18/03/2026
ZACATECAS: EL ESTADO QUE NOS ENSEÑÓ A IRNOS
En Zacatecas hay una diferencia que casi nunca se dice en voz alta, pero todos la entienden.
Las familias tradicionales zacatecanas mandan a sus hijos fuera: a estudiar, a formarse, a conocer el mundo. Pero no para perderlos, sino para que regresen. Regresen a administrar, a dirigir, a ocupar el lugar que ya les pertenece. Para ellos, el viaje no es una salida; es una preparación.
Luego están los satélites. Los que viven dentro de una ilusión social donde creen pertenecer a esa élite por cercanía: colegios, círculos, códigos. Orbitan ese sistema, lo imitan, lo defienden… pero no pertenecen realmente a él.
Ellos también mandan a sus hijos fuera. Buscan escuelas, contactos, oportunidades. Pero hay una diferencia clave: no hay estructura que los esté esperando de regreso.
Y luego están los demás.
Los nuevos. Los que no nacieron dentro de esa burbuja. Los de escuelas públicas, los hijos de otros municipios como Fresnillo, Jerez o Río Grande, los que llegaron a la capital. Los que no tienen apellido… pero sí urgencia.
Para ellos, salir no es estrategia. Es necesidad.
Nos vamos. A Estados Unidos. A Canadá. A Monterrey. A Guadalajara. A Querétaro. A donde haya trabajo, industria, oportunidad. Porque Zacatecas no las ofrece al mismo nivel.
Otros se van a lugares menos visibles, sin reflectores, pero con el mismo resultado: se van.
Y ahí empieza la contradicción.
Porque mientras todo esto pasa, en Zacatecas se sigue repitiendo la misma narrativa: orgullo por la tierra. Por su cantera rosa, por su historia minera, por su centro histórico, patrimonio de la humanidad.
Nos enseñan a amar Zacatecas.
Y el zacatecano lo hace.
Pero hay algo que también se repite, sobre todo entre los que ya se fueron:
“Zacatecas es bien barato.”
—¿De qué se quejan? Vieran lo que pago acá.
Y sí, Zacatecas es barato.
Pero ese nunca fue el problema.
El problema es el ingreso.
Porque mientras en otras ciudades un profesionista puede ganar 20 mil o más, en Zacatecas hay egresados universitarios ganando entre 6 mil y 10 mil pesos mensuales.
Y con eso no se construye vida.
Se sobrevive.
Uno de los mecanismos más claros de esta dinámica está en los colegios privados.
En Zacatecas, la educación pública no siempre es percibida como suficiente por ciertos sectores. Por eso existen múltiples colegios privados, de distintos niveles y enfoques.
Pero la pregunta incómoda es:
¿por qué en una economía limitada este modelo sigue creciendo?
Porque no se trata solo de educación.
Se trata de proximidad.
En Zacatecas, muchas familias hacen sacrificios enormes para que sus hijos estudien en esos espacios. No por el conocimiento, sino por el entorno.
Porque aquí se cree que el valor no está en lo que sabes…
sino en con quién te relacionas.
Y ahí empieza la fractura.
Porque dentro de esos espacios conviven dos mundos: los que pertenecen… y los que solo orbitan.
Al inicio parece integración.
Pero con el tiempo aparecen las diferencias: viajes, estilo de vida, aspiraciones. Europa para unos. Limitaciones para otros.
Y lo que empezó como aspiración…
se convierte en comparación.
Ahí nace algo que define a esta ciudad:
frustración.
No contra los demás, sino contra uno mismo.
Y muchas veces… contra la propia familia.
Porque el mensaje implícito es brutal:
“deberías ser esto… pero no lo eres.”
Así se construye el personaje que aparenta.
El que aprendió a parecer, pero no a ser.
Y eso tiene consecuencias.
Porque no encuentra lugar.
Ni arriba, ni abajo.
Y esa tensión —constante, silenciosa— se acumula.
Zacatecas ha enfrentado en los últimos años problemas importantes en salud mental, migración y falta de oportunidades laborales, especialmente entre jóvenes. La combinación de bajos salarios, inseguridad y migración forzada ha generado una presión social que rara vez se discute abiertamente.
Pero más allá del dato, la pregunta es otra:
¿Qué pasa cuando creces comparándote con una vida que no puedes alcanzar?
¿Qué pasa cuando tu identidad se construye sobre algo que no es tuyo?
Tal vez ahí hay una respuesta que nadie quiere poner sobre la mesa.
Y aun así… nos siguen diciendo lo mismo.
Te lo dice tu familia. Te lo dicen tus maestros. Te lo dice el entorno:
“Vete.”
Nos enseñan a querer una ciudad que no tiene espacio suficiente para nosotros.
Y esto no es nuevo.
Zacatecas fue durante siglos un punto clave por su riqueza minera. Pero ese modelo no evolucionó al ritmo de otras regiones. Mientras estados del norte desarrollaron industria, manufactura y exportación, Zacatecas se quedó rezagado en diversificación económica.
El resultado no es casualidad.
Es estructura.
Hoy, estados como Nuevo León o Querétaro concentran inversión, empleo e innovación. Zacatecas exporta talento.
No es percepción.
Es realidad.
Y ese patrón se ve en todo.
En las familias.
En las decisiones.
En las aspiraciones.
Las mismas que dicen:
“mi hijo se va a Monterrey”
“mi hija se va a Guadalajara”
son también las que sostienen el sistema local.
Y aquí hay un punto incómodo.
Muchas de esas familias que hacen todo para que sus hijos se vayan…
son también quienes sostienen el entorno que no les permite quedarse.
Y entonces el ciclo se repite:
se educa para salir…
pero se sigue pensando igual.
Y así se construye una ciudad profundamente amada…
pero con espacio limitado para crecer.
Por eso la frase sigue viva.
Como consejo.
Como advertencia.
Como destino.
“Vete.”
Y tal vez por eso Zacatecas vive de nostalgia.
Porque muchos de los que más la aman…
ya no están aquí.
🔥
¿Tú te fuiste… o sigues aquí intentando quedarte?
Y hay algo todavía más incómodo.
Porque irse no es solo cambiar de ciudad.
Es un mandato silencioso.
Como si desde el inicio ya estuviera escrito:
naces aquí…
pero no te quedas aquí.
Te vas a buscar oportunidades.
A construir algo que aquí no pudiste.
Y un día regresas.
Pero no igual.
Regresas más cansado, más preparado… pero distinto.
Y entonces lo entiendes.
Zacatecas sigue siendo el mismo.
Y ahí es donde todo se rompe.
Porque te das cuenta de algo brutal:
el lugar que más amas…
no tenía espacio suficiente para ti.
Y aun así, el zacatecano regresa.
Por la familia.
Por la comida.
Por la calma.
Por la identidad.
Camina sus calles.
Ve la cantera.
Respira el aire.
Y vuelve a sentir orgullo.
De su tierra.
De la misma tierra que no le dio lo necesario para quedarse.
Y ahí está la contradicción completa.
Porque mientras unos se van…
otros siguen sosteniendo el sistema.
Y entonces el ciclo no se rompe.
Se repite.
Generación tras generación.
Zacatecas no te corre.
Pero tampoco te detiene.
Te forma…
y luego te deja ir.