TuxiMiki

TuxiMiki "Proyecto dedicado al misterio, leyendas, sucesos paranormales y terror desde un enfoque cultural y narrativo."

Las luces del cerro de San Juan.🎙️ “Antes de comenzar, un aviso importante: esta historia contiene referencias a sustanc...
17/10/2025

Las luces del cerro de San Juan.
🎙️ “Antes de comenzar, un aviso importante: esta historia contiene referencias a sustancias prohibidas únicamente con fines narrativos. No fomentamos su consumo ni lo recomendamos. Si eres menor de edad, lee este contenido únicamente bajo la supervisión de un adulto.”
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I. El inicio de la aventura
Esto ocurrió a finales de los años ochenta, cuando era más joven y ya había salido del Ejército. En ese entonces yo vivía en Xalisco, Nayarit —sí, con X—, un poblado tranquilo a unos diez kilómetros de Tepic, la capital.
Xalisco está custodiado por una montaña que todos conocemos: el Cerro de San Juan, una sierra inmensa que divide el Valle de Matatipac de la zona costera. Para muchos, ese cerro es un guardián verde, lleno de pinos que parecen susurrar con el viento. Para mí, era además un viejo conocido: de niño lo recorrí, de joven lo entrené en las marchas del Ejército, y sabía bien que no era cualquier caminata.
En esos días pasaba mucho tiempo con tres amigos: David, Joseth y Javier. Vagábamos, contábamos historias, nos gustaba fumar mota, pero la cosa estaba difícil… y no teníamos ni para un toque.
Una tarde, entre la flojera y el aburrimiento, Joseth nos lanzó una propuesta que nos cambió la vida:
—Dicen que allá en el San Juan, por el rumbo del Aguacate, hay unos plantíos de ma*****na escondidos entre las cañadas. Si nos aventamos, podemos traer una mochila llena y no batallar por un buen tiempo.
Al principio nos reímos. ¿Quién iba a andar subiendo a la sierra nomás por una corazonada? Pero Joseth insistió. Juraba que le habían dicho que la zona estaba marcada por un pozo grande, se subía hasta una zona conocida como Mixtepetl, que supuestamente era fácil de ubicar, y que de ahí se bajaba a un vallecito, donde estaban los plantíos, un surco de maíz y uno de mariguana para despistar decían.
Con lo que yo había aprendido en el Ejército, calculé que podíamos subir en unas tres horas y bajar en dos, al fin de bajada hasta las piedras ruedan. La ruta era pesada, sí, pero no imposible. Y, como éramos jóvenes y medio pendejos, aceptamos.
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II. El ascenso
Al día siguiente nos preparamos como pudimos. No llevábamos mucho más que mochilas, un poco de agua, unos panes y nuestros inseparables encendedores. La idea era sencilla: subir a las tres de la tarde, llegar a la zona cuando cayera el sol, cortar unas colitas de borrego y regresar a Xalisco entre ocho y nueve de la noche.
Pero desde el principio todo salió mal.
Mis compas no tenían el paso que yo llevaba. Caminaban lento, se cansaban rápido y gastaban el agua como si estuvieran en el desierto. Mientras yo calculaba el ritmo, ellos paraban a cada rato.
Cuando por fin alcanzamos la parte alta de la sierra, el sol ya estaba muriendo. El viento frío del Pacífico rugía entre los pinos, y las sombras se alargaban como cuchillos. Yo sabía que si seguíamos adelante, la oscuridad nos atraparía sin remedio. Les propuse regresar.
David, medio resignado, sacó los panes que había guardado y dijo:
—Pues ya ni pedo… vámonos bajando, pero antes hay que comernos esto.
Nos endulzamos un poco la derrota, pero no sabíamos que lo peor estaba por venir.
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III. La noche en la montaña
Bajar de noche en la sierra es un suicidio. No ves dónde pisas, las cañadas se confunden con sombras, y el frío cala como cuchillo. Apenas caminamos un par de horas y la oscuridad nos devoró por completo.
—Ya deberíamos ver las luces de Xalisco —murmuré, viendo solo negrura.
Pero nada. Solo grillos, búhos y viento.
Javier comenzó a chingar con que tenía sed. Ya casi no nos quedaba agua, así que le dije que la racionaríamos: “traguitos cada hora, ni uno más”.
Fue entonces cuando encendí mi encendedor para alumbrar el camino. La llama débil apenas iluminaba un par de pasos, pero era nuestra única guía. Caminábamos por veredas de ganado, los ganaderos suelen dejar libres a sus animales, y son listos que pareciera que trazan con nivel sus veredas, era buena opción seguir esas brechas, cada tanto la flama revelaba ramas torcidas, piedras sueltas, troncos caídos.
El calor, el roce, el esfuerzo… ¡Pum!
El primer encendedor explotó en mi mano.
Me quedé en silencio, con los dedos adoloridos y la oscuridad tragándonos vivos. Pedí otro. Joseth me dio el suyo.
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IV. El olor en la oscuridad
Seguimos caminando, la sierra entera parecía burlarse de nosotros. Los pinos gemían con el viento, el zacate se aplastaba bajo nuestros pasos y el frío nos calaba hasta los huesos.
De repente, el aire cambió.
Un olor fuerte, penetrante, inconfundible, nos envolvió. Javier se detuvo en seco y dijo:
—Muchachos… ¿no les huele a motita?
Los tres contestamos al mismo tiempo:
—¡Sí!
Encendí el encendedor de Joseth y lo que vimos nos dejó con la boca abierta: estábamos en medio del plantío que tanto había mencionado. Era como si la montaña nos hubiera llevado directo a él, aunque no lo buscáramos ya.
Nos tiramos al suelo, temiendo que hubiera vigías cerca. Pero no había ni un ruido. Solo los grillos y el cielo estrellado, tan claro que parecía que podías arrancar una estrella con la mano.
Convencidos de que estábamos solos, llenamos una mochila de pura “verde limón” hasta reventar.
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V. El tercer encendedor
Al retomar el camino hacia abajo, confiados en que llegaríamos al Aguacate, encendí de nuevo la flama…
¡Pum!
El tercer encendedor también explotó.
Solo nos quedaba el de David. Y ahí fue cuando les dije:
—Compas, esto ya va a valer madres. Solo queda uno. Vamos a caminar una hora más, y donde nos agarre, hacemos una fogata y nos quedamos ahí hasta que amanezca. Pero hay que movernos, y alejarnos del plantío lo más que podamos, por si aparece alguien ya vamos a andar lejos.
La tensión se sentía en cada paso. Caminábamos a tientas, encendiendo apenas cuando el terreno se volvía peligroso. Cualquier caída en un arroyo seco podía costarnos caro.
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VI. El encuentro
Cerca de las dos de la mañana, mientras buscábamos un sitio para acampar, los pinos de la cañada se iluminaron de repente.
—¿Será que ya amanece? —preguntó Javier, esperanzado.
Pero lo que vimos no tenía nada que ver con el amanecer.
A unos cien metros, flotando como un fantasma metálico, apareció un plato inmenso, de unos cincuenta metros de diámetro. Giraba en silencio, con un zumbido grave como ramas vibrando. En su centro, un faro cambiaba de colores: rojo, azul, blanco. Cada destello era más hipnótico que el anterior.
Lo vimos elevarse, superar las copas de los árboles y luego salir disparado en zigzag, con una velocidad que ningún avión, helicóptero o aparato humano podría alcanzar.
Nos quedamos mudos. Nadie respiraba.
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VII. El regreso de la nave
Pensamos que todo había terminado, pero no.
Minutos después, el objeto regresó.
El miedo nos desbordó. Corrimos sin dirección hasta caer en el lecho seco de un arroyo. Ahí, escondidos en un hueco de erosión, nos apretamos los cuatro como niños asustados. El último encendedor, el de David, era ahora nuestra única salvación para encender fuego más tarde.
La nave pasó justo sobre nosotros, iluminando la noche como si fuera de día. Podíamos sentir cómo el aire vibraba con ese zumbido. Nuestros corazones golpeaban tan fuerte que parecía que iban a reventar.
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VIII. El último encendedor y la fogata
El tiempo se volvió eterno. Una hora, tal vez más, hasta que poco a poco los ruidos regresaron: los grillos, el viento, el bosque. La nave se había ido.
El frío nos calaba hasta el alma. Decidimos usar el último encendedor para encender una fogata. La flama temblorosa se convirtió en hoguera, y en torno a ella sobrevivimos lo que quedaba de la madrugada, esperando el amanecer con los nervios destrozados.
Cuando los primeros rayos iluminaron la sierra, subimos a una loma y a lo lejos vimos una carretera. Caminamos hasta ella. Habíamos recorrido catorce kilómetros en la oscuridad. Aunque regresar por el cerro era más corto, ninguno quiso. Preferimos rodear, aunque costara más.
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IX. Epílogo
En mis años de servicio en el Ejército jamás vi un objeto que se moviera de esa manera. Ni helicópteros, ni aviones, nada. Hoy en día existen drones, sí… pero nunca de ese tamaño, ni con esas maniobras.
Sé que muchos no me van a creer. Pero lo que vimos esa noche en el Cerro de San Juan fue real. Muy real.
Y aún hoy, cada vez que levanto la vista hacia esa sierra, recuerdo el frío, el silencio… y las luces imposibles de aquella nave que jamás debió estar ahí.

© Oscar Vélez (Velezaurio) 2025.

El Diablo de CaliforniaVale… el diablo allá en Estados Unidos es más ca**ón que el de aquí. Hasta en eso nos chingan, de...
11/10/2025

El Diablo de California
Vale… el diablo allá en Estados Unidos es más ca**ón que el de aquí. Hasta en eso nos chingan, decía Abundio, el protagonista de esta historia.
A finales de los noventa, Abundio cruzó la frontera buscando el sueño americano. Lo que encontró en Riverside, California, fue una pesadilla que lo seguiría toda la vida.
Era invierno. Un frío de esos que hasta los pelos congela, que no se quita ni con cobijas, ni con café, ni con ci****os. Llegó a la casa donde ya estaban instalados sus compañeros: cuartos ocupados, pasillos con colchones improvisados y una sala llena de sleeping bags donde dormían apretados, como si fueran soldados en campaña. El aire olía a humedad, a sudor rancio y a cerveza vieja.
Había, sin embargo, algo que desentonaba: una habitación vacía. Tenía cama, luz, baño, todo en orden. Y aun así nadie la usaba.
Su sobrino, el líder del grupo, le explicó con nervios en la voz:
—Tío, ahí está libre ese cuarto… yo dormía ahí. Pero ni de a madrazos me vuelvo a meter.
Abundio levantó una ceja, intrigado. —¿Y eso?
El sobrino suspiró hondo antes de hablar:
—La primera noche… eran como las dos de la mañana cuando sentí que me hundía en la cama. Abrí los ojos y había una vieja sentada en mi pecho, mirándome con ojos de loca. Se lo juro, tío. Le pegué un manazo y desapareció frente a mis ojos. Pensé que era un sueño, pero a la noche siguiente volvió. Esta vez se me fue directo al cuello, quería ahorcarme. Grité y mis compas entraron corriendo, pero cuando abrieron la puerta… ya no estaba. Desde entonces, ni de día entro ahí.
Abundio escuchó en silencio. Él había sido militar. Había pasado noches en la intemperie, había visto cosas que no cualquiera aguanta. Incluso se había burlado del diablo más de una vez, retándolo a que se le apareciera. Esa historia de la vieja le parecía una exageración. Así que no lo dudó: prefirió el cuarto solitario antes que dormir amontonado en el suelo.
Los primeros tres días no pasó nada. Trabajaba de sol a sol, regresaba cansado, cenaba algo ligero y se metía en la cama. Para el frío usaba un cobertor grueso que lo tapaba hasta la cabeza, y entre el cansancio y el calor encerrado dormía como piedra.
La cuarta noche todo cambió.
Pasada la medianoche, cuando el silencio de la casa era absoluto y apenas se escuchaba el crujir de los sleeping bags en la sala, un ruido lo despertó.
Era un rasguño.
Un arañar metálico contra la ventana, lento, constante, como uñas largas rascando el vidrio.
Se levantó, encendió la luz y revisó. Afuera, la noche helada. El aire formaba escarcha en la orilla de la ventana. Nada más.
Volvió a acostarse, se cubrió de pies a cabeza y trató de dormir. Pero el ruido volvió.
Otro rasguño, más largo.
Se levantó de nuevo. Nada.
Esto se repitió varias veces, hasta que Abundio decidió ignorarlo. “Una rama, una pi**he rama”, se dijo a sí mismo, aunque el viento estaba quieto.
Intentó dormir otra vez, pero entonces los rasguños se intensificaron. Sonaban más fuertes, más rabiosos, como si algo quisiera arrancar la ventana de cuajo.
Y fue ahí cuando tomó la peor decisión: destaparse el rostro.
Al hacerlo, lo vio.
Frente a la cama, parado sobre dos patas, había un ser que no pertenecía a este mundo. Medía casi dos metros y medio, rozaba el techo con la cabeza. Tenía la forma de un perro enorme, pero erguido como un hombre. Su piel era oscura, casi pegajosa, y de sus manos colgaban garras largas que brillaban bajo la tenue luz del foco. Sus colmillos parecían cuchillos. Y lo peor… era su respiración. Un sonido gutural, profundo, que retumbaba en la habitación como un tambor de guerra.
Abundio sintió cómo la sangre se le helaba en las venas. No era un sueño. No era una alucinación. Estaba despierto.
El monstruo dio un paso hacia él y soltó un gruñido que hizo vibrar los vidrios de la ventana. Abundio reaccionó como pudo: se enredó con el cobertor y forcejeó contra aquella cosa. No recuerda cómo, pero logró empujarlo, abrir la puerta y salir corriendo. En su huida pisó a dos o tres compañeros que dormían en el suelo, pero no le importó. Lo único que quería era salir de ahí.
Corrió por el pasillo como alma que lleva el diablo, abrió la puerta principal y siguió hasta estrellarse contra la reja de la entrada. Rebotó, cayó al suelo y ahí se quedó, temblando, con el corazón a punto de estallarle.
Cuando volteó, todos estaban despiertos, riéndose nerviosos, preguntándole qué había visto. Pero Abundio no respondió. ¿Cómo poner en palabras lo que acababa de enfrentarse?
Nunca más volvió a dormir en ese cuarto. De día entró a sacar sus cosas y jamás regresó.
Desde entonces le quedó ese cuento que no es cuento: el Diablo de California. Y cada vez que alguien le pregunta qué fue lo que vio, Abundio frunce los labios, baja la mirada y responde con la voz seca:
—Lo que yo vi fue al Diablo… y no quiero volverlo a ver.

© Oscar Vélez (Velezaurio) 2025.

Creditos a CreepyGuanatos, por compartirnos está historia que adaptamos, esperamos les guste.La Curva de LolaEn los caño...
04/10/2025

Creditos a CreepyGuanatos, por compartirnos está historia que adaptamos, esperamos les guste.

La Curva de Lola
En los cañones de Zacatecas, en medio del corazón de la Sierra Madre Occidental, las montañas se abren paso dejando carreteras solitarias, angostas y peligrosas. Caminos que parecen tragados por la negrura de la noche, donde el viento silba distinto y el silencio pesa como plomo. Son rutas donde, dicen, la realidad se dobla y el miedo se hace carne.
Uno de esos lugares se encuentra en el kilómetro 194 de la carretera federal 54, rumbo a Saltillo, entre Tabasco y Tenanguillo. A simple vista, no es más que una curva cerrada en medio de los cerros, pero para los que conocen la zona es un sitio ma***to. Nadie la nombra sin un escalofrío… todos la llaman “La Curva de Lola”.
La historia se remonta a los años setenta, cuando en Tabasco, Zacatecas, vivía una joven llamada Lola. Alegre, atrevida y con un espíritu libre que rompía los moldes de su época. A Lola le encantaba bailar, reír, vivir la vida como se le daba la gana. Pero en aquel tiempo, esa libertad era vista como pecado, y la mala fama la perseguía por todo el pueblo.
Una madrugada, después de regresar de una fiesta, la desgracia la alcanzó. El coche en el que viajaba derrapó en esa curva traicionera. El impacto fue brutal. De todos los que iban a bordo, la única que perdió la vida fue ella. Desde entonces, la gente asegura que su espíritu quedó atrapado en el asfalto, condenado a vagar una y otra vez en el mismo lugar donde todo acabó.
Con el paso de los años, comenzaron las historias: traileros que juraban ver una mujer al costado de la carretera; accidentes inexplicables de coches que parecían perder el control justo al tomar la curva. Todos coincidían en la descripción: una mujer con vestido blanco, amarillento y roto, de cabello largo, que miraba fijo a la nada.
Pero no son solo rumores de borrachera o cuentos de fogata. Hay muchos accidentes documentados que son reales y testimonios que te hacen cuestionarte… como el de Daniel, un taxista de la región.
Era alrededor del 2004. Daniel ya había terminado su jornada, incluso había cenado y se disponía a dormir, cuando alguien llamó a su puerta. Eran las 2:30 de la madrugada. Por su oficio no le sorprendía: la gente del pueblo solía buscar a los taxistas cuando había emergencias. Al abrir, unas personas le pidieron que fuera hasta Tabasco a recoger a unos pasajeros que habían llegado en la última corrida y no tenían quién los llevara.
Daniel dudó. Estaba cansado, pero al final aceptó. “En una hora estoy de vuelta”, pensó. Esa noche el cielo estaba despejado, lleno de estrellas, y el aire fresco parecía prometerle un viaje tranquilo.
Condujo rumbo a Tabasco. Al llegar al crucero de la Cruz Verde bajó la ventanilla para dejar entrar la brisa nocturna. Encendió un cigarro y dejó que el humo se mezclara con el silencio de la carretera. Todo estaba en calma… hasta que la cuesta hacia la curva apareció frente a él.
De pronto, notó algo extraño: los faros parecían no alumbrar lo suficiente, como si la noche se hubiera vuelto más espesa, más densa, tragándose la luz. El aire dejó de soplar, y el silencio se volvió absoluto. Ni un grillo, ni un coyote a lo lejos. Nada.
Daniel arrojó la colilla y apretó fuerte el volante. La piel se le erizó. Sintió un peso raro en los hombros, como si algo invisible se prensara al asiento. Y entonces, sucedió.
Al tomar la curva, la vio.
Una figura femenina, parada junto al camino… o, mejor dicho, flotando. Sus pies no tocaban el suelo. Su vestido, que parecía alguna vez fue blanco, estaba sucio, roto, ondeando como si estuviera bajo el agua. El cabello enmarañado le cubría parte del rostro, y su cabeza estaba ligeramente ladeada, como si escuchara un secreto que solo ella comprendía.
Daniel sintió un terror indescriptible. No podía apartar la vista de esa mujer. Y lo peor: el coche comenzó a desviarse solo, como si unas manos invisibles movieran el volante hacia el barranco. El motor rugía, pero el control no era suyo.
Con todas sus fuerzas, Daniel luchó por enderezar el coche. Sus manos sudaban, los músculos le dolían de tanto resistir. Sentía que en cualquier momento el auto se estrellaría. Hasta que, de golpe, así como comenzó, justo al salir la curva súbitamente cesó. El aire volvió a soplar, los faros recuperaron su fuerza, y el coche obedecía otra vez.
Respiró agitado. Tenía el corazón en la garganta. No hubo tiempo de asimilar fue tan rápido todo, Se quedó anonadado no daba crédito y lo peor… aún le faltaba el viaje de regreso.
Llegó por los pasajeros, y durante el camino les contó lo ocurrido. El miedo se apoderó de todos. Una de las mujeres sacó un rosario de su bolsa y lo colgó del retrovisor. Entre susurros, le contaron la historia de Lola: la muchacha alegre que murió en ese mismo sitio y que, desde entonces, se aparece quizás, buscando compañía para arrastrar a su fiesta en el más allá.
Daniel nunca volvió a ser el mismo. Dice que no cree en fantasmas, pero si le preguntas por la Curva de Lola, baja la voz, se persigna y acaricia el rosario que todavía cuelga en el retrovisor de su taxi.
Porque hay caminos que no son solo caminos. Hay carreteras que guardan memorias de sangre y tragedia. Y la Curva de Lola… es una de ellas.

Con Culto a la Media Noche – ¡Me acaban de reconocer como uno de sus fans destacados! 🎉
04/10/2025

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“Mi amigo Juanito”Corría el año 2005…Mi padre, conocido por todos como el señor Ramón, trabajaba en la famosa Mina del E...
25/09/2025

“Mi amigo Juanito”
Corría el año 2005…
Mi padre, conocido por todos como el señor Ramón, trabajaba en la famosa Mina del Edén, en Zacatecas. Era mesero, anfitrión… y en días inhábiles también hacía labores de limpieza. En esas ocasiones, él y yo éramos los únicos dentro de aquel enorme complejo subterráneo, donde el silencio pesaba tanto como la oscuridad de los túneles.
Mientras él trabajaba, yo me entretenía caminando y jugando, pero siempre con un límite bien marcado: el altar del Santo Niño. Más allá, hacia los pasajes que llevaban al museo y al recorrido turístico, me estaba prohibido avanzar.
Una tarde, mientras paseaba cerca de las vías, lo vi.
Un niño.
Un niño escondido detrás de uno de los pilares, justo donde se baja del tren, a mano derecha. Vestía con ropa de manta: una camisa blanca rota y un pantalón café. Se llamaba Juanito.
Al principio jugábamos a la roña… lo que muchos conocen como “las traes”. Entre risas y carreras nos adentrábamos en los rincones de la mina. Él siempre parecía saber por dónde moverse, incluso en zonas que estaban clausuradas por seguridad. Recuerdo que en una ocasión nos colamos por los barrotes hacia un túnel abandonado… una rampa profunda con cuerdas viejas y escaleras de madera podrida. Juanito me decía que ahí siempre esperaba a su padre, que estaba trabajando… y sin previo aviso bajaba por la escalera, perdiéndose en la oscuridad.
También jugábamos cerca de las vías… saltando justo antes de que el tren pasara. Eran juegos arriesgados, pero yo confiaba en él. Era mi amigo.
Hasta que un día, uno de los compañeros de mi padre me vio y me preguntó extrañado:
—¿Qué haces aquí solo, niño? Es peligroso andar por estos túneles.
Yo, con toda naturalidad, respondí:
—No estoy solo. Estoy con mi amigo Juanito.
El hombre se quedó pálido. No dijo nada… pero la expresión en su rostro lo dijo todo.
Pasaron los años.
Cuando tenía dieciséis, en una fiesta dentro del antro de la mina, escuché a los amigos de mi padre bromear entre copas:
—¿Se acuerdan cuando jugaba con el fantasma?
El fantasma…
Ese día me cayó el veinte. Durante todo ese tiempo había estado jugando con el alma en pena de un niño.
Dicen que Juanito aún vaga por los túneles, esperando a su padre… o a alguien que le haga compañía.
Algunos lo han visto aparecer entre las sombras del recorrido turístico, otros aseguran que corre entre los pilares cuando las luces se apagan.
Y a veces, si prestas atención, puedes escuchar una risa infantil que se pierde entre los rieles y el eco de la mina.
Como si todavía estuviera buscando… a su próximo amigo.

© Oscar Vélez (Velezaurio) 2025.

"¿Se atreven a escuchar más de una historia de terror en una sola noche? 👻🔥En este especial reunimos varios relatos que ...
08/09/2025

"¿Se atreven a escuchar más de una historia de terror en una sola noche? 👻🔥
En este especial reunimos varios relatos que te pondrán la piel chinita…
📌 Canasta de Historias Vol. 1 – disponible ya en YouTube.
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01/09/2025

Obtuve más de 150 reacciones en mis publicaciones la semana pasada. ¡Gracias a todos por el apoyo! 🎉

26/08/2025

Carretera entre manglares
San Blas, Nayarit, México

26/08/2025

Belleza de pueblo el donde vivo ♥️
La isla del coral 🪸

26/08/2025

Dicen que en Nayarit las olas hipnotizan… pero las coritas, ¡esas sí que atrapan de por vida! 🌊💃🔥.”

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