20/10/2025
Fui a la graduación de mi hijo después de mi trabajo...
La camioneta acababa de dejarme en la esquina. Corrí. Solo tenía una hora, el tiempo justo entre mi turno de recolección de basura y el de mi compañero. Ian se graduaba de primaria y era el mejor alumno y compañero. Yo no iba a faltar.
Pero la angustia me carcomía. Toda la mañana había estado dándole vueltas al uniforme sucio, al sudor que no se iba, al olor a residuos que se impregnaba hasta en la piel. Lo pensé en la ducha, antes de salir.
—Ian, ¿estás seguro de que quieres que vaya así? —le pregunté antes de que se fuera a la escuela. Él me miró con esos ojos grandes y decididos. —Mamá, ¿por qué me preguntas eso?
—Porque... sabes que toda la primaria se han reído de mí por el trabajo, por cómo me visto. No quiero que te avergüences hoy, es tu gran día. Puedes decir que estoy enferma.
Ian se acercó y me tomó la cara entre sus manos. —Escúchame bien, mamá. Si no vienes, no subo a ese escenario. Eres mi orgullo y eres la razón por la que estoy aquí. Yo no tengo vergüenza. El que tenga vergüenza, que no me mire.
Su firmeza me dio la fuerza para correr, para entrar al gimnasio de la escuela sin pensarlo dos veces.
Llegué. Me senté en la última fila, justo a tiempo para la entrega de diplomas. El olor a cloro del gimnasio no era rival para el aroma de mi jornada. Inmediatamente sentí los ojos sobre mí. Los cuchicheos, las risitas disimuladas. El mismo desprecio de siempre, solo que hoy me dolía más porque mi hijo iba a brillar. Apreté los labios y me concentré en él.
Entonces, la directora lo anunció: "Ian González, mejor promedio y mejor compañero".
Subió al estrado. Estaba tan alto, tan guapo con su camisa blanca. Dijo unas palabras sobre el fin de una etapa y, de pronto, se detuvo. Buscó mi mirada y su voz tronó en el micrófono.
—Hay una persona especial que quiero que suba aquí ahora mismo. Porque este diploma al mejor compañero también es suyo.
La gente se volteó a mirarme. Mi corazón latió tan fuerte que pensé que me desmayaría. Vi la duda, la burla, la curiosidad en los rostros tanto de los niños como de los padres. Me levanté, sintiendo cada músculo adolorido y cada centímetro de mi uniforme gastado.
Subí. Ian me tomó la mano. Su piel limpia contra mi palma áspera y sucia.
—Ella es mi mamá, Verónica —dijo Ian, mirándome, ignorando a todos los demás—. Ella acaba de llegar de su trabajo. Ella es recolectora de basura. Y sí, si se acercan un poco, van a notar el olor de su trabajo, que para muchos es desagradable.
El silencio fue sepulcral.
—Pero yo quiero decirles algo. El olor que ella trae es el olor de su sacrificio, de las horas que pasa levantando lo que otros tiran, para que nosotros vivamos mejor. Ella viene de trabajar para no perderse este momento. Y por eso, ella es la mujer más digna que conozco.
Sentí las lágrimas resbalar por mis mejillas. No eran lágrimas de tristeza, eran de un orgullo inmenso.
—A muchos se les hace fácil reírse de ella, por cómo viene vestida, desde primero de primaria se burlan —continuó Ian, sin titubear—. Tienen la ropa limpia y la vida cómoda. Pero mi mamá me enseñó que la verdadera suciedad no está en el uniforme ni en las manos. La verdadera suciedad está en el alma de los que juzgan. Mucha gente aquí tiene el alma sucia de prejuicios y malos pensamientos, por eso se ríen de ella.
Miró a la multitud, con una autoridad que no era de un niño de 12 años.
—Mamá —dijo, volteándose hacia mí, su voz se quebró un poco—, gracias a ti tengo el estómago lleno y la cabeza llena de sueños. Gracias a ti soy el mejor de la clase, a quien eligieron como el mejor compañero, el más solidario, respetuoso, responsable. Yo te amo. Y estoy muy orgulloso de ti. Más que de nadie.
Me abrazó con una fuerza que me hizo temblar. El gimnasio, que antes estaba lleno de risas, ahora estaba inundado de aplausos. Vi a varios padres secándose los ojos y mirando hacia otro lado, avergonzados. En ese abrazo, todo el cansancio, todas las humillaciones de años, se desvanecieron. Había valido la pena. Mi hijo me había dado la lección más grande de dignidad.