15/12/2025
MI historia Misteriosa En 8 minutos Para mis amigos lectores aqui Abajo les dejo La historia espero les Guste un Fuerte abrazo los llevo simepre en mi corazon❤️💪🙏🙏🙏 👇👇👇👇👇👇👇👇👇👇👇👇👇👇👇👇👇👇👇👇👇👇
# El Misterio de los Viernes de Monchito
En el corazón de Nicaragua, escondido entre colinas verdes y caminos de tierra, existía un pueblo llamado Rosita. Allí, entre casas de adobe y gallinas que correteaban libres, vivía Monchito. Todos en el pueblo lo conocían por su sonrisa fácil y sus manos siempre dispuestas a ayudar: cargaba leña para la abuela Carmen, arreglaba el tejado del señor Mendoza y regalaba dulces de tamarindo a los niños. Su carácter era gentil y amable, un vecino ejemplar.
Pero Monchito guardaba un misterio que inquietaba a Rosita. A veces, sin motivo aparente, una sombra de impulsividad cruzaba su mirada. Podía estar ayudando a doña Luisa en el mercado y, de repente, soltar la canasta de tomates y alejarse sin una palabra, como si algo lo llamara desde lejos. Otras veces, se le veía sentado al borde del pozo, mirando al horizonte con una tristeza tan profunda que el aire a su alrededor parecía enfriarse.
Sin embargo, lo más extraño de todo ocurría cada viernes. Al caer la tarde, cuando el sol comenzaba a pintar el cielo de naranja y púrpura, Monchito salía de su pequeña casa con determinación. No llevaba una caña de pescar, ni una red, ni una escopeta. Solo un morral viejo colgado al hombro y un machete enfundado en su cintura.
"Ahí va Monchito, a su caza de los viernes", murmuraban los vecinos desde sus puertas.
Nadie sabía qué era lo que cazaba. Algunos decían que iba tras un jabalí fantasma que solo aparecía en luna llena. Otros, los más supersticiosos, susurraban que perseguía sombras del pasado, cosas que no eran de carne y hueso. Los niños inventaban historias de que cazaba estrellas fugaces para encerrarlas en frascos.
Una tarde de viernes, con el cielo amenazando lluvia, el pequeño Toño, de ocho años y curiosidad de sobra, decidió seguirlo. Se escondió detrás de los arbustos de guayaba mientras veía a Monchito adentrarse en el sendero que llevaba al bosque. Lo siguió entre los árboles, con el corazón latiéndole fuerte en el pecho.
Monchito caminó hasta un claro donde un antiguo árbol de ceiba elevaba sus raíces como garras. Allí se detuvo. Toño, agazapado tras un tronco, contuvo la respiración. Vio cómo Monchito no desenvainaba el machete, sino que sacaba del morral una pequeña pala, una botella de agua y un paquete envuelto en hojas de plátano.
Con cuidado, Monchito se arrodilló junto a las raíces de la ceiba y comenzó a cavar un pequeño hoyo. Luego, sacó del paquete una fotografía descolorida de una mujer joven con una sonrisa radiante. La colocó en el hoyo, junto con una carta escrita y una pequeña cruz de madera. Rodeó todo con flores silvestres que había recogido en el camino.
"Te extraño todos los días, Isabel", murmuró Monchito, su voz cargada de una emoción que Toño nunca le había oído. "Pero los viernes, el dolor es más fuerte. Es el día en que te fuiste. Así que vengo aquí, a cazar este dolor, a enterrarlo un poco junto a tu memoria para poder respirar hasta el próximo viernes".
Toño entendió entonces. Monchito no cazaba animales ni fantasmas. Cazaba la pena más profunda, la perseguía hasta este rincón del bosque y la enfrentaba con ritual de amor y recuerdo. Su impulsividad eran los momentos en que el dolor lo alcanzaba sin previo aviso. Su misterio, un corazón roto que seguía latiendo con gentileza para los demás.
Al regresar al pueblo, Toño no contó el secreto a nadie. Pero el siguiente viernes, cuando Monchito salió de su casa, encontró en su puerta un pequeño ramo de flores azules, las favoritas de doña Isabel, según recordaba la abuela Carmen. Monchito las tomó con manos temblorosas y una lágrima limpió por fin el polvo de su misterio.
Y así, en el pueblo de Rosita, la gente dejó de murmurar. Ahora, cuando ven a Monchito salir los viernes, simplemente asienten con respeto. Porque todos, tarde o temprano, tienen algo que cazar en el bosque silencioso de su propio corazón.