09/08/2026
Los Cuentos de Freida
**Freida viaja en el tiempo**
Era una de esas tardes en que el tiempo parece no tener prisa. Freida había salido al patio de su casa, ese pedacito de tierra que conocía de memoria: cada mata, cada piedra, cada rincón donde alguna vez sembró algo que después olvidó regar. La grama estaba verde, muy verde, como recién bañada por una lluvia de la noche anterior, aunque no había llovido.
Se sentó primero, como quien piensa quedarse un rato nada más. Pero el día tenía algo especial: no hacía sol fuerte ni tampoco esa sombra pesada que a veces trae el frío. Era un equilibrio raro, como si el cielo también estuviera descansando.
Y fue ese equilibrio el que la invitó a recostarse del todo, a estirar los brazos sobre la grama y dejar que la cabeza se hundiera un poco en la tierra fresca. Desde ahí, mirando hacia arriba, el cielo se abría como un lienzo enorme, y Freida —como hacía de niña, como hacía cuando el mundo le pesaba menos— empezó a jugar a descifrar las nubes.
Fue entonces cuando la vio: una nube con forma de niña, montada en lo que parecía una bicicleta —o quizás Freida, a mitad de la fantasía, la llamó "velocipedo", porque así sonaba más a sueño que a palabra real.
—¿A dónde vas? —le preguntó, en voz baja, como quien no quiere espantar un recuerdo.
Y la nube, como si la hubiera escuchado, empezó a deshacerse... y a rehacerse.
—Ay, no... —susurró Freida, agarrándose de la grama con las dos manos, como si eso fuera a detener algo.
No la detuvo.
Un viento tibio le levantó el pelo. La nube-niña dejó de pedalear, y las ruedas del "velocípedo" se estiraron, se doblaron, se convirtieron en dos espirales de v***r que giraban cada vez más rápido, como si el cielo mismo estuviera respirando hondo. Freida sintió un cosquilleo en el estómago, ese mismo que sentía de niña al bajar una loma sin frenos. La tierra debajo de ella dejó de sentirse firme. Por un instante, el patio entero pareció flotar, suspendido entre la grama y las nubes.
Y entonces pasó lo que no tiene explicación, pero que en los sueños —y en los cuentos— no la necesita: Freida sintió que caía. Pero hacia arriba. Así mismo, como quien se suelta de la gravedad y la gravedad, en vez de enojarse, la deja ir.
No había miedo en esa caída, solo una liviandad extraña, como si el cuerpo hubiera aprendido de golpe a pesar menos. El patio se hizo pequeño debajo de ella —la casa, la cerca, las matas que nunca regó— y el cielo, en cambio, se hizo inmenso, se abrió como una puerta hecha de algodón tibio.
La nube-niña ya no pedaleaba. La miraba. Y le sonreía. Le hizo señas con la mano, despacito, como diciéndole: *ven, que aquí también hay grama verde.*
Freida extendió la mano también, sin pensarlo, y justo cuando las puntas de sus dedos rozaron el borde blanco de la nube...
..el mundo se sacudió.
Una gota fría le cayó justo en la mejilla, y después otra, y otra más, como si el cielo mismo le hubiera dado un empujoncito para regresarla. Freida abrió los ojos de golpe.
La grama seguía ahí, verde, muy verde, debajo de ella. La casa, la cerca, las matas sin regar, todo en su sitio. El patio ya no flotaba. Solo llovía, despacio, una llovizna fina que no había estado en el pronóstico de nadie.
Se había quedado dormida. Así, sin darse cuenta, con los brazos abiertos sobre la tierra y la mirada perdida en las nubes.
Se sentó despacio, se pasó la mano por la mejilla mojada, y miró hacia arriba una vez más. Ya no había niña, ni bicicleta, ni belicipedo: solo una nube gris, deshecha, vaciándose sobre el patio como quien termina de contar un secreto.
Freida sonrió. No sabía si había soñado, o si por un instante, de verdad, había cruzado al otro lado. Pero algo en el pecho le quedó liviano, como si una parte de ella todavía estuviera allá arriba, pedaleando entre las nubes.
Se levantó, sacudió la grama de la ropa, y entró a la casa a buscar una toalla —dejando atrás, en el cielo, una puerta de algodón que quizás, otro día, volvería a abrirse.
**Fin.**