02/08/2026
Julia Torreblanca, en la cima del poder.
¿Es la funcionaria de Cerro Verde la mujer más poderosa de Arequipa?
Julia Torreblanca habla despacio. Como si supiera que el poder no necesita levantar la voz. En un país donde los políticos gritan para existir, ella administra silencios. Acaso allí radique su autoridad: en parecer menos poderosa de lo que realmente es.
Es vicepresidenta de asuntos corporativos e integrante del directorio de la Sociedad Minera Cerro Verde, la mina que convirtió el cobre en el verdadero idioma económico de Arequipa, una empresa capaz de producir utilidades de más de mil millones de dólares al año.
Hace años dejó de ser solamente una abogada minera. Hoy preside la Sociedad Nacional de Minería Petróleo y Energía y la revista Forbes Perú la incluyó el año pasado en la lista de las 50 mujeres peruanas más poderosas.
Su poder tiene una rareza: no parece poder. No hace discursos incendiarios. No protagoniza escándalos. No necesita campaña electoral. Mientras otros buscan votos, ella administra inversiones, conflictos sociales y relaciones comunitarias alrededor de una de las minas más grandes de América Latina.
Torreblanca repite palabras como “sostenibilidad”, “paz social” y “desarrollo compartido”. Pero detrás de esas palabras suaves se mueve la maquinaria más dura del país que está en el dinero del cobre.
La mujer más poderosa de Arequipa no gobierna desde una plaza. Gobierna desde una oficina donde el ruido no viene de los aplausos sino de los mercados internacionales. Quizás esa sea la paradoja de su historia. Mientras menos visible parece, más influencia acumula.
Hay personas que nacen cerca del poder. Julia Johanna Torreblanca Marmanillo nació cerca de la responsabilidad. Tenía trece años cuando su padre murió. Su madre, Julia Marmanillo, quedó viuda con cuatro hijos. Ella era la mayor. Desde entonces aprendió algo que después le serviría para sobrevivir en la minería, en los gremios empresariales y en un país que suele desconfiar de las mujeres que mandan: que el miedo también puede organizarse.
Su madre fue profesora, abogada y fiscal. Llegó a presidir la Junta de Fiscales Superiores de Arequipa. Pero más importante que los cargos fue el ejemplo. Torreblanca suele decir que creció viendo a una mujer que demostraba que la honestidad todavía era posible en el servicio público. En el Perú, eso ya parece una forma de heroísmo.
Estudió en el colegio Nuestra Señora del Rosario y luego Derecho en la Universidad Católica de Santa María. Podría haber tenido una vida convencional: estudio, oficina, familia, una carrera discreta, pero terminó entrando a uno de los mundos más masculinos y ásperos del país.
Cuando comenzó a trabajar en Cerro Verde, hace casi tres décadas, casi todos eran hombres. Ella misma lo recordó en un discurso de la CONFIEP: era “la excepción en el grupo”.
La minería peruana de los noventa no estaba diseñada para mujeres. Mucho menos para mujeres con voz propia. Torreblanca decidió entrar igual y quedarse.
Durante décadas, la industria minera estuvo marcada por prejuicios que limitaban la participación femenina. Persistía la creencia de que las minas eran espacios exclusivamente masculinos y que las mujeres no estaban preparadas para asumir labores operativas, técnicas o de liderazgo dentro del sector. Incluso circulaban supersticiones que consideraban la presencia femenina como una fuente de mala suerte en los campamentos mineros. Los tiempos, para bien, cambiaron.
En Arequipa existe una rareza geográfica. Una de las minas de cobre más grandes del continente funciona a menos de veinte kilómetros de la ciudad. En otras regiones del Perú, esa proximidad habría significado conflicto permanente. Bloqueos. Violencia. Guerra política. En Arequipa ocurrió algo distinto. No fue magia. Tampoco casualidad.
Fue una negociación larga entre el miedo de una ciudad y la necesidad de una empresa. Julia Torreblanca estuvo en el centro de esa conversación durante años.
Ella suele destacar que todo ese proceso de negociación con la ciudad, terminó con la consolidación de “el círculo virtuoso del agua”. Suena técnico, pero en realidad es una historia sobre poder.
Todo comenzó en los años ochenta, cuando el río Chili casi no tenía agua. “No podíamos hacer llover”, dijo alguna vez. Entonces Cerro Verde y EGASA decidieron cofinanciar dos represas: Pillones y Bamputañe. La inversión permitió almacenar más de 120 millones de metros cúbicos de agua. Ganaron los agricultores, ganó la ciudad y ganó la mina.
Pero no fue sencillo. Hubo un conflicto social en Arequipa con marchas de autoridades y dirigentes hasta el ingreso de la mina para ejercer presión. La protesta generó mesas de diálogo. La minera cedió y decidió asumir compromisos de desarrollo con la ciudad y el desarrollo de proyectos hídricos.
Después vino la planta de agua potable Miguel de la Cuba, en Alto Cayma. Cerro Verde la donó. Hoy abastece a unas 350 mil personas. Más tarde apareció La Enlozada, la planta que trata el 96% de las aguas residuales de Arequipa. Una obra que durante años ninguna autoridad pudo concretar. Cierto, esa obra no la donaron, se la cobraron a Sedapar.
En total, Cerro Verde invirtió alrededor de 700 millones de dólares en infraestructura hídrica para la región. Quizás el dato más importante no es económico. Lo importante es que Torreblanca entendió algo que muchas empresas mineras nunca comprenden: una mina no solo extrae minerales; también extrae paciencia social. Si no devuelve algo tangible, tarde o temprano la ciudad le pasa la factura.
Ella y su equipo convirtió el agua en una forma de legitimidad. Una especie de diplomacia líquida. Mientras otras minas negociaban con policías, Cerro Verde aprendía a negociar con tuberías.
En 2025, la revista Forbes Perú la incluyó entre las cincuenta mujeres líderes e innovadoras más influyentes del país. Ese reconocimiento tiene una dimensión simbólica más grande de lo que parece.
La minería peruana está llena de hombres que hablan duro, usan chalecos con logos gigantes y se mueven con seguridad de excavadora. Torreblanca llegó a la cima sin parecerse a ninguno de ellos.
Es apenas la segunda mujer en 129 años en presidir la Sociedad Nacional de Minería, Petróleo y Energía. Todavía hoy solo el 7% de la fuerza laboral minera está compuesta por mujeres.
En su discurso de reconocimiento en la CONFIEP habló de “mirar la minería con rostro de mujer y corazón de mujer”. La frase podría sonar ingenua si no viniera de alguien que negocia proyectos de miles de millones de dólares.
El momento más humano de su discurso no ocurrió cuando habló de inversiones ni de represas. Ocurrió cuando habló de sus hijas.
“Lo más difícil ha sido ser mamá de tres mujeres”, confesó.
Lo dijo después de explicar que pasaba la vida entre Arequipa, Lima y otros países por trabajo. Un pie en el avión. Otro en la casa. Como tantas mujeres obligadas a dividirse entre el éxito y la culpa.
Hay ejecutivos que presumen balances financieros. Torreblanca habló de crianza. Porque detrás de la mujer que se sienta con ministros, inversionistas y gremios existe otra escena menos visible, el de la madre tratando de llegar a tiempo, la hermana mayor cargando responsabilidades desde adolescente, la hija que todavía agradece públicamente a su madre.
En un país acostumbrado a hombres poderosos que delegan la vida doméstica, ella convirtió la conciliación familiar en parte de su relato de liderazgo. Eso también es raro.
La minería mueve montañas, pero criar hijas mientras se dirige una de las industrias más duras del país probablemente exige una fuerza más silenciosa.
Y EL COBRE
Torreblanca no es una política, sin embargo, entiende el poder mejor que muchos políticos. Sabe que el Perú depende del cobre mientras finge avergonzarse de él. Sabe que la economía nacional respira al ritmo del precio internacional de los minerales. Sabe también que la minería peruana enfrenta enemigos externos e internos como la burocracia, la informalidad, minería ilegal y la incertidumbre política.
Por eso insiste tanto en la institucionalidad. En la necesidad de reglas claras. En la urgencia de concretar inversiones mineras por más de 63 mil millones de dólares.
Mientras Chile y Argentina simplifican procesos para atraer capitales, ella advierte que el país no puede dormirse. La competencia minera ya no es solo geológica; ahora también es política.
Quizás por eso su figura se volvió tan influyente en Arequipa. Porque representa algo que la ciudad todavía intenta resolver: cómo convivir con una mina gigantesca sin sentirse colonizada por ella.
Torreblanca logró, al menos parcialmente, esa convivencia. Esa probablemente sea su verdadera obra. No las plantas de tratamiento. No las represas. No los millones invertidos.
Su mayor construcción, junto al equipo que lidera con otros arequipeños como Pablo Alcázar Zuzunaga, fue convencer a una ciudad históricamente desconfiada de que una mina podía formar parte de su paisaje cotidiano sin destruirlo completamente. Eso, en el Perú, también es una forma de poder.
Publicada en la edición junio - julio de PlumaDganso, el último diario de papel.