05/03/2026
Desde mi escritorio: por Carlos Sanchez
Hoy en día, todo el mundo tiene opinión sobre la guerra, pero los discursos suelen quedarse en extremos. Por un lado, la derecha dice: “EE. UU. no debe gastar su dinero en guerras que no son nuestras, que los problemas del mundo los resuelvan ellos”. Por otro lado, la izquierda radical dice: “No deberíamos meternos en nada; primero hay que agotar todos los recursos diplomáticos y humanitarios”.
La realidad es que ninguno de los dos tiene toda la razón. Ser la potencia número uno del mundo trae responsabilidades que van más allá de los discursos políticos internos. Significa mantener la estabilidad económica global, proteger rutas comerciales, cuidar aliados y garantizar que la inseguridad en una región no termine afectando a todo el mundo, incluida la propia población estadounidense.
Irán es un ejemplo claro: lleva casi medio siglo reprimiendo a su propia gente y generando caos en la región. Este tipo de régimen no merece paciencia infinita, porque tiene capacidad para desestabilizar y causar muertes, no solo fuera de sus fronteras, sino también afectando intereses y vidas estadounidenses.
Ser líder mundial no es cómodo ni fácil; significa tomar decisiones difíciles para evitar que países desordenados y peligrosos pongan en riesgo la seguridad y la estabilidad global. No es cuestión de imperialismo ni de gastar dinero sin sentido: es responsabilidad y estrategia para prevenir un daño mayor.
Nadie quiere inestabilidad, nadie quiere guerra, pero el costo de la paz y de la vida que anhelamos tener en realidad tiene un precio.
La vida no es blanco ni negro, y en los matices de las realidades, ahí en los grises es que se toma decisiones.