07/04/2026
🐾 El animal de los solares
Testimonio compartido por Alonso Vizcarra – Chilapa, Nayarit
Todavía hoy, cuando escucho ruido en el corral por la noche, me acuerdo de lo que me pasó hace algunos años. Siempre he sido muy escéptico con respecto a los temas paranormales. Aunque aquí en Chilapa todo el tiempo la gente cuenta cosas, yo siempre pensaba que todo tenía explicación, que cualquier cosa rara tenía una lógica si la buscabas lo suficiente. Yo era de esos… bueno, soy. De los que se burlaban cuando alguien habla de brujas o de cosas que se aparecen. Ya no.
Pero hay algo que pocas personas conocen. Nunca lo conté abiertamente. Algo que me guardé durante años, incluso cuando ya sabía que no era el único al que le había pasado algo parecido.
Todo empezó un día en casa de una tía. Estábamos sentados en una banca que está afuera, mis primos y yo, algunos tíos y amigos. Escuché que estaban hablando sobre un “animal”. Un amigo le preguntó a mi tío:
—Oye, Toyo… ¿no te ha tocado ver un animal que pasa por los solares?
Y mi tío respondió que sí.
Que también el Nono lo había visto.
Que sale por el lado de doña Chana…
cruza hacia el Nono…
y de ahí se mueve hacia otros terrenos.
Pero que al llegar al solar de doña Vicenta…
se pierde.
Ahí ya nadie sabe para dónde se va.
En ese momento sentí algo en el estómago. Porque yo ya lo había visto. Y nunca lo había dicho.
Una noche estaba acostado viendo televisión. Mi cama queda entre una ventana que da a la calle y dos que dan al corral. Todo estaba normal, como cualquier otra noche, hasta que por una de las ventanas vi pasar algo. Fue rápido, apenas una silueta blanca que cruzó de un lado a otro. Pensé que era un reflejo, algo de la tele o de la luz. No le di importancia.
Pero unos veinte minutos después volvió a pasar. Mismo recorrido. Misma figura. Ahí fue cuando supe que no era ningún reflejo.
Sin pensarlo mucho, agarré un machete que tenía debajo de la cama y salí al corral. Encendí la luz, pero no alcanzaba a iluminar todo. A medio corral, “la doble rodado” de mi papá proyectaba una sombra grande, y hacia allá iba esa cosa. Yo en ese momento pensé que era un ratero, alguien metido en la casa.
Corrí para darle alcance.
Cuando llegué a la orilla de la luz, estiré la mano para agarrarlo… y no toqué nada. Ni ropa, ni cuerpo, ni siquiera aire. Fue como si hubiera intentado jalar algo que simplemente no estaba ahí.
Mi papá salió por el ruido. Me vio pálido y me preguntó:
—¿Qué traes, ca**ón?
No pude responderle, porque a pesar de que yo no creía en esas cosas, no me podía explicar lo que acababa de suceder. No me salían las palabras. Él solo me dijo:
—¿Qué viste? Ya mejor métete.
Y eso fue todo. No preguntó más. Como si en el fondo ya supiera.
Al día siguiente volvimos a estar en la banca. Cuando escuché que seguían diciendo que nadie sabía a dónde se iba esa cosa, ya no me quedé callado.
Les dije que yo sí sabía.
Les expliqué que subía por el corral, que cruzaba al solar del vecino, que se quedaba ahí un rato, como unos veinte minutos, y después se regresaba por donde vino.
Nadie dijo nada.
Porque eso… nadie lo había mencionado antes.
Con el tiempo entendí que no fui el único. Varios lo han visto. Siempre igual. Mismo recorrido, mismo punto donde se detiene, en unos solares viejos, cerca del Garitón, bajo unos cedros donde antes había corrales.
Hasta hoy no sé qué era. No era un animal. Tampoco una persona.
Pero hay algo que sí tengo claro.
Si alguna vez escuchas algo cruzar el corral en la noche… no salgas.
Porque si lo ves, vas a entender lo mismo que yo entendí.
No sé si era un animal… pero lo que sí sé es que no era de aquí.
© Oscar Vélez (Velezaurio) 2026