10/11/2025
Sigo maravillada con la magia de los pueblos mayas y la profundidad de su historia.
Hoy conocí Izamal, o Itzmal en maya, y atestigüé el violento sincretismo: el catolicismo construyó encima de una pirámide un convento franciscano, un acto deliberado para intentar exterminar la cultura y la fe local.
La pirámide elegida era la del dios de la lluvia, Chaac. Los franciscanos esclavizaron a los mayas para esta monumental construcción. Pero la resistencia nunca fue pasiva. En los momentos en que los españoles se descuidaban y no supervisaban la obra, los mayas dejaban su lenguaje de símbolos impregnado en la roca. Una huella imborrable que susurraba: no seremos definidos ni extinguidos.
Lo más fascinante fue la respuesta de la naturaleza. Fuimos a otra pirámide cercana que no pudieron colonizar, y al llegar a la cima, el cielo respondió. Empezó a llover.
Fui muy feliz. Me puse a llorar de pura alegría y agradecimiento. Sentí que Chaac no solo estaba honrando el ecosistema, sino también la dignidad de la cultura que se niega a ser encasillada.
En ese momento entendí que mi llegada a Mérida no es casual. Es un anillo de compromiso con una cultura que, al igual que los símbolos tallados en la roca, persiste y se reinventa en el constante descubrimiento.