20/10/2024
ESTO NO ES UN CUENTO V
LA BICICLETA QUE NO TUVO PAPÁ
Una de las cosas que siempre le pedí a mi padre fue una bicicleta. Desde muy niño entendí que estando ahí podía, por un momento, despegar mis pies del suelo y sentir el viento en la cara. Imaginaba siempre que pedaleando fuerte podría quizá hasta volar como en aquella película de “ET”. Vivía fascinado con la idea. Eventualmente veía a otros niños divirtiéndose con este invento de dos ruedas que les permitía desplazarse por cualquier lugar siendo libres. Me pasaba los días imaginando cuándo me tocaría a mí el momento de sentir esa misma felicidad.
Felizmente en casa nunca fuimos tan pobres. O quizá si lo fuimos, pero estoy seguro que sí me podían brindar esa oportunidad. Al final solo era un niño pidiendo un regalo de navidad o por mi cumpleaños. Supongo yo que se podía hacer un esfuerzo. Pero desde aquí, desde la comodidad de mi computadora escribiendo sobre mi pasado, tal vez es muy atrevido cuestionar por una realidad que yo no lograba palpar en ese entonces. Así que no podría juzgar. No estoy aquí para eso. Solo soy un escribidor indagando en su propio pasado. Al final yo solo soñaba con el momento en que me tocara montar mi propia bicicleta aunque claro, no ejercía mayor presión para que eso sucediera. Siempre fui de saber esperar, aunque ese regalo nunca llegó. Por lo menos, no para mí.
Eventualmente, yo le pedía prestado la bicicleta a algún vecino o algún amigo. Esperaba que se cansaran de jugar y cuando los veía bajar, corría a interceptarlos para que me dieran una oportunidad. Algunas veces me aceptaban y otras, más frecuentemente, me decían que no. Pero en esas chances que tenía, me subía emocionado y con la punta de los pies, avanzaba cómo podía. Casi como si de un baile de valet se tratara, yo avanzaba. No sabía manejar bicicleta a pesar de que ya era un niño grande, pero era porque nunca me habían enseñado. No tenía una en dónde practicar y la que pedía prestado la tenía que devolver a los pocos minutos porque los otros niños se reían de que yo no sabía manejar. Los dueños de las bicicletas, por supuesto, temían que las pueda chancar o quiñar. Era entendible -y hasta cierto punto lógico- porque si hubiera sido mía la bicicleta, también la hubiera cuidado de que alguien más la pueda dañar. Pero en esos pocos instantes en que yo intentaba pasearme, lo peor no era las burlas de mis similares, que con justa razón se reían de mí -aunque yo hoy pienso que se reían conmigo- porque no sabía manejar, sino los comentarios de mi padre cuando me veía intentándolo: «¿Y así quieres tu bicicleta?», «¡este “huevón” se va a chancar!», «¡cómo va a manejar así, mirando al suelo!», «encima se puede romper sus lentes por el golpe.», «no, no. Más caro va a salir. Otra cosa mejor.»
En ese entonces, yo no me daba cuenta de la gravedad de sus palabras. De hecho, juro que ni siquiera mi padre se daba cuenta de lo que estaba marcando en mí realmente. Dudo mucho que su intención haya sido ofenderme. Discrepo con toda persona que me diga que él lo hizo de mala fe. Quiero creer que por ahí no va el tema. Pues, estoy seguro, él quería inclinar mis pasatiempos por otro lado. El futbol siempre ha sido su pasión y desde entonces ya me presionaba para que yo me familiarizara más con la pelota. Y con justa razón, la verdad. El tipo era bravo jugando al futbol. No puedo ser mezquino con eso, pero lamentablemente su primer hijo varón le había salido cojo. Pero eso es un tema que ya tocaré más adelante porque también tiene mucha información crucial para poder seguir indagando en los gabinetes de mi mente.
Hasta aquí, todo esto que les cuento, lo relato yo desde la perspectiva del recuerdo borroso que tengo de mi infancia. Quizá si se lo preguntan a mi padre, otra seria la historia y la verdad, cada quién tiene su propia versión de los hechos y no estoy aquí para contrastar lo vivido, sino para reflexionar sobre lo aprendido en un texto que busca perduran como un llamado a la reflexión. Mi padre, a su manera y desde sus formas, siempre me apoyó y me formó a ser el hombre que soy y solo tengo palabras de agradecimiento para eso.
Pasa que, como él quería que yo juegue al fútbol sí o sí, se olvidó preguntarme si eso me gustaba. Simplemente lo dio por hecho y mi camino iba por otro lado. Es aquí cuando viene a mí la reflexión y es por eso que me puse a rascar la herida para poder seguir conociéndome más.
Tiempo después me di cuenta que no me iban a regalar la bicicleta. Así que fui hábil y persuadí a mi hermano menor para que él pidiera una, ¡y que rápido se la compraron! Debo entender que para ese entonces eran otros tiempos y seguro que el dinero ya no era un impedimento. Elijo creer que ese fue el motivo porque no quiero pensar que hay hijos favoritos para los padres. Eso aún no lo sé. No lo sabré hasta que Gustavo, mi hijo, tenga un hermano.
Con la llegada de esa BMX que le compraron a Sandro, mi hermano menor, llegó mi felicidad y desde entonces, cada vez que me subo a una bicicleta, siento esa libertad que ni siquiera la escritura o la lectura me da. Podría yo tener un día super matado o recontra angustiante y mi refugio siempre será salir a pedalear. Esa sensación de irme con la bicicleta es una pasión que solo trae alegrías para mí.
Por eso estoy aquí insistiendo con Gustavo. Quiero que aprenda a manejar bicicleta para ver si algún día yo también pueda comprarme una y salir a pasear los dos. Y así quizás, conocer otras ciudades, otros países, otras historias con tan solo pedalear.
Pero hay algo más. Hay algo que tengo presente y es lo que entendí desde que empecé a ser padre. A dónde sea que quiera ir Gustavo, yo tengo que estar ahí con él. Y si quiere manejar la bicicleta de por vida, si quiere ser músico, futbolista o lo que quiera ser. Yo ahí tengo que estar. Sin juzgarlo, sin menospreciarlo, sin persuadirlo a algo que yo quiero que sea. Confiando en él. Guiando sus pasos y entendiendo que yo no tengo porque cargarle a él, sueños truncos que yo no pude realizar. Él tendrá su propia realidad y de sus sueños y de sus metas, ya me contará. No lo puedo hostigar y condenar a que tiene que hacer lo que yo no pude cuando tuve su edad. Es y siempre será un ser independiente que tendrá un papá que lo sabrá respetar y, por sobre todas las cosas, lo amará hasta el final. Hasta dónde el camino me permita acompañarlo a andar… o con suerte, a bicicletear.
Anthony T.