04/09/2026
Bajé del autobús a las 7:18 y la hermana de mi jefe me esperaba en el aparcamiento. Ella iba impecable y yo aún sujetaba mi tarjeta de la planta 11. Me soltó: 'Mujeres como tú siempre dicen que no quieren dinero hasta que descubren cuánto hay'. Entregué todo a cumplimiento sin una lágrima y entonces vi en su bolso una foto mía que nadie debió tener.
PARTE 1
La mañana en que Lucía Romero descubrió que el hombre que llevaba 3 semanas observándola al bajar del autobús era el dueño de la empresa donde trabajaba, pensó que acababa de meterse en un problema del que no podría salir sin perder algo.
Eran las 7:18 en Madrid. Lucía acababa de bajar de un autobús de la EMT frente a la torre de oficinas de Méndez Capital, en AZCA, cuando el hombre del abrigo gris se plantó a unos pasos de ella. Lo había visto demasiadas veces en la misma acera, siempre solo, siempre mirando en su dirección. Durante días había cambiado incluso de puerta al bajar, convencida de que podía tratarse de alguien con malas intenciones.
—¿Necesita algo? —preguntó, sujetando el bolso contra el cuerpo.
El desconocido levantó las manos con prudencia y se disculpó. Se llamaba Álvaro Méndez. Lucía sintió un frío distinto.
Conocía ese nombre. Estaba en los correos corporativos, en las noticias económicas y en la placa de la entrada. Álvaro era fundador y propietario del grupo para el que ella trabajaba como analista junior en la planta 11.
Él explicó que la había visto por casualidad una mañana. Una mujer mayor había tropezado al subir al autobús y Lucía había vuelto sobre sus pasos para ayudarla, aunque eso la hizo llegar tarde. Después empezó a reconocerla cada día. No sabía por qué, pero aquella escena se le había quedado grabada.
Lucía no sonrió.
—Entonces entenderá que no me haga ninguna gracia que mi jefe lleve semanas vigilando a qué hora llego.
La frase lo dejó inmóvil. Álvaro, acostumbrado a que todos midieran sus palabras delante de él, pidió perdón de inmediato. Le aseguró que no volvería a esperarla y que aquello no tendría ninguna consecuencia laboral.
Lucía solo le pidió una cosa: que su puesto, su salario y cualquier evaluación futura dependieran de su trabajo, no de la curiosidad del dueño.
Álvaro aceptó.
Y cumplió.
Durante los días siguientes no apareció en la parada ni la llamó a su despacho. Lucía debería haberse sentido aliviada, pero empezó a descubrirse mirando la acera antes de entrar al edificio.
Volvieron a encontrarse en la cafetería. Luego en el ascensor. Después en la entrada. Siempre por casualidad, siempre en lugares abiertos. Álvaro jamás intentaba impresionar. Sabía el nombre de la camarera, preguntaba por el padre enfermo del conserje y escuchaba más de lo que hablaba.
Lucía fue bajando la guardia.
Hasta que una tarde él cometió un error.
Le comentó que se abriría una vacante mejor pagada y que podía recomendarla.
Lucía se puso de pie.
—Si algún día subo, será porque me lo he ganado. No quiero que nadie pueda decir que estoy aquí porque le gusto al dueño.
Álvaro retiró la oferta sin discutir.
Pero alguien había escuchado la conversación.
A la mañana siguiente, cuando Lucía entró en su departamento, 2 compañeras dejaron de hablar. En la pantalla de uno de los ordenadores había un mensaje anónimo enviado a medio equipo:
“Ya sabemos quién será la próxima directora. Solo hace falta coger el mismo autobús que el jefe.”
Y aquello fue solo el principio.
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Esta es una historia ficticia con fines de entretenimiento.
He dejado la Parte 2 en el primer comentario fijado.