen el consumo de productos industrializados de bajo costo frente a alimentos frescos, cuyo precio puede resultar menos accesible para amplios sectores de la población.
La dimensión económica de la obesidad es igualmente significativa. El tratamiento de enfermedades asociadas —como la diabetes y las cardiopatías— representa un porcentaje considerable del gasto público en salud. Este impacto no solo compromete recursos financieros del Estado, sino que reduce la productividad laboral y profundiza desigualdades sociales. La obesidad, por tanto, no es únicamente un asunto clínico; constituye un fenómeno que incide en el desarrollo humano, la sostenibilidad del sistema sanitario y la estabilidad económica nacional.
Desde una perspectiva ética, el Día Mundial contra la Obesidad invita también a revisar el discurso social predominante. La estigmatización de las personas con obesidad no solo carece de fundamento científico, sino que constituye una barrera para la búsqueda de atención médica y apoyo psicológico. Reconocer la obesidad como enfermedad implica asumir que su tratamiento requiere acompañamiento profesional, políticas públicas integrales y entornos que favorezcan decisiones saludables. En lugar de centrar el debate en la culpa individual, resulta imprescindible articular respuestas colectivas que integren salud, educación, economía y desarrollo social.
En 2026, México enfrenta una encrucijada sanitaria decisiva: normalizar cifras que se repiten año tras año o consolidar una estrategia nacional sostenida que transforme estructuralmente el entorno alimentario y promueva estilos de vida saludables. Para comunidades como Tlaquiltenango, ello implica fortalecer la infraestructura de salud, ampliar los programas comunitarios y garantizar condiciones económicas que permitan el acceso real a una alimentación equilibrada. El 4 de marzo no debe limitarse a una fecha conmemorativa, sino convertirse en un recordatorio permanente de que la obesidad es un desafío colectivo que exige voluntad política, rigor científico y compromiso social continuo.

Cada 3 de marzo la Organización de las Naciones Unidas recuerda al mundo el Día Mundial de la Vida Silvestre. La intenci...
04/03/2026

Cada 3 de marzo la Organización de las Naciones Unidas recuerda al mundo el Día Mundial de la Vida Silvestre. La intención es sencilla: reconocer el valor de la biodiversidad y alertar sobre su deterioro. Pero más allá de los mensajes conmemorativos, sigue vigente una pregunta práctica: ¿cómo transformar la preocupación en medidas concretas que beneficien a la naturaleza y a las comunidades que dependen de ella?
Las cifras globales invitan a la prudencia. El informe 2019 de la Plataforma Intergubernamental sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES) señala que cerca de un millón de especies están en peligro de extinción. La Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) registra decenas de miles de especies amenazadas. No son alarmismos: son datos que describen tendencias reales vinculadas a la pérdida y fragmentación de hábitats, la explotación de recursos, el comercio de fauna y el cambio climático.
El interés público y los medios internacionales han documentado cómo esas tendencias afectan tanto a regiones remotas como a entornos urbanos. The New York Times, entre otros medios, ha publicado reportajes que relacionan la pérdida de biodiversidad con la expansión de la agricultura, la tala, el tráfico de especies y el calentamiento global, y que muestran cómo incendios forestales y fenómenos climáticos extremos están transformando paisajes y modos de vida.
En México, entre 2001 y 2023 se han perdido alrededor de 4.77 millones de hectáreas de bosque, un área comparable a la de dos Bélgicas. Gran parte de esa superficie se ha destinado a pastizales y monocultivos, lo que ha reducido la conectividad entre fragmentos de hábitat y la disponibilidad de refugios para muchas especies. En Morelos, la selva baja caducifolia —presente en el sur del estado— enfrenta tala, incendios y una fragmentación constante que obliga a la fauna a desplazarse o a adaptarse a condiciones cada vez más limitadas.
El municipio de Tlaquiltenango, junto a la Reserva de la Biosfera Sierra de Huautla, ilustra cómo conviven riqueza biológica y presiones antrópicas. Ese corredor alberga pumas, ocelotes, tigrillos y jaguarundis, así como venados cola blanca, coatíes y una notable avifauna. Durante décadas la agricultura tradicional y la fauna mantuvieron una coexistencia relativa; hoy, la expansión urbana, el cambio de uso de suelo, las quemas agrícolas y la caza reducen el espacio disponible para la vida silvestre. Entre 2021 y principios de 2025 se registraron casi 600 incendios forestales en Morelos, muchos de ellos con consecuencias directas sobre vegetación y especies locales.
Existen también acciones concretas de conservación: liberación de ejemplares rehabilitados, monitoreo de especies acuáticas para prevenir la introducción de invasores, proyectos colaborativos entre universidades y comunidades para reducir conflictos entre producción y fauna, y programas de seguimiento que han documentado recuperaciones poblacionales en ciertos casos. Estas iniciativas muestran que la combinación de ciencia, prácticas locales y manejo adaptativo puede generar resultados positivos.
Sin embargo, persisten desafíos técnicos y administrativos: limitaciones presupuestales, necesidad de fortalecer capacidades de monitoreo, falta de datos en algunas zonas y la exigencia de prácticas productivas más compatibles con la conservación. Abordar estos retos no depende exclusivamente de una sola parte; implica coordinación entre instituciones, comunidades, investigación y apoyos que permitan estrategias de manejo sostenibles.
En lo local y en lo cotidiano hay espacios de acción. Acciones como denunciar actividades ilegales relacionadas con la fauna, evitar la compra de especies silvestres, reducir el consumo que impulsa la conversión de bosques, apoyar proyectos de restauración y participar en iniciativas de ciencia ciudadana son pasos concretos que cualquier persona puede tomar. Asimismo, fortalecer el conocimiento local y compartir información facilita decisiones más informadas sobre el uso del territorio.
El Día Mundial de la Vida Silvestre debe servir como recordatorio y como punto de partida: la biodiversidad no es un lujo, sino la base de servicios ambientales que sostienen la alimentación, el agua y la resiliencia frente al cambio climático. Hay herramientas y ejemplos que muestran que la conservación y la vida productiva pueden ser compatibles; convertir esa posibilidad en práctica cotidiana exige trabajo colectivo, información y medidas técnicas bien diseñadas. Aún hay tiempo para actuar; la invitación es a hacerlo con información, diálogo y medidas concretas que protejan la vida que aún permanece entre nosotros.

– Informe Global sobre Biodiversidad IPBES (2019).
– Lista Roja de la UICN.
– Informes de CONAFOR sobre deforestación en México (2001–2023).
– Artículos y reportajes ambientales de The New York Times (2019–2025).
– Comunicados oficiales de PROFEPA y de la Secretaría de Desarrollo Sustentable de Morelos.

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