26/07/2026
Primero conocí a su mamá. Una gata dulce, callada, que andaba por ahí porque su dueña no la miraba, no le daba de comer, como si fuera una cosa cualquiera. Así es mucha gente por aquí: les molesta que existan, los tratan mal, y parecen no entender nada. Pero yo sé algo bien cierto: todos los animales son creación de Dios, únicos, con sentimientos y un corazón que late igual que el nuestro.
Un día ella vino hasta mí, y me mostró sus cinco crías. Arturo era uno de ellos. Con mucho cariño busqué familia para los demás, y todos se fueron a casas donde los quisieran… pero Arturo se quedó conmigo. Y no saben lo increíble que es este pequeño.
Cuando mi hijito estaba muy mal, con el virus Oropouche, tan débil que casi no podía levantarse, que se le acababan las fuerzas y yo lloraba desconsolada… ahí estaba Arturo. Se acercaba despacito, le rozaba su piernita con su cabeza, le hacía mimos, le jugaba bajito. Y les juro que parecía decirle: “Vamos, tú puedes, toma tu remedio y estarás mejor”.
Y así fue: por Arturo, él tomaba sus medicinas. Al verlo ahí, acompañándolo con tanto cariño, mi hijo sacaba fuerzas que no tenía, se levantaba poquito a poquito y se tomaba todo sin quejarse.
Arturo no es solo un gato. Es el ángel que Dios nos mandó. Por eso los amo con toda mi alma: porque ellos no mienten, no insultan, no abandonan. Solo dan amor puro, sin pedir nada a cambio. Y Arturo… él nos ayudó a sanar un poquito a los dos ❤️.