09/06/2026
Caso Makala; vivía violencia familiar
En un paraje del municipio de Zinacantán, Chiapas, el cuerpo sin vida de Makala Marie Pendley fue encontrado con claros signos de violencia. No era una turista perdida ni una mujer cualquiera. Makala era madre de siete pequeños hijos de entre 1 y 12 años, y tenía una ficha de búsqueda activa en Indianápolis, Estados Unidos, que incluía tanto a ella como a sus menores. Su historia, que parece arrancada de una pesadilla, es también un espejo de las fallas sistémicas que permiten que la violencia machista cruce fronteras sin encontrar justicia.
Según investigaciones periodísticas, Makala sufría violencia familiar a manos de su entonces pareja, identificado con las iniciales J.J.B. En agosto de 2025, el hombre secuestró a los siete niños. Fueron localizados ese mismo mes en un predio del fraccionamiento Solana de Tixcacal, en Mérida, gracias a la coordinación entre autoridades judiciales mexicanas y el Consulado estadounidense. Los menores habían sido sustraídos ilegalmente por su padre. Sin embargo, a pesar del hallazgo, el 23 de febrero de 2026 se emitió una nueva ficha de búsqueda para Makala y sus hijos en Indianápolis. Hoy ella está mu**ta. De los niños, no se sabe nada.
La pregunta es obligada ¿cómo fue posible que una mujer con una denuncia de violencia familiar, con un secuestro previo de sus hijos y con una ficha de búsqueda internacional terminara asesinada en un municipio chiapaneco? La respuesta señala a las fallas de coordinación entre autoridades de ambos países, a la lentitud de los mecanismos de protección, y sobre todo, a la normalización de la violencia contra las mujeres y la desprotección de la infancia. En México, y específicamente en Chiapas, el feminicidio sigue siendo un delito con altísimos índices de impunidad. Las órdenes de protección son un simple papel. Las alertas de género no se traducen en acciones concretas. Y las víctimas extranjeras enfrentan un calvario burocrático adicional.
Todo apunta a que el responsable del as*****to podría ser su propia pareja, el mismo que ya había secuestrado a los niños. Si es así, nos enfrentamos a un agresor que cruzó fronteras, burló a las autoridades y probablemente tiene a los siete menores en su poder. La prioridad absoluta ahora es dar con el paradero de los niños. Pero también es urgente una autocrítica institucional ¿por qué no se activaron los protocolos de protección internacionales? ¿Por qué una mujer con una historia documentada de violencia terminó en un paraje de Zinacantán, sola y vulnerable?
La muerte de Makala Marie Pendley no es un hecho aislado. Es la consecuencia de un sistema que sigue fallando a las víctimas de violencia doméstica. Es el reflejo de cómo la impunidad envalentona a los agresores. Es la prueba de que, para las mujeres en situación de riesgo, las fronteras no son barreras para el peligro, pero sí para la justicia.
Es necesario que la Fiscalía de Chiapas investigue con perspectiva de género y con cooperación internacional efectiva. Exigimos a las autoridades consulares de Estados Unidos que no abandonen la búsqueda de los siete niños. Y exigimos al Estado mexicano que deje de tratar los feminicidios como estadísticas y empiece a tratarlos como lo que son: crímenes de lesa humanidad que requieren acciones contundentes.
Mientras tanto, los siete hijos de Makala siguen desaparecidos. Siete infancias en riesgo. Siete preguntas sin respuesta. Siete razones para no callar.
Comparte si crees que la violencia machista no debe quedar impune. Por Makala. Por sus siete hijos. Por todas las que siguen en silencio.
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